Etnografía al límite

Ética de investigación en el trabajo con actores clandestinos

Nicolás Vallejo
Antropólogo

Imagen: Amaia García Hernández

La etnografía es una de las metodologías clave en la antropología social. Se caracteriza por una inmersión del investigador en el grupo de personas o comunidad a ser investigado durante un tiempo prolongado. Esto le permite entender los fenómenos sociales desde la perspectiva de quienes los viven día a día. Sin embargo, también implica que el investigador se someta a una serie de situaciones e interacciones que, al fin y al cabo, serán las que le permitirán entender a los sujetos que estudia.

Lo planteado en el anterior párrafo pone de manifiesto un punto esencial de la etnografía contemporánea. Como bien lo expone la antropóloga argentina Rosana Guber en su libro La etnografía. Método, campo y reflexividad, “la investigación no se hace ‘sobre’ la población sino ‘con’ y ‘a partir de’ ella, esta intimidad deriva, necesariamente, en una relación idiosincrática.” (Guber, 2001). Esta relación idiosincrática a la que se refiere la autora ocurre en cuanto el investigador aprende las formas de interpretar la realidad que poseen los sujetos con los que lleva a cabo la investigación.

En el presente texto me referiré a las implicaciones éticas que conllevó realizar una investigación etnográfica con dos grupos Semi-clandestinos1 que operaban en las universidades públicas de Bogotá a comienzos y mediados de la década pasada. Para esto centraré mi atención en la pregunta ¿cuáles deben ser los límites de la relación idiosincrática entre el etnógrafo y sus sujetos de estudio, cuando estos pertenecen a un grupo u organización ilegal? Esta pregunta será la encargada de reunir las tensiones que, en retrospectiva, puedo identificar en lo que fue la realización de dicha labor.

Aproximación a una ética de la etnografía

En su texto Ethnography in the Forest: An Analysis of Ethics in the Morals of Anthropology, Quetzil Castañeda identifica una serie de distinciones que me ayudan en la reflexión que planteo en este texto. La primera de estas tiene que ver con que algunas etnografías suelen incurrir en el error de no distinguir entre los análisis y/o descripciones históricas de procesos sociopolíticos concretos y los análisis éticos del mismo fenómeno (Castañeda, 2006). La descripción histórica se analiza con un marco de referencia diferente, ya que a esta se le juzga desde una perspectiva que valor en términos epistemológicos. Por otra parte, los análisis éticos tienen en cuenta referentes morales.

Según Castañeda, a la hora de aproximarse a la cuestión de los análisis éticos en las etnografías se debe tener en cuenta la existencia de dos dimensiones. Una de ellas es el trabajo de campo, el cual contiene la interacción entre el investigador y el sujeto de investigación. Por otra parte, se encuentra la representación etnográfica, es decir el momento en el que se lleva a cabo la escritura y la teorización (Castañeda, 2006).

El trabajo de campo requiere un alto grado de contingencia, por lo que los imprevistos que van surgiendo en medio de la interacción social implican la constitución de relaciones con los sujetos de estudio. La interacción social auténtica ocurre a partir de estas relaciones, por lo que éstas son una parte integral de cualquier etnografía. Es en medio de dicha contingencia y relacionado con estas relaciones que el investigador se ve sometido a una variedad de dilemas éticos que van apareciendo.

La dimensión de la representación etnográfica tiene dos niveles en los que un investigador debe tomar decisiones que pueden llegar a plantear dilemas éticos. La primera de ellas tiene que ver con la forma en la que me refiero al sujeto de investigación en mi trabajo, es decir la forma en la que lo represento. La segunda hace referencia a los valores epistemológicos a los que responde la disciplina. Dentro de estos valores epistemológicos, se encuentra un distanciamiento científico que influye en el contenido de “verdad” que puede tener el resultado de la etnografía.

