La disrupción digital y sus efectos en la economía

Autoría compartida:

Javier Andrés (Catedrático de la Universidad de Valencia)


Rafael Doménech (BBVA research)

Pintura Algorítmica “Nous (3)”: Jaime de los Ríos

Con la primera revolución industrial el bienestar material de la población dejó de depender de los frutos de la tierra y de la abundancia o escasez de los recursos naturales. El factor determinante de este cambio crucial en la historia de la humanidad fue la impresionante oleada de innovaciones que algunas sociedades fueron capaces de desarrollar y que se plasmaron en la incorporación de más y mejores máquinas para la producción, en una mejor organización del trabajo y en su calidad como factor de producción, y en la aparición de nuevos bienes de consumo y servicios.

Los efectos positivos de las revoluciones industriales en los últimos 200 años son innegables y han permitido aumentar nuestra capacidad de consumo, no sólo de bienes servicios, privados y públicos, sino también de ocio. Si trabajamos menos no es por la escasez de puestos de trabajo o el desempleo tecnológico, tan común en los augurios más pesimistas del pasado, sino porque cada vez somos capaces de producir más con menos esfuerzo. Los avances en otros ámbitos como la educación (que hace a las personas menos dependiente de la riqueza heredada) o la sanidad y la esperanza de vida, están también asociadas a innovaciones específicas en estos campos.

Pero el crecimiento económico también viene acompañado en muchas ocasiones de algunas sombras como la presión sobre la explotación de los recursos naturales, el deterioro del medio ambiente, una reorganización espacial de la actividad a veces desorganizada e ineficiente como en algunos procesos de urbanización. El efecto del cambio técnico y sus secuelas ha sido desigual entre individuos, industrias, regiones y países, lo que ha dado lugar a una evolución en la distribución de la riqueza en la que en unas ocasiones ha predominado la tendencia a la reducción de las desigualdades mientras que en otros periodos y países ha sucedido lo contrario.

¿Qué podemos esperar en todos estos aspectos de la revolución digital o cuarta revolución industrial en marcha? La revolución digital se concreta en desarrollos como la inteligencia artificial y el aprendizaje automático (machine learning), el uso masivo de los datos, la generalización de robots y algoritmos en los procesos productivos y comerciales, el internet de las cosas, la computación cuántica, los vehículos autónomos o semiautónomos, la nanotecnología, el reconocimiento de imágenes, los avances en biotecnología y biomedicina, un impresionante salto adelante en la tecnología de comunicación, las impresoras 3D y muchas otras innovaciones. Estos avances tienen la capacidad de ser tan disruptivos en muchos aspectos de nuestra vida como en su día lo fueron la máquina de vapor, la electricidad, el motor de combustión interna, las vacunas, la telefonía o los primeros ordenadores. Sin embargo, la generalización de la economía digital tiene al menos tres características diferenciales con un gran potencial para alterar de forma radical nuestra forma de organización productiva.

En primer lugar, muchas de estas innovaciones destacan por su potencial capacidad de sustitución de mano de obra. Y no sólo de mano de obra de menor cualificación o en tareas mecánicas, sino también en otras, muchas de ellas en el sector servicios, que aun requiriendo un cierto nivel de cualificación para su realización por parte del trabajador tienen un componente rutinario que las pone al alcance de robots y algoritmos. En otras palabras, la sustitución de inteligencia humana codificable por inteligencia artificial. En segundo lugar, el predominio del capital intangible y la naturaleza de los productos que acompañan a la digitalización alteran profundamente las formas de negocio y la competencia en los mercados. Por último, la propia rapidez en la generalización en el uso de las nuevas tecnologías que, a diferencia de oleadas de innovación anteriores, ya no se difunden de una forma lineal de arriba hacia abajo, es decir, desde las grandes empresas o los grupos sociales más pudientes de la sociedad hacia empresas más pequeñas o al conjunto de ciudadanos. Las innovaciones recientes pueden desarrollarse en pequeñas empresas muy innovadoras y dan lugar a aplicaciones que transforman radicalmente los mercados tradicionales, como la distribución o los servicios de médicos, financieros o de comunicación. Un buen ejemplo de ello está siendo la generalización en el uso de las TICs y el trabajo remoto durante la crisis del Covid19.

El impacto de estas innovaciones en los mercados de bienes y de factores puede ser diferente al del pasado. Ya estamos asistiendo desde hace una o dos décadas a una transformación profunda de muchos sectores económicos y del mercado laboral en un proceso que, lejos de estabilizarse, aún no ha alcanzado su máxima expresión. Asistimos a un rápido crecimiento de las empresas en la frontera tecnológica (winner-takes-most), de modo que unos pocos gigantes tecnológicos ven continuamente aumentar sus cuotas de mercado expandiéndose además a “mercados adyacentes”: Amazon, eBay, Alibaba, Apple, Microsoft, Google, Facebook, Tencent, Netflix, PayPal, Rakuten, Square, Uber o Airbnb, por citar sólo los más conocidos. Esta polarización industrial es el resultado de innovaciones de proceso y de producto que si bien requieren unos elevados costes fijos facilitan la producción de bienes y, sobre todo, servicios a costes marginales casi nulos. Este proceso tiene una indudable incidencia sobre la reorganización espacial de la actividad, sobre el sostenimiento de las bases fiscales y puede tenerlo también sobre la propia competencia y la innovación en la medida en que la tecnología desarrollada por estas empresas superstar quede fuera del alcance de las demás.

