Punto en boca

Juan Alberto Vich Álvarez
Escritor, químico y filósofo

Fotografía: Sara Alonso

«Dijo Dios: “Que exista la luz”. Y la luz existió.»1 Así empezó todo. Antes, en la tiniebla nada era perceptible, nada era. Sólo Dios en su aseidad, ens a se. La luz inauguró la creación. De las de bohemia surgió el esperpento; de un traje suyo la tauromaquia goyesca y picassiana; de la refracción ilustrada las sintonías de Gilmour y Waters; avisos que despiertan el letargo mental e incitan a la muerte en la blancura, al prostíbulo en el magenta, al libre acceso en el verde rama de Lorca; y el bautizo de su siglo la revolución del saber. Se grita en los estudios de grabación: « ¡Luces, cámara y acción!»; como voz primera ante lo que será. La creatio ex nihilo (la creación desde la nada) sólo es posible para Uno, el resto se resigna a una construcción basada en realidades preexistentes (así lo concibieron los griegos). La «poesía» (de πоίησiς) que, en un inicio, designaba a cualquier tipo de producción.

¿Cómo olvidar los sabores en boca del pescado y la sangre, de los melones podridos y el cuerno quemado de la Rue aux Fers durante el parto de Grenouille? ¿La brutal trepanación de la que brotó Atenea? ¿La luz que cegó la mirada y cansó el cuerpo retálico de una abominable criatura en un bosque cercano a Ingolstadt? El nacimiento. Con o sin reniego, la creación adquiere autonomía (incluyendo a la constante muerte o, mejor, falta de vida de lo inerte). Con la última pincelada, el pintor corta el cordón umbilical que lo unía a su obra; ¿hasta qué punto es —ahora ésta— responsabilidad suya? ¡Goethe y Werther! ¡Nobel y dinamita! ¡Padres y niñatos! El mantenimiento de la maquinaria pretende que se dilate su «buen hacer» en el tiempo, igual que se educa a los críos y se reeditan ejemplares con nuevas correcciones.

Sin embargo, la auténtica libertad humana se alcanza con la desunión con Dios, así nace la moralidad. La responsabilidad del individuo ante el acto. No cabe distinguir el existencialismo en base a la postura religiosa, como se viene haciendo (cristiano, agnóstico y ateo). La propuesta sartreana inicia desde una premisa injustificada, el condicional de la inexistencia de la deidad («si Dios no existe,…»). ¿Sería posible casar el rechazo del fatalismo y sus consecuencias con una figura creadora? En efecto, considerando el propósito de Dios la autonomía plena de su obra.

En contraposición (pese a su posibilidad) al Unamuno leído por un anacrónico Mozart2, entiendo que la esencia de una producción, de un cortapapeles, precede a su existencia3. «En la medicina es la salud; en la estrategia, la victoria; en la edificación, la casa; a su vez en cada asunto su menester; y en toda acción y en toda libre elección, es el fin causal de estas, porque todo eso se hace con vista a ello.»4 De tal modo, la máxima expuesta no tendría excepción ninguna; empero, no implicaría alteración en el discurso de Sartre y su existencialismo ateo debido al abandono (L’ homme n’est rien d’autre que ce qu’il se fait).

Por su parte, el existencialismo cristiano presupone la figura divina (como es de prever), pero no siempre desde la misma dimensión. Algunos consideran posible la relación directa con su creador (p. e. Marcel, Kierkegaard)… Mucho cuidado con esto: recuerden que, de una manera u otra, Dios partícipe implica determinismo y esencialismo (de necesaria negación para evitar corrientes de pensamiento poco recomendables). Otros, como Jaspers, contemplan a Dios no como contenido del saber, sino como presencia para la existencia (con cierto recuerdo a Berkeley y contrapuesto a Descartes, a quien la autoconciencia le era la única certeza de realidad), que se manifestará (o, mejor dicho, del cuál podrán conocerse manifestaciones suyas) mediante formas cifradas o encubiertas.

