“¡Qué asco de vasco!” Unas memorias reivindicativas

In Memomian, Mikel Azurmendi.

Reseña: Azurmendi, Mikel (2016): Ensayo y error (una autobiografía). Las memorias de un vasco proscrito. Almuzara.

Belén Altuna
Profesora en la UPV/EHU

Fecha de publicación: 14/08/21

En un momento de esta autobiografía peculiar, apunta el autor: “Amor a la enseñanza, preparándote las clases con la vehemencia de la lluvia que busca empapar, y dándolas con su derrumbe torrencial” (p. 100). Doy fe. Creo que todos los que hemos sido alumnos suyos podemos recordar a Mikel Azurmendi (Donostia, 1942) en clase precisamente así: torrencial. Apasionado y apasionante. En la facultad de Zorroaga, a finales de los 80 y principios de los 90, los que estudiábamos Filosofía en euskera éramos literalmente cuatro gatos. Recuerdo que durante un curso hubo una huelga que se prolongó durante semanas, un mes o dos sin clases; no sé exactamente por qué era, pero sí lo que hicimos. Mikel nos preguntó si queríamos aprender de verdad, o sólo perder el tiempo: aprender, dijimos algunos. Y entonces comenzó a darnos clases clandestinas en una vetusta sala del Ateneo Guipuzcoano. No éramos más que cinco o seis alumnos, pero con qué fruición leíamos, comentábamos, discutíamos, cómo alimentaba el maestro nuestro hambre por conocer y comprender (leíamos a Weber, Mauss, Bateson, Geertz, como antes habíamos devorado con él a MacIntyre, Rorty y otros muchos).

Estábamos los alumnos permeables y, por supuesto, los impermeables. Aunque dudo que éstos lo fueran del todo. Al menos rabiaban, algo se movía en ellos. Escuchaban al profesor, en un riquísimo euskera, hablar con claridad en contra de ETA; le escuchaban defender que él era euskaltzale, pero en absoluto abertzale; le escuchaban argumentar, infatigable. Recuerdo cuando, en 1989, aparecieron pintadas amenazantes contra Imanol, cantante y gran amigo de Mikel (tal como él relata, p. 103). La sombra de Yoyes, asesinada pocos años antes, estaba dolorosamente presente y Mikel contó en clase, con su pasión habitual, que había que hacer algo, que no podíamos quedarnos con los brazos cruzados, que no podíamos tolerar ese tipo de amenazas. Estábamos unos doce o trece en el aula y prácticamente todos protestaron, afirmando que el profesor tergiversaba los hechos y que ocultaba la “terrible realidad de opresión” de nuestro pueblo; una alumna añadió: “además, Yoyes ya sabía dónde se metía”, dando a entender que los “traidores” no pueden esperar otra cosa.

Una década después, en la nueva facultad de Ibaeta, yo había conseguido un contrato a tiempo parcial y había pasado a ser compañera de Departamento de Mikel. Aquella hostilidad, palpable en Zorroaga, no había hecho más que crecer. Para refrescar mi memoria, abro una carpeta con documentos de la época. Cae un pequeño folleto, uno de tantos de entonces. Reza: “Irakasle españolei kaña!!!” (Caña a los profesores españoles). Aparece el nombre de Mikel, junto a otros, y termina: “Euskal irakaskuntzaren kontrako erasoa ez zaizue dohain aterako! Kontuz ibili!!!” (¡El ataque contra la enseñanza vasca no os saldrá gratis! ¡¡¡Andad con cuidado!!!). El hostigamiento in crescendo culminó con un artefacto explosivo en su casa que interpretó como un “último aviso”. Se desterró, le desterraron, y en el año 2000 se fue a América, después a Almería, para volver a su tierra –a vivir discreta y casi ocultamente– siete años más tarde. Otros cuatro compañeros de Departamento, que al principio pensaban que Mikel exageraba sus temores, que tamaña amenaza de que te pudieran matar como un conejo en cualquier momento, dispararte a bocajarro o poner una bomba-lapa bajo tu coche no podía ser “real”, que no podía ser “real” que nadie hiciera eso a nadie sólo por expresar públicamente sus opiniones y plantar batalla ética e ideológica, terminaron al poco tiempo también desterrados o viviendo permanentemente escoltados. Sus nombres aparecieron en varias listas de etarras detenidos y tuvieron que aprender a vivir con miedo, y lo que es aún más terrible, a sentirse unos “apestados” en su propia tierra…

