Desafíos del lenguaje en el Antropoceno

Teresa Moure
Profesor de la Universidad de Santiago de Compostela

Imagen: Mikel Kasaliz

Eco-Lingüística: un híbrido no tan extraño

Desde los años setenta se ha venido desarrollado dentro de los estudios lingüísticos una veta de perfil ecológico o, si se quiere, una Eco-lingüística[1]. Seguramente habrá quien piense que se trata de una pura moda o, al menos, de una concesión al discurso actualmente más beligerante en términos políticos y sociales. Cabría responder a esta reticencia alegando que en el siglo XXI las ciencias no pueden continuar ensimismadas en problemas teóricos: el verdadero desafío que la Lingüística tiene por delante es el de redefinir su aparato conceptual para ponerse al servicio de la sociedad. En un sentido más profundo, todo conocimiento –también el que hemos obtenido sobre la naturaleza– es una forma de discurso. A la vista de la degradación del planeta y del saqueo que como especie estamos protagonizado, el estudio de las lenguas en nuestra época –ya decidiremos si es o no el Antropoceno porque incluso esta etiqueta puede habérsenos quedado pequeña– pasa por reflexionar sobre su condición de mediadoras en nuestra relación con el entorno natural.

No es ningún secreto que la verdad en nuestra época está en tela de juicio. Somos más conscientes que nunca de que la fiabilidad de cualquier enunciado no depende solo de su sustento racional, sino también de factores tan cambiantes como la autoridad de quien lo emita, el contexto en que lo haga o la capacidad de conectarlo con alguna experiencia u opinión previas. Como decía Eugenio Trías, el criterio de verdad de un enunciado es siempre la amplitud de su capacidad de seducción. Las innovaciones en el conocimiento nos desorientan particularmente en el sentido ecológico: la posibilidad de intervenir en el material genético e inducir cambios en seres aún no engendrados ha difuminado la noción de organismo y las tecnologías médicas que bendecimos nos ha convertido en ciborgs. Hemos dejado de saber qué es natural y qué no lo es. O, con mayor precisión, calificar cualquier cosa de natural es sospechoso puesto que las versiones más deplorables del animal humano han ensalzado naturalidades que eran pura ideología: desde la superioridad de la raza aria o del género masculino hasta la consideración de la heterosexualidad como la única conducta socialmente normativa. El término naturaleza debería ir siempre entre comillas. De hecho, es una producción tecnológica del lenguaje para separarnos de todos los seres vivos e inertes que componen el paisaje; una metáfora de nuestra distancia social, como seres humanos, respecto del entorno.

Durante mucho tiempo, los seres humanos vivieron en estrecho contacto con su territorio. Conocían el nombre de las plantas y de los animales de su alrededor, los diferenciaban. Obtenían de ellos, además de los elementos materiales necesarios para subsistir, un tipo de saber que perfilaba la propia existencia: animales potencialmente fieros o susceptibles de ser domesticados, plantas comestibles frente a otras tóxicas que, convenientemente dosificadas, podían curar sus males; también espacios para cultivar o para la contemplación y el ocio. La base para toda narrativa mítica, religiosa, o simplemente farmacológica y económica vendría de ahí; con el tiempo estaría contenida en los diccionarios. A veces, en las aulas universitarias, he preguntado a mis estudiantes si conocían las plantas llamadas lengua de buey, lengua de ciervo o lengua de vaca. En absoluto. Mas grave aún es que ni siquiera sus nombres les dijesen nada porque ignoraban cómo eran las lenguas de esos tres animales. Sus antepasadas les gritaban desde los diccionarios significados que ya no podían oír.

No se trata de nostalgia, ni de idealizar un pasado bucólico, más apegado al paisaje, aunque confieso tener esa sensibilidad. Simplemente, nadie protege lo que no conoce, de ahí que la vertiente eco- en Lingüística conecte tan directamente con la Ética de cuidados. Los cambios sociales de las últimas épocas explican que ciertos saberes hayan ido cayendo en desuso. La casa que se aprovisionaba de substancias curadoras de males menores –de los dolores habituales y conocidos– ya no existe. En el capitalismo tardío la industria farmacéutica ha cumplido con su cometido de manera óptima: barriendo la competencia. Hoy en lugar de recurrir a una infusión hecha con el hinojo que el sol maduró en los caminos, nos compramos cápsulas en una farmacia próxima con la plena seguridad de que cualquier cosa que salga de un laboratorio será más efectiva como remedio para los males digestivos. Eso significa que un tipo de conocimiento del paisaje que estaba a nuestra disposición dos o tres generaciones atrás ha dejado de operar. Apenas reconocemos los vegetales y los agrupamos bajo el genérico hierbas porque brotan espontáneamente y fuera de nuestro control. Analizando de una manera más fina, la hierba es eso que se debe segar con una máquina en los jardines. Al mismo tiempo, los cortacéspedes, antes elegantes aparatos en las películas, están ahora en todas las casas rodeadas de terreno, por minúsculo que este sea. Para mantener impoluto nuestro jardín, nada más. Y volvemos al comienzo: nadie protege lo que no conoce. Nadie lo ama. Ni lo valora. Y preferimos el césped de un campo de fútbol –un monocultivo– a la diversidad de un prado.

