Maite


Reseña de Aramburu, F. (2026). Maite . Tusquets Editores.

Pedro Barruso Barés
Profesor en la Universidad Complutense de Madrid

Fecha de publicación: 12/05/26

Probablemente, el lector que se acerque a esta nueva novela de Fernando Aramburu se sorprenda por la lectura de esta obra. Pero la sorpresa no se debe al autor, sino a la promoción de la obra, en la que se resaltaba que Aramburu volvía al tema del terrorismo y, además, en los trágicos días de julio de 1997, cuando se llevó a cabo el secuestro y asesinato del concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco. Es innegable que el plan de marketing de la obra es muy acertado. Todos los que esperaban o esperábamos la obra de Fernando Aramburu teníamos la mente puesta en la exitosa «Patria» y era esperable una obra similar a la anterior. Sin embargo, el resultado fue diferente a lo que creo que esperaban muchos lectores.

Antes de proseguir, quisiera hacer una reflexión personal sobre Fernando Aramburu, un autor al que sigo desde hace tiempo y que creo que es uno de los escritores que mejor refleja a la sociedad vasca en su serie Gentes vascas, de la que forman parte obras memorables, pero quizá menos difundidas que Patria. La serie se inició con Los peces de la amargura, publicada en 2006 y que me parece una de las mejores obras de ficción sobre el terrorismo vasco.

De esta misma serie forman parte títulos como Años lentos que retrata los años de juventud del autor en su San Sebastián natal y pone de manifiesto el importante papel que jugó un sector del clero en la difusión de las ideas de un nacionalismo renovado que desde muy pronto iba a optar por la violencia al confundir el País Vasco de los años sesenta, pese a estar sumido en una intensa dictadura, con territorios coloniales que luchaban por su independencia.

En la misma serie podemos citar Los hijos de la fábula, que fue presentada como una sátira sobre el final de la violencia pero que en realidad es un perfecto fresco de la inutilidad de un proyecto armado que daba sus últimas bocanadas en las primeras décadas del siglo actual a la vez que asistimos al proceso de autodestrucción de uno de los protagonistas cuando se da cuenta de que se había embarcado en un quimera. Se completa la serie, por el momento con El niño. En este título Aramburu se aparta de los efectos de la violencia en el País Vasco, pero se centra en la trágica explosión de octubre de 1980 en el colegio Marcelino Ugalde de Ortuella que causó la muerte de 53 personas, cincuenta de ellos niños, en una obra conmovedora y que podemos colocar entre las más destacadas del autor.

Pero volviendo a Maite ya hemos dicho lo que no es, pero ha llegado el momento de decir lo que es. Su autor, en una entrevista de prensa, definió el libro como una “novela de mujeres”, y efectivamente lo es. Las tres protagonistas —Maite, Elene y Manoli, madre de las dos hermanas— son las tres protagonistas de la novela y en la que los personajes secundarios; el padre fallecido, el marido de Maite o el viejo amor de Elene, pasan a un plano secundario, aunque este último tiene mayor peso en la historia.

Pero antes de hacer referencia los personajes, y la simbología que Aramburu, adjudica a cada uno de ellos, quiero hacer mención a algo me llama poderosamente la atención del libro. La perfecta manera en la que el autor describe San Sebastián y en especial la llamada “área romántica” que se corresponde con el espacio entre el Boulevard y el Buen Pastor. La perfección en la descripción hace que el lector tenga la sensación de estar acompañando a la protagonista en su deambular por las calles de la ciudad. También es cierto que para el lector no donostiarra o que no conozca bien la ciudad esta sutil percepción se le pueda escapar pero creo que la perfección de la descripción lo compensa con creces.

Otro aspecto reseñable de esta novela de mujeres es como Fernando Aramburu utiliza un hecho puntual —la enfermedad de Manoli— para propiciar un encuentro familiar entre las dos hermanas que han seguido trayectorias diferentes. Elene, se trasladó a Estados Unidos, quizá escapando de una atmósfera un poco asfixiante de los años más complejos de la historia reciente del País Vasco. Pese a su inicial desubicación motivada por su ausencia, finalmente el arraigo y el contacto con los paisajes de su juventud le hace reconectar con su realidad pasada que se materializa con la figura del antiguo novio de Elene. Este personaje, desde mi punto de vista de gran interés, es la metáfora de una relación con un entorno, que a pesar de la ausencia de años, no se acaba de romper y a le vez sirve para recuperar un pasado que puede ser idealizado pero que supone regresar, cierto modo, a lo que ahora se denomina “zona de confort”.