Trabajo de campo con los “capuchos”

Considero que un buen punto de partida es explicar quiénes eran los sujetos con los que se llevó a cabo la investigación mencionada. Los “capuchos” son jóvenes que pertenecen a organizaciones que se autodenominan clandestinas, reconocibles por las disposiciones corporales que asumen para ocultar su identidad. Estas son el uso de una camiseta en su cara a forma de capucha y el uso de un overol o de ropa ancha para ocultar las prendas (Vallejo, 2017). Todas las organizaciones de “capuchos” llevaban a cabo acciones violentas en algún momento, las cuáles solían ser enfrentamientos con la policía en las inmediaciones de las universidades públicas2. En dichos enfrentamientos solían ser utilizados explosivos de bajo poder por parte de los “capuchos”, así como artefactos incendiarios; la policía por su parte utilizaba cañones de agua, gases lacrimógenos y algunos artefactos explosivos no convencionales (Vallejo, 2017).

Un punto que, como mostraré más adelante en el texto, es vital en este análisis es que al menos uno de los grupos de “capuchos” investigado tenía relaciones con la extinta guerrilla de las FARC. De cualquier forma, también creo que es responsable apuntar que, si bien es cierto existía una relación con este grupo insurgente, el grupo de “capuchos” llamado Movimiento Bolivariano, no constituía en sí mismo una guerrilla urbana, ni un frente urbano de ésta (Vallejo, 2017).

En términos metodológicos, la etnografía tuvo dos momentos. En un primer momento llevé a cabo un proceso de observación no participante que consistió en ubicarme en posición de espectador y observar las acciones de los “capuchos” desde lugares distantes. En un segundo momento, más relevante para el presente texto, llevé a cabo un proceso de observación participante. En las siguientes citas explicitaré la forma en la que fue llevada a cabo dicho trabajo:

(…) una primera fase de acercamiento que consistió en hacer parte de las actividades llevadas a cabo por los grupos investigados.

Luego de esta primera fase de acercamiento tuve acceso a algunos miembros de las organizaciones estudiadas, la Unión Camilista Revolucionaria y el Movimiento Bolivariano. Con estas personas sostuve conversaciones que me permitieron entender algunos aspectos de la jerga utilizada por los “capuchos”, entender cómo se adelantaban algunas de las acciones y saber de la existencia de mecanismos de formación política internos. El contacto con estas personas también me permitió saber de antemano cuándo se llevarían a cabo algunas acciones. Esta información fue especialmente útil, porque me permitió planificar mi trabajo de campo.

(…) La observación participante también implicó pasar bastante tiempo con los miembros de estas organizaciones en las dimensiones más cotidianas, en su rol de estudiantes. Este tiempo osciló entre 9 y 25 horas semanales a lo largo de 4 años, en las cuáles compartí con ellos espacios tan cotidianos como la hora del almuerzo, jugar un partido de fútbol e incluso el realizar los trabajos de la universidad junto a ellos (Vallejo, 2017).

Para el investigador Ron Iphofen, existen cuatro principios éticos que deben dirigir cualquier investigación etnográfica. La beneficencia (hacer el bien), la no maleficencia (evitar hacer cualquier daño), la protección de la autonomía (incluye el bienestar, la seguridad y la dignidad) de todos los participantes de la investigación y por último, la verdad (no engañar al sujeto sin buenas razones) (Iphofen, 2013). En un sentido similar, Eduardo Restrepo sugiere que “no podemos limitar la ética de la investigación a una fase concreta como el trabajo de campo donde se producen el grueso de los “datos” y donde a menudo se concretan las interacciones con las poblaciones o individuos que estudiamos” (Restrepo, 2018).

Si pensamos en las dimensiones de la etnografía que propone Castañeda y que fueron mencionadas en el anterior apartado, se puede decir que los principios éticos propuestos por Iphofen y por Restrepo, están ligados especialmente a la dimensión del trabajo en campo. A pesar de que Restrepo señala que estos principios se deben tener en cuenta desde el momento del planteamiento, también es importante anotar que responden a la interacción que existe (o existirá) entre el etnógrafo y su sujeto de estudio.

Así pues, mi reflexión me lleva al primer punto. Debido a la inexperiencia que tenía en el momento de plantear el proyecto de investigación sobre los “capuchos”, no llevé a cabo un análisis de las implicaciones legales y de seguridad que éste trabajo podría traer sobre mí y eventualmente sobre los sujetos con los que realizaría el estudio. En un primer momento, el proyecto no estuvo planteado contemplando el principio de autonomía, ya que no se tuvo en cuenta ni el bienestar ni la seguridad de las personas con las que eventualmente llevaría a cabo el trabajo.