El subtítulo de la obra –“Memorias de un vasco proscrito”– indica a las claras hasta qué punto le ha marcado todo ello. Y es que, a pesar de haber escrito también sobre la democracia, la inmigración, el colonialismo y el multiculturalismo, y haber vivido en otras partes del mundo, “presiento que casi toda mi vida de pensar se me la han llevado los vascos” (p. 11), y la de no pensar, también. Pero este libro no es una autobiografía al uso, con un hilo cronológico y narrativo clásico infancia-juventud-madurez (que seguramente, ay, hubieran agradecido los lectores), sino el ensamblaje de cuatro textos independientes, escritos entre 2010 y 2015, donde el autor intenta “hacer una costosa memoria del carácter que me ha impreso mi agitación vital, una memoria sobre el ethos de mi vida, sobre mi estilo de estar en el mundo” (p. 293). Los tres primeros (“Vascos comunicantes”, “Baskos komunikantes” y “¡Asco de vasco!”) narran esa trayectoria vital marcada en primer lugar por su adhesión juvenil a ETA en los años 60, y por su posterior desmarque ya a partir de 1969. ¿Cómo hablar de aquél joven que él fue, cómo reconocerse en él, comprenderlo, perdonarlo? El autor se desdobla: él es otro, él era otro; habla de su yo lejano en tercera persona, se increpa, dialoga consigo mismo en segunda persona (sólo al final, a partir de la página 288, aparecerá el yo de la primera). El último texto (“Papel secante”) ha perdido por fin el sustantivo “vasco” del título: un hombre de setenta y un años, que siempre ha sido fuerte como un roble, se ve en la cama de un hospital perfilando la muerte, fulminado por una grave neumonitis; resiste, lucha, descubre que tiene “ganas de vivir por hacer el bien que le queda por hacer” y se interroga sobre ello, reflexiona, lee, escribe.

Una vida se entrelaza con otras como cerezas apretadas en un cajón. Así como yo he comenzado hablando de las memorias de Mikel acudiendo a mi propia memoria, él dedica muchas páginas a narrar las vidas de otros para hablar de la suya. “¿Puede acaso una vida volverse inteligible, incluso pensable, sin algunas otras vidas junto-con-contra-cabe-sobre-tras las que fue edificada? La identidad personal, de ser algo, se constituye como álgebra interpretativa de las relaciones amistoso-conflictivas entre yo y otros próximos” (p. 15). Las conflictivas también, cierto, pero resalta en el libro la importancia decisiva que otorga el autor a la amistad; es llamativa, de hecho, la cantidad de veces que aparece el verbo “amistar” (entonces “amistaste” con fulanito, con menganito…); un verbo hermoso que, al contrario de su antónimo “enemistar(se)”, apenas se utiliza. Es así cómo, hacia el principio del libro, el autor utiliza casi treinta páginas no para relatar su vida, ¡sino la de su amigo Fermín Iglesias! Entre otros interesantes perfiles biográficos que esboza, destaca el de Aruna, un inmigrante guineano con quien “amistó” en los invernaderos de El Ejido.

Puesto que pretende narrar “no el hilo de la vida sino su filo. Esos momentos en los que unas decisiones personales obraron como destino” (p. 12), cobran protagonismo en el relato los momentos en que hubo de decir hasta aquí hemos llegado. El primero y tal vez más decisivo es ése, cuando tras participar como militante de ETA en un atraco tragicómico a una sastrería, huyó a Francia y comenzó un primer exilio que habría de durar ocho años, hasta 1976, tras la muerte de Franco y la amnistía. En París, y estudiando Filosofía, habían comenzado las grandes dudas: “¿Era nuestra tierra una colonia explotada y oprimida por España? ¿Era aplicable en nuestra tierra la doctrina anticolonialista argelina, cubana, china o vietnamita, tal como habíamos propugnado en ETA?” (p. 65). Las respuestas comenzaron a revelarse cada vez más claras: no y no; y no más guerra revolucionaria que sólo se entiende matando, tal y como apuntaba junto con otros compañeros que también abandonaron la banda en un texto de Saioak-2, editado en 1971. “Así comenzaste a ser escritor de exilio… Reparar los destrozos causados durante tu breve andadura en pos de la ensoñación revolucionaria. En adelante tu vida, sólo tuya, actuando por libre en favor de la vida libre” (p. 67).

Llegaría entonces la transición, que el autor vivió con “un rechazo vomitivo” por su voluntad de implantar un olvido general a la guerra y a la dictadura pasadas. Después, años de docencia y de escritura. Años sin grandes intervenciones públicas, crítico con la actividad sangrienta de ETA y con muchos planteamientos nacionalistas, pero tibio –desde su perspectiva actual–, sin acercamiento real a las víctimas, como él mismo achaca a su yo de los 80, al transcribir un artículo suyo de 1987 en el que defiende con ardor el derecho de autodeterminación para Euskadi (pp. 107-108).

Lo que provocaría en él –como en otros muchos– un nuevo momento, decisivo, de hasta aquí hemos llegado, fue el asesinato de Gregorio Ordoñez en enero de 1995: “Ahí se acabó tu pusilánime farfulla sobre la mezquindad de los políticos”, las críticas sobre la “democracia maquillada” bajo la que vivíamos; “Entendiste que el asesinato de un ciudadano, elegido por miles de ciudadanos como su representante político, demolía tu manera de vivir la vida y de entender la política”, y que el combate de ETA contra la democracia mostraba que “la autoderminación sólo constituía la cobertura del asesinato político. La destrucción de una nación de ciudadanos que ya decidían” (p. 109). Se acabó, entonces, ser un mero “espectador observante de la situación vasca”. La espiral infernal seguiría creciendo en los años siguientes; en 1997, tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, Mikel sería uno de los fundadores del Foro de Ermua; en artículos, en libros (La herida patriótica, entre otros), en clases, no cesaría de investigar y alertar sobre “las anteojeras del mirar; de las causas que propician no ver la realidad que existe inventándose otra que gustaría existiese” (p. 115). Después, lo dicho: entrañas sanguinolentas en el buzón y panfletos amenazantes contra él y otros profesores “españolistas”; el asesinato de López de Lacalle, de Pedrosa; el terror metido en el cuerpo, el “extierro” en el año 2000…