Pero yendo un poco más allá, aparte de que Elene represente uno de los problemas más graves de la actualidad como es el de la violencia de género, supone el “distanciamiento emocional” del problema de la violencia que se estaba produciendo en el País Vasco en esos años. El intento de poner distancia ante un contexto de violencia que complicó enormemente la convivencia. La distancia hace que Elene, a su regreso y con la distancia de años de ausencia, se escandalice ante la “normalización” de la violencia que han llevado a cabo su madre y su hermana.

Por el contrario su hermana Maite representa a esas personas que se quedaron, que ejercieron una resistencia silenciosa frente a la violencia —Aramburu lo plasma magistralmente con la asistencia de Maite a las concentraciones silenciosas de Gesto por la Paz— que no se resigna a la anomalía que supone la violencia pero que a la vez trata de convivir con ella para trata de poder continuar con su vida representativa de la clase media urbana que asistió en silencio al drama que se desarrollaba en las tierras vascas y que, tan solo en casos de extrema crudeza se echaba a la “calle”, espacio metafórico que los violentos trataban de monopolizar (en sus documentos internos señalaban de manera expresa la importancia de controlar la “calle”), como ocurrió en 1981 con el asesinato del ingeniero José María Ryan y en el caso de Miguel Ángel Blanco.

Maite, y su marido, simbolizan a una gran mayoría de habitantes del País Vasco que optaron por quedarse. Por seguir con su vida cotidiana, manteniendo una actitud silenciosa ante la situación de violencia, que se aprecia de manera más clara en el caso de marido de Maite, pero que es reprochada en el plano interno. La interioridad del conflicto queda muy bien descrita en los encuentros de las protagonistas. Aquí Aramburu recoge magistralmente escenas que ya hemos visto en películas como Yoyes (Helena Taberna, 2000), donde en una comida familiar uno de los comensales reprocha a la protagonista su regreso, o en la más desconocida y quizás poco valorada Todos estamos invitados (Manuel Gutiérrez Aragón, 2008).

Finalmente Manoli. La madre de Maite y Elene, cuya enfermedad provoca el reencuentro familiar, representa la resignación ante la violencia que sacudía al País Vasco. Es el símbolo de la nostalgia de un mundo que se desmorona (no solo en las calles sino en el ámbito personal por la ausencia de su marido) y de la vulnerabilidad producida por la enfermedad. Manoli es el centro de la novela ya que es ella la que desencadena la reunión familiar y que hace que sus hijas se replanteen su situación personal.

En función de todo lo anterior, y volviendo al principio, sí estamos ante una novela sobre la violencia en el País Vasco. Una vez más Aramburu logra trazar un fresco directo y claro de lo que supusieron los años de violencia en la sociedad vasca. Lo que ocurre es que la forma en que lo presente es más sutil que en Patria, donde narra de una manera insuperable los efectos directos de la violencia en las familias de la víctima y del victimario.

En esta obra Aramburu la violencia aparece —aparentemente— como un escenario en el que se mueven tres mujeres que tratan de seguir con su vida cotidiana con el drama del secuestro y asesinato del concejal popular de fondo. Es toda una metáfora el ruido de las calles que protestan por lo que estaba ocurriendo con el silencio y el devenir diario de las protagonistas.

Retrata, usando el perfil del tres mujeres, los diversos efectos que tuvo la violencia en aquellas personas que no fueron ni víctimas ni victimarios. Aquellas personas que optaron por una distanciamiento/exilio emocional, como es el caso de Elene, pero que no fueron o no quisieron romper los lazos emocionales con el País Vasco. Aquellos que aprendieron a convivir con la violencia, que trataron de asimilarla como medio para llevar a cabo una vida de normalidad representados por Maite. Una mayoría social que rechazaba en silencio la situación de violencia pero que en escasas ocasiones manifestaba su rechazo o cuando lo hacía en las calles, de manera muy simbólica, era en silencio como el caso de Maite. Y, finalmente, la resignación —Manoli— resultado de años de miedo y de silencio que expresa gráficamente con la frase “esto es lo que nos ha tocado vivir”. Estamos por tanto ante un sutil retrato de la sociedad vasca que convivió con el terrorismo a lo largo de casi cincuenta años de violencia.

En conclusión decir que estamos ante un gran texto de Fernando Aramburu, un autor que narra con gran perfección lo que supuso el periodo de la violencia en el País Vasco y que en esta ocasión se acerca a la cotidianidad de la violencia a través de la construcción simbólica de tres mujeres que reflejan las diversas opciones ante la violencia de la mayoría de la sociedad vasca que creía que la violencia no les había afectado. Fernando Aramburu demuestra magistralmente que no fue así.