Álvaro Ibáñez Fagoaga
Historiador

Imagen: Mikel Kasaliz
Introducción
Desde que Paul J. Curtzen acuñara el término Antropoceno en su artículo Geology of Mankind (2002), un sinfín de eminencias han procurado arrojar luz sobre una aseveración tan profunda, que en cierta medida obliga a reentender el mundo desde un renovado paradigma.
Y es que el Antropoceno, lejos de ceñirse al estudio geológico del planeta, se ofrece a sí mismo como un nuevo marco teórico dotado de un potencial tal, que es capaz de renovar las perspectivas de estudio de ciencias tan dispares como la química, la geología, la economía, la historia o la antropología.
Aseverada pues la importancia del concepto, resulta del todo ineludible citar a Lewis y Maslin, que en su obra How we created the Anthropocene reflexionan con enorme acierto cómo a pesar de nuestra juventud geológica hemos sido capaces de deforestar selvas y licuar glaciares a velocidades extremas, lo cual nos da una muestra inequívoca de la capacidad de influencia (y destrucción) que nuestra especie ha adquirido con respecto al planeta.
Sin embargo, pese a que hoy día nos resulte incuestionable la capacidad de influencia de nuestra especie sobre el planeta, resulta también del todo ineludible reconocer cuáles fueron los grandes hitos que consolidaron a la humanidad como la fuerza ambiental y geológica dominante:
En este sentido, tendríamos en primer lugar la tesis de la Revolución Neolítica, bajo la cual, a partir del siglo XI a.C, un cierto número de sociedades de cazadores-recolectores daría los primeros pasos hacia la sedentarización y la construcción de las primeras civilizaciones. De la mano de la domesticación de cierto número de plantas y animales, la irrupcción de estas primeras sociedades organizadas devino en la quema masiva de bosques en busca de nuevos terrenos para la agrícultura y ganadería. Esta práctica, común en todas las primeras civilizaciones del planeta, habría sido en opinión de multitud de expertos la principal responsable de una especie de estabilización climática responsable del retraso (o la anulación) de la próxima Edad de Hielo que en algún momento debería volver a experimentarse sobre la faz del planeta.
Por otra parte, la llegada de la máquina de vapor, junto con la Revolución Industrial iniciada en el siglo XVIII es para Curtzen (y la gran mayoría de los expertos) el verdadero punto de partida del modelo de civilización que, en base a la sobreexplotación de los recursos naturales y el uso desmedido de los combustibles, ha propiciado verdaderamente la llegada del periodo antropocénico.
Teniendo en cuenta ambas teorías, resulta incuestionable afirmar que la Revolución Neolítica supuso un antes y un después en la interacción del ser humano sobre el planeta (véase a Harari). La aparición de la agricultura y la domesticación de animales salvajes sin duda supuso un hecho de enorme trascendencia que necesariamente tuvo que tener su impacto. Además, resultan aún más evidentes los enormes saltos cualitativos dados como consecuencia de la invención de la máquina de vapor, la irrupción del ferrocarril o el desarrollo de la siderurgia y el uso masivo del carbón como combustible industrial.
Sin embargo, la enorme nebulosa temporal adscrita entre ambos procesos históricos necesariamente debería hacernos preguntar si no existen otros grandes hitos intermedios con la suficiente relevancia como para ayudarnos a salvar este enorme agujero temporal.
En este sentido, este artículo se centrará en reflexionar sobre los cambios producidos durante la Edad Moderna, especialmente en todo lo concerniente al surgimiento en Europa de las dinámicas coloniales y capitalistas que, bajo nuestro juicio, fueron responsables de la vertebración de una economía-mundo a partir de la cual las metrópolis europeas construyeron un modo de vida que, en cierta medida, explica cómo hemos podido llevar al planeta al nivel de devastación en el que se encuentra hoy día.
El intercambio Colombino y el surgimiento de la Neo-Pangea
Desde hacía al menos 10.000 años, la disminución de la gran mayoría de los casquetes polares había acabado con los corredores que conectaban Asia con América, generándose a partir de ese momento el aislamiento total del continente americano con respecto al gigante Afroeuroasiático.
Sin embargo, todo esto cambió de manera abrupta con la Conquista de América.
En este sentido, la enorme relevancia que el Intercambio Colombino tuvo sobre la evolución natural del planeta va más allá de la evidencia de que caballos y vacas ocupasen las grandes planicies americanas al tiempo que los cultivos del tomate y la patata se convertían en pieza esencial e ineludible de las dietas europeas.
Lo más importante a resaltar aquí, es ver cómo estas especies escaparon a la lógica natural que por medio de un insalvable océano de miles de kilómetros de envergadura impedía la difusión de estas especies más allá de sus límites geográficos preestablecidos.