En un momento de la historia del planeta donde todo parece anunciar un colapso inducido por la depredación humana, el conocimiento directo del mundo natural se ha visto relegado. Forma parte de la historia de los pueblos aborígenes, también de los aborígenes que hemos sido en otra época. En ese contexto, la perspectiva eco-lingüística es especialmente cultivada en aquellas partes del mundo donde la modernidad llegó forzada por procesos de colonización: las/los lingüistas trabajan a toda prisa inventariando lenguas perdidas o en vías de extinción. Consideran fundamental conservarlas. Como si tuviesen vocación misionera, incluso intentan reavivar los vínculos de esas comunidades con su pasado ancestral en un quehacer entreverado de estrategias antropológicas y semánticas. La primera de las tres orientaciones eco- que pueden reconocerse hoy en los estudios sobre el lenguaje coincide con este perfil. Así, muchos animales australianos con apariencia de rata están recibiendo nombres nuevos para verse a salvo de la extinción (Mülhäusler, 2003). Tienen problemas de imagen por haber sido denominados ratones y ratas cuando en absoluto están emparentados con los roedores llegados a ese continente en los barcos que zarpaban de puertos occidentales en los últimos cientos de años. El uso de nombres inapropiados determinó que la población local intentase exterminar, como si se tratase de plagas, muchas variedades de marsupiales que ni competían con el ser humano por el alimento, ni le transmitían enfermedades. En respuesta, una Lingüística con compromiso ecológico ha venido a restaurar un listado de dos mil palabras aborígenes australianas con las que históricamente habían sido denominados. Resucitar esas palabras formaría parte de una estrategia del activismo ecológico con sustento en la Lexicografía para conservar las especies correspondientes.

Una segunda orientación eco- en Lingüística se ocupa de reavivar las lenguas del mundo, ya que estamos experimentando una extinción masiva de la diversidad cultural e idiomática precedente. Como los negacionistas del cambio climático, todavía muchas/os especialistas en lenguas consideran que el problema no es grave: las lenguas, insinúan, han muerto siempre (Djité, 2008). Y, a veces, ponen el ejemplo del latín sin percibir el error argumental que aflora de inmediato porque el latín se diversificó en las lenguas románicas, no murió del todo. Pero la mayor parte de nuestra diversidad lingüística actual está perdiéndose irremisiblemente. Michael Krauss (1992) daba la voz de alarma cuando aseguraba que el 95% de las lenguas habladas a finales del siglo XX se perderían a lo largo del XXI.  Solo entonces la Lingüística, inmersa en polémicas de gabinete, tomó conciencia de la extinción reconociendo que las lenguas más extendidas en el mundo, como el inglés o el español, acaban por fagocitar otras. Inducen a los hablantes de lenguas menos prestigiadas al cambio; lenta, pero inexorablemente, las van invadiendo, borrando sus contornos. Como hablante de gallego puedo asegurar aquí lo que en las calles es un secreto a voces: las dificultades de transmitir la lengua de una comunidad minorizada a la generación siguiente son cada vez mayores.

Finalmente, una última rama de los estudios eco-lingüísticos se vincularía al pensamiento ecológico como asunto filosófico –sería una eco-filosofía– y a nuestra capacidad de formular ideas diversas en un mundo cada vez más instalado en el pensamiento único (Edwards, 2008; Moure, 2019). Para ilustrar su potencial basta con detenerse en el Anthropocene curriculum, un proyecto educativo dependiente del Instituto Max Plank. Ahí se recrea el diario del personaje imaginario Peter Schlemihl, un botánico del siglo XIX que reaparece en Berlín actual, donde observa especies nunca vistas, como bolsas de plástico colgadas de los árboles, o aquellas que llama metalica rhinoceros –nuestros coches– o metalica hippos, –nuestras bicicletas, descritas de manera simpática como una nueva especie de caballos salvajes presumiblemente peligrosos, dado que suelen estar sujetos con candados. Esta lúcida iniciativa permite atisbar hasta qué punto es necesario reflexionar sobre la cosmovisión implícita en las lenguas.

En todo caso, a medida que se desarrolla este híbrido entre Ecología y Lingüística, se van manifestando diversos alcances porque, como es sabido, no todos los híbridos son estériles. A veces consiguen una mejora que elimina las características desventajosas de los ejemplares seleccionados para el cruce.

Hacia una Ética de cuidados al planeta

La óptica eco- en Lingüística es tan seductora como imprescindible puesto que puede dar coherencia y rigor a los discursos ecológicos vigentes. En las lenguas de nuestro alrededor, se habla de homicidio para un delito que consiste en matar a una persona −sin que haya premeditación u otra causa agravante. La existencia de la palabra abre la puerta al reconocimiento de un problema social. También es materia delicada atentar contra la propia vida, por eso existe la palabra suicidio. A partir de ahí, fueron apareciendo otras, como parricidio, magnicidio, incluso algunas muy recientes como feminicidio, que incita a una toma de conciencia contra la violencia de género. Pero en Occidente no existen palabras como maricidio para los desastres de petroleros que, al perder su carga en la costa, acaban con todas las formas de vida en el mar, ni riicidio para los casos en que una fábrica contamina un río, ni montañicidio cuando una explotación minera o la construcción de un sistema de transporte acaban con una montaña o floresticidio para los incendios que queman hectáreas de bosque. Estas ausencias léxicas tienen una lectura inequívoca: no pensamos en términos ecológicos. Todavía no. No acabamos de ver la naturaleza entera como protagonista de lo que está ocurriendo y, de hecho, el término ecocidio apenas sí se encuentra en los discursos activistas más comprometidos[2].