Un fenómeno parecido se observa en el mercado de trabajo. Los temores sobre el desempleo tecnológico masivo no parecen fundados. Tanto porque la experiencia del pasado nos dice que los avances tecnológicos han creado muchos más puestos de trabajo de los que han destruido, como por la evidencia disponible hasta ahora sobre el efecto agregado en el empleo de robots y de la automatización. Se observa una sustitución directa de mano de obra en las empresas en las que se generaliza el uso de robots y tecnologías similares, una sustitución que es más intensa que la observada en los años 60-90 del siglo pasado. Sin embargo, esta sustitución es más que compensada por el crecimiento mismo de estas compañías, por el aumento de la demanda que generan en sus empresas proveedoras, el abaratamiento de costes que proporcionan a las empresas que abastecen, así como por el impacto agregado de crecimiento de la renta, y con ello de la demanda, en su entorno geográfico. El efecto neto de la implantación de estas innovaciones es pues positivo para el empleo, como muestran numerosos estudios y se aprecia en el hecho de que aquellos países más avanzados en la digitalización presentan tasas de empleo superiores al resto, aunque esta correlación admite muchas interpretaciones y no implica necesariamente causalidad.

Pero la esperanza de que la cantidad de puestos de trabajo no se vea comprometida por la revolución digital no debe esconder otros efectos que ya estamos observando y cuya evolución puede ser más negativa. Por una parte, la tendencia a un cambio muy importante en la estructura del empleo, dado que la ocupación en actividades que requieren un nivel medio de cualificación, pero que sin embargo tienen un fuerte componen rutinario está creciendo más lentamente (cuando no disminuyendo) que el empleo en tareas altamente cualificadas o de baja cualificación pero que no son fácilmente sustituibles por máquinas u ordenadores. En las primeras fases de la revolución industrial cayó la actividad artesanal para aumentar la demanda de empleo con un bajo nivel de cualificación, pero capaz de realizar tareas muy específicas y repetitivas en la cadena de producción fabril. Las innovaciones de los años 60 y 70 del siglo pasado requerían un nivel de formación elevado, de forma que el crecimiento del empleo y de los salarios pasó a estar fuertemente correlacionado con los estudios y la cualificación del trabajador. Esto dio lugar a un fuerte incentivo a la educación superior en la mayoría de los países. La situación que se atisba ahora es más compleja ya que la asociación entre formación y empleo (y salarios) deja de ser monótona, muchos trabajadores se encuentran con un tipo de conocimientos en riesgo de quedar rápidamente obsoletos y con dificultad para acceder a empleos que requieren estudios de alto nivel y exigencia. Esto sucede en todos los sectores, pero muy especialmente en el sector servicios, que supone el mayor porcentaje del empleo total en las sociedades más desarrolladas. La educación sigue siendo la clave para superar esta situación, pero en un mundo tan cambiante las señales del mercado de trabajo son más difíciles de percibir y el propio sistema educativo tiene dificultades para adaptarse.

Junto a la estructura del empleo preocupa la calidad del mismo, medida por la seguridad en el trabajo, los ingresos, la duración y organización de la jornada laboral, la conciliación familiar, la seguridad contractual y la protección social, la formación en el aprendizaje en el empleo y las relaciones en el trabajo (calidad de la dirección, estrés, etc.). La economía digital mejora la calidad de muchos empleos en algunas de estas dimensiones.

Reduce el trabajo que requiere gran esfuerzo físico, el riesgo o es excesivamente repetitivo y alienante; por otra parte, el teletrabajo facilita la conciliación social y familiar y la flexibilidad de jornada. Además, la necesidad de adquirir nuevas capacidades incentiva la formación del trabajador. Pero los modelos de negocio y la polarización del empleo ponen en cuestión otros aspectos de la calidad del empleo como la seguridad en el mismo, la protección social, la estabilidad de las carreras laborales y los ingresos. El contrato de trabajo tipo de finales del siglo pasado, de carácter indefinido, a tiempo completo, con un elevado grado de protección social y con capacidad de negociación colectiva, está cediendo terreno en la economía gig, la organización de la distribución en plataformas y la deslocalización de servicios, con unas consecuencias sociales que ya estamos observando.

En definitiva, incluso en el escenario favorable, y probable, en el que las innovaciones de la era digital aumenten nuestra capacidad de generar riqueza y mantengan los ritmos de creación de empleo de las innovaciones en el pasado, su impacto sobre la distribución de los frutos del crecimiento económico puede ser muy desigual, si no se gestiona anticipada y adecuadamente. Tras un proceso generalizado de reducción en las disparidades de renta en el mundo hasta los años 70/80 del siglo XX, las últimas décadas han conocido experiencias muy diferentes por países. Se ha continuado reduciendo de forma significativa la distancia entre la renta media de los países más y menos desarrollados, pero mientras que en alguno de ellos la distribución interna ha mejorado en otros ha empeorado de forma muy significativa, sobre todo en los extremos de la distribución.

