Jorge Alberto Álvarez Díaz
Profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco

Imagen: Javier Rupérez
Yehuda Arieh Klausner fue doctor en literatura hebrea. Yehuda envidiaba la libertad que disfrutaba su hijo de escribir como quisiera, sin el peso que tiene la revisión del estado del arte, contrastar fuentes, brindar pruebas, elaborar citas y notas a pie de página. Su hijo, Amos Oz, también le envidiaba, ya que “Él nunca tenía que estar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto” (Oz, 2007; p. 9). Un poco más adelante en el texto, Oz lo dice con todas sus letras “Empezar es difícil” (Oz, 2007; p. 13). Un genio, como Oz, no solamente puede realizar una serie de ensayos analizando fragmentos iniciales de grandes obras: él hace lo propio. El texto citado inicia con una introducción que lleva por título “Pero ¿qué existía antes del Big Bang?”; la primera frase es “Mi padre escribía libros sesudos”. Exquisito.
Empezar este texto es difícil: en el primer centenario de Kafka se podría hacer una biblioteca entera solamente con lo que se ha escrito sobre su vida y su obra. Resulta difícil no caer en la tentación de iniciar brindando una serie de datos sobre su vida y pasar así a algún detalle de su obra (en conjunto, alguna novela u otra narración en particular). Detalle que, por cierto, ya se habrá analizado desde diferentes perspectivas, a veces hasta contradictorias entre sí.
Para empezar (¿puede decirse esta frase luego de lo ya escrito?), vale la pena reproducir el inicio de la obra de Kafka que se comentará: Un médico rural, el relato publicando dentro del libro de título homónimo. De hecho, Oz dedica “Una madera en el torrente”, el cuarto de sus análisis, al comienzo de Un médico rural. Es el momento de aclarar que la cita que se reproduce es la que aparece en las Obras Completas editadas por Jordi Llovet. Esto es por una razón bien conocida: Traduttore, traditore. Kafka escribe en alemán (el alemán de Praga a inicios del siglo XX); la primera frase de Ein Landarzt es “Ich war in großer Verlegenheit”. En la versión en lengua española de la citada obra de Oz, la frase dice “Me encontraba en un serio dilema” (el editor de la versión española refiere la fuente utilizada). Sin embargo, al consultar la versión en lengua inglesa de La historia comienza, la frase reproducida es “I was in great perplexity”. Si hubiesen tomado la traducción argentina de los Relatos Completos de Kafka, publicada por Editorial Losada, habrían reproducido la frase “Me encontraba en un gran aprieto”. Y es que “Verlegenheit” admite estas posibilidades, y más. Analizar cuestiones de traducción correspondería a otro objetivo, resultando en un contenido distinto al que aquí se mostrará; sin embargo, hay que dejar señalada una de las limitaciones intrínsecas de este texto (y de cualquier otro que analice o comente lo dicho en otra lengua).
La primera y larga oración con la que Kafka inicia Un médico rural dice:
«Me hallaba en un gran aprieto: tenía que hacer un viaje urgente; un enfermo muy grave me esperaba en una aldea a diez millas de distancia; una fuerte tempestad de nieve llenaba el amplio espacio que mediaba entre él y yo; disponía de un coche ligero de grandes ruedas, exactamente el idóneo para nuestras carreteras comarcales; enfundado en mi abrigo de piel, con el maletín de instrumentos en la mano, me hallaba, listo ya para partir, en el patio; pero el caballo faltaba, el caballo.» (Kafka, 2003; p. 180)
Aquí ya está presente Kafka, el autor. Está presente la figura del médico; y aunque no se sabe todavía nada sobre el paciente, también está presente. ¿Qué mas puede encontrarse en el resto del texto?