El estudio de las lenguas proporciona extraordinarios ejemplos para repensar la naturaleza de maneras alternativas. Suelo mencionar el ejemplo del kalispel porque me fascina. En esta lengua amerindia, hablada aún por unos pocos cientos de personas en los estados de Idaho y Washington, no se puede decir lago o montaña. No es posible concebir los elementos de la naturaleza como objetos, tal y como es habitual en las lenguas indoeuropeas; por eso, en vez de sustantivos, deben usarse verbos. No sabría decidir si sería el animismo lo que creó una gramática semejante o si, al revés, fue la gramática la que produjo una visión del mundo más respetuosa con el medio natural. Que en kalispel sea obligatorio expresar que el paisaje laguea o montañea es todo menos anecdótico; el ejemplo nos hace ver cómo Occidente ha impuesto su óptica haciéndola pasar por universal. Quien hable una lengua donde una montaña sea vista como un objeto podrá dinamitarla y extraer sus minerales; quien hable una lengua donde el río sea un objeto podrá ponerlo a trabajar moviendo una turbina. Para quien montañear o laguear estén sucediendo ante los ojos humanos, el paisaje adquirirá una dimensión ontológica. La posibilidad de aprehender un objeto montaña o un objeto lago se quedará fuera del nivel de expectativas. Sin duda, hay una vinculación fuerte entre la conceptualización de la realidad de las lenguas indoeuropeas y el industrialismo que, no por accidente, surgió en Europa. Obsérvese que, en las lenguas de esta parte del mundo, el contraste entre la conceptualización de objeto y la de fenómeno sí se aprecia en otros casos. Puedo ver el agua que cae del cielo como un objeto – lluvia– o como un suceso –llover–. En cambio, el agua que corre por el suelo solo puede ser vista en mi gramática como un objeto, río; no existe el verbo *riear, que nos hubiera proporcionado una perspectiva más ecológica. En este sentido, al menos, la comparación interlingüística es imprescindible: sí hay lenguas más ecológicas que otras. Y no son las nuestras.

Las lenguas sirven, en este sentido, para contrastar empíricamente las hipótesis ecologistas. El Ecofeminismo, por ejemplo, señaló que las mujeres habían sido reducidas aplicando el mismo sistema de dominación que sometía a la naturaleza: patriarcado y capitalismo actuaban en alianza. Es cierto que muchas ecofeministas mostraron algunos excesos: idealizaban el principio femenino, eran esencialistas y con una exagerada tendencia a la espiritualidad[3]. Con todo, su hipótesis general puede corroborarse con datos de lenguas. Igual que las mujeres son denostadas con nombres de animales –cotorras, zorras, víboras–, la naturaleza se describe habitualmente mediante términos sexuales: las reservas naturales se conquistan o se doman; la fiera salvaje se controla, se desbrava o se doma, sus secretos son penetrados y su seno está al servicio del hombre. Los bosques vírgenes se talan para convertirlos en tierras fértiles, descartando las estériles. Este lenguaje que feminiza la naturaleza refleja una lógica de dominación de la que sale fortalecido un poder avasallador, una violencia que se ceba en la naturaleza por considerarla femenina, o sea, inferior. Sobre esta ética y esta estética lingüística descansan los pilares invisibles del discurso de la ciencia moderna.

Habitamos ferozmente las palabras porque nuestra existencia transcurre condicionada por lo que somos capaces de nombrar. Hablamos de malas hierbas como si los vegetales pudiesen tener cualidades morales o en política muchas voces derrochan la palabra recursos sin apreciar, aparentemente, que denominar así al paisaje o a las fuentes energéticas es considerarlos solo en su condición de elementos económicos. Probablemente pronunciar recursos es todo menos proteger la naturaleza. Por eso creo firmemente en que deberíamos controlar nuestras metáforas. De hecho, en mi opinión, todas las formulaciones ecologistas podrían resumirse en un pequeño problema de traducción. Descartes escribió Cogito ergo sum, pero su famosa frase fue traducida como Pienso luego existo. Está bien. Pero cogito también es la raíz de cuido. Nuestra sociedad hubiese sido otra si el cogito cartesiano se hubiese interpretado en este segundo sentido. Cuido luego existo parece un fantástico lema de vida: resume la actividad que nos da más satisfacciones y que más nos humaniza; también la más ecológica. Atender al discurso revela una importancia y una urgencia crecientes.  

Si Aristóteles hubiese hablado luiseño

En cuanto salimos de la propia tribu, tenemos que aprender otras formas de llamar a las cosas o nuevas reglas para dar expresión a nuestro pensamiento. La cultura occidental ha contemplado la diversidad idiomática como un problema desde el mito de Babel, recogido en el capítulo 11 del libro del Génesis. Bajo el peculiar estilo de la Biblia, la historia parte de que los seres humanos habrían edificado una torre tan alta que rozaba el cielo. Para castigar esta soberbia, Dios decidió que en el futuro no podrían entenderse. El mito está presentando la existencia de lenguas diferentes como una maldición divina –una lectura política aún frecuente en las sociedades contemporáneas–. Pero la diversidad, ya sea lingüística, biológica, ideológica o cultural no crea necesariamente confusión; posibilita la adaptación a un mundo complejo y, en el pensamiento posmoderno, se ve como un mecanismo de resistencia ante la uniformidad, la simplicidad, la fragmentación y el aislamiento característicos de la sociedad contemporánea[4]. En muchas culturas, la naturaleza se identifica con la complejidad, la interrelación y la espontaneidad; de ahí surge la fertilidad. Esta hipótesis, de raigambre ecologista y válida para la diversidad genética de las especies, también se puede aplicarse a la variabilidad cultural y lingüística.

