¿Ficciones artificiales?

Beñat Sarasola
Profesor en la UPV/EHU

Pinturas Algorítmicas “Nous (13)”: Jaime de los Ríos

En 2008 saltó a los medios una noticia que, a pesar de su excentricidad, planteaba cuestiones filosóficas y teóricas de la literatura que, sin duda, habrá que examinar a lo largo de las próximas décadas: el programa informático ruso PC Writer 2008 había “escrito” su primera novela (llamada Amor verdadero). El periodista se había visto forzado a poner las comillas a “escrito”, un gesto que, pese a que quizás fuese un acto reflejo, aludía a uno de los temas fundamentales, a saber: ¿puede una máquina (un ser no-humano) crear una obra literaria de ficción? ¿Puede una ficción ser no-humana, artificial?

Según la noticia, la historia de la novela transcurría en una isla desierta e incluía personajes de Anna Karenina de Lev Tolstói, y utilizaba materiales de obras rusas y extranjeras del siglo XIX y XX; en concreto, estaba escrito “con el estilo de Haruki Murakami” (en esta ocasión, las comillas son mías). Después del anuncio de la editorial, estalló una pequeña polémica debido a que algunos cuestionaban que el resultado final fuese fruto en exclusiva de un ordenador; según ellos, algunos trabajadores de la editorial habían intervenido en el proceso de creación de la obra, en especial en el proceso de corrección. Estas reticencias tenían que ver más con las supuestas imperfecciones de PC Writer 2008 que con el verdadero fondo de la cuestión. Y es que, a estas alturas, no creo que haya muchas dudas respecto a la posibilidad de que en un futuro más o menos cercano un ordenador pueda “escribir” una obra que, formal y materialmente, pueda hacerse pasar perfectamente por una novela escrita por un escritor o escritora de carne y hueso. No obstante, la pregunta que trataré de deshilachar en las próximas líneas será la que plantea si ese objeto creado por una máquina podría considerarse una obra de ficción.

Uno de los primeros teóricos de la ficcionalidad fue John Searle, filósofo fundamental dentro de la speech act theory, y situó la ficcionalidad en la intención del autor. Según él, que un texto sea ficcional o no depende de que el autor tenga la intención de ficcionar o, más concretamente, de “fingir un acto ilocutivo”. Es decir, en las obras de ficción, el narrador o los personajes aseveran, prometen, ordenan etc. pero siempre de forma fingida. Si una obra de ficción dice “afuera está lloviendo” a nadie se le ocurre mirar por la ventana para comprobar si es así o no, porque sabemos que esa aseveración es fingida. ¿Pero qué es fingir? El fingimiento requiere de la consciencia del acto del autor; uno no puede fingir involuntariamente. Y, por tanto, la ficcionalidad, según Searle, depende directamente del acto consciente del autor y de su intención de fingir. Aunque el debate sobre la ficcionalidad de las últimas décadas ha sido extenso y profundo, ese marco es bastante aceptado actualmente, especialmente en la aproximación pragmática del problema.

Ahora, la pregunta que nos podríamos hacer es: si hemos dado por hecho que la ficcionalidad de una obra reside en la intención del autor, ¿sería posible una obra de ficción creada por un ordenador? Parece que no. El ordenador, en la medida en que no tiene ni autonomía, ni conciencia, ni intencionalidad, no puede fingir un acto ilocutivo. ¿Qué es lo que haría entonces el PC Writer 2008 o cualquier programa sofisticado de inteligencia artificial? Básicamente, estaría imitando el fingimiento humano, de tal forma que el resultado podría ser formalmente idéntico a una obra de ficción. Si la tecnología fuese capaz de hacerlo competentemente (cosa que es muy probable incluso, quizás, hoy en día), un lector al que se le ocultara la autoría de la obra no podría distinguir entre una obra de ficción de un autor y una imitación hecha por un ordenador. Este problema es un gran reto para una tradición de suma importancia, dentro de la teoría literaria (desde la New criticism hasta el estructuralismo), que trata de prescindir lo más posible el autor y su intención, y promueve situar el texto en el centro del análisis. Siguiendo la línea de Serle, sin embargo, no parece posible discutir la ficcionalidad desde el texto.