Kafka, el autor
Tras la monumental biografía de Reiner Stach, poco hay que añadir. Así que tal vez lo mejor es hacerlo desde otra perspectiva que no sea la del dato historiográfico. Para ello se recuerda un texto de Gregorio Marañón, una biografía sobre el cretense Doménikos Theotokópoulos. Marañón se pregunta qué hubiese sido de este pintor genial si en lugar de haber llegado a España (tras su estancia en Italia) hubiese permanecido en Grecia, ¿habría llegado a ser El Greco? Seguramente no: todo ser humano es producto de su contexto histórico y sociocultural. Marañón pone otra personalidad ejemplar, el caso de Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada:
«Mas la obra genial no requiere sólo entendimiento y voluntad, sino la colaboración de estas específicas dotes creadoras, con las circunstancias, también estrictamente específicas, de tiempo y de lugar. El problema de los superdotados y de los números unos, aspirantes a genios, se plantea siempre sin contar con estas circunstancias, que sólo el azar depara y que casi siempre son decisivas. Para poner un ejemplo cotejable con el del Greco, citaremos a Santa Teresa: con sus mismas inteligencia y voluntad prodigiosas, puede pensarse que hubiera sido sólo una discreta y virtuosa mujer, doscientos años antes o después de la época de la Reforma y de la posibilidad de las fundaciones; y aun habiendo nacido en el tiempo propicio, es dudoso que hubiera creado su gran obra, social y literaria, de haber visto la luz en Alemania o en Rusia y no en España, y quizá precisamente en Castilla. Han de converger, pues, exactamente, para que el genio florezca, con la inteligencia y la voluntad excelsas, las circunstancias de tiempo y de lugar que forman el ambiente rigurosamente favorable. Y así se explica que la floración del genio sea casi un milagro, y como todos los milagros, excepcional.» (Marañón, 1963; p. 18).
El texto, probablemente muy orteguiano, deja un punto para pensar que contrasta con lo mostrado por Marañón: “El problema de los superdotados y de los números unos, aspirantes a genios, se plantea siempre sin contar con estas circunstancias, que sólo el azar depara y que casi siempre son decisivas”. Tal vez el caso de Kafka es justo al contrario; se ha intentado frecuente e insistentemente en aspectos de su vida para explicar su obra. No hay duda que habiendo vivido como lo hizo, donde lo hizo, y de la forma que lo hizo, hayan existido influencias de diferente tipo sobre su obra. Algunas se señalan en este texto, no con la visión reduccionista de una causalidad lineal, actualmente completamente anacrónica, sino como datos que ayudan a conocer y comprender fuentes de inspiración de la genialidad de Kafka.
Por otra parte, Luis Carlos Silva Ayçaguer ha dicho que “Todo autor es un rehén voluntario” (Silva Ayçaguer, 1997; p. 312). Tras esa afirmación, agrega “Creo que cada cual es rehén de lo que soberanamente ha decidido (y conseguido) publicar” (Silva Ayçaguer, 1997; p. 312). No se trata de un crítico literario ni de un filósofo; es un bioestadístico que habla sobre textos científicos. Esto puede aplicarse a cualquier texto; si se trata de uno privado, como una carta, queda una huella de algo que ya no se puede modificar (podrá apelarse a la intención, pero la palabra una vez consolidada en el hecho de la escritura tiene ya otro peso). Si se trata de un texto publicado, lo mismo vuelve rehenes a quienes escriben. Por ejemplo, a muchas personas les resulta extraño pensar en Kafka como risueño y gracioso, que según las referencias, lo era.
Kafka y un médico rural
En la primera mitad del siglo XIX, Jakob Kafka (1814-1889) procrea con Franziska Platowsky (1816-1880) a dos mujeres, Anna (1848-1936) y Julie (1854-1921), y a cuatro varones: Filip (1847-1914), Heinrich (1850-1886), Hermann (1852-1931) y Ludwig (1857-1911). Constituyen una familia de comerciantes. Por otra parte, Jakob Löwy (1824-1910) concibe con Esther Porias (1830-1859) a una mujer, Julie (1856-1934) y a tres varones: Alfred (1852-1923), Richard (1857-1938) y Josef (1858-1932); a la muerte de Esther, Jakob engendra con Julie Heller a dos varones más, Rudolf (1861-1921) y Siegfried (1867-1942). Familia con diversos intereses. En la segunda mitad del siglo XIX, Hermann Kafka une su vida a la de Julie Löwy, cuya descendencia incluye tres mujeres: Gabriele (1889-1942), Valerie (1890- 1942) y Ottilie (1892-1942); y tres varones: Franz (1883- 1924), Georg (1885-1886) y Heinrich (1887-1888).