La teoría de la tectónica de placas, sin duda uno de los factores geológicos más importantes del planeta, había sido hasta entonces la responsable de la separación del antiguo super-continente llamado Pangea, lo que en gran medida explicaba la insalvable diferencia biológica existente entre continentes separados entre sí por insalvables masas de agua, y que a través de las flotas castellana y portuguesa, constituyeron sobre los hasta ahora insalvables Océano Atlántico y Pacífico renovados Puentes de Bering.
Así pues, la Conquista de América, de la cual deriva el Intercambio Colombino, mostró una capacidad de sobreponerse en apenas unas décadas a lo que la geología había configurado a través de un proceso evolutivo de millones de años de duración, generándose como consecuencia del mismo el proceso de homogeneización biológica más rápido de la historia del planeta.
The Orbis Spike: Ruptura del equilibrio climático
Por otra parte, la Revolución Neolítica, si bien no supuso un cambio sustancial del clima, si tendió a estabilizarlo, siendo una tendencia que perdurará desde el inicio de esta Revolución hasta la llegada de la Edad Moderna
Sin embargo, la llegada de los europeos a América, un continente desprovisto de todo tipo de inmunidad frente a las enfermedades de Afroeurasia, supuso un cataclismo de inmensas proporciones para la población originaria. En apenas unas décadas, la gran mayoría de la población andina y mesoamericana perecería víctima de enfermedades como la viruela, la fiebre amarilla o el sarampión. La enorme mortalidad de las enfermades, sumada a las guerras de conquista y la descontrolada explotación de los primeros conquistadores propició la muerte de hasta el 90% de la población andina y mesoamericana, precipitándose ambas civilizaciones hacia el abismo.
Este colapso civilizatorio, probablemente el más rápido y letal de la historia, trajo además consigo un abrupto final de la altamente contaminante técnica agrícola de la tala y quema, propiciándose la rápida reabsorción de hasta 65 millones de hectáreas de cultivo por bosques tropicales. Esta rapidísima reabsorción de la tierra cultivable americana sólo pudo explicarse debido a la particular localización geográfica de estos cultivos, en su mayoría situados en zonas de bosque tropical, lo cual tuvo como consecuencia una rapidísima reabsorción de al menos 6.500 millones de toneladas de co2 (hoy día, después de dos revoluciones industriales y una gran aceleración, las emisiones anuales de co2 relacionadas con la producción de energía son de 36.000 millones).
Como resultado de todo esto, se dio una rápida bajada en las temperaturas del planeta entre 1594 y 1677 (-1º), pudiéndose observar en los glaciares de la Antártida un claro descenso de los niveles de co2 en el periodo comprendido entre 1520 y 1610
Esta abrupta disrupción, radical a la vez que pasajera, vendría a apuntalar de manera definitiva la inseparable relación existente entre el clima y la especie humana, pudiéndose encontrar una relación directa entre el devenir de nuestra especie y la dinámica climática del planeta.
Por si esto fuese poco, una cantidad significativa de estudiosos afirma que este suceso histórico, conocido como el Orbis Spike, será una de las razones por las cuales el pico de mayor enfriamiento de la Pequeña Edad de Hielo vivida en la Edad Moderna estuviese localizado alrededor del 1600, que sería el punto justo en el que se verían con más fuerza los efectos de la reabsorción del co2 anteriormente citados.
La Construcción de la economía-mundo
La construcción del Imperio Español con la Conquista de América, junto a la vertebración del Imperio Portugués a lo largo de las costas de África, India e Indonesia (y a la que más tarde se le uniría Brasil), supusieron una ruptura total dentro del equilibrio de poderes existente entre las diferentes civilizaciones del planeta, constituyéndose desde suelo europeo lo que Wallerstein denominará como la economía-mundo.
Lisboa y Sevilla, mediante sus Casas de Contratación, vertebrarán partir del siglo XVI una serie de redes comerciales monopolísticas asimétricas alrededor del planeta sirviéndose de su poderío militar. América, tras el colapso de todas sus grandes civilizaciones, se convertirá en la gran mina de Europa al tiempo que las flotas portuguesas aprovecharán su incontestable dominio naval para expulsar a los musulmanes del comercio del índico y destruir cualquier equilibrio preexistente en el comercio de especias.
De esta forma, ya entrados en el siglo XVI, al monopolio castellano del comercio con América y el monopolio portugués del comercio de especias se sumará el más tarde conocido como Galeón de Manila, que establecerá, tras la conquista española de las Filipinas, una nueva red comercial que enlazará China con Acapulco, que por aquel entonces pertenecía al Virreinato de la Nueva España.