El abandono irremediable del creador (o de los varios) implica la naturaleza metafísica de su discusión y con ella el absurdo (debido a la imposibilidad de demostración empírica, carácter vacuo y falta de significación, que dirían los neopositivistas). El primero, el existencialista ateo, hace del hombre su dios. El segundo, el cristiano, lo inventa (en aras de definir los valores morales desde una objetividad justificada, un bien apriorístico). ¡Insubordinados! No sólo desprecian la voluntad del supuesto Señor, sino que especulan sobre sus deseos y actúan según éstos…5 Trascendencia en vida o en muerte, respectivamente. Pensamientos con licencias axiomáticas criticables, pero de repercusión e interés mayúsculo.

Introduzco la figura del punto como símbolo de culto, representante del germen. Veo un agujero en la pared blanca, aleph que ofrece en su asomo la totalidad existente; o círculo (ampliado) negro: abandonado y solitario, ante la inmensidad del vacío. Si hubiese Dios creador (no Dios «de dioses» u otros) que ni lo sé ni me compete saber, ésta sería la única representación certera posible, debido a ser la extensión mínima representable (es decir, la que menos información aporta).

Muerte, a la nietzscheana, no ya de lo divino sino de la concepción infundada del mismo. ¡Destruktion6! ¿Eterno? Puede haber muerto. ¿Amoral? ¡Qué sabemos! ¿Omnipotente? No siempre, un ejemplo es su incapacidad de crear varios universos infinitos (a mismo tiempo y de misma naturaleza). ¿Omnisciente? La autonomía de su obra le impide alcanzar todos los saberes… No, nada de eso. Alegan mediante el argumento ontológico que no hay ser perfecto en el mundo sensible, no habrán visto el cuerpo desnudo del amor de sus vidas entre luces de persiana.

No olviden, considerar además, la posibilidad de su inexistencia o de la formación casual del mundo, o de una creación colectiva, incluso rana. Si el mundo sigue matando en nombre de Dios, es por la suposición de su naturaleza e intereses. «Impío no es quien reniega de los dioses de la multitud, sino quien aplica las opiniones de la multitud a los dioses, ya que no son intuiciones, sino presunciones vanas»7 Entonces, ¿sería posible referirnos, de algún modo, a Él? Un argumento válido podría ser la proposición siguiente: Todo Dios creador es racional (siendo conscientes y haciéndonos cómplices de la falta de alcance ontológico por parte de los cuantificadores universales8). El enunciado precedente se traduce en: “no sé si existe o no un Dios creador, pero de existir será racional”. De este modo, deberían ser construidas todas las oraciones referentes a este respecto.

El empirista lógico desechó la proposición metafísica para la construcción del discurso científico, pero como todo lenguaje natural la conversación diaria está repleta de enunciados de este tipo. Mi propuesta anima a recuperar el examen acerca de la metafísica fuera de la academia. La consideraría análoga a discursos lógico-matemáticos, de los que no podremos inferir su existencia (el número o, en el presente caso, un Dios creador) pero sí comprobar el análisis desarrollado a partir de la relación entre sus representaciones. La diferencia, en cambio, es evidente: poseemos fórmulas para aplicar las matemáticas en el mundo y no podemos hacer lo mismo con Dios (las que permiten su aplicabilidad en el mundo sensible estarán más justificadas que las otras). De cualquier modo, nos permite hacer una graduación de la metafísica. No aceptar que toda tiene la misma valía y compararla mediante justificación. Dios creador será racional debido a la analiticidad (igual que a+(b+c)=(a+b)+c o que el cráneo de los unicornios nace un cuerno), ya que resulta de una tautología: la idea de creador (con voluntad) contiene en sí misma la idea de racional. Las proposiciones analíticas implican necesariedad, cuando su verdad es tanto lógica como metafísica (es decir, para todo tiempo y mundo posible). ¡No habrá creación voluntaria sin agente racional! Y como toda tautología (implica generalidad) no aporta verdad de ninguna realidad, carece de contenido factual (no en el uso hablado, donde intervienen implicaturas conversacionales). Esto nos permitiría hablar con más propiedad y callar, como aclamó Wittgenstein, de lo que no sabemos (parece tan evidente como olvidado). Una vez atendido mi apunte de una metafísica analítica, se entenderá que no toda la metafísica lo sea. La Santísima Trinidad es lógicamente imposible: siendo 1, las propiedades de los 3 que lo conforman deben ser las mismas, y en este punto no podrían tener distinciones entre ellos (identidad de los indiscernibles de Leibniz)… Parece que hay una contradicción. Aspecto que ningún mundo posible podría aceptar (ley clásica junto al principio de identidad y al principio del tercero excluido); pese a que el agua, el hielo y el vapor tengan diferentes propiedades y no dejen, sin embargo, de ser 1. Empero, en el último caso existe la continuidad aristotélica del movimiento, igual que el niño se vuelve adulto y el adulto viejo; no así en el Jesucristo crucificado y agónico que habla con su padre-espejo.