En una visión radical de las relaciones entre lenguaje y pensamiento, el ser humano, al aprender otras lenguas, pasa a habitar mundos diversos. Evidentemente, las lenguas que hablan los pueblos alemán, bengalí, masái o sami, no solo poseen un listado de palabras divergentes; son mucho más de lo que cabe en un diccionario. Como ilustra el anterior ejemplo del kalispel, los diversos idiomas ofrecen categorías desconocidas e ideas imposibles de imaginar si permanecemos en los confines de nuestra cultura, en una particular visión de la realidad. Por lo tanto, cuando nos familiarizamos con otros idiomas, abrimos nuestras mentes: ni todo el mundo piensa igual, ni es obligatorio o único lo que antes creíamos natural. Estudiar lenguas distantes de la nuestra, sea esta cuál sea, es como inscribirnos en un curso acelerado de Antropología aplicada. Y, especialmente, aquellas que se han visto apartadas de la tradición gramatical –y que, solo por este motivo, se califican de exóticas– suelen ofrecernos fenómenos completamente desconocidos.

Del luiseño, una lengua amerindia del grupo uto-azteca todavía hablada por unas decenas de personas al sur de California, podemos recibir una auténtica lección de Ontología. Sus datos no deberían interesar únicamente a quienes amamos las lenguas; son bastante reveladores para estudiar Filosofía, Sociología o, en general, para quien quiera someter a crítica las convenciones. En luiseño, los verbos intransitivos tienen lexemas diferentes en función del número del sujeto. Si en nuestras lenguas diferenciamos con pequeños morfemas al final de la palabra vuela de vuelan o corre de corren, en luiseño tendríamos palabras diferentes: pókw– si corre una sola persona y nóor– cuando un grupo de individuos corren juntos. Igualmente, se usa el lexema wíil– para un pájaro que vuela en el cielo frente a wap-, cuando lo hace una bandada entera. El luiseño está concediendo un especial valor gramatical a los colectivos, lo cual necesariamente ha de tener implicaciones en su sociedad. En los verbos transitivos, el reparto todavía se va a complicar: además de las correspondientes desinencias que marcan el número, tenemos raíces diferenciadas, pero esta vez –y esto es bastante elocuente– en función del número del objeto. De esta manera, ‘matar’ se dirá moqna- si mato una oveja, pero qe?ée– si mato el rebaño entero. Es imposible enfrentarse a estos datos sin concluir que esta gramática prevé y controla cualquier exceso sobre la naturaleza.

Tal vez muchas de las nociones que utilizamos cotidianamente y con que modelamos nuestro conocimiento sobre el mundo en las concepciones científicas o artísticas estén impregnadas de gramática. Pensamos, por ejemplo, que existen el pasado, el presente y el futuro porque esta división tripartita, relativamente rara en las lenguas del mundo, es la forma de contemplar la realidad de las lenguas indoeuropeas, que tienen paradigmas de pasado, presente y futuro, cuyo uso es obligatorio. Por mucho que la ciencia actual se empeñe en asegurar que ese vector temporal no existe, o no se comporta exactamente así, no parecemos creer completamente en la teoría de la relatividad porque la gramática que se cuece en nuestro cerebro perpetúa la misma visión del mundo que tenía Aristóteles. Presumiblemente, las ideas que diariamente manejamos –y tal vez incluso las teorías científicas que elaboramos– serían diferentes si Aristóteles, en vez de griego, hubiera hablado luiseño.

Por eso la gramática no es una institución que regula usos correctos e incorrectos; lo que debe o no debe ser dicho. Es, más bien un conjunto de instrumentos para atrapar la realidad[5], sin los cuales no podríamos obtener de las lenguas un conocimiento que rebasase lo anecdótico, la pura erudición. Las gramáticas, con sus matices y sus complejidades, indican que no hay ningún territorio firme donde pisar, que la realidad es un caleidoscopio de formas y colores diversos. Para evitar ese vértigo incómodo, algunas voces se empeñan en defender una lengua hegemónica. Creen que el inglés es un gran remedio, útil para comunicarse allí donde vayan. Intentan no sofocarse con ese caleidoscopio y, consciente o inconscientemente, contribuyen a eliminar la diversidad lingüística con la misma fiereza con que se elimina la diversidad ecológica. Los partidarios de inglés-en-todos-los-sitios esperan llegar a una isla japonesa, a las tierras áridas de Afganistán o a la fría Siberia sin sentir la inseguridad de no poder comunicarse. Quieren viajar y conocer, pero no invertir grandes esfuerzos en cada viaje. El inglés es presentado en las políticas educativas de la mayoría de los estados como un mecanismo idóneo porque evita instalarse en esa forma alternativa de contar la realidad que tiene el Otro. Pero, al tiempo que favorecen ese primer contacto con el lugar de destino, las lenguas francas disminuyen los estímulos para emprender una adaptación cultural profunda, para averiguar lo que las otras comunidades atesoran e, implícitamente, favorecen la idea de que todo lo realmente importante ya sería dicho en ellas[6]. La lógica de la productividad que sustenta las macrogranjas es la misma que explica el furor por las grandes lenguas internacionales.