En el contexto colombiano, acercarse a un actor como los “capuchos” presupone el riesgo de ser objetivo de los organismos de inteligencia, tanto del ejército como de la policía. Esto habría podido conducir a estos organismos hacia los sujetos individuales con los que entablé mis primeros contactos. Del mismo modo, pude haber sido requerido por la fiscalía con el fin de entregar información que condujera a la captura de los sujetos con los que estaba realizando el estudio.

Para entender mejor la tensión con la legalidad enunciaré un recuento de las disposiciones legales con las que usualmente se tacha a los “capuchos”:

Artículo 429. Violencia contra servidor público. El que ejerza violencia contra servidor público, por razón de sus funciones o para obligarlo a ejecutar u omitir algún acto propio de su cargo o a realizar uno contrario a sus deberes oficiales, incurrirá en prisión de cuatro (4) a ocho (8) años.

Artículo 366. Fabricación, tráfico y porte de armas, municiones de uso restringido, de uso privativo de las Fuerzas Armadas o explosivos. El que sin permiso de la autoridad competente importe, fabrique, trafique, transporte, repare, almacene, conserve, adquiera, suministre, porte o tenga en un lugar armas o sus partes esenciales, accesorios esenciales, municiones de uso privado de las Fuerzas Armadas o explosivos, incurrirá en prisión de once (11) a quince (15) años.

Artículo 467. Rebelión. Los que mediante el empleo de las armas pretendan derrocar al Gobierno Nacional, o suprimir o modificar el régimen constitucional o legal vigente, incurrirán en prisión de seis (6) a nueve (9) años y multa de cien (100) a doscientos (200) salarios mínimos legales mensuales vigentes.
Artículo 468. Sedición. Los que mediante el empleo de las armas pretendan impedir transitoriamente el libre funcionamiento del régimen constitucional o legal vigentes, incurrirán en prisión de dos (2) a ocho (8) años y multa de cincuenta (50) a cien (100) salarios mínimos legales mensuales vigentes.
Artículo 469. Asonada. Los que en forma tumultuaria exigieren violentamente de la autoridad la ejecución u omisión de algún acto propio de sus funciones, incurrirán en prisión de uno (1) a dos (2) años.
Artículo 470. Circunstancias de agravación punitiva. La pena imponible se aumentará hasta en la mitad para quien promueva, organice o dirija la rebelión o sedición.
Artículo 471. Conspiración. Los que se pongan de acuerdo para cometer delito de rebelión o de sedición, incurrirán, por esta sola conducta, en prisión de uno (1) a dos (2) años.

(Código Penal Colombiano, Ley 599 de 2000).

Partiendo de las anteriores disposiciones y de una práctica común en Colombia conocida como “falsos positivos judiciales”, debo decir que también hubo un descuido de mi parte como investigador en tanto fallé en hacer una lectura acertada del contexto en el cual se llevaba a cabo la investigación. Así pues, se podría decir que hasta cierto punto tuve comportamientos que Restrepo señala como parte del tipo de etnógrafo indiferente; este tipo de etnógrafo se caracteriza por tener una desconexión del contexto de los sujetos de estudio por estar concentrado exclusivamente en su investigación y/o su teoría (Restrepo, 2018).

Otro punto que representó un dilema ético tiene que ver con la participación en las protestas que lideraban los “capuchos”. El dilema consistía en que por una parte podía no participar de las protestas, lo que habría terminado en una etnografía “coja”. El objetivo de una etnografía es poder vivir de primera mano la mayor cantidad de aspectos que vive el sujeto de estudio, esto con el fin de evitar la fragmentación inauténtica de la vida social de los sujetos de estudio (Iphofen, 2013); en ese sentido, evitar uno de los aspectos más importante de la vida social de los “capuchos” le habría quitado riqueza etnográfica a la investigación. Por otra parte, hacer parte de las protestas, ponía en riesgo mi integridad física.

