De etnología andaluza

-Reseña-

Francisco Cobo de Guzmán Godino
Profesor en la Universidad Católica San Antonio Murcia

Fecha de publicación: 20/03/21

El pasado 18 de agosto se cumplía el veinticinco aniversario de la muerte de Julio Caro Baroja. En recuerdo y homenaje al sabio de Itzea, nos aproximamos a su heterogénea y prolífica obra a través de la reseña del monográfico De etnología andaluza, publicado por la Diputación de Málaga en 1993 y que reúne una serie de escritos inéditos y artículos, redactados y publicados entre 1949 y 1973. El autor de Las brujas y su mundo, El carnaval o El señor inquisidor y otras vidas por oficio, manifestó a lo largo de su vida una especial predilección por el medio social, la historia y la cultura andaluzas, condicionada por una serie de encuentros, intereses y filiaciones en los que se entrecruzan lo profesional, lo familiar y lo personal1. Como punto de arranque, es conveniente situar en perspectiva una compilación de escritos que, en su mayor parte, se impregnan del clima funcionalista predominante en la antropología de mediados del siglo XX. No obstante, en ellos se percibe, de forma más o menos explícita, un conjunto de matices que definen lo que cabría denominar el “particularismo caro barojiano”, que quedan patentes en su interés por la tecnología y por el estudio morfológico de la cultura y la fisiognómica (tipos y caracteres), en su énfasis en lo simbólico sobre lo material, en su concepción dinámica y flexible de la etnicidad, o en su predilección por la triangulación metodológica y por la transdisciplinariedad en respuesta a la ortodoxia academicista2.

En la década de 1950, tras acompañar a Foster y Pitt-Rivers en una serie de incursiones y trabajos de campo en Andalucía, Caro Baroja realizó estancias de investigación en Inglaterra y Estados Unidos que le permitieron entrar en contacto con las nuevas propuestas teórico-metodológicas surgidas de las grietas del estructural-funcionalismo. Los desplazamientos (del sistema al proceso, de la estructura a la acción, de la sociedad al individuo) introducidos por figuras como Evans-Pritchard o Leach, fortalecieron su compromiso con una antropología concebida como ciencia social que sienta sus bases en procedimientos de validación empírica a través del registro etnográfico exhaustivo, la documentación histórica y la exploración de la dimensión biográfica. Como se infiere de algunos de los estudios incluidos en este volumen, sus intereses trascendieron ampliamente las coordenadas de la historia y la antropología más especializadas, manteniendo un fértil diálogo con áreas de conocimiento como el urbanismo y la arquitectura («Pueblos andaluces»), la lingüística («Sobre el Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía») o la literatura («Los majos andaluces» y «En torno a la literatura popular gaditana»).

Tanto los trabajos reunidos en De etnología andaluza como las investigaciones desarrolladas por Pitt-Rivers (1989) y Foster (1962) durante este periodo, deben ser situados en el marco del profundo proceso de reformulación de los objetos y los sujetos históricos y antropológicos que sacudió las ciencias sociales tras la posguerra mundial. Como resultado de dicha oscilación, los análisis sincrónicos en torno a la estructuración del orden social y al cambio cultural (a partir del estudio formal de instituciones como el honor, la amistad, el compadrazgo o el patronazgo) desde un enfoque local y comunitario, fueron dejando paso al estudio de los procesos de construcción, expansión y redespliegue del Estado y el sistema capitalista desde una perspectiva histórica de alcance regional, estatal o mundial, bajo el paraguas de las teorías de la modernización, la dependencia, la economía política antropológica, la etnohistoria o la ecología cultural.