 La Lingüística pretende estudiar la idea de lenguaje humano, una facultad biológica de importantes consecuencias –sociales, intelectuales, cognitivas, neuronales, simbólicas y ecológicas– en la historia de la especie, una facultad que se ocupa de todas las lenguas, que las compara, que las mide, que intenta desenmascarar sus juegos para sacar a la luz un esqueleto en común. En ese esqueleto, hecho de los rasgos que todas ellas comparten, los auténticos universales del lenguaje, está escondido el secreto de nuestra adaptación al planeta, la historia que nos ha elevado a esa posición dominante en el conjunto de las especies y también la llave para entender quién somos y cómo es que podemos pensar. Pero, el secreto aparece quebrado en pequeñas piezas de puzle. Para desvelarlo, hay que escudriñar las diversas lenguas porque cada una de ellas contiene un pedazo de lenguaje. Igual que para desvelar lo que es la vida, no importan solo los grandes mamíferos; también los minúsculos bichos del suelo.

Lingüistas de bata y lingüistas de bota

La tradición biológica distingue estas dos modalidades de investigación: la bata implica un laboratorio, la bota un espacio exterior. Usando este referente, podría decirse que la Lingüística ha mostrado históricamente la tendencia a ser una ciencia de bata, es decir, una práctica intelectual donde un sujeto investigador volcaba su interés sobre los textos, preferiblemente antiguos, para descubrir el funcionamiento interno de un código. Ese sujeto trabajaba en un despacho y en los casos más exagerados hasta podría ser especialista en una lengua que nunca había tenido oportunidad de hablar con nativas/os. Pero, el Estructuralismo americano desarrolló un ejercicio continuado de bota: desde las primeras décadas del siglo XX la escuela de Boas se dedicó a estudiar con precisión las lenguas amerindias. Mientras Gladys Amanda Reichard o Sapir describían pormenorizadamente dialectos hasta entonces tenidos por “primitivos” y Margaret Mead o Whorf insistían en sus estudios teóricos sobre las diversas maneras de contemplar la realidad, la sociedad norteamericana, que ya había echado a los aborígenes de sus tierras, los confinaba en reservas consumando una política racista. El estereotipo del indio sinuoso invadía el cómic, el del indio traidor era esparcido por las películas y, en general, la población tendía a pensar en esos grupos étnicos originarios del continente como perezosos, indolentes y propicios a los más variados vicios.

La innovación de esa lingüística antropológica norteamericana puede verse relativizada si pensamos que en una verdadera Lingüística –y ya no digamos si pretende tener un compromiso ecológico– cualquier hipótesis debe someterse a la contrastación de los datos, casi por definición. Sin embargo, a menudo la Lingüística ha mostrado una cierta tendencia a la abstracción, dejando de lado los componentes sociales y culturales vinculados a las lenguas. Muchas encuestas sociolingüísticas formulan preguntas directas a sus informantes, por ejemplo, relativas a la lengua que hablan, con cierta ingenuidad, desatendiendo el hecho contrastado de que las personas no responden con sinceridad a esos formularios. Pueden afirmar que hablan la lengua A, y no la B, porque mantienen un vínculo afectivo con ella, a causa de sus preferencias políticas o simplemente por pensar que la pregunta está mejor respondida así. En ese sentido, parece necesario reivindicar la práctica de bota: impregnarse de una lengua no solo exige conocer bien los textos escritos, sino también las reglas más dinámicas del habla, las lógicas del humor, las ironías, los discursos repetidos en la toma de contacto, los modos retóricos de una comunidad que solo pueden ser conocidos in situ. La Lingüística eco– aplica las técnicas de campo de la Ecología más tradicional. A comienzos del siglo XXI, por ejemplo, el centro de investigaciones lingüísticas de la Universidad de La Trobe en Australia todavía ofrecía la oportunidad de escribir tesis doctorales y otros trabajos académicos sobre alguna lengua no documentada en una amplia área del Pacífico. El objetivo fue animado por las declaraciones ya mencionadas de Krauss sobre la inminente desaparición de lenguas del mundo y por el afán de coleccionar datos que se esparció por los despachos universitarios a partir de los noventa. De hecho, la Asociación de Tipología Lingüística, fundada en 1994, nacía para abordar el asunto de la diversidad lingüística del mundo y proponía dedicar todo el tiempo posible a coleccionar datos antes de que se perdiesen, abandonando la práctica elucubrativa que había ocupado el debate entre Generativistas y Funcionalistas en las décadas anteriores. Hoy parte de ese interés parece perdido. Probablemente las investigaciones empíricas son demasiado costosas para periodos de crisis económicas, además de políticamente incómodas.