Es un tópico recordar el señalamiento que hace Kafka en la Carta al padre sobre sentirse mas afín a la familia Löwy que a la Kafka. Siegfried Löwy fue un médico rural en Triesch (Moravia), quien no se casó ni tuvo hijos (al igual que Franz). Kafka visitaba al tío a menudo durante las vacaciones de verano; por ello se ha mencionado la influencia que esto pudo tener en la inspiración del texto (Bamforth, 2000). Sin embargo, en una nota de la edición de Jordi Llovet se lee lo siguiente:
«El tema del médico -o el santo- que yace al lado de un enfermo se encuentra en muchos lugares de la tradición literaria, pero Kafka lo leyó, con absoluta certeza, en uno de los tres cuentos de Flaubert, “Légende de saint Julien, l’Hospitalier”. Solo cabe apuntar una diferencia entre la manera de tratar el asunto en uno y otro escrito: en el caso de Flaubert, siguiendo la tradición, la compañía del santo consuela y cura al enfermo; en caso de Kafka, el enfermo sabe de antemano que la presencia del médico resulta vana, como el médico sabe que está aquejado, sin salvación posible, de la misma enfermedad que el paciente.» (Llovet, 2003; p. 1027).
Hay amplias referencias, documentadas en la biografía de Kafka escrita por Stach, sobre la admiración que sentían Kafka y Brod por la obra de Flaubert. Stach muestra la influencia de La educación sentimental, de Flaubert, sobre Preparativos de boda en el campo, de Kafka. Sabiendo que este texto lo escribió y reescribió Kafka entre 1906 a 1908, resulta plausible que haya influido en la concepción de Un médico rural. Aunque no existe manuscrito de esta obra, se sabe que debió haberse escrito en un cuaderno en octavo desparecido, después del A y antes del B, aproximadamente entre el 14 de diciembre de 1916 y mediados de enero de 1917.
“Un médico rural” ¿trata sobre un médico rural?
Ya se dijo, a propósito de Kafka, que toda persona (no solamente quienes son geniales) es lo que es, en alguna medida, resultado de la convergencia de algunas circunstancias de tiempo y de lugar. Del mismo modo, los productos humanos en general (como la literatura, lo mismo que la filosofía o la misma ciencia), así como los productos humanos concretos (cada obra de Kafka) son de algún modo productos sociohistóricos.
El bioeticista más importante en lengua española, Diego Gracia, considera que “el conocimiento de la realidad no es sólo lógico, sino también histórico; es lógico históricamente y es histórico lógicamente” (Gracia, 2012: xi). Además, puntualiza:
«Esto supone tanto como afirmar que nuestro conocimiento de las cosas es siempre provisional e incompleto. De ahí la necesidad de estar sometiéndolo a continua revisión. Lo cual significa que el saber sobre la realidad tiene siempre fecha, responde a una situación determinada concreta y, en consecuencia, que nuestra razón se halla necesariamente situada en el tiempo, y que, por tanto, es histórica» (Gracia, 2012: xi).
Por ello, entre otras razones, es que obras como la de Kafka adquieren sentidos distintos desde diferentes miradas que se han venido dando en lugares desemejantes y a través del tiempo, un siglo desde su fallecimiento. Es conocida la influencia de Kafka en grandes pensadores (literatos, filósofos, etc.); uno de ellos fue Jorge Luis Borges, quien en la década de 1930 escribía:
«La N. R. F. ha publicado en 1933 una versión de su novela “El proceso”, libro que me atrevo a juzgar menos extraordinario que los cuentos recopilados bajo el nombre general “Ein Landarzt” (“Un médico de campaña”), no traducido aún.»
El Proceso es considerada una obra maestra de la literatura universal, y hay quienes estiman que se trata del mejor trabajo de Kafka; al parecer, para Borges no sería así. Si para Borges Un médico rural resulta más extraordinario que El proceso, tal vez para alguien más no sea así. Deleuze escribió en 1969 que “el sentido no es nunca principio ni origen, es producto. No está por descubrir, ni restaurar ni reemplazar; está por producir con nuevas maquinarias” (Deleuze, 1994; p. 90).
Si se buscan rasgos característicos de la obra Kafka, Borges elaboró una propuesta: “dos ideas ⎯mejor dicho, dos obsesiones⎯ rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas” (Borges, 1919; p. 9).