La naturaleza y el ritmo del progreso tecnológico, influyen en la distribución de la renta y del bienestar. La mayor sustitución de muchos tipos de empleos puede reducir la participación del trabajo en la renta nacional, además la distancia tecnológica entre las empresas aumenta las diferencias en la remuneración de los factores entre ellas. En particular, la dispersión salarial entre trabajadores con un mismo tipo de cualificación y ocupados en tareas similares ha aumentado sustancialmente en función de la empresa en la que están empleados. Es decir, la polarización del empleo y de las empresas repercute directamente en la distribución funcional y personal de la renta. Sin embargo, todavía observamos que en general el nivel de penetración de la economía digital de los países no está negativamente correlacionado con la equidad. De hecho, la propia diversidad de experiencias a este respecto nos indica que el avance tecnológico es sólo uno entre los numerosos factores que determinan la distribución, factores entre los que destacan la calidad de las instituciones y el diseño y potencia de las políticas públicas de cada país, para asegurar primero la igualdad de oportunidades y la redistribución después.

La incertidumbre sobre los efectos de la revolución digital entre sociedades y la diversidad de experiencias que ya estamos observando por países indican que los resultados que podemos esperar van a depender crucialmente de cómo se gobierne este cambio. Cuatro son los frentes fundamentales en los que se tienen que centrar las políticas para obtener el máximo efecto sobre el bienestar de los cambios tecnológicos en marcha. El primero de ellos tiene que ver con la mejora del capital humano que debe reorientarse hacia las habilidades más complementarias y menos sustitutivas de las nuevas tecnologías, mediante una buena formación de base y una formación continua.

En segundo lugar, es necesario también adaptar la regulación laboral y rediseñar las políticas activas y pasivas en el mercado de trabajo. Una coexistencia sostenible de nuevas formas de empleo requiere la homogeneización de las condiciones entre trabajadores por cuenta propia y asalariados en ámbitos como la protección social, el acceso a formas de negociación colectiva y el derecho a la formación, asegurando unos estándares adecuados para todos ellos. La economía digital requiere una negociación colectiva más flexible atendiendo a las condiciones económicas y tecnológicas de cada empresa, potenciando la flexibilidad interna, la formación del trabajador ante escenarios laborales muy cambiantes, la remuneración variable en función de objetivos y la adopción de innovaciones por parte de las empresas. Las políticas activas y pasivas en el mercado de trabajo deben aprovechar al máximo las nuevas tecnologías para mejorar su eficiencia y aumentar rápidamente la empleabilidad de aquellos trabajadores que pierden su empleo, o tienen una elevada probabilidad de hacerlo, como consecuencia de la automatización.

Tercero, es preciso también fomentar la digitalización del sector productivo, protegiendo la competencia y los derechos de los consumidores en los nuevos mercados. Para ello hay que aumentar la inversión en infraestructuras digitales, generalizar la digitalización de la administración y otros servicios públicos, avanzar en ciberseguridad y promover la colaboración público-privada a través de grandes institutos tecnológicos especializados en proporcionar transferencia de conocimientos, tecnología e innovaciones a las pequeñas y medianas empresas para evitar que la brecha con las más avanzadas continúe aumentando.

Por último, el Estado del Bienestar tendrá que afrontar nuevos retos y brechas sociales, para lo que es preciso reforzar las bases fiscales que garanticen su financiación sostenible. Un Estado del Bienestar más fuerte, pero también más eficiente para favorecer una inclusión efectiva ante la revolución digital y una distribución justa de sus beneficios. El objetivo debe ser una reducción efectiva de la desigualdad y mitigar los costes de transición hacia la sociedad digital, incentivando a la vez la participación laboral y social y la formación, así como la inversión y la innovación.

En definitiva, lo que nos depare la revolución digital en el futuro dependerá de la capacidad de nuestras sociedades para moldearla y gestionar adecuadamente los cambios, de manera que el crecimiento económico permita dar satisfacción a las nuevas necesidades individuales y colectivas. Las diferencias en bienestar que observamos entre países en el presente sugieren que es muy probable que unas sociedades lo hagan mejor que otras en términos de empleo y productividad, y consigan dar forma a un progreso en el que la equidad y eficiencia se retroalimentan entre sí. Para lograrlo hay que apostar por las nuevas tecnologías, y hacerlo con una finalidad inclusiva que permita a nuestras sociedades generar más riqueza y distribuirla mejor, progresar socialmente y aprovechar el enorme potencial que ofrece la revolución digital.

* Javier Andrés y Rafael Doménech son autores del libro: La era de la disrupción digital. Empleo, desigualdad y bienestar social ante las nuevas tecnologías globales. Deusto (Planeta), 2020.