– Con motivo del diálogo entre Reyes Mate y Sara Buesa en torno a una ética para la convivencia, organizado por Canal Europa –
Reyes Mate
Filósofo
Fecha de publicación: 02/06/23
Iñaki Vázquez— Según Walter Benjamin existiría una complicidad entre progreso y
barbarie.
Reyes Mate— Sí, en su Tesis VIII, Walter Benjamin dice que nada ha favorecido tanto al fascismo como considerarle lo opuesto al progreso. Hemos querido combatir al fascismo con progreso y eso es como apagar un incendio con gasolina.¿Qué tienen en común si parecen tan distintos? La naturalidad con la que sacrifican al ser humano a la hora de marcar un objetivo. El progreso ha sembrado la historia de víctimas y escombros, sin importarle el costo humano y social. Para el fascismo, sobre todo en su versión hitleriana, la misión histórica es irrenunciable. Había que salvar a la humanidad de sus enemigos y eso significaba dejar campar lo ario a sus anchas y exterminar lo inferior. Y no es que Benjamin fuera contrario al desarrollo científico y técnico. Al contrario. Pero distinguía entre considerar a la humanidad como el objetivo del progreso, de suerte que los avances estuvieran al servicio del hombre; y, al revés, considerar el progreso como objetivo de la humanidad, de suerte que la humanidad tuviera que someterse a las exigencias del progreso por el progreso.
I. V.— Jorge Santayana dijo aquello de que » Quien olvida la Historia está condenado a repetirla». La paradoja de la modernidad es que, en parte, es un proyecto de olvido (caso del colonianismo). Usted reitera que Auschwitz era, esencialmente, un proyecto político de olvido.
R. M.— Para los nazis, nada debía quedar del genocidio. Los cuerpos debían ser quemados, los huesos triturados y las cenizas aventadas. Sin rastros físicos no habría manera de recordar que existió una vez un pueblo como el judío. Era un proyecto radical de olvido pues no sólo perseguía acabar con el pueblo judío sino también con el judaísmo, es decir, con la aportación moral y simbólica del judaísmo a la historia de la humanidad. Esa estrategia tenía muchas posibilidades de ganar porque la mentalidad occidental es olvidadiza. Como dicen sus grandes filósofos: sólo importa el presente; y el pasado o el futuro sólo interesan en función del presente. La nuestra es una racionalidad amnésica. No sabemos lo que hubiera ocurrido si hubieran ganado los nazis. Es posible que no estaríamos aquí recordando ahora. Y esa amnesia explica la tónica violenta, repetida a lo largo de la historia. La historia sistemáticamente se construye sobre víctimas y no aprendemos, aunque las lloremos, porque las olvidamos en el sentido de que las invisibilizamos. Invisibilizar significa que aunque reconozcamos el dolor sobre el que está construida la historia, lo justificamos diciendo que es el precio del progreso. El culto al progreso es lo que invisibiliza a las víctimas. A eso, a considerar a las víctimas como seres insignificantes, llamamos olvido. Por eso, si queremos una historia sin violencia, sin víctimas, tenemos que visibilizarlas, es decir, tenemos que decir que sí son significantes o no in-significantes
I. V.— Desde una ética reconstructiva defiende una reconciliación que rescate a víctimas y victimarios para la sociedad vasca ¿De qué manera?
R. M.— El objetivo último de la memoria es el “nunca más”, es decir, hacer las cosas de otra manera para que no se repita el pasado. Lo que busca la memoria es crear las condiciones para que ese pasado violento no se repita. Para lograr ese objetivo todo el mundo tiene que moverse: los victimarios; la sociedad; y, de alguna manera, también las víctimas.
Primero, los victimarios: tienen que reconocer que lo suyo no fue un gesto heroico sino un crimen. Tienen que lamentar lo ocurrido. Tienen que reconocer que han hecho daño a seres inocentes y, además, que ellos mismos se han deshumanizado:
Pero la sociedad tiene que decirles que son importantes para el futuro de una sociedad reconciliada. No se les pide que se arrepientan de sus ideas (ese es otro negociado del que también abría que hablar pero en el contexto del sentido o sinsentido del nacionalismo)) sino de sus hechos.
Tienen que reconocer que para recuperar la humanidad perdida, la autoridad de las víctimas es incuestionable. Sólo ellas pueden salvarles.
También los espectadores: el crimen político ha encanallado a buena parte de la sociedad vasca. Yo creo que los vasos tienen demasiada buena idea de sí mismos, como la tenían los alemanes. Como bien pone en evidencia la novela de F. Aramburu, Patria, la violencia terrorista encanalla a la sociedad vasca: sorprende el nivel de cobardía, la facilidad para la traición y el soplo, el miedo desmesurado, la delación, el abandono de los amigos, el poder del qué dirán…No es como para estar orgullosos. Ese encanallamiento no se esfuma con el adiós de las armas. Eso está ahí y hay que trabajarlo.
También hay que hablar de las víctimas, asunto delicado: ¿por qué habrían de cambiar ellas? ¿acaso tienen que cambiar de ideología o de profesión porque fueron la causa del mal recibido?. Nada de eso, El cambio en cuestión nada tiene que ver con la culpa, que no tienen, sino con el lugar que ocupan en una sociedad azotada por el crimen. Por un lado, son el espejo en el que tiene que mirarse la sociedad (si quiere construir la convivencia sin víctimas tiene que reconocer a las que tiene) y también los individuos implicados en la violencia (sólo las víctimas pueden otorgarles el reconocimiento que les re-habilite como seres humanos). Esa recalificación en humanidad no se lo da el derecho penal (la cárcel), ni tampoco el aplauso de los suyos (los recibimientos festivos). El victimario necesita una segunda oportunidad; necesita sentir la necesidad de demostrar que quien una vez mató es capaz de hacer el bien. Pedir perdón es necesitar esa segunda oportunidad. Hay muchas víctimas capaces de dar esa segunda oportunidad a quien la solicite, urgido por la necesidad de demostrarse a sí mismo y la víctimas que se puede comportar humanamente. Vistas así las cosas hay que decir que la memoria es de por sí compasiva y no justiciera. Sabe que sólo hay futuro si cada cual se confronta con su pasado y asume sus responsabilidades. No basta que el violento o sus sucesores cambien estratégicamente (renunciar, por ejemplo, hoy al uso de la violencia pero justificándole en el pasado sería oportunismo pues da entender que el cambio se debe a que son más rentables los votos que las pistolas). Es necesario el cambio moral, es decir, reconocer que matar a alguien por defender una ideología no es defender una idea sino cometer un crimen. Sólo quien ha hecho ese camino autocrítico puede contribuir positivamente a un futuro sin violencia. Hay mucho por hacer. En la conversación con Sara Buesa me llamaron la atención las reflexiones de Sara, una víctima, sobre la compasión por el sufrimiento experimentado por la sociedad vasca. No sólo por el suyo, sino por el de el todas las víctimas y el de la sociedad. Ese espíritu compasivo –que no es amnésico ni justiciero- es el que abrirá camino
I. V.— Muchas gracias por atendernos.
R. M.— Gracias a ustedes.
