Nuevos territorios para la innovación

David Zabala Alaba
Emprendedor

Fotografía: María Herreros Ferrer

Innovar es explorar. Innovar es embarcarse en aventuras inciertas y que comportan riesgo. Aventuras para las que no hay más compañía que la de uno mismo y el mapa que puede ser la suma de la propia intuición y una experiencia previa que, dependiendo de la aventura, puede traicionarnos.

Innovar con éxito significa trazar nuevas rutas, traspasar fronteras, descubrir nuevos territorios y, a veces, incluso nuevos mundos. Fracasar en la innovación, por el contrario, a veces significa llegar tarde al destino, llegar al punto de partida, o lo que es peor, perderse en el camino… Algunos dicen que la innovación y el fracaso son hermanos gemelos. Para muestra, algunos datos: 7 de cada 10 productos fallan en su lanzamiento al mercado. El 65% de los proyectos de innovación fracasan en menos de un año, un 25% tiene opciones de éxito, pero solamente un 5% lo alcanza. Aproximadamente de cada 1000 aventuras, solamente 4 tienen éxito.

En el mundo empresarial se habla mucho de innovación y se nos llena la boca recalcando su importancia, lo necesario que es estimularla y la estrecha relación que tiene con el talento de las personas y la competitividad de las empresas y de los países. No cabe duda de que la innovación es uno de los motores fundamentales de las organizaciones, y como tal de su sostenibilidad económica, evolución y crecimiento. Michael Porter, considerado el padre de la estrategia competitiva, afirmaba que la competitividad de una nación, y por tanto de su tejido industrial y económico, depende de la capacidad de innovar y mejorar.

Pero lo cierto es que la innovación se trata de un concepto ampliamente extendido, generalmente mal entendido… y mucho peor aplicado.

El objetivo de este texto es el de llegar a una definición de la innovación, abarcando sus claves más importantes; y hacerlo en forma de viaje breve para el lector, de la misma manera que la propia innovación es un viaje para los que apasionadamente nos dedicamos a ello. Y que, adicionalmente, este viaje sirva de “mapa” para facilitar la tarea a todos aquellos que tarde o temprano nos encontramos ante la necesidad de innovar… que, en definitiva, somos todos.

Para empezar, si cogemos una muestra de directivos empresariales y les pedimos que nos definan la innovación de manera simple, lo más probable es que nos encontremos con definiciones como “hacer cosas diferentes”, “crear nuevos productos y/o servicios” o hasta “mejorar”. Y en realidad no irían demasiado desencaminados, si bien estarían obviando el objetivo final de la innovación, que no es otro que el de crear valor, entendido como el de servir mejor a los clientes (ya sean actuales o nuevos). Se trata de tener un enfoque que descuidamos más a menudo de lo que deberíamos: el de poner al cliente en el centro de las decisiones empresariales. Y los cambios que hacemos, la innovación, es una de ellas.

Porque, ¿para qué sirve “hacer cosas nuevas” o “crear nuevos productos y/o servicios” o incluso “mejorar” si eso no repercute directa o indirectamente en quien sustenta lo que hacemos?

Así, si tuviera que hacer una primera aproximación al concepto de innovación sería: “Generar cambios para crear valor para el cliente”.

Llegados a este punto, tendemos a pensar que la innovación es solo tecnológica, y que esos cambios de los que hablamos están ligados a grandes descubrimientos científicos, actividades tecnológicas muy punteras, técnicas y especializadas. Y nada más lejos de la realidad, puede tratarse de cambios en cualquier área de la compañía (marketing, comercialización, comunicación, fabricación, logística, administración, finanzas, personas…).
Lo primero que debemos entender es que no vivimos en una era de cambios, sino en un cambio de era. Una era donde lo único constante es el cambio. Los resultados del mañana pasan por la adaptación a un mundo que cambia aceleradamente. Y adaptación a todos los niveles. Por eso, cuando hablamos de cambio no hablamos solamente del cambio tecnológico. La tecnología es una especie de caja de herramientas: aceleradora del cambio. Y es por ello que es necesaria, imprescindible, pero no es, en ningún caso, lo único que debemos tener en cuenta.