Debate eterno entre agustinianos y tomistas (equivalencia o distinción entre fe y razón), pero de imprescindible apunte en la actualidad (sin querer alejarme de la cuestión y como breve comentario) donde la metafísica, la pseudociencia y la superstición están más presentes y menos miradas que tiempo atrás: entre horóscopos, homeopatías, tarotistas sacacuartos de televisiones autonómicas y reniego de vacunas,… Se entiende, por tanto, el planteamiento no como una graduación de la metafísica, sino como una dicotomía entre aquella analitizable y aquella que no lo es. Fin de la metafísica ante la definición analítica y el mundo sensible, pero de gran relevancia y necesariedad de uso en los juegos mentales de mundos posibles.

Por último, en cuanto a la cuestión moral, señalar que el descarte del esencialismo o intervención de la mano divina, por razones de responsabilidad, implica la caída abrupta en los senderos oscuros de la subjetividad y del relativismo (en la que, precisamente, prima lo irresponsable). ¿Cómo rescatar del fondo del pozo al hijo ignorante, deshumanizado y falto de valores? La “objetividad” se alcanza con la ley (nuestro “Dios en la Tierra”), así deberán ser legislados y juzgados los hechos morales para una convivencia próspera y digna. Pasada por un tamiz de fina malla, la herencia de la tradición, se recogerá en un texto (como si de una losa de Sinaí tratara) las bases del buen comportamiento humano, recuperando las nociones de culpa y arrepentimiento (reconocimiento del error) que se dieron al olvido. De algún modo, Dios debe resucitar. Disposición luterana ante un escrito de los hombres (pese a que éstos contengan una religiosidad conjetural, inventiva e infundada) con intención de evitar una sociedad corrupta en la que los cerdos se revuelquen y ganen en espesura los lodos de sus charcas.

Bibliografía, notas y fuentes:

1 Schökel, L. A. & Mateos, J. (1975) Nueva Biblia Española. Ediciones Cristiandad. Madrid. Gn 1,3.

2 «Las cosas se hicieron, primero, su “para qué”, después.» en Hierro, José (1998) Cuaderno de Nueva York. Hiperión. Madrid. Rapsodia en blue. Pág. 15.

3 Sartre, J. P. (1981) El existencialismo es un humanismo. Ediciones del 80. Buenos Aires. Pág. 14.

4 Aristóteles (2018) Ética a Nicómaco. Tecnos. Madrid. I. VII. 1097a 20.

5 No todos, ya hemos visto que Jaspers, en gran medida, se libra.

6 «Pertenece al vocabulario de la fenomenología. Se trata de desmontar las construcciones artificiales acumuladas por la tradición, que han oscurecido o inclusive ocultado la visión original de las “mismas cosas”» en Aubenque, P. (2012)¿Hay que desconstruir la metafísica? Encuentro. Madrid. Pág. 58.

7 Epicuro (1994) Obras. Altaya. Barcelona. Pág. 58.

8 Deaño, A. (1981) Introducción a la lógica formal. Alianza Editorial. Madrid. Pág. 196.