Transcribe una entrevista que le hicieron justo entonces, en ese momento álgido, en el ABC, donde denunciaba con dolor la “indignidad de la sociedad vasca” que miraba hacia otro lado. Palabras que ahora matiza (pp. 128-129). El mismo dolor desgarrado que es más que palpable en las frases improvisadas que pronunció en el mitin de ¡Basta Ya! en el Kursaal donostiarra en abril de 2001, cuando afirmó que ya no hablaría euskera más que con su familia, “y no hablaré en euskera con esta gente que mata en euskera y con otros escritores y esta Euskaltzaindia que nunca han condenado que las acusaciones y amenazas a las víctimas se hacen en euskera” (p. 161). Esta última transcripción aparece en el segundo de los textos, “Baskos komunikantes”, donde contesta al sesgado perfil biográfico que ofreció de él Iban Zaldua en su libro Ese idioma raro y poderoso (2012). En la sentida réplica, relata Mikel su intensa y amorosa relación con el euskera, lengua en la que ha publicado poemas, artículos, una novela (Gauzaren hitzak) y un ensayo antropológico (Euskal nortasunaren animaliak), una producción sin eco, “sin que prácticamente nadie haya dicho si es buena, regular o mala. Seguramente porque casi toda ella la he realizado sin ser nacionalista” (p. 153). Un silencio derivado, a su juicio, de que “ya no hay sitio para los simples amantes del euskera al margen de algún proyecto nacional vasco”, dado “el monopolio político y económico nacionalista de los medios euskéricos de comunicación” (p. 158).

El último de los textos que cierran el libro tiene un tono bien distinto, aunque sea siempre reconocible en él esa destreza narrativa, esa técnica novelesca de presentación de escenas y personajes que tan fructíferamente ha mimado estos últimos años al ir abandonando la forma ensayística por la novela (Tango de muerte, Melodías vascas, El hijo del pelotari sale de la cárcel, Las maléficas, En el requeté de Olite…). Un hombre en la cama del hospital, un hombre convaleciente en casa enganchado a una botella de oxígeno, un hombre que se negaba a envejecer y a perder facultades, un hombre que decide vivir a pesar de todo porque –es obvio decirlo– ama voluptuosamente la vida. Un hombre que busca en los libros y las memorias de otros –Levinas, Coetzee, Lessing, Koestler, Améry, Semprúm, Canetti– un espejo donde mirarse y cuestionarse, un espejo donde comprender mejor qué sea lo importante en la vida. Un hombre que habla en presente, que retoma la primera persona y busca en esa madurez cómo aplicar las lecciones de Levinas –la llamada del rostro del otro– y de Koestler –todos somos “responsables los unos de los otros: no en el sentido superficial de la responsabilidad social sino porque, de alguna manera inexplicable, todos participamos de la misma sustancia o identidad, como hermanos siameses o vasos comunicantes” (p. 265)–.

En definitiva, ¿para qué se escriben unas memorias? Para explicar y explicarse, responder y responderse, reivindicar y reivindicarse. Y ¿para qué se leen las memorias de otros? Tal vez, para explicar y explicarse junto-con-contra-cabe-sobre-tras ellas. Al poco de volver del “extierro”, en el primer restaurante en el que entró a cenar, un joven comensal le reconoció: “Se levantó mirándo- me como a un enemigo, se acercó a mí y me dijo: “¡Qué asco das, hijoputa!”. No era la primera vez. “Enseguida comprendí que no iba a poder integrarme en la docencia porque había rebrotado en mí la vieja vergüenza. Esa sensación de desnudez, de ser mirado como ellos quisieran verme y no como yo soy en realidad”. Eso era lo que más lo agobiaba: “la vergüenza de ser evaluado socialmente por lo que yo no era. Y que esto iba a ser lo único que quedase de mí a la posteridad” (p. 178). De ahí esa imperiosa necesidad de dar testimonio, de mostrarse y desmenuzarse en tercera-segunda-primera persona.

Recuerdo algo que nos decía Mikel en clase, en aquellos lejanos tiempos de Zorroaga: “En la vida hay que ser apasionado y coherente”. Qué difícil equilibrio, pensaba entonces y pienso ahora. Qué difícil no dejarse arrastrar por esa impetuosidad, esa vehemencia, esa impaciencia. Pienso ahora que tal vez puedan leerse estas memorias como la búsqueda insaciable –ensayo y error, ensayo y error– de ese preciado, de ese precioso, equilibrio.

  • Publicado en Grand Place (2016) Diversidad. 6.