Entrevista a Fernando Savater

Filósofo

Ensayista, dramaturgo, novelista, padre, amigo, enemigo, alumno y profesor, activista, amante de las carreras de caballos… y sobre todo, lector. Sobrando las presentaciones, charlamos sobre educación y literatura, que de manera tan estrecha caminan.

Juan Alberto Vich— Publicó La infancia recuperada (1976) sin conocer La infancia perdida de Graham Greene, ensayo que versa acerca de las lecturas más destacadas de su niñez. Ambos títulos aluden a una infancia definida y existente, que se tuvo y que, en un momento dado, con el paso de los años se llegó a perder. “Fue” porque, como aludía San Agustín, hacemos presentes las cosas pasadas, porque guardamos consciencia de una continuidad temporal que estuvo acompañada de referencias que crecieron junto al niño… Ya no hay Tintines ni Guillermos Brown, quizá haya otros ¡con suerte! Pero la mayoría queda a merced de un mercado que oferta novedades constantes. No se madura con los héroes ni se establecen vínculos fuertes de tú a tú con los personajes… Fernando, ¿qué consecuencias considera usted que puede generar la pérdida de referencias a estas edades? Rilke definió la infancia como la patria del hombre, ¿se vuelve el adulto, sin infancia definida, vagabundo errante sin tierra a la que regresar?

Fernando Savater— No seamos pesimistas. O no lo seamos sin causa justificada… Todas las generaciones creen que la infancia buena, la de verdad, ha muerto cuando ellos crecieron. Hoy hay quien no sabe nada de Guillermo Brown pero ha madurado con Harry Potter o con los que hayan venido después, porque sagas de adolescentes heroicos no faltan precisamente. Es verdad que ahora la oferta se ha multiplicado exponencialmente gracias a Internet, pero seguro que los niños actuales se mueven por ella con la misma seguridad con la que yo navegaba entre tebeos hace mas de sesenta años… Rilke puede estar tranquilo.

J.A.V.— La televisión, el videojuego,… contribuyen al entretenimiento de los niños proporcionándoles las imágenes, enfatizando en éstas; mientras que con la lectura es cada cual quien las genera. Limitar, de esta u otra forma, la imaginación empobrece las capacidades inventivas y creativas, incentiva la labor operaria, que se reduce a los modelos y a los objetivos establecidos, sin procurar nuevos espacios ni propuestas. ¿Quedan Áfricas para los niños —como fue en su caso— o sólo la cara boba ante la pantalla del teléfono? Quienes piensan en el modelo científico y de facturación, no le encuentran sentidos, pero no cabe duda… ¡la ciencia se enriquecería mucho si los científicos fueran doctos (o, al menos, interesados) en música, pintura, cine,… y literatura! ¿No se extraña un mayor énfasis en las artes por parte de los sistemas educativos vigentes y el fomento de su cultura?

F.S.— Te confieso que yo no me acerco a los videojuegos por miedo a que me gusten demasiado: si los hubiera conocido a los doce años, no sé que hubiera sido de mí! Y por supuesto a esa edad veía toda la televisión que podía. Conozco series de las que hoy nadie se acuerda, como “Investigador submarino” o “Patrulla de caminos”. Pero eso no me impidió leer millones de tebeos (que también proporcionan imágenes como el cine) y muchos, muchos libros. Tengo un hijo y seis sobrinos, todos los cuales han jugado a todos los videojuegos imaginables, conocen series y películas de las que no tengo ni idea y sin embargo leen más que yo. También en mi niñez había quien no leía, sólo jugaba al fútbol y tenía menos imaginación que un cangrejo. Si buscas alguien que te diga que todo tiempo pasado fue mejor, yo no te sirvo.

J.A.V.— Tengo la impresión de que existe una simbiosis de entre edades… unos niños y adolescentes que “juegan” a ser mayores (desconociendo los daños que sus prácticas puedan generarles) y un gran número de mayores que rehuyen responsabilidades (recordando a los anteriores). ¿Está usted de acuerdo? Escribió Ética para Amador pensando en los jóvenes, ¿debemos recomendarlo, bajo estos supuestos, también a los adultos?

F.S.— Una vez un viejo psicoanalista, a punto de jubilarse, me confesó: “¿Sabes cual es el último secreto de la psique humana? Que no hay adultos”. En efecto, la madurez apresurada es el sueño de los adolescentes, que nunca acaba de cumplirse. En cuanto uno crece, ya no hace más que rebuscar en la memoria para reavivar las gotas de infancia que pueden quedar por ahí. La pregunta es siempre la misma : ¿que voy a ser de mayor? Y la respuesta cada vez más clara según pasa el tiempo -es decir, “muerto”- nunca acaba de hacernos gracia.

J.A.V.— ¿Cómo podría fomentarse la lectura en la sociedad, animando al espíritu crítico y evitando las riadas provocadas por el torrente de populismos y modas? ¿Pueden encontrarse en la tecnología herramientas cómplices para esta tarea o son «oscuro fantasma que todo lo pudre»?

F.S.— Se supone que la educación está precisamente para éso. Para que usemos bien lo que tenemos, cuanto más mejor. A mí la tecnología me parece estupenda. Cuando alguien me dice que la tele es la caja tonta u vuelve imbécil a la gente, tengo ganas de contestarle “a usted está claro que sí, pero a mí no”. Un Iphone me parece un instrumento mágico, con él en el bolsillo soy una mezcla de Gandalf y James Bond…bueno, ahora ya más bien Gandalf, por la barba blanca.

J.A.V.— Quisiera aludir, por último, a su libro La peor parte publicado hace pocos meses, que desborda amor, cariño y franqueza. Enhorabuena por éste y felicidades por su suerte; desde aquí lo recomendamos a todos, impulsando la siempre lectura.

F.S.— La peor parte es un libro que me ha costado bastante escribir. Yo normalmente nunca tardo más de cuatro o cinco meses en escribir un libro, casi siempre menos, y en éste he invertido cuatro años. Pero en fin, ahí está. Ya no escribiré más libros, pero éso no es un drama porque a mí lo que me gusta es leer y pienso seguir leyendo. Como seguro que vais a hacer vosotros también.

J.A.V.— ¡Ojalá —y desde el mayor de los egoísmos como lectores decimos— no sea su último libro! Hasta entonces seguiremos aprendiendo con los que ya nos ofreció, ¡que no son pocos! Muchas gracias por atendernos y por su trabajo, Fernando. Hasta la próxima.

F.S.— ¡Salud y alegría para todos!