El anterior es un dilema recurrente en las etnografías que se llevan a cabo con sujetos que tienen prácticas ilegales o que viven en contextos de violencia. Un caso reconocido es la estancia del antropólogo Phillipe Bourgois en la zona de Santa Marta en el Salvador, en la que atestiguó una masacre en el campo de refugiados “La Virtud” en el año 1981 (Binford, 2002). En la mayoría de los casos, se sostiene que esta responsabilidad queda en manos del investigador, ya que es quien está poniendo en juego su integridad y de cierta forma es quien debe asumir la responsabilidad completa. En mi caso particular, yo decidí privilegiar una buena investigación y poner en riesgo mi integridad.

Sin embargo, a pesar de haber tomado esta decisión, luego me vi enfrentado a situaciones que no tuve contempladas y con las que no pude sino actuar tal y como me sugerían mis sujetos de estudio. Ejemplo de esto aparece en la siguiente entrada de mi diario de campo:

Cuando el pupitrazo3 ya se había terminado, todas las personas que quedábamos dentro de la universidad, a excepción del personal de seguridad privada, empezamos a salir al mismo tiempo. En el momento en el que el semáforo de la tercera cambió Vladimir me dijo “camine rápido camine rápido” mientras atravesábamos, unos sujetos que estaban fuera de la universidad y que se ubican al lado del puente peatonal con un pendón que decía “Sí a la dosis personal”, se empezaron a acercar al tumulto a repartir unos volantes. Ante la situación Vladimir sólo se alteró más y me dijo “muévase rápido, no corra, pero camine rápido y no los mire”.

Después de que habíamos atravesado la carrera tercera una persona de la multitud les gritó a quienes estaban repartiendo volantes “ábranse4 de aquí “tiras”5 hijueputas, ábranse “paracos”6 de mierda”. Acto seguido los sujetos que repartían los volantes les empezaron a gritar “buena, buena bolivarianos, muy bien MB7 muy bien”. A continuación, Vladimir y yo nos internamos en una cafetería en el centro y al preguntarle por lo que acababa de ocurrir él me dijo: “pille parce, esos pirobos8 de la legalización son los jíbaros9 “paracos” que se la pasan chirretiando10 a la gente de la universidad y vendiéndoles bareta11 y esos pirobos son tiras, entonces los manes lo que estaban haciendo era marcar a la gente, a los que los manes les entregaban el papelito era porque sabían que son de algún parche12 y seguramente debía haber por ahí algún tombo13 tomándoles fotos” (Vallejo, 2017).

Una de las consecuencias de pasar tanto tiempo con mis sujetos de estudio, y sobre todo, de compartir con ellos situaciones de riesgo, fue la creación de vínculos donde existían grados de complicidad. Al respecto, Castañeda sostiene que la contingencia del trabajo de campo crea pactos y complicidades que exigen de una mayor especificidad a la hora de referirse los principios que rigen tanto al trabajo de campo etnográfico, como a la antropología (entendida, en este caso como el ámbito de la escritura y la teoría) (Castañeda, 2006). Es por esto que en la siguiente sección del texto me referiré a los valores de la antropología y al espacio de reflexividad etnográfica.

Etnografía: Valores y Representaciones

Referirse a “los valores” epistemológicos de la antropología es un error, en tanto al interior de la disciplina existen diferentes corrientes teóricas y cada una de ellas privilegia ciertos valores en detrimento de otros. En estos debates, el acento suele estar puesto sobre lo que Norbert Elías llamaría “Compromiso y Distanciamiento” (1990), es decir, qué tan comprometido debe estar el investigador con su sujeto de estudio y qué tanto se puede distanciar del mismo. Para el sociólogo polaco, ni el distanciamiento ni el compromiso llegan a ser totales nunca y la pregunta radica en qué lugar se ubican los investigadores. Sin embargo, es muy claro al decir que “Los científicos sociales no pueden dejar de tomar parte en los asuntos políticos y sociales de su grupo y su época, ni pueden evitar que estas les afecten” (Elias, 1990).