Este punto nos lleva al último tema que trataremos en este texto, a saber, al problema de los indicios de ficcionalidad, que ha sido uno de los puntos de debate más importante en las últimas décadas. Searle planteaba con claridad que no existe ninguna huella textual que pueda identificar a un texto como ficcional. A su entender, el carácter abierto de la ficción posibilita que cualquier tipo de escritura y cualquier tipo de característica estilística pueda insertarse en una ficción (siempre de forma fingida, diría él). Incluso las formas más canónicamente no-ficcionales pueden enmarcarse dentro de una obra de ficción, y por tanto, es en vano tratar de buscar características típicamente ficcionales en un texto. Para buscar su ficcionalidad debemos ir más allá del texto (en su caso, al fingimiento del autor).

Desde posiciones más estructuralistas (por ejemplo Gérard Genette) no arrojaron la toalla y trataron de buscar ciertos indicios textuales que, según ellos, apuntarían hacia la ficcionalidad. En su caso, algunos elementos incluidos en lo que él llamaba “modo” y ”voz” sí eran típicamente ficcionales. Muy resumidamente, Genette planteaba que los mecanismos textuales que permiten acceder a la subjetividad ajena son indicios de ficcionalidad, porque un texto de no-ficción no puede entrar en ese espacio a no ser que esté bibliográfica y científicamente fundamentado. Un escritor de ficción tiene la libertad de incluir pensamientos y sentimientos de los personajes sin tener que estar justificando la fuente de esa información, cosa que en el escritor de no-ficción no está permitido. El escritor de ficción solo puede incluir pensamientos y sentimientos de la primera persona (es decir, de él). Si se atreve a afirmar algo sobre pensamientos o sentimientos ajenos, lo debe justificar diciendo, por ejemplo, que esa persona le proporcionó esa información previamente, o que en la documentación hallada a esta persona hay elementos (diarios, por ejemplo) que permiten sostener esa afirmación. Es decir, el acceso a la subjetividad de una mente ajena al autor deja rastro textual en un texto de no ficción (bibliografía, notas al pie, citas…), cosa que en un texto ficcional no ocurre. No, al menos, en el 99% de los casos, ya que, como por otro lado decía Searle, siempre cabe la posibilidad de que un autor juegue con esa característica y utilice fingidamente esos aparatos crítico-bibliográficos dentro de un texto ficcional. Genette fue consciente de ello y es por eso que concluyó que, pese que haya indicios textuales que apuntan a la ficcionales, nunca son suficientes ni necesarios. Así, la aparición de fuentes que justifiquen la representación de mentes y sentimientos ajenos es un claro indicio de no-ficcionalidad, pero no es un hecho concluyente en sí mismo. Así, con Genette, se podría decir que la novela “escrita” por el PC Writer 2008 podría ser ficcional si, por ejemplo (como es presumible), accede a la subjetividad ajena sin ofrecer ninguna justificación o base referencial. La no-intencionalidad del autor, de la máquina en este caso, no afectaría a la cuestión, ya que la ficción estaría más sujeta (aunque no exclusivamente) a las características formales del texto.

Si entendemos estas posiciones de forma antagónica (aunque, en verdad, el contraste entre Searle y Genette no se ajustan a una oposición tan mecánica), diríamos que para los defensores de la aproximación pragmática de la ficción, la narración del PC Writer 2008 o de cualquier dispositivo de inteligencia artificial nunca podría ser ficcional porque la ficción requiere intencionalidad. No obstante, la ficción elaborada por un dispositivo tal es posible para los que se aproximan a ella desde posiciones más semántico-sintácticas. Como cantaba Pete Seeger, ¿de qué lado estás? Y sobre todo, tal y como precisa toda aproximación verdaderamente filosófica, ¿por qué?.