Amos Oz identifica en su análisis del comienzo de Un médico rural que “hay un informe exacto de un acontecimiento real y creíble, en el curso del cual los hechos dan un giro de pesadilla. Al lector no le resultará nada fácil identificar el momento preciso en el que tiene lugar este vuelco” (Oz, 2007; p. 46). Oz interpreta que el médico rural del relato (cuyo nombre no se conoce; ni siquiera nos deja una inicial) expone los hechos al principio del texto casi como si tuviese que defenderse de una acusación criminal frente a un jurado. Considera esta defensa inicial como íntegra; sin embargo, un tercio del relato lo dedica a la defensa de un cargo que nunca se conoce, pasando de intento de persuasión a la tentativa de causar compasión. Este giro sería debido a la vergüenza y la culpabilidad: el caballo del médico murió (ahogado), el médico fue incapaz de proteger a Rosa, y tampoco pudo curar al paciente. Oz considera el alegato una excusa irracional y circular del tipo “lo primero no se puede hacer porque falta lo segundo, que impiden las limitaciones de lo tercero, lo cual es consecuencia de una escasez de lo cuarto que sólo se puede remediar consiguiendo lo primero” (Oz, 2007; p. 51). Esta argumentación puede ser vista como la jerarquía infinita propuesta por Borges.
Dentro de las varias interpretaciones que se han hecho de Un médico rural, está la que indica que el relato puede leerse en clave ética a través de la idea de responsabilidad (Álvarez Díaz, 2008). El término responsabilidad es un cultismo, esto es, tiene su etimología en una lengua clásica, pero tras el préstamo por una lengua moderna, por lo que no ha sufrido las modificaciones fonéticas o morfológicas propias de los términos populares. Por ello, no se encuentra en el latín clásico, aunque hunda sus raíces en esa lengua. La palabra se forma a partir del supino responsum del verbo latino respondere (dar correspondencia a lo prometido, responder), con el sufijo –idad de cualidad y el sufijo latino –bilis (que puede, que es capaz de, que es posible); pero, además, se forma con el prefijo re– (reiteración, vuelta al punto de partida, idea de vuelta atrás) sobre el verbo latino spondere (prometer, obligarse y comprometerse a algo). De ahí que se entiende que la responsabilidad es la cualidad de alguien que es capaz de responder a sus promesas o compromisos. De spondere también vienen palabras como esposo y esposa (del latín sponsus y sponsa, que en el origen significaban prometido y prometida), esponsales, desposar, etc.
La lectura ética que propone Álvarez Díaz es tal porque el término responsabilidad también tiene una connotación legal. Kafka estudió derecho, por lo que también abundan interpretaciones de la obra de Kafka en clave jurídica. En todo esos casos, la idea de responsabilidad no tiene que ver con el sentido ético, sino con el jurídico, que es el de encargarse de las consecuencias de los actos. El sentido ético del término responsabilidad es antecedente: se es responsable del acto que se va a realizar (o que no se va a realizar; el compromiso y la respuesta lo son ante el acto mismo). El sentido jurídico del término es consecuente: se es responsable por las consecuencias de un acto ya realizado (el compromiso y la respuesta lo son ante las consecuencias de un acto realizado).
La lectura ética es posible, además, pensando que a Kafka se le ha interpretado desde el existencialismo, donde la libertad y la responsabilidad son cruciales. Sartre, existencialista posterior a Kafka, dijo que los seres humanos están condenados a ser libres, por lo que están dotados de responsabilidad. Esta condena lo es porque resulta en una paradoja: los seres humano s no son libres de no serlo. La libertad del médico rural le responsabiliza: debe acudir a atender a un paciente, pero al mismo tiempo debe proteger a Rosa. Esto es un problema ético: un conflicto de deberes, que también puede entenderse en clave de conflicto de valores. Por un lado está la atención al paciente como valiosa, un valor instrumental, pretendiendo mejorar la salud y/o prolongar la vida, que son valores intrínsecos; por otro lado, esto entra en conflicto con el valor de la dignidad de Rosa, otro valor intrínseco. Para que un conflicto de valor sea tal, deben chocar dos o más valores.