No es mi intención entrar en profundidad en este tipo de debates. Sin embargo, considero pertinente ubicar mi posición y también mencionar una perspectiva de investigación que considero no oportuna para trabajar con actores semi-clandestinos, como los “capuchos”. Como fue mencionado en el párrafo anterior, pretender asumir una posición totalmente objetiva, distanciada del sujeto de estudio, es imposible. Sin embargo, me parece que una posición que promueve el compromiso total con el sujeto de estudio, como el propuesto por Jean Rappaport en su artículo Más allá de la escritura (Rappaport, 2007), es problemático al estudiar este tipo de actores.

Para Rappaport, es posible hacer una etnografía en conjunto con el sujeto de investigación en tanto el conocimiento total de su realidad le da al sujeto de investigación le da una riqueza de datos, conocimientos y otros elementos que pueden aportar mucho en la teoría. Este tipo de etnografía se desprende de los postulados de Luis Guillermo Vasco, quien sugería llevar a cabo una antropología militante que hiciera acompañamiento a los movimientos sociales e indígenas (Rappaport, 2007). No obstante, llevar a cabo una investigación de este estilo implica que el etnógrafo someta su investigación a la agenda política de los sujetos con los que trabaja en ella. En ese orden de ideas, llevar a cabo una etnografía militante con un actor como los “capuchos” terminaría dando lugar a la posibilidad de legitimar y/o justificar sus acciones.

Teniendo en cuenta lo esbozado en los párrafos anteriores, creo que para llevar a cabo un proceso etnográfico con actores que se ubican en un espectro político radical lo mejor es buscar el principio de objetividad y mantener el distanciamiento con el sujeto de estudio en tanto se pueda. Esto representa una ardua labor para el investigador, ya que como se ha mencionado antes en el texto, el trabajo de campo implica la generación de vínculos con los sujetos; esto somete al investigador a un desgaste psicológico considerable, el cuál debería ser tenido en cuenta desde el momento del planteamiento del problema.

En mi etnografía con los “capuchos” perdí la distancia con el objeto de estudio durante una parte considerable de la investigación. Al pasar 4 años con los mismos sujetos, la relación idiosincrática que construí terminó por permear el conjunto de significados e incluso conceptos con el que percibía la realidad. Esto tuvo una ventaja y es que de cierta forma logré ver el mundo a través de ojos muy parecidos a los de ellos, pero la desventaja fue mayor, ya que me llevó a normalizar muchas de sus prácticas. Por esta razón, mucha de la riqueza de los datos etnográficos obtenidos en campo no logró estar presente en la versión escrita de la investigación. El proceso de distanciamiento con respecto a este sujeto de estudio continuó mucho después de entregada dicha versión escrita, ya que con el paso del tiempo dejé de percibir la realidad a través de los conceptos y significados de “los capuchos”, pero este proceso fue lento y paulatino.

En consecuencia, se produjo una fragmentación de la vida social de los sujetos con los que llevé a cabo la investigación. Como ya se había mencionado anteriormente, uno de los principios éticos de la investigación que señala el Dr. Ron Iphofen debe ser el evitar la fragmentación inauténtica de la vida social de los sujetos de estudio (Iphofen, 2013). Esto fue el producto de ir interiorizando las prácticas de seguridad de los “capuchos” como forma de percibir el mundo. En ese orden de ideas, aunque estos últimos no tuvieran compartimentada su vida, en el trabajo existe una compartimentación que surge, precisamente de la interiorización del discurso de “medidas de seguridad” de los “capuchos”.

Partiendo de lo anterior, es posible observar, cómo la escogencia de un marco de valores epistemológicos concreto (en este caso optar por un tipo de etnografía más comprometida), termina generando contradicciones al interior del trabajo de investigación. Esto ocurrió porque la elección de este marco de valores con el fin de evitar la fragmentación inauténtica de la vida social de los sujetos de investigación terminó llevándome como investigador a una posición en la que, al interiorizar los discursos de estos sujetos debido a mi cercanía, terminé compartimentando su vida a la hora de llevar a cabo el proceso de escritura de los resultados.