De etnología andaluza incorpora un texto inédito de enorme interés para entender los análisis de Caro Baroja en torno al área andaluza. «Notas de viajes por Andalucía (1949-1950)» reproduce el sistema de anotaciones, mapas e ilustraciones3 recopilados a lo largo de sus primeros desplazamientos a través de distintas localizaciones y comarcas, un conjunto de materiales “en bruto” registrados de forma inmediata que, como indica el editor Antonio Carreira en el prólogo de este volumen, carece de aparato de discusión o revisión bibliográfica. Este abigarrado, proliferante y enciclopédico (en la línea de su admirado Pascual Madoz) corpus etnográfico se detiene en cuestiones tan dispares como el urbanismo y la arquitectura, la cultura material, las actividades económicas y las artes de subsistencia, las manifestaciones estéticas, el folklore, el lenguaje y los sistemas de creencias, funcionando como el sustrato empírico que sustenta buena parte de los análisis y descripciones que se suceden y entrecruzan en el marco de esta obra.

Su aproximación a las manifestaciones y prácticas religiosas en Andalucía («Semana Santa en Puente Genil» y «Dos romerías de la provincia de Huelva») evidencia estrechas conexiones con las monografías tradicionales del primer funcionalismo4. Apoyado en un profuso aparato empírico (etnográfico y documental) de carácter descriptivo, el autor renuncia a cualquier tentativa de generalización o sistematización a nivel teórico. En lo relativo a este rasgo, que se extiende a la práctica totalidad de su producción, Greenwood (1986: 240) subrayaba la tendencia de Caro Baroja a entretejer sus “intenciones e interpretaciones” entre líneas, proporcionando “poca información preambular sobre sus propósitos teóricos”. Su postura anti academicista y su desconfianza respecto a los excesos, las abstracciones y las generalizaciones explicativas de la teoría, condicionaron la ambigua y contradictoria recepción de su obra por parte del incipiente tejido antropológico andaluz surgido a comienzos de la década de 19705.

Con el objeto de incidir en la profundidad de sus análisis históricos y etnológicos sobre Andalucía, es nuestra intención rescatar algunas de sus observaciones en torno a los procesos y agencias de modernización (y sus efectos sobre la cultura) incluidas en este volumen. En «Notas sobre la vida agraria en Andalucía. En la campiña de Córdoba (Observaciones de 1949)», así como en buena parte de los textos reunidos bajo el epígrafe «Andalucía, en general», Caro Baroja lleva a cabo un certera revisión crítica de las visiones esencialistas e historicistas que pretendían explicar los desequilibrios y problemas del agro andaluz. Tras considerar la situación del mundo rural a mediados del siglo XX (jornalerismo endémico, ausencia de equipamiento, barreras a la tecnificación, escasa variedad de actividades económicas, estancamiento del sistema laboral…), su incisiva mirada pone el acento en la condición (pre)colonial de un espacio y un sustrato social cuya evolución se ha visto histórica y localmente constreñida por la implantación de estructuras sociales, marcos hegemónicos y sistemas productivos propios de una cultura de conquista6, funcionando a lo largo del tiempo como un “campo de experimentación” (1993: 274) o una suerte de laboratorio de modernidades.

Entreveradas en la tupida concatenación de datos empíricos extraídos de la revisión y el análisis documental (de Ibn Jaldun a Juan Valera, pasando por Pascual Madoz) y de sus propias observaciones de campo, Caro Baroja formula algunas hipótesis acerca de los factores que han condicionado la configuración histórica de un medio social arrastrado por sucesivas experiencias modernizadoras, para poner en tela de juicio un conjunto de generalizaciones, naturalizaciones, falsas creencias y lugares comunes. Respecto a las visiones que situaban el énfasis en la pretendida riqueza agrícola del país, atribuyendo a la gran propiedad el origen último del atraso social y la desigualdad económicas, concluye que “el problema del campo andaluz es un problema de tipo sociológico-histórico que debe resolverse tanto repartiendo mejor lo que existe como creando lo que no existe” (1993: 399). En lo tocante al futuro de una sociedad rural acorralada por el crecimiento del sector turístico, la industria y la emigración entre 1960-1970, merece la pena destacar sus observaciones en torno a la emergencia de nuevas agencias (el “perrillero”) y a la expansión de una nueva cobertura moral (el consumismo) legitimadora de un conjunto de prácticas que especulan “con la estrechez ajena” (1993: 325), y sus devastadores efectos sobre la economía moral (campesina) de las clases populares («Economías microscópicas»).