Mientras tanto, Portugal construirá la que probablemente es recordada como la más ignominiosa de las rutas comerciales, el comercio triangular: sus flotas, cargadas desde Lisboa con manufacturas y productos elaborados, arribaban a África para intercambiar estos productos por esclavos, poniendo después rumbo hacia América, en donde estos esclavos serán de nuevo intercambiados por productos coloniales como el tabaco, el café, el cacao o el tan apreciado palo de Brasil.
Así las cosas, las grandes conquistas ibéricas del siglo XVI, sumadas a la vertebración de sus correspondientes redes comerciales de tipo colonial, darán así los primeros pasos de lo que más tarde se conocerá como el primer gran hito de la globalización (que por otra parte hoy día sigue operando). En esto sentido, cabe destacar también, cómo estudios contemporáneos han podido identificar cierto proceso de homogeneización biológica entre territorios que no sólo se encuentran separados por miles de kilómetros de distancia, sino que además pertenecen a zonas climáticas diferenciadas, y cuya razón de parentesco reside esencialmente en la acción del ser humano dentro del contexto de los imperios coloniales europeos.
De esta manera, llegaremos al año 1580, en donde el conflicto dinástico por la sucesión de la corona portuguesa acabará con la absorción de Portugal y su imperio por la España de Felipe II. Desde entonces, Lisboa y Sevilla, ambas bajo el cetro de los Habsburgo españoles, romperán cualquier tipo de equilibrio preexistente en el comercio mundial al aunar bajo una misma entidad política el monopolio del comercio con América, el control total del comercio de especias y el dominio tanto del comercio triangular, así como las relaciones comerciales establecidas con los imperios de China y el Japón.
La vertebración de los grandes imperios depredadores y el modo de vida imperial
Habida cuenta de los enormes beneficios que las colonias reportaban a los imperios ibéricos, el siglo XVII será el inicio de una carrera colonial entre potencias europeas que cambiará para siempre la dinámica económica del planeta.
Llegados a este punto, Fernand Braudel afirma categóricamente que el oro y la plata de América permitió a Europa vivir por encima de sus posibilidades, iniciándose a partir de entonces una relación dialéctica centro-periferia en donde las metrópolis europeas (centro) se servirán de las materias primas de sus colonias (periferia) para consolidar su desarrollo económico.
Superada pues la geografía europea junto a sus lógicas feudales, la nueva economía-mundo fue el escenario perfecto para la vertebración de un nuevo modelo de económico basado en el trabajo asalariado de tipo capitalista. Sin embargo, el modelo político-económico de la Monarquía Hispánica, eje principal de la economía-mundo durante el siglo XVI, mostrará al resto de potencias europeas como su intento de vertebración de la Monarquía Universal derivaba de manera irremediable en un galimatías geopolítico de alcance incontrolable.
La Monarquía Hispánica, lejos de sumarse al carro de la transformación económica hacia el capitalismo iniciada en Inglaterra y Holanda, se ahogó en eternas guerras en pos de una idea imperial que, a lo largo del siglo XVII, terminaría por ahogar económica, política y militarme a la que, al menos durante el siglo XVI, se presentó a sí misma como la potencia hegemónica incontestable del planeta.
En este sentido, Holanda e Inglaterra comprenderán a la perfección los riesgos de dejarse llevar por ideales imperiales basados en criterios políticos o dinásticos. Su modelo, alejado de los infructuosos heroísmos feudalizantes hispánicos, tendrá como meta un único y sencillo objetivo: la maximización del beneficio económico.
Así las cosas, el siglo XVII será el escenario de las primeras grandes guerras coloniales por el control de los recursos, siendo el ejemplo más paradigmático la guerra luso-neerlandesa (1601-1661), mejor conocida como la Guerra de las Especias, y que no tuvo objetivo que la destrucción del eslabón más debil de la Monarquía Hispánica: Las colonias portuguesas en Oriente.
Desmembrado pues el monopolio portugués en Oriente, el control del comercio de especias y el comercio triangular paso diretamente a manos de Holanda e Inglaterra, quienes vertebrarán un nuevo modelo colonial basado en la externalización de la carrera colonial a través de una serie de compañías privadas de tipo capitalista a las que se otorgará el monopolio absoluto del comercio colonial, así como la facultad de firmar tratados, acuñar moneda y constituir ejércitos del todo independientes.
Constituidas a principios del siglo XVII a partir de la unión de los mayores comerciantes de Inglaterra y Holanda respectivamente, la VOC (Vereenigde Oostindische Compagnie) neerlandesa y la EIC (East India Company) serán más tarde reconocidas como las dos primeras empresas capitalistas al constituirse ambas como como las primeras sociedades anónimas por acciones de la historia.