En realidad, la consolidación de las lenguas vernáculas europeas como artefactos culturales no fue casual; al contrario, resultó de un dispositivo ideológico complejo, que acompañó y justificó el proceso de colonización. Como primera consecuencia de este proceso, durante mucho tiempo, solo parecía interesante estudiar la gramática de determinadas lenguas, no de todas ellas. A comienzos del siglo XVI se publican las primeras gramáticas del portugués, el español y el francés, precisamente las lenguas que habían de colonizar el Nuevo Mundo. En las décadas siguientes aparecerían las primeras gramáticas del italiano, el polaco, el eslavo o el eusquera, así como de otras no europeas: náhuatl, quechua, guaraní, japonés o persa. Buena parte de esta ingente obra gramatical fue desarrollada en las misiones católicas y, en concreto, en el departamento De propaganda fide, bajo el control de los jesuitas, que tenía como principal objetivo descifrar las lenguas autóctonas para traducir la Biblia y controlar, a partir de esta colonización ideológica, a la población nativa. Este efecto no es exclusivo de América; un mismo modelo de colonización se extendió rápidamente por África y Asia meridional. Sin embargo, una vez culminados los intereses de conquista, la historia de las ideas lingüísticas no volverá a centrarse en la diversidad idiomática hasta que las versiones eco-vinieron a reivindicar la práctica de bota.

Durante décadas, aunque se reclamaba que todos los dialectos eran igualmente interesantes, las diversas escuelas lingüísticas emitían aseveraciones sin datos, o apoyadas en ejemplos de lenguas europeas, y de entre ellas, en las más instaladas en el mercado mundial de la cultura. Se estaba actuando como si su disciplina solo pudiese adquirir estatus científico a costa de no intervenir en la realidad. Al exponer esta situación no se puede por menos de declarar que la Lingüística no es inocente: la comunidad de personas que investigan en el campo y la administración externa de los conocimientos que producen ha tenido una notable responsabilidad en la difusión de numerosos mitos relativos al lenguaje. Y habrá que asumir esas culpas. Hoy no se puede afirmar que el sol gira alrededor de la Tierra. Algunas personalidades trabajaron desde siglos atrás, no solo para comprender el mundo mejor, sino para superar resistencias y construir argumentos con que demostrar sus ideas. Por eso el avance en ciencias naturales fue espectacular desde comienzos de la Edad Moderna. Pero, muchos individuos informados nuestros días aún aseguran que el inglés es especialmente idóneo para la expresión científica internacional, o que las lenguas con casos, como el alemán, son más difíciles de aprender que las lenguas sin declinación como el portugués, o que solo expresan una cultura las lenguas que llegaron a ser escritas, frente a las muchas lenguas ágrafas que se hablan aún en el mundo. Esta renuncia es grave: el compromiso con la diversidad ecológica nos hace ver que –en este, como en otros aspectos– la historia de las ideas lingüísticas en Occidente va poderosamente unida al poder económico y al imperialismo de las grandes potencias.

Las lenguas como organismos naturales

Por sorprendente que parezca, no sabemos con exactitud cuántas lenguas se hablan hoy en el mundo. Esto puede parecer raro. Los compendios y atlas lingüísticos ofrecen estimaciones que oscilan entre las tres mil quinientas y las doce mil lenguas, un margen que serían incomprensible en Botánica o en Zoología, donde están bien organizadas taxonomías de miles de especies. En realidad, todavía continúan descubriéndose lenguas en regiones poco exploradas, especialmente en Nueva-Guinea Papúa. Aunque no queden zonas salvajes completamente desconocidas, un asunto es disponer del mapa de un territorio visto desde un satélite y otra saber si son uno o varios los pueblos que lo ocupan o si cada uno de ellos habla una o varias lenguas. Pero aún hoy en la mayoría de las tierras olvidadas del planeta, las investigaciones lingüísticas están muy incompletas o incluso prohibidas porque los estados pretenden evitar que las minorías sientan orgullo de su patrimonio –de su lengua, de su historia, de sus diferencias– y acaben por cuestionar la identidad común.

Es cierto que contamos con diferentes compendios de las lenguas del mundo[7] pero sus estimaciones no coinciden. Algunos están pensados como auténticos atlas, con mapas muy detallados, mientras otros hacen listados de lenguas clasificadas por familias. En general, todos parten de censos antiguos y refieren un número de lenguas limitado. El más completo, a buen seguro, es el Ethnologue, un prestigioso proyecto de investigación que compila datos sobre las lenguas del mundo desde la década de los cincuenta y que cuenta en las últimas ediciones con versiones electrónicas donde hasta es posible contactar con la persona responsable de la edición para modificar los datos o corregirlos. Pero, ni siquiera el Ethnologue es un producto impecable. Entre otros problemas, este atlas está patrocinado por el Summer Institute of Linguistics de Dallas, una institución católica. Como resultado, el grado de detalle concedido a las lenguas amerindias, bien estudiadas en las misiones desde el siglo XVII, es enorme y no tiene parangón con la escasa información recogida para las lenguas de África. Así, por ejemplo, el Ethnologue insiste en que no se puede hablar de lengua maya, sino de toda una familia de lenguas emparentadas entre sí, que aún hablan los pueblos descendientes de la antigua civilización mesoamericana. Todos estos pormenores contrastan con el trato asignado a las lenguas de Nigeria o Camerún, en cuyas respectivas entradas se comenta a menudo que una determinada lengua tiene decenas de dialectos mutuamente ininteligibles. Pero, siendo incomprensibles entre sí ¿cómo es que no son considerados lenguas diversas?