Cobra especial relevancia su reivindicación de una serie de agentes de modernización del siglo XVIII (ampliamente ignorados, como Bernardo Wall, cuando no vilipendiados y condenados, como Pablo de Olavide, por la historiografía y el pensamiento tradicionalista de los siglos XIX y XX) en lo relativo al planeamiento, la urbanización y la organización territorial andaluza, la territorialización de infraestructuras y medios de subsistencia alternativos y la difusión de nuevas técnicas y conocimientos destinados a incentivar el desarrollo económico y moral de la población («Las “Nuevas Poblaciones” de Sierra Morena y Andalucía» y «Pueblos andaluces»). Como contrapartida, el fracaso de las agencias políticas y económicas que emergen en época isabelina queda reflejado en la progresiva desarticulación del tejido económico (desaparición de telares, alfanjes y menestrales), la penetración de las importaciones, la industria y el capital foráneos, así como el empobrecimiento de la vida local entre 1840 y 1870 («Las tinajas de vino de Don Juan Valera y la situación económica de algunos agricultores andaluces»).

A este respecto, las anotaciones y dibujos recopilados por su abuelo Serafín Baroja durante su breve estancia en Río Tinto (Huelva) como ingeniero de minas del Estado, ponen de relieve la importancia y el alcance históricos de un cuerpo burocrático que, nacido bajo el reinado de Carlos III, acometió el despliegue de un conjunto de mecanismos de regulación sobre las actividades económicas y las prácticas laborales de mineros, empresas y capitalistas, con el fin de garantizar la explotación racional y la fiscalización de la riqueza procedente del subsuelo. En «La vida en la mina (Río Tinto entre 1868 y 1972)», Caro Baroja reproduce algunos fragmentos del “humilde cuadernillo” (1993: 514) de Don Serafín, los cuales permiten reconstruir desde un enfoque eminentemente subjetivo y biográfico7 aspectos de la vida cotidiana en los cotos mineros, la dureza del trabajo en el interior de las explotaciones o los acontecimientos revolucionarios del periodo 1868-1870. Su toma de conciencia respecto a la responsabilidad y la autoridad socio-comunitaria ejercidas por los facultativos, como representantes del Estado y como provisores de medios de subsistencia y seguridad (tanto en términos laborales como existenciales) en las comunidades mineras, aporta un nuevo sentido a la profunda decepción que supuso para el joven ingeniero la renuncia gubernamental a la gestión directa de aquel valioso yacimiento de piritas de cobre8.

Bibliografía, notas y fuentes:

1 Sus primeros recorridos por Andalucía (en compañía de su madre, Carmen Baroja, y de los antropólogos George Foster y Julian Pitt-Rivers) a finales de la década de 1940 supusieron una primera toma de contacto con el territorio, el paisaje y sus gentes. Más tarde, la adquisición de una vivienda en la localidad malagueña de Churriana (por mediación de Gerard Brenan) generó un vínculo permanente con un espacio que terminaría adoptando como “tercera” residencia. A esto debemos añadir el origen bajo andaluz de su familia paterna y la breve (pero intensa y trascendental, como veremos más adelante) estancia de su abuelo materno, el ingeniero de minas Serafín Baroja, en la localidad de Río Tinto (Huelva) entre 1868 y 1871. Para profundizar en sus lazos con Andalucía, puede verse Rodríguez Becerra (2000).

