Iñaki Vázquez Larrea
Doctor en Antropología
Fecha de publicación: 10/06/23
“Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como “Las Soledades” de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento”.
Jorge Luis Borges.
“Yo me celebro y me canto,
Y cuanto hago mío será tuyo también
Porque no hay átomo en mí que no te pertenezca”.
Canto de mí mismo (Walt Whitman).
En Walt Whitman y en su obra, religión, filosofía y ciencia coexisten en asombrosa unidad. La íntima unión en el poeta de estos sistemas se comprende si advertimos que son tres manifestaciones ante un solo problema del misterio de la vida. El filósofo da respuestas a los misterios de la vida. El científico logra la aprehensión de los misterios de la vida.
Walt Whitman como religioso se acercaba a los seres y a las cosas con adorable reverencia y descubría en el tenue color, en la deslumbrante y magnética aurora, en la tierna y húmeda raíz en la callada piedra, en el secreto animal en la inocencia y candor del niño, en la astucia e inteligencia del hombre, el espíritu de Dios; estaba persuadido del parentesco de Dios con el hombre.
“Sé que el espíritu de Dios es hermano del mío.
Y que todos los hombres que han nacido son mis hermanos”
Al sentirse hermano de todos los hombres, ama tanto al amo como el esclavo.
“Quiero al esclavo de los algodonales o al que limpia las cloacas.
Le beso la mejilla derecha como a un hermano
Y juro por mi vida que nunca lo negaré.
Los dolores de la humanidad son sus dolores. Padece con el ladrón, con los enfermos y experimenta el ludibrio de la adversidad económica.
“No hay un muchacho de robo sin que yo esté también en el banquillo y me juzguen y me condenen.
No hay un enfermo de cólera que exhale su último suspiro sin que yo agonice con él. Mi rostro es ceniciento, mis músculos están tensos, la gente se aparta de mí.
Los pordioseros se encarnan en mí y yo me encarno en ellos.
Tiendo mi sombrero, me siento avergonzado y pido limosna” (David Reynolds, pág. 90).
Lo que Walt Whitman sentía como religioso lo hacía reverente a los misterios de la vida. Lo que tenía de filósofo lo volvía interrogante y reflexivo ante los misterios de la vida. Cómo filósofo no se dejó confundir por las sectas ni las escuelas filosóficas; después de servirse de ellas las abandona y deja atrás.
Walt Whitman dominaba los profundos arcanos del existir; sabedor de que evolución, transformación, metamorfosis, mutación, son grados de cambio, su filosofía, alimentada por su fina intuición, se asentó en el cambio y no en la estratificación. Nos dice:
“¡Durante cuánto tiempo nos engañaron!
Transmutados ahora, nos apresuramos a huir como huye la Naturaleza.
Somos la Naturaleza, durante mucho tiempo estuvimos lejos, pero ahora volvemos,
Nos convertimos en plantas, en troncos, en follaje, raíces y cortezas.
Estamos asentados en la tierra, somos peñascos.
Somos encinas, crecemos juntos en los claros del bosque” …
Más adelante elogia la ciencia positiva y proclama a los científicos caballeros a quienes corresponden los primeros honores.
Acepto la Realidad y no me atrevo a ponerla en duda,
Lo material la penetra del principio al fin.
¡Viva la ciencia positiva! ¡Vivan las demostraciones precisas!
Traed uvas y cedro y ramas de lilas.
Este es el lexicográfico, éste el químico, éste el que compuso una gramática de los antiguos jeroglíficos.
Estos navegantes hicieron que la nave atravesara mares
Desconocidos y peligrosos
Este es el geólogo, éste trabaja con el escalpelo éste es un matemático.
Caballeros, ¡para vosotros los primeros honores!” (David Reynolds, pág. 110).
Cuentan que Walt Whitman poseía una sorprendente estructura animal, buena y erguida cabeza: era huesudo, de paso atlético, costumbres frugales y comprometido con las más altas aspiraciones humanas; se decía de él que era un ciudadano ejemplar. Amigo de ese gran demócrata, de ese ciudadano que reflejaba las virtudes más puras de su época por ser las virtudes de su pueblo, el presidente Abraham Lincoln, pero no menos amigo de cualquier hombre común.
Iniciada la guerra de secesión, se sabía de su afinidad ideológica con el Presidente Lincoln, de su odio a la esclavitud representada por los estados del sur. En el combate se incorporó humildemente como enfermero asistiendo a los caídos de los dos bandos.
El 31 de mayo de 1865 cumplió 36 años; en esta fecha, en edición hecha por el mismo, publica su primer libro de poemas Hojas de Hierba.
