Entrevista a Javier Echeverría

Filósofo

Sin duda, el matemático y filósofo Javier Echeverría es uno de los pensadores más influyentes a nivel nacional. Es catedrático de Filosofía y Lógica de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y cuenta con una trayectoria impecable, en la que destacan sus publicaciones: Telépolis (Premio Anagrama de Ensayo,1995), Los señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno (Premio Nacional de Ensayo, 2000), Ciencia del bien y del mal (2007), La luz de la luciérnaga. Diálogos de Innovación Social (con Ander Gurrutxaga, 2012), El arte de innovar (2017) y, de manera reciente, Tecnopersonas: cómo las tecnologías nos transforman (con Lola Almendros, 2020). Además, ha sido director del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y Premio Euskadi de Investigación en Ciencias y Humanidades en 1997. ¡Disfrutemos de este rato de conversación y café junto a él!

Juan Alberto Vich— Perdimos, Javier, la ingenuidad hace tiempo. Somos conscientes de que los motores que inducen al hacer científico siempre son interesados: su verdad queda contenida en el para-qué. Tomar consciencia de lo presente, se traduce en un aumento de la desconfianza social entorno a las instituciones… Sabiendo que el discurso científico se entiende como un argumento de autoridad —de mayor valía que otros— y los ánimos ocultos antes señalados, ¿de qué herramientas podemos disponer para verificar y revisar, de manera crítica, la información que nos venga de ésta? Sin caer en teorías de la conspiración extremas, ¿hasta qué punto debemos ser escépticos ante los medios y sus comunicaciones?

Javier Echeverría— No soy tan optimista. La ingenuidad está a la orden del día en relación a la tecnociencia. Las redes sociales del siglo XXI aglutinan a muchos millones de tecno-ingenuos, que confunde sus imágenes consigo mismo. La inmensa mayoría de los actuales usuarios de las redes se ven a sí mismos y a sus amigos y amigas en las fotos y videos que intercambian, sin darse cuenta de que esas tecno-fotos y tecno-imágenes son construidas, mantenidas y almacenadas en la presunta “Nube” por las grandes empresas tecnológicas, que son las que luego distribuyen dichas imágenes y vídeos para el disfrute y entretenimiento de millones de tecno-ingenuos.

En cuanto a la ciencia, es algo muy distinto a la tecnociencia actual. El fundador de la sociología de la ciencia, Merton, afirmó en los años 40 del pasado siglo que el desinterés es uno de los cuatro valores básicos de la ciencia, junto a la universalidad, el comunismo (entendido como conocimiento compartido) y el escepticismo organizado. Esa idea de Merton ha quedado obsoleta porque desde la Segunda Guerra Mundial ha tenido lugar, a mi modo de ver, una revolución tecnocientífica que ha transformado radicalmente las actividades científicas y ha traído consigo la privatización del conocimiento patentado, su conversión en mercancía y su gestión empresarial. Dicha revolución se consolidó en EEUU a partir de 1980, fecha en la cual grandes fondos y entidades financieras comenzaron a invertir en I+D, por ser un sector económicamente rentable para los inversores y para los gestores de las empresas tecnocientíficas. En ese mismo momento comenzó un marketing sistemático de los productos tecnocientíficos, puesto que las empresas de I+D compiten entre sí por innovar. En suma: las comunidades científicas de Merton, siguen existiendo, generan conocimiento y hacen ciencia pública, pero la tecnociencia la hacen empresas tecnocientíficas financiadas por inversores privados, que transforman el conocimiento científico en innovaciones (por ejemplo al patentar vacunas, por aludir al actual COVID-19). Lógicamente, han surgido muchas empresas especializadas en comunicación de la ciencia, que en el fondo es un modo de publicitar los productos tecnocientíficos y de anunciar grandes innovaciones y maravillas futuras. Silicon Valley es uno de los cánones de la tecnociencia contemporánea. Las noticias que desde allí me parecen tan creíbles como lo pueda ser la publicidad en prensa, radio y televisión. Es decir: muy poco creíbles. Para ser científico hay que publicar. Para ser tecnocientífico hay que publicitar lo que haces, siguiendo estrategias de marketing.

J. A. V.— Pude leer, precisamente, acerca de la insuficiencia de las instituciones científicas para crear un discurso que permita el aumento de su confiabilidad en el público. Con este fin, se ve necesario un diálogo entre las partes, que… ¡debe ser creciente! Para compartir experiencias, aumentar perspectivas, mejorar la comunicación, generar preguntas alternativas,… Empero, seguimos acostumbrados a un discurso unidireccional que no deja de recalcar la conocida distinción entre hechos y valores (pese a la insistencia de tantos en negar la presente dicotomía).

Ante la imagen mental que ha sido construida en torno a la ciencia, de su objetividad mayúscula y verdad capital, ¿cree que la sociedad es consciente de la implicación axiológica que participa en su actividad? Como escribió para la Revista Occidente (nº 228), la sobrenaturaleza que anunció Ortega —reformulada en vista a la tecnología— influye en las sociedades y en sus sistemas de valores, ¡de esto no cabe duda!