2 Si su desplazamiento inicial desde la historia a la etnografía estuvo condicionado por su negativa a formar parte de un entramado académico nacionalista, burgués y clientelar que funcionaba como un engranaje más de los mecanismos políticos de representación y regulación simbólica, la obsesión por los orígenes y la metafísica de la causalidad (por emplear algunas de las fórmulas del historiador francés M. Bloch) propias del pensamiento mecanicista imperante tanto en la historia como en la antropología hegemónicas de las primeras décadas del siglo XX, motivaron una progresiva desafección respecto a los modelos difusionistas e histórico-culturales que había abrazado en sus primeros estudios. Por otra parte, su acomodamiento bajo el paraguas del funcionalismo no tardó en generar serias dudas respecto a los modelos cerrados y sincrónicos de Malinowski y Radcliffe-Brown, quienes renunciaban a la perspectiva histórica y mostraban un evidente sesgo en favor de las sociedades equilibradas, uniformes, solidarias y exentas de conflicto. Para profundizar en los enfoques y desarrollos que definen la evolución del pensamiento de Caro Baroja, pueden verse Castilla Urbano (2002) y Paniagua Paniagua (2003).

3 Parte de estos materiales también fueron recogidos en Cuadernos de campo (Caro Baroja, 1979).

4 Dentro de su obra, la influencia de Pitt-Rivers se pone de manifiesto en sus aproximaciones al sociocentrismo de los pueblos andaluces (Caro Baroja, 1990a) y en su análisis de nociones como el honor y la vergüenza (Caro Baroja, 1990b).

5 Isidoro Moreno, antropólogo sevillano que se encargaría de sistematizar el universo de las agrupaciones de carácter religioso (cofradías y hermandades) en Andalucía aplicando las teorías de Cancián, concluía que “aun siendo importante desde la perspectiva del historiador social o del geógrafo humano, no entra realmente dentro de la esfera de las ciencias sociales” (citado en Castilla Urbano, 1989: 273). En el otro extremo, las investigaciones en torno a los rituales y festividades religiosas andaluzas del antropólogo malagueño Salvador Rodríguez Becerra están en deuda con el pensamiento de Caro Baroja.

6 En estos análisis se pone de manifiesto el impacto de las investigaciones desarrolladas por su colega Foster (1962).

7 En algunos de los ensayos que componen este volumen («El observador y la tierra observada», «Málaga vista por viajeros ingleses de los siglos XVIII y XIX» y «Costumbrismo no tan naïf: Manolo Blasco») Caro Baroja justifica y reivindica el potencial descriptivo e interpretativo de las percepciones y visiones subjetivas para el análisis histórico y etnológico, indagando en una serie de materiales y documentos personales (testimonios, literatura de viajes, pintura costumbrista, etcétera).

8 Las minas de Río Tinto fueron vendidas el 14 de febrero de 1973 a un consorcio internacional que las mantendrá en explotación hasta 1954.

Caro Baroja, J. (1979). Cuadernos de campo. Madrid: Turnes / Ministerio de Cultura.

Caro Baroja, J. (1990a). Razas, pueblos y linajes. Murcia: Universidad de Murcia [1957].

Caro Baroja, J. (1990b). Ensayo sobre la literatura de cordel. Madrid: Istmo. [1969]

Caro Baroja, J. (1993). De etnología andaluza. Málaga: Diputación Provincial de Málaga.

Castilla Urbano, F. (1989). Metodología en la obra de Julio Caro Baroja. Revista Internacional de Estudios Vascos, 34, 271-284. 

Castilla Urbano, F. (2002). El análisis social de Julio Caro Baroja: empirismo y subjetividad. Madrid: CSIC.

Foster, G. M. (1962). Cultura y conquista: la herencia española en América. Xalapa (México): Universidad Veracruzana. [1960].

Greenwood, D. J. (1986). Julio Caro Baroja. Sus obras e ideas. Revista internacional de los estudios vascos, 31(2), 227-246 [1971].

Paniagua Paniagua, J. A. (2003). Etnohistoria y religión en la antropología de Julio Caro Baroja. Fuenlabrada: Diedycul.

Pitt-Rivers, J. A. (1989). Un pueblo de la Sierra: Grazalema. Madrid: Alianza. [1954].

Rodríguez Becerra, S. (2000). “Andalucía y Caro Baroja”. En Rodríguez Becerra, S. (coord.). El diablo, las brujas y su mundo. Homenaje andaluz a Julio Caro Baroja (pp. 11-32). Sevilla: Signatura Ediciones de Andalucía.