Este último punto me conduce directamente al último aspecto que quiero analizar en este texto: La escritura de los resultados y el proceso de representación del sujeto de estudio. A partir de los valores que rigen el compromiso o distanciamiento que el investigador maneja en su etnografía, se va construyendo la forma en la que éste último representa a las personas con las que lleva su proceso de investigación.

Es por esto, que vuelvo sobre mis observaciones a la teoría de Rappaport. Así pues, quisiera sugerir que cuando el etnógrafo empieza su inmersión en el trabajo de campo, es importante que preste atención y trate de “descubrir” cuáles son las motivaciones de las personas estudiadas. Con esto me refiero a entender por qué estas personas acceden a la inmersión de un desconocido en su cotidianidad, especialmente cuando esta cotidianidad está mediada por medidas de seguridad, como en el caso de actores ilegales, clandestinos, armados, etcétera.

La anterior pregunta es de vital importancia, ya que nos permite entender qué es lo que los sujetos estudiados pretenden obtener de la etnografía. A su vez, entender la intencionalidad termina siendo un dato etnográfico importante, que podría referirse, por ejemplo, a la agenda política de dichas personas o grupos.

Es común que el investigador tenga el temor de caer en el etnocentrismo a la hora de llevar a cabo la representación de su sujeto de estudio. En contextos en los que el investigador analiza un sujeto de su misma sociedad, el etnocentrismo también existe, razón por la cual se debe tener en cuenta que “ciertos actos políticos y protestas sociales de nuestra sociedad suelen ser también objeto de esta incomprensión”(Grimson, Merenson, & Noel, 2011). Dicho temor, en mi caso, facilitó la pérdida del distanciamiento a la que ya me he referido. Al momento de representar a los “capuchos”, consideré que estaba en una posición de neutralidad, lo que conlleva una serie de peligros como bien se puede ver en la siguiente cita:

Cuando se presupone el lugar de la neutralidad, es porque se desconoce la perspectiva propia y su contingencia. En esos casos, el investigador no es consciente del carácter político de toda posición, por lo tanto, no puede controlar el poder implicado en su propia mirada y escritura. Entonces, las políticas controlan al investigador (Grimson et al., 2011).

Precisamente, al terminar adoptando la visión de los “capuchos”, se presenta el problema de compartir sus intereses. Desde una mirada retrospectiva, intuyo que la razón por la cual estas personas accedieron a permitirme llevar a cabo la etnografía era para obtener alguna forma de legitimidad y/o justificación de su accionar. Desde la perspectiva opuesta, Elías también hace un llamado hacia el mantenimiento del equilibrio al sostener que “Aún cuando uno esté completamente orientado hacia la condenación, se debe, procurar una explicación, y la tentativa de explicar no es, necesariamente, una tentativa de disculpar”(Elias, 2009).

Conclusiones

A la hora de trabajar con un actor ilegal, clandestino y/o Semiclandestino, los investigadores deben tener en cuenta que en tanto es un actor que actúa en situaciones límite, no es ético hacer uso de ciertos modelos etnográficos. Así pues, desde el planteamiento del problema el investigador deberá escoger una perspectiva teórica adecuada para que los valores epistemológicos con los que va a trabajar sean coherentes con la mejor forma de aproximarse a los sujetos. También debe tener en cuenta que las interacciones que va a tener con estos, ya que la vinculación necesaria para hacer una buena etnografía, puede plantear retos éticos inesperados y en este caso, es importante tener un buen marco de referencia para actuar.

En este apartado quiero volver a sugerir los principios morales de Iphofen, los cuáles entiendo no sólo deben operar a la hora de llevar a cabo el trabajo de campo, sino también en la dimensión de representación etnográfica. Así mismo, se debe recordar que la objetividad, entendida como un equilibro entre compromiso y distanciamiento, varía dependiendo del actor con el que se va a llevar a cabo la investigación.

Es importante que el investigador este reflexionando constantemente sobre la forma en la que está entendiendo a sus sujetos de estudio. Cuando la intención del sujeto al aceptar la etnografía está determinada por una agenda política el investigador, éste último deberá evaluar hasta qué punto está de acuerdo con dicha agenda, por qué lo está y con base en tal evaluación asumir (o no) un mayor distanciamiento. Esto conllevara al etnógrafo a plantearse nuevos dilemas éticos como si ¿es justificable que el actor utilice la violencia como parte de su ejercicio político?