Más allá de la ética
Como toda creación humana, la ética tiene una historia en donde se van ensamblando diferentes tradiciones en el llamado mundo occidental. Este mundo, desde donde se escribe y, seguramente, se lee este texto, tiene también su origen y desarrollo. El origen del mundo occidental ocurre en el Imperio Romano, que abarcó todo el Mediterráneo, y donde confluyen todas las culturas ahí desarrolladas. Sin embargo, no todas las culturas dejaron su legado con igual fuerza, ya que las predominantes fueron dos: la griega y la judeocristiana. En la Grecia antigua surge la ética como una disciplina autónoma; sin embargo, después del periodo clásico (Sócrates, Platón, Aristóteles) sigue el helenismo, donde se desarrolla exuberantemente el estoicismo. Será la visión estoica, y no la aristotélica, la que influya más en la fusión con el judeocristianismo. En esta fusión, la ética quedó subsumida a la teología; de ahí la famosa frase latina Philosophia ancilla theologiae, o la filosofía es sierva de la teología. Por ello, lo que se hizo en toda la Edad Media no fue tanto una ética autónoma, sino una ética teológica (la teología moral del cristianismo católico). En el Mundo Moderno se inicia la secularización, que correspondería al paso de algún dominio de la esfera religiosa al dominio de la esfera civil. Hay una primera secularización de la política, que probablemente sea la más citada; sin embargo, hay una segunda secularización, ahora de la ética, con el trabajo de Immanuel Kant (habrá una tercera secularización, ahora del cuerpo, pero hasta la década de 1970, tras el nacimiento de la bioética, lo que queda fuera de este comentario por ser posterior al mundo de Kafka).
Tras convertirse la ética en una disciplina autónoma de la religión, ésta prácticamente desaparece de círculos académicos, con frases demoledoras (“Dios ha muerto”, de Hegel, que hará particularmente famosa el trabajo de Nietzsche; o “Si Dios ha muerto, entonces todo está permitido”, de Dostoievski). Posteriormente, el desarrollo de la fenomenología realizará algunos aportes que es necesario comentar para situar esta sección, y determinar si hay algo más que ética en Un médico rural, y en general en la obra de Kafka. Los fenomenólogos comenzaron a analizar el fenómeno religioso, en buena medida a influencia del existencialismo. Tras el racionalismo kantiano y sus desarrollos posteriores hasta el idealismo hegeliano, la ética tiene claro que se trata de un tema: el deber. Suele decirse, para remarcar su desarrollo secular, “el deber, por el deber mismo”, no por indicaciones de religiones o influencia teológica. La pregunta que vendrá después es ¿todo puede reducirse a la experiencia ética? O ¿hay algo en la experiencia humana, además de la ética? La ética, al tratar del deber, se refiere fundamentalmente a la justicia: lo que debe hacerse es lo justo, y el correlato es que no debe hacerse algo injusto. Sobre estos temas han corrido ríos de tinta sobre toneladas de papel, por lo que aquí apenas se señala. Ya los antiguos se habían dado cuenta que no todo puede responderse con la justicia y el deber. Un ejemplo clásico es la relación paterno filial. Si un padre y una madre engendran un nuevo ser, y en ese sentido, le dan o le transmiten la vida, resulta que, en estricta justicia, la descendencia debería dar la vida o transmitirla a quienes les engendraron. Esto es, a todas luces, imposible. Resulta entonces que los seres humanos recibimos cosas no por que se nos deban, n por merecimiento, no en estricta justicia, iniciando por la vida misma. Eso que se recibe sin merecerlo es lo que se ha denominado como “don”, “gracia”, “regalo”. Esto no es sinónimo de que exista un Dios personal, el Dios de las religiones monoteístas occidentales (en orden de aparición: judaísmo, cristianismo e islamismo); se trata de una experiencia que es distinta a la de la ética. Si la ética trata del deber y la justicia, ¿quién analiza el don y lo dado? El pensamiento religioso (no necesariamente teológico).
Era necesario este largo comentario porque es durante el siglo XX que esto se desarrolla enormemente en filosofía. Aunque tal vez no se mencione tanto, hay algo en el mundo de la literatura que va paralelo a estos desarrollos. Es conocido el esfuerzo realizado por Edwin Muir como traductor de Kafka a la lengua inglesa. A inicios de la década de 1930, Muir escribió:
«Las ideas principales que atraviesan la obra de Kafka pueden condensarse en cuatro axiomas. Los dos primeros son que, comparado con la ley divina, por injusta que a veces nos parezca, todo esfuerzo humano, incluso el más elevado, está equivocado; y que siempre, independientemente de lo que nos digan nuestra mente o nuestros sentimientos, el derecho de la ley divina a una reverencia y obediencia incondicionales es absoluto. Los otros dos son complementarios: que existe un modo correcto de vida y que su descubrimiento depende de la actitud de cada uno hacia poderes que son casi desconocidos.»