J. E.— He reinterpretado a Ortega en el contexto de las tecnologías digitales y suelo hablar de tecno-naturaleza, poniendo como ejemplo las imágenes digitalizadas del planeta Tierra recubierto de satélites y redes telemáticas. Ese sistema de dispositivos tecnocientíficos que cubre todo el planeta (y que llega a la Luna, a Marte, etc.) está superpuesto a la naturaleza, a las ciudades y a las propias personas, Mejor que el prefijo super- de Ortega, recurro al prefijo tecno-, que me parece imprescindible para conceptualizar muchos fenómenos y cambios en el mundo actual. Internet, las redes sociales y las tecnologías digitales no sólo influyen en las sociedades y en las personas, sino que han generado nuevas formas de sociedades y de personas, a las que denomino tecno-sociedades y tecno-personas. Los miles de grupos, amigos y seguidores que hay en Facebook, por ejemplo, sólo son posibles gracias a las tecnologías y aplicaciones digitales que la propia Facebook genera, y que distribuye gratuitamente, pese a que elaborarlas y mantenerlas es muy caro. El negocio está en los datos, es decir, en nuestros tecno-datos: la mercancía somos nosotros, como hoy en día es muy claro. Los nuevos grupos sociales se generan gracias a los datos de uso que acumulan y gestionan los propietarios de las redes sociales.

En cuanto a los valores, obviamente han cambiado, así como los hechos. Los valores predominantes hoy en día los marcan Google, Apple, Facebook, Twitter y las empresas chinas equivalentes. Son los valores que aceptan a diario millones de usuarios, sin rechistar. Se protesta contra los gobiernos, pero no contra los propios Señores de las Redes, que son quienes mandan. Los tecno-hechos, al ser construidos tecnológicamente, están marcados antes que nada por valores tecnológicos y económicos. La distinción entre hechos y valores, por tanto, ha de ser reformulada.

J. A. V.— Si para la Modernidad fue la idea de “progreso”, hoy es la de “innovación”. Su connotación positiva camufla la posibilidad de sus fracasos y perjuicios. ¿Convendría que cambiásemos nuestra percepción sobre ésta o, sabiendo que es el motor del desarrollo económico, mejor “dejarlo así”?

J. E.— Conviene enterarse de lo que han investigado y escrito quienes se han dedicado en serio a los estudios de innovación, en lugar de usar una noción “intuitiva” de innovación. Aconsejo empezar por Schumpeter, quien ya dijo hace más de un siglo que las innovaciones disruptivas son procesos de destrucción creativa. Por tanto, cualquier innovación relevante es creativa, pero también destructiva. Beneficia a quienes la promueven y gestionan, pero puede ser desastrosa para otras muchas gentes y grupos sociales, o incluso para países enteros. Siempre suelo poner como ejemplo de primera gran innovación tecnocientífica las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Fueron terriblemente destructivas, pero crearon un nuevo orden geoestratégico mundial, en cuyo marco surgió la tecnociencia. El propio Schumpeter afirmó que la innovación es el motor del desarrollo capitalista, pero ello rompiendo el equilibrio de los mercados, beneficiando a unos y perjudicando a otros. Los estudios de innovación son algo muy distinto a los estudios de ciencia y tecnología. La innovación tiene poco que ver con la noción ilustrada de progreso científico.

J. A. V.— En su última publicación junto a Lola S. Almendros: Tecnopersonas (Trea, 2020); describe el tecnoentorno como el espacio-tiempo social, militar, policial y científico, generado por las tecnologías digitales. La posibilidad de participar en él está a tan sólo un clic: aceptar sus condiciones. En ese momento, convertidos en tecnopersonas y a cambio del uso de sus plataformas, nuestros datos nos dejan de pertenecer para convertirse en mercancía para otros y ni nos inmutamos. Con lo recelosos que somos en otros ámbitos con nuestra privacidad, qué fácil caemos en la servidumbre del tercer entorno, ¿verdad? Quizá, ¿por ignorancia de lo que implica?

J. E.— Las tecnologías de marketing acompañan a las tecnologías digitales, precisamente porque estas son tecnociencias, y no solo tecnologías. El marketing es muy poderoso hoy en día, porque está basado en concocimiento científico sobre cómo funcional el cerebro humano. En suma: la capacidad de engañar tecnológicamente ha aumentado mucho con las tecnociencias publicitarias de finales del siglo XX.