Estas dos multinacionales fueron entonces las responsables de la colonización de todo el Subcontinente Indio y el Archipiélago Malayo, dejando en el camino cualquier tipo de iniciativa que no respondiese a la optimización máxima del capital invertido por los dueños de las acciones que, desde Londres y Ámsterdam, exigían siempre el máximo beneficio económico.
La gestión directa del comercio colonial quedó pues subcontratada por medio de estas dos compañías, que a su vez subcontrataban la administración colonial mediante el soborno sistemático de las autoridades políticas y económicas locales, desligándose así tanto la metrópoli como los accionistas de las compañías de cualquier tipo de responsabilidad moral para con las atrocidades sucedidas en las colonias
Este nuevo modelo imperial, génesis de las primeras corporaciones capitalistas, será calificado por Gustavo Bueno como la quintaesencia del Imperio Depredador, que entenderá a las periferias coloniales como un almacén infinito de mercancías destinado a satisfacer lo que Ulritch Brand califica como el modo de vida imperial que progresivamente se irá instalando en la metrópoli.
Epílogo: Las señales antropocénicas enviadas durante el periodo moderno
Llegados a este punto, podemos (y debemos) establecer una relación histórica entre el surgimiento del capitalismo, el colonialismo y el antropoceno.
La relación dialéctica periferia-centro (es decir, colonia-metrópoli), establecida a través de la vertebración de la economía-mundo, constituyó una cosmovisión del planeta basada en el expolio sistemático de los recursos naturales mucho antes de la Revolución Industrial, que más bien fue la encargada de llevar al máximo exponente el modelo capitalista de corte colonial que había comenzado su andadura casi tres siglos antes del descubrimiento de la máquina de vapor.
Teniendo en cuenta todo lo asumido en los dos párrafos anteriores, no sería de extrañar entonces que, ya durante la Edad Moderna, el planeta comenzase a dar señales de agotamiento con respecto a las prácticas destructivas que los imperios coloniales implantaron sistemáticamente a lo largo y ancho del planeta, para lo cual traeremos a colación un ejemplo de cada uno de los grandes modelos imperiales modernos.
En primer lugar, cabría destacar como la exhaustiva explotación de la beta minera del Cerro Rico del Potosí por parte de la Monarquía Hispánica propició la emisión de proporciones de mercurio, plomo y arsénico en cantidades jamás vistas hasta entonces, pudiendo observarse hoy día los efectos de esta contaminación en lugares tan alejados como el Glaciar de Quelccaya, situado a más de 800km de distancia del asentamiento minero.
Un siglo más tarde, durante la ocupación de Indonesia llevada a cabo por la Compañía de las Indias Orientales Neerlandesas, el Imperio holandés convirtió a la isla de Siam en su particular almacén ilimitado con el cual nutrir a los mercados internacionales del tan codiciado Brasilete de la India, llevando a la especie al borde de la extinción dentro de la isla.
Finalmente, quizás el caso más paradigmático venga de la mano de John Evelyn, reputado jardinero inglés que, en su obra Fumifugium (1661), advirtió ya en el siglo XVII de la enorme contaminación que la ciudad de Londres estaba comenzando a experimentar.
En este sentido, cabe destacar cómo John Evelyn, en una queja formal enviada expresamente al entonces rey de Inglaterra, advertía de una creciente neblina que se apoderaba cada vez con mayor asiduidad del centro de la ciudad, y que, entre otra serie de cosas, estaba afectando enormemente a la salud de la entonces Duquesa de Orleans.
Evelyn no dudó entonces en culpar al creciente uso del carbón por parte de las incipientes industrias de la ciudad como las principales responsables del empeoramiento del aire de la ciudad, siendo este testimonio el primer testimonio escrito del potencial peligro del uso sistemático de los combustibles fósiles como principal fuente de energía.
Así las cosas, resulta del todo cierto observar como la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII elevó los niveles de contaminación hasta niveles jamás vistos hasta entonces, sin embargo, la reflexión que deberíamos realizar en este momento debería apuntar más a si realmente fueron los progresos técnicos, y no las dinámicas socio-económicas creadas, las que verdaderamente llevaron al planeta al antropoceno.
En este sentido, resulta de vital importancia destacar no sólo la capacidad, sino también la voluntad de transformación de la biología del planeta mostrada a través del Intercambio Colombino, lo cual, unido a la construcción de una economía-mundo capitalista basada en la comprensión del planeta como un ilimitado almacén de mercancías destinado a satisfacer las economías e industrial del centro, derivaron progresivamente en el modelo económico imperialista, depredador y extractivista sobre el cual descansó la Revolución Industrial, y que en gran medida entendemos que es el responsable real del surgimiento del Antropoceno.
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