Traigo a colación el inventario de las lenguas porque, a lo largo de la historia de las ideas lingüísticas, ha sido frecuente compararlas con las especies naturales. Durante el siglo XIX los neogramáticos creían que eran organismos vivos, que nacían, crecían, se reproducían y morían. Esta metáfora recibiría después duras críticas: obviamente, las lenguas no son organismos naturales y el modelo darwinista imperante no se adaptaba tan bien al estudio del lenguaje humano. Por ejemplo, la imagen del latín como lengua madre frente a gallego-portugués, catalán o español como hijas no funciona porque la madre tiene que morir para que surja esa descendencia y eso no se corresponde con lo que sucede en términos biológicos ni da cuenta de que el nacimiento de las lenguas es un proceso paulatino. Sin embargo, la Eco-Lingüística retoma el tropo porque lo encuentra útil para una necesaria toma de conciencia colectiva sobre los peligros del imperialismo: la etiqueta de amenazadas o en peligro de extinción, aplicable a las lenguas como a las especies naturales, pretende modificar políticas lingüísticas o normalizar variedades minorizadas, influyendo en los centros de poder lingüístico para redistribuirlos y descomponer la hegemonía cultural. No solo las lenguas son especies amenazadas, sino que, precisamente, allí donde los mapas muestran mayores presiones contra los ecosistemas naturales también pueden ser percibidos más claramente los procesos de sustitución lingüística en beneficio de unas pocas lenguas impuestas por la acción humana del imperialismo. Esto está sucediendo en Lingüística en la época en que se habla de una nueva era histórica, el Antropoceno, marcada por los efectos del ser humano en el planeta. La Ecología parece irrumpir bruscamente en todos los saberes.

Con las cautelas necesarias −ya que, evidentemente, una lengua no es un organismo natural− la metáfora sirve (Maffi, 2001). Si los elefantes africanos, los tiburones blancos o el lince ibérico están desapareciendo por la presión humana y los cambios que operamos en sus hábitats, muchas lenguas podrían estar experimentando una amenaza semejante y causada por idénticos motivos. Pero la tipología de las lenguas amenazadas es normalmente más variada de la registrada en Botánica o Zoología. El luiseño o el kalispel están amenazados porque sus pequeñas poblaciones son minorías étnicas, vivan o no en reservas, y el aprendizaje del inglés en la educación formal determina que tengan los días contados. En cambio, las lenguas minorizadas de Europa, como el gallego en Galicia, están en peligro por otras causas: a pesar de encontrarse teóricamente protegidas por la legislación, experimentan dificultades para pasar a la siguiente generación por la fuerte presión hacia otras lenguas con más hablantes y mejor salud. Finalmente, una lengua perfectamente viva como el islandés es considerada como amenazada de muerte digital: su presencia en el mundo cibernético de las redes es escasa, debido a que sólo tiene 350 mil hablantes que, además, usan a menudo y con excelente calidad el inglés en la escritura. Amenazas diferentes complican, en consecuencia, el panorama teórico.

El escritor y teórico de las literaturas poscoloniales Ngugi wa Thiong’o (1993) refleja en su producción literaria los castigos corporales infligidos en la escuela a los niños keniatas como él cuando, en lugar de inglés, hablasen kikuyu. El hecho de esa experiencia coincida completamente con la represión lingüística que la escuela imprimió durante el franquismo a las lenguas diferentes del español muestra claramente la universalidad del proceso. El culpable de hablar kikuyu en las proximidades de la escuela era azotado o debía colgarse al cuello una placa de metal con la inscripción “soy un burro”: el conflicto entre las lenguas en contacto es tremendamente violento. El dato proporcionado por Tove Skutnabb-Kangas (2000) de que de las mil doscientas lenguas indígenas de África ninguna es usada como medio de instrucción en las escuelas secundarias adquiere así otra lectura: la época colonial no ha finalizado porque la globalización continúa trabajando en el mismo sentido. Esta autora, vinculada a la defensa de las lenguas minorizadas, habla de un genocidio lingüístico practicado por la educación formal, y sitúa la escuela como uno de los más importantes agentes de extinción masiva de lenguas en el mundo.

Aunque la Ecología sea un discurso en alza, de alguna manera, el giro eco- implica una dirección inédita en los estudios lingüísticos: la de exigir de la/del lingüista un compromiso activo con su objeto de estudio. Esta nueva perspectiva ya fue registrada por Fishmann (2001), quien habló en su día de una sociolingüística militante, hecha por personas nacidas dentro de comunidades con conflictos sociolingüísticos que acababan por arrastrar a su especialidad puntos de vista combatientes. En general, en todas las humanidades es inevitable que el objeto investigado se vuelva sobre quien investiga en un curioso efecto bumerán. Pero en el caso de la muerte de lenguas y de los demás tópicos eco- esta perspectiva híbrida parece la única posible para asegurar la pervivencia de sistemas culturales que están desapareciendo ante nuestros ojos con rapidez. De manera irónica, quien habla lenguas en peligro suele abrazar la perspectiva eco- para, en un ejercicio de activismo que tal vez ya esté fuera del quehacer investigador, convencer a las poblaciones nativas de que están en posesión de un tesoro.