En general, no solo hay que distinguir entre ciencia y tecnociencia, también entre técnicas (artesanales, por ejemplo), tecnologías (industriales, por ejemplo) y tecnociencias (digitales, por ejemplo, pero otro tanto diría de las tecnociencias bio-, nano- o cogno-, no solo de las tecnociencias info-). Otro tanto ocurre con los datos. No es lo mismo un dato, por ejemplo una tormenta, o la fecha de nacimiento y lugar de residencia de una persona, o un tecnodato. Este sólo existe dentro de una base de datos informatizados, que pueden ser operados, modificados y simulados de múltiples maneras mediante las tecnociencias digitales e informáticas. Un tecno-dato nunca es algo que viene dado a nuestros sentidos, sino algo que ha sido construido ex professo, para producir tecnocientíficamente en nuestro sistema perceptivo o cognitivo tales o cuales efectos, por ejemplo la adicción a determinada marca o imagen publicitaria. Las tecnociencias transforman a las personas en tecnopersonas, y eso incluye la percepción, la comunicación, la memoria, los afectos y los sentimientos. Todo ello deviene tecno-. Valga una frase para resumir: en Facebook no tenemos amigos, sino tecno-amigos.

J. A. V.— El relato distópico está al alza, muchos temen un futuro controlado por los robots donde los humanos queden sometidos a su voluntad. Pero no será —tal y como le he escuchado en alguna ocasión— por un dominio del robot, sino por un dominio de la empresa dueña del robot. ¿Hasta qué punto, Javier, no es ésta la situación que vivimos en la actualidad?

J. E.— Internet y las redes sociales ya están robotizadas. Los ordenadores y los teléfonos móviles se conectan entre sí, en primer lugar, y sólo cuando se ha establecido esa tecno-conexión, y funciona bien, es cuando los humanos nos vemos y nos comunicamos a través de las pantallas. Mi propuesta es clara: quien controla y organiza las tecno-conexiones, a continuación controla y organiza las conexiones e interacciones humanas. Los Señores de las Redes Digitales, o Señores del Aire, como los denominé en 1999 (y lo sigo haciendo), tienen un enorme poder sobre las personas y los grupos sociales, precisamente porque posibilitan, controlan y gestionan las tecnoconexiones entre dispositivos digitales, las cuales son previas a las interconexiones personales. Todo ese sistema de tecno-conexiones, al que denomino tercer entorno, ya está robotizado. Pero no son los robots quienes mandan allí, sino sus diseñadores, gestores, mantenedores y actualizadores del software. Es decir: las empresas propietarias del software. Por eso hay que luchar a favor del software abierto. Cada vez que actualizamos algún dispositivo digital que usamos pasamos a depender de un robot nuevo, que nos construye nuestra “empresa de servicios digitales”. Son tecno-robots, claro está, aunque no tienen faz ni aspecto humano. Los robots humanoides son gadgets, puros productos publicitarios. Las tecnosociedades y las tecnopersonas ya están robotizadas.

Resumo lo anterior en una frase: los teléfonos móviles son tecno-ladrones de datos y cada vez que los usamos hemos de tener presente que los gestores de la red nos está robando los datos.

J. A. V.— Ante semejante panorama, ¿no quedan esperanzas? Se pueden, por supuesto, reclamar derechos para las tecnopersonas (los sujetos políticos del medio digital) y promover conductas y reivindicaciones para la toma de conciencia: el usuario es quien debe generar la resistencia. ¿Si no somos nosotros, quién lo hará?

J. E.— Reclamar derechos está bien, pero no a los Gobiernos ni a los Estados, que en el tercer entorno pintan muy poco, sino a los propios Señores de la Redes Digitales, que son quienes han robotizado y datificado nuestras tecno-relaciones. Pero hay otras muchas opciones. Por ejemplo, podemos abandonar masivamente una red cuyo grado de explotación de los datos y de las tecnopersonas sea excesivo, emigrando simplemente a alguna plataforma competidora. Las amenazas de migraciones masivas son muy efectivas como modos de lucha y permiten a los usuarios obtener mejores condiciones de uso, Cabe incluso reivindicar la co-propiedad de los datos que uno genera; esa es la reivindicación básica, hoy por hoy. Y es viable. También es posible generar empresas cooperativas de gestión de datos, cuyas aplicaciones fomenten la emancipación tecno-mental de las personas, y no su dominación subliminal, como ocurre en las actuales redes sociales y en los navegadores y buscadores de uso masivo. En cuanto a promover la toma de conciencia, es otra tarea, ciertamente.

En suma: hay mucho por hacer. Y si no lo hacemos nosotros, lo harán nuestros hijos e hijas, que son nativos digitales. Haber nacido en un sistema patriarcal que monopolizaba la propiedad y convertía a las personas en súbditos, no impidió sublevaciones ni revoluciones en las ciudades y en los países a lo largo de la historia. Otro tanto sucederá en las redes. De hecho, en los 5-6 últimos años hay síntomas claros de esa naciente rebelión de usuarios y usuarias, que es lo que Lola Almendros y yo propugnamos en nuestro libro “Tecnopersonas” (Gijón: Trea, 2020).

J. A. V.— Sabe que lo tengo leído y que lo disfruté mucho. Desde aquí lo recomendamos. Javier, un placer volver a conversar con usted. Espero que volvamos a coincidir pronto.

J. E.— Igualmente, y gracias.