Los pocos que la leyeron recibieron mal su obra. Los libreros pidieron que se le retirara y los 800 ejemplares armados con rústica belleza, la tapa adornada con el simbolismo de flores y de hojas y el significativo título de Hojas de Hierba fue un fracaso. Su poesía tuvo un solo admirador, Emerson, de quien Whitman recibió una carta que decía: “Sé el valor maravilloso que me habéis dado con Hojas de Hierba” (David Reynolds, pág. 112).
Renegó de la estructura social medieval de su tiempo, censuró su cultura; así lo manifiesta en Perspectivas Democráticas: “Existe una aureola de hechizo en torno a los crímenes más abominables y a las bajezas del mundo feudal y dinástico con su séquito de grandes señores, reinas y cortesanos, bien vestidos y bellos… Los grandes poemas incluso los de Shakespeare, son opuestos o cuando menos ajenos al orgullo y a la dignidad del pueblo común, la vívida sangre de la democracia. Los modelos de la literatura que obtenemos de otros países han tenido su nacimiento en las cortes; han crecido y visto la luz de los castillos, todos huelen a gracia de príncipes…Los Estados Unidos están destinados a superar la grandiosa historia medieval o a evidenciar el más tremendo fracaso” (Walt Whitman, pág.112).
Pero la nueva democracia, al desarrollarse comienza a mostrar sus contradicciones. Walt Whitman lo señala con espanto en Perspectivas democráticas:
“Lo mejor que demos hacer es mirar nuestra época y nuestro país con mucha atención y de frente, como un médico diagnosticará una enfermedad grave… A pesar de todo este frenético ardor y sus melodramáticos alaridos nadie cree honradamente en los principios sobre los cuales se sustentan los Estados. Vivimos en una atmósfera de hipocresía”.
“Una legión de iglesias, sectas…los más siniestros fantasmas que conozco, usurpan el nombre de la religión. La conversación por doquier, no es más que un fárrago de mal gusto. La falsedad de espíritu, madre de todas las malas acciones, ¿ha dejado una posteridad dudosa? “(Walt Whitman, pág. 140).
Hasta el siglo XIX se sostenía que el hombre no podía conocer la esencia de las cosas porque ello significa conocer a Dios, pero esto no quiere decir mucho, porque conocer la esencia de las cosas es un grado de conocimiento; lo único sustancial es si el hombre tiene la facultad de conocer la forma o el contenido de la más primaria manifestación de la vida, a partir de ese instante está ínsita la posibilidad de conocer los arcanos más profundos del cielo y la tierra.
Whalt Whitman nos da una lección sobre esto cuando dice:
“Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no lo comprendo en lo más mínimo,
Ni comprendo cómo pueda existir algo más prodigioso que yo mismo.
¿Por qué desearía yo ver a Dios mejor que en este día?
Algo veo de Dios en cada hora de las veinticuatro y en cada uno de sus minutos.
En el rostro de los hombres y las mujeres veo a Dios, y en mi propio rostro en el espejo”
(David Reynolds, pág. 326)).
La apetencia de libertad se materializa cuando se logra la incorporación de los bienes deseados, pero incorporarlos significa gozarlos y gozarlos, disolverlos y al disolverlos se disuelve también el concepto de libertad, simplemente por el hecho de haber sido aprehendido y gozado; entonces comienza a cesar la convicción de vivir en libertad.
Disueltos por el goce, ahora el ser apetece otros bienes que mientras no los hace suyos los vive con el desasosiego de lo necesario. Así el ser humano recorre su infinito camino movido por el impulso irrefrenable de libertad, salta dialécticamente de categoría en categoría, conquista mundos hasta ayer inaccesibles y avanza sin término.
Walt Whitman, dice:
“Esta mañana, antes del alba, subí una colina para mirar el cielo poblado.
Y le dije a mi alma: Cuando abarquemos esos mundos, y el conocimiento y el goce que encierran. ¿estaremos al fin hartos y satisfechos?
Y mi alma dijo: No, una vez alcanzados esos mundos
Proseguiremos el camino”
(David Reynolds, pág. 324).
BIBLIOGRAFÍA:
NAVARRO, J. S; The Myth of Narcissus; The Role of The Reader in Walt Whitman´s song of Myself, Atlantis 12.1 (1990): 109-114.
REYNOLDS, D. S; Walt Whitman´s America. A cultural Biography, New York, Vintage Books, 1995.
WHITMAN, W: Hojas de Hierba, Editorial Lumen, Barcelona, 1972.
WHITMAN, W: Perspectivas democráticas y otros escritos, Capitán Swing, Barcelona, 2013.
