Poema semanal de Fátima Frutos

Fátima Frutos

Gertrud Lucker in Memoriam

A Amaranta Morales y a Cáritas de Friburgo.

LA  BICICLETA  DE  GERTRUD

Podré hacerlo.
Sé que la luz puede llenar el mundo.
Ni de mis penas me acuerdo.

Nos espera el estupor en los rincones,
un incendio tumultuoso ciega las palabras.
Turbios avatares, desechos, interminables batallas,
cristales rotos, oscuridad vergonzosa, lloros, olvidos…

Por uno de sus flancos tomo mi bicicleta.
Como yo, herida por la ignorada catástrofe,
por esta temerosa condena que asola Friburgo,
sus empedradas calles, sus hollados edificios.

Pedaleo por Bertoldstraße. El aire entero 
me recibe y deja constancia de nuestras sombras.
A mi espalda, el atardecer de una libertad helada 
trasiega impuro y hecha un escalofrío me desplazo.
La Universidad me mira con el aviso cauteloso
de quien piensa el mañana largo sobre el gran vacío.
La iglesia de Adelhauser al frente, nave de arcos flotantes,
primer rumor de las murallas, 
maná que espera sobre un cono de humo,
premonición del inevitable destino, 
mas siempre con el altar en su indiscutible majestad barroca.

Arrastro la bicicleta hasta el habitáculo lateral
como cediendo a una caricia mutua,
al silente peregrinar con el que me palpita
esta fatiga, esta tristeza.

Transidos, sobre una mesa, pasaportes cautivos,
que no logran que escape fuera de este tiempo.
Víveres que anuncian que la tierra entera es pura.
Paquetes de promesas que agudísimas me traspasan.
Salvoconductos a expensas de la intemperie,
mares apresados en botellas de leche, panes,
arroz, abrigos que no creen en la lluvia, huidas
con la única certeza de inundar los desiertos tras la noche.
Manzanas con las que recibir los besos que nos separan.
Todo cabe en la próvida red con la que aguarda la esperanza.

Tomo de nuevo mi bicicleta, paciente mariposa.
Las manos revolotean con fervor sobre el zurrón.
Manos que claman por sus nombres en voz baja.
Agarro firme el manillar aun con el roce del miedo.
Juntas inventaremos al galope nuevos caminos.
Como amigas de sedosas siluetas sobre susurros.

Abro la puerta, siento que el viento me estrangula,
miro adelante porque sé contar las estrellas, suspiro.


Acelero hacia Schwabentorplatz empujada por otro cielo,
uno más clemente, que acepte a las hijas milenarias,
a las tribus, las razas, las madres, las fértiles mezcolanzas. 
Uno que sepa querernos sin pisarnos las rosas.