Está bien documentado que Kafka leyó obras de Kierkegaard (lo cita en sus Diarios y en varias Cartas). Suele considerarse a Kierkegaard como padre del existencialismo; aunque ya se mencionó que la libertad y la responsabilidad son temas centrales para el existencialismo y la ética, el propio Kierkegaard se dio cuenta que hay algo más allá de la ética. El pensador danés consideraba que los estadios de la vida humana eran el estético, el ético y el religioso, que analiza profundamente en libros como Temor y temblor, que Kafka leyó con seguridad. Kierkegaard pone como ejemplo a Abraham y la solicitud del homicidio de su hijo. Esto, clarísimamente, va en contra de la ética (el 5º Mandamiento de Moisés), pero hay algo más, que es la ley divina. Abraham lleva a Isaac al monte no para cumplir un mandato ético, sino uno religioso, que, además, entiende como superior al ético.
Edward Said, teórico y crítico literario y musical, publicó a los 40 años un libro dedicado a la teoría de la crítica. Según Said, siguiendo la concepción antigua del tiempo, circular, un “comienzo” es esencialmente un acto de regreso, volver hacia atrás, no solamente un punto de partida para un progreso lineal. En todos y en cada uno de los comienzos hay una interrelación entre lo conocido y lo nuevo. Un comienzo diferencia un texto como una particular actividad verbal que no debe ser confundida con otra cosa ni asignarse a una persona. Los comienzos son seculares, humanos. Por el contrario, el “origen” es divino, al menos para Said, quien afirma lo siguiente:
«el comienzo es básicamente una actividad que en última instancia implica retorno y repetición más que una simple realización lineal, que empezar y volver a empezar son históricos mientras que los orígenes son divinos, que un comienzo no sólo crea sino que es su propio método porque tiene intención» (Said, 1975; p. xiii).
¿Será por esto que el título de la citada obra de Oz es La historia comienza y no El origen de la historia? Puede ser. Reestructurando y resumiendo los axiomas de Muir, habría que decir que en la obra de Kafka puede apreciarse que: 1) Comparado con la ley divina, todo esfuerzo humano, incluso el más elevado, está equivocado (en Un médico rural, no importa cuánto se esfuerce el médico ante sus deberes éticos: si hay algo divino, está por encima de él); 2) siempre, independientemente de lo que indique la mente o los sentimientos, el derecho de la ley divina a una reverencia y obediencia incondicionales es absoluto (en Un médico rural, por mucho que el médico piense acerca de o sienta algo por Rosa, hay algo por encima); 3) existe un modo correcto de vida (que no queda claro en el relato de Un médico rural, pero que se supone debe existir para justificar el alegato continuo del médico); y 4) el descubrimiento del modo correcto de vida depende de la actitud de cada uno hacia poderes que son casi desconocidos (de hecho, en Un médico rural nunca se desvelan, ni siquiera de esbozan). Probablemente por esto es que lo kafkiano remite a la jerarquía infinita que Borges distingue: remitir incesablemente hacia el comienzo, una y otra vez, deja más claro su carácter humano y al mismo tiempo, al no localizar un origen, deja clara la presencia de lo que se ha denominado como trascendente, lo religioso, lo divino.
Bibliografía, notas y fuentes:
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Bamforth I. (2000). Kafka’s uncle: scenes from a world of trust infected by suspicion. Medical humanities, 26(2), 85–91. https://doi.org/10.1136/mh.26.2.85
Borges, J. L. (1919). Prólogo. En: Kafka, F. La metamorfosis. Buenos Aires: Losada.
Borges, J. L. (2002). Textos recobrados 1931-1955. Barcelona: Emecé Editores.
Deleuze, G. (1994). La lógica del sentido. Barcelona: Paidós.
Gracia, D. (2012). Prólogo. En: Sánchez González, M. A. Historia de la medicina y humanidades médicas. Madrid: Elsevier.
Kafka, F. (2003). Un médico rural. En: Kafka, F. Obras completas III. Narraciones y otros escritos. Barcelona: Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores.
Llovet, J. (2003). Notas a “Un médico rural”. En: Kafka, F. Obras completas III. Narraciones y otros escritos. Barcelona: Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores. p. 1015-1036.
Marañón, G. (1963). El Greco y Toledo. Madrid: Espasa-Calpe.
Muir, E. (1939). A note on Franz Kafka. Bookman, november, 235-241.
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Said, E. (1975). Beginnings. Intention and method. New York: Basic Books.
Silva Ayçaguer, L. C. (1997). Cultura estadística e investigación científica en el campo de la salud: una mirada crítica. Madrid: Díaz de Santos.

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