¿Y cómo se crean esos cambios?

Esos cambios (no solo tecnológicos) solo pueden crearse desde el conocimiento (no solo científico, sino también sociológico, filosófico o empresarial) … y, sobre todo, desde la exploración.

Regresamos ahora al punto de partida del texto, donde hablábamos de exploración, puesto que es uno de los aspectos fundamentales (si no el que más), cuando hablamos de innovación. Y lo repetiré las veces que haga falta: Innovar es explorar. Innovar es embarcarse en aventuras inciertas que comportan riesgo. La innovación consiste en poner el futuro en la agenda del presente. Consiste en calendarios en los que el explorar se hace un hueco entre las gestiones de los negocios actuales. Porque la labor de un negocio no es otro que el de explorar y explotar; y esta dualidad ambidiestra la que permite a las empresas sostener sus negocios actuales (explotar) y, simultáneamente, adaptarse a los cambios y disrupciones que asoman.

Cuando hablamos de explorar, por supuesto que hablamos de aptitud, de estar formados y preparados para la aventura; pero sobre todo estamos hablando de actitud. Para innovar, vale más la actitud que la aptitud. La actitud de entrega, de sacrificio, de disciplina, esfuerzo, perseverancia; y la puesta en acción de dos talentos innatos de todo ser humano: la curiosidad y la creatividad, que no es otra cosa que mirar adonde todo el mundo mira… pero ver lo que nadie más ve.

Si añadimos estos matices a la primera aproximación que hacíamos al concepto de innovación, estaríamos ahora en que innovar es “generar cambios (no solo tecnológicos), basados en el conocimiento (no solo científico) y en la exploración; para crear valor para el cliente”.

Y llegamos a la parte final de nuestro viaje, y a la vez a la más importante: a la parte en la que ahondamos, un poco más de lo que hemos hecho antes, en la pregunta de ¿para qué innovar?

Decíamos antes que innovamos para crear valor para el cliente, pero es que crear valor para el cliente, en los tiempos que corren, significa crear valor para el cliente… y también para la sociedad. No se puede entender un negocio o una innovación que no sea sostenible, entendida desde sus tres vertientes: la sostenibilidad económica, la sostenibilidad social y la sostenibilidad medioambiental. Porque un negocio que solo gana dinero es un negocio pobre…

Entonces, ¿para qué innovamos?

Innovamos para sobrevivir, para esquivar la mediocridad y para mejorar. Mejorar la vida de los demás y, como consecuencia de lo anterior, mejorar la nuestra. Porque innovar es servir mejor a los clientes y servir mejor a la sociedad.

Innovamos, en definitiva, para vivir en un mundo mejor.

Así, llegamos a una definición de innovación que reza: “generar cambios (no solo tecnológicos), basados en el conocimiento (no solo científico) y en la exploración; para crear valor (no solo económico, sino también social y medioambiental)”.

Llegados a una definición, a este nuevo territorio (que a su vez nos permitirá encontrar otros), es momento de despedirnos.

Decía el escritor Andre Gide que “no encontraremos nuevas tierras hasta que no estemos dispuestos a perder de vista la costa por un largo periodo de tiempo”. Y es que así son las cosas cuando hablamos de innovar y de explorar. Salir a mar abierto a jugarnos el tipo no nos garantiza nada, pero es una condición indispensable para encontrar algo que merezca la pena.

Y ahí reside el mérito de los innovadores. Ahí reside el mérito de los exploradores.

Los mapas del presente son fruto de los exploradores del pasado.
Los mapas del futuro serán fruto de los exploradores de hoy.

Exploremos.
Innovemos.
Creemos un mundo mejor.