Para finalizar, desde mi reflexión, propongo tener siempre en cuenta la máxima Kantiana que sugiere no tratar a las personas como medios, sino como fines en sí mismos. Esto terminará guiando el proceso investigativo en todas sus dimensiones. En el trabajo de campo, evitará concebir a los sujetos como meras fuentes de información y hará al investigador más consciente de su contexto. Con respecto a los valores epistemológicos, ayudará a darle forma a la investigación ya que la persecución de la objetividad debe respetar los límites de la no maleficencia. Por último, a la hora de representar a los grupos de personas y a los sujetos, el investigador podrá distanciarse lo suficiente del sujeto de estudio como para no caer en el error de convertirse en una suerte de portavoz de este.

Bibliografía, notas y fuentes:

1 En la tesis me refiero a este concepto como “sujeto u organización que adopta una serie de medidas para ocultar su identidad personal y mantenerla en secreto, pero que lleva a cabo apariciones físicas encubierto dando a conocer, cuando menos, parte de sus prácticas con el fin de publicitarse.” (Vallejo, 2017)

2 Una descripción más completa de los espacios, las prácticas y los sujetos se pueden encontrar en mi trabajo: Vallejo, N. (2017). Sombras beligerantes: Un estudio sobre las formaciones espaciales de la violencia de los “capuchos”

3 Un “pupitrazo” consiste en un enfrentamiento de la policía con manifestantes que no hacen parte de ninguna organización de “capuchos”. Usualmente las personas que se enfrentan a la policía se valen expresamente del uso de piedras u ocasionalmente de algún coctel molotov, pero no se hace uso de material explosivo.(Vallejo, 2017)

4 Modismo que quiere decir váyase.

5 Expresión utilizada para denominar a los infiltrados de la policía o de organismos paramilitares.

6 Expresión utilizada para denominar a los paramilitares.

7 Sigla para identificar al MB, un grupo de “capuchos”.

8 Expresión de Insulto.

9 Distribuidor de drogas.

10 Exresión utilizada para denominar la venta de drogas.

11 Modismo para referirse a la marihuana.

12 Grupo de “capuchos”.

13 Expresión despectiva para referirse a un policía.

Binford, L. (2002). Violence in el salvador: A rejoinder to philippe bourgois′s ′The power of violence in war and peace′. Ethnography, 3(2), 201-219. Retrieved from https://www.jstor.org/stable/24047830

Castañeda, Q. (2006). Ethnography in the forest: An analysis of ethics in the morals of anthropology. Cultural Anthropology, 21(1), 121-145. Retrieved from https://www-jstor-org.ez.urosario.edu.co/stable/3651550

Elias, N. (1990). COMPROMISO y DISTANCIAMIENTO. Barcelona: Edicions 62.

Elias, N. (2009). Los alemanes. Buenos Aires: Nueva Tilce.

Grimson, A., Merenson, S., & Noel, G. (2011). Descentramientos teóricos. introducción. In A. Grimson (Ed.), Antropología ahora (). Buenos Aires: Siglo XXI.

Guber, R. (2001).  La etnografía. método, campo y reflexividad. Bogotá: Grupo editorial norma.

Iphofen, R. (2013). Research ethics in ethnography/anthropology. (). October 2013: Retrieved from https://ec.europa.eu/research/participants/data/ref/h2020/other/hi/ethics-guide-ethnog-anthrop_en.pdf

Rappaport, J. (2007). Más allá de la escritura: La epistemología de la etnografía en colaboración. Revista Colombiana De Antropología, 43, 197-229. Retrieved from https://www.redalyc.org/pdf/1050/105015277007.pdf

Restrepo. (2018). Etnografía: Alcances, técnicas y éticas. Lima: Universidad Nacional de San Marcos.

Vallejo, N. (2017). Sombras beligerantes: Un estudio sobre las formaciones espaciales de la violencia de los “capuchos”