El naturalista británico David Attenborough (2020), a sus noventa y cuatro años, se presentaba, de manera simpática, como “alguien de otra época” e insistía en que no estaba hablando metafóricamente: había nacido en el Holoceno y estaba viviendo sus últimos años en el Antropoceno. Pero, no podía ser de otro modo cuando las lenguas nos obligar a extremar el rigor, estas clasificaciones de las eras están sometidas a perpetua revisión. De hecho, una de las denominaciones más interesantes para nuestra época es la de Eremoceno, ‘la era de la soledad’, porque nos estamos quedando a solas en el planeta; a solas con nuestro plástico, al menos mientras el petróleo dure. Una de las figuras que prefieren esta etiqueta es la de otro conocido divulgador, el científico Edward Wilson, padre del concepto de biofilia, que nos dejó en diciembre de 2021 a los noventa y dos años, después de haber publicado una amplia obra en la que a menudo recoge sus expediciones a espacios ya irrecuperables. Aunque la veta iniciada por Darwin desaloje de la ciencia la idea judeocristiana de que Dios haya colocado el planeta a nuestra libre disposición, el antropocentrismo permanece: investida con los honores de ser el producto más acabado de la evolución, la especie humana ha explotado la naturaleza, alterando las relaciones entre los ecosistemas y la calidad de la biosfera. Igual que en cualquier otro proceso de dominación importa, y mucho, cómo hablemos de él. Esa es la base de una investigación eco-lingüística que no significa otra cosa que comprometida con la diversidad del legado que todavía tenemos. En el Antropoceno, en el Eremoceno o mientras este dolorido planeta dure.

Bibliografía, notas y fuentes:

[1] Vid. Haugen (1972, 2001), Garner, M. (2004) o Edwards (2008).

[2] Para ahondar en la relación entre pensamiento ecológico y prácticas discursivas vid. Moure, Teresa (2019).

[3] Un claro ejemplo de este proceder puede verse en Adams, Carol (1990).

[4] La posmodernidad, a pesar de muchas lecturas negativas que la envuelven, representa el contexto cultural que nos alienta para la defensa de la diferencia frente a los excesos uniformadores de la modernidad. En filosofía, Nietzsche y Heidegger serían los primeros pensadores posmodernos.

[5] La expresión atrapar la realidad tiene algo de licencia estilística. Tal vez interactuar o intermediar con la realidad fuesen más adecuadas porque la gramática no remite a una realidad dada allá fuera, sino que tiene carácter transformador: es un agente activo en la constitución de lo que, en nuestra opinión, es real.

[6] Existe en la tradición eco- mucha bibliografía crítica con la aceptación del inglés como un proceso natural e inevitable. Sirvan como ejemplo los trabajos de Philhipson (1992) sobre imperialismo lingüístico o el compendio Fairclough (1992).

[7] Entre los compendios de lenguas más destacables podríamos citar, además de los trabajos pioneros de Comrie reunidos en Comrie et al. (1996), el atlas de Asher & Moseley (1994) o la referencia, en la red siempre actualizada, del Ethnologue.

Adams, Carol (1990): The Sexual Politics of Meat. A Feminist-Vegetarian Critical Theory, Trad. esp., La política sexual de la carne. Una teoría crítica feminista vegetariana, Madrid, Ochodoscuatroediciones.

Asher, R. & M. Moseley (1994): Atlas of the World’s Languages, London, Routledge.

Comrie, B.; S. Matthews & M. Polinsky, eds. (1996): The Atlas of Languages. The Origin and Development of Languages throughout the World, London, Bloomsbury.

Attenborough, D. (2020): A Life in Our Planet. Trad. esp. Tomáz Fernández Aúz, Una vida en nuestro planeta. Mi testimonio y una visión para el futuro, Madrid, Planeta, 2021.

Djité, P. (2008): “Language, Education and Development”, The Sociolinguistics of Development in Africa. Clevedon-Buffalo-Toronto, Multilingual Matters, 53-92.

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Ethnologue, vid. Simons & Fenning (2018)

Fairclough, N. ed. (1992): Critical Language Awareness, London, Longman.

Fishman, J. A., ed. (2001): Can Threatened Languages Be Saved? Clevedon-Buffalo-Toronto-Sidney, Multilingual matters Ltd.

Garner, M. (2004): Language: An Ecological View, Oxford, Peter Lang.

Krauss, M. (1992): “The World’s Languages in Crisis”, in K. Hale et alii, Endangared languages, Language 68, 1992, 1-42.

Haugen, E. (1972): The Ecology of Language, Stanford Univ. Press.

__________ (2001): “The Ecology of Language” en A. Fill & P. Mühlhäusler, eds., The Ecolinguistics Reader. Language, Ecology, and Environment, London-New York, Continuum, 2001, 57-66.

Maffi, Luisa, ed. (2001): On Biocultural Diversity. Linking Language, Knowledge and the Environment, Washington-London, Smithsonian Institution Press.

Moure, Teresa (2019): Linguística eco- O estudo das línguas no Antropoceno, Santiago de Compostela, Através ed.

Mülhäusler, P. (2003): Language of Environment. Environment of Language. A Course in Ecolinguistics, London, Battlebridge.

Ngugi, Wa Thiong’o (1993): Moving the Center. The Struggle for Cultural Freedoms, James Currey ed.

Phillipson, R. (1992): Linguistic Imperialism, Oxford Univ. Press.

Simons, G.F. & C.D. Fenning, eds. (2018): Ethnologue: Languages of the World, 21ª ed., Dallas, Texas: SIL International. Online: http://www.ethnologue.com

Skutnabb-Kangas, T. (2000): Linguistic Genocide in Education –or World-Wide Diversity and Human Rights?, Mahwah (NJ), Erlbaum.

Zimmerman, M. (1997): Contesting Earth’s future. Radical Ecology and Postmodernity, Univ of California Press