Feminismo del Antropoceno

-Agradecemos al autor que nos permitan la difusión del artículo, publicado en origen en la Revista Laguna en julio 2019-

José Manuel de Cózar
Profesor de la Universidad de la Laguna

Imagen: Mikel Kasaliz

I

¿Qué supone la existencia de un feminismo del Antropoceno? El feminismo, en el Antropoceno, constituiría una manifestación cultural humana (¡o posthumana!) que continúa desplegándose en esta nueva época. Además, el pensamiento feminista, en todas sus variedades teóricas y prácticas, podría tener mucho que decir, y de mucho peso, sobre el Antropoceno.

Al menos desde la Ilustración, el pensamiento occidental se ha sustentado sobre una serie de dualismos, de los cuales uno de los más destacados lo ha constituido sin duda el binomio cultura-naturaleza. Aplicando una lógica de liberación y sometimiento, la razón del ser humano se convertiría en el factor clave que permitiría ir emancipándonos gradualmente del yugo de la naturaleza; incluso para revertir la situación y hacer de ella nuestra sierva. Al mismo tiempo que las distintas parcelas de la realidad natural iban (o al menos así se creía) siendo paulatinamente sometidas a los deseos humanos, se recurrió al supuesto dictamen, a la pretendida autoridad de la Naturaleza (con mayúsculas), hablando por boca de la ciencia y el derecho, para intentar justificar situaciones de extrema injusticia: la esclavización de seres humanos de otras «razas», la explotación de los miembros de la sociedad inferiores, la condena de opciones sexuales no heterosexuales o la subordinación de las mujeres a la voluntad masculina. Como es sabido, contra la peor cara de esta cosmovisión humanista moderna ha ido rebelándose con fuerza el pensamiento feminista desde hace ya bastantes décadas. Al respecto, no es necesario recordar que la obra de Simone de Beauvoir es un referente «clásico».

Si nos trasladamos a un pasado más cercano, un destacable ejemplo es el trabajo de la filósofa ecofeminista australiana Val Plumwood. Ya en 1993 advertía que el pensamiento occidental continuaba manteniendo en una posición de inferioridad a la naturaleza con respecto a la cultura y la razón, de manera similar a como marginalizaba o excluía a colectivos humanos por su género, raza o clase (también por su especie, para el caso de los no humanos). La naturaleza o «lo natural» conectaba, según Plumwood, todas esas diferentes opresiones, concretadas en caracterizaciones de pasividad, de falta de agencia y de limitarse a ser un entorno («environment») presentado como trasfondo pasivo de los logros culturales típicamente obtenidos por hombres blancos, occidentales, expertos o emprendedores1.

II

En fechas recientes estas cuestiones han comenzado a ser replanteadas al hilo de la creciente popularidad del concepto de Antropoceno. A la espera de confirmación oficial por parte de la Comisión Internacional de Estratigrafía, el Antropoceno se propone como una nueva época en la que los seres humanos se han convertido en un agente de cambio geológico a escala planetaria. Ello se manifiesta en el cambio climático antropogénico, la extinción masiva de especies, la subida del nivel del mar, la alteración global de la superficie terrestre, la contaminación del agua, el crecimiento de los flujos migratorios y un largo etcétera de efectos socioambientales negativos2.

Aunque se había empleado con anterioridad (junto con otros términos afines), el término Antropoceno fue popularizado a partir de 2000 por obra de Paul Crutzen,nobel de química y experto en el clima reconocido internacionalmente. Se han propuesto varias fechas de inicio para el Antropoceno: el primer periodo (entre 10 000 y 12 000 años) corresponde a la revolución neolítica. Durante la misma se inició la cultura sedentaria, con el desarrollo de la agricultura y la ganadería. La segunda fecha (1610) hace referencia a los registros del hielo antártico, donde quedó recogida una fuerte caída del CO2 en la atmósfera por la extensión de los bosques y de todo tipo de vegetación en América. Esta reforestación fue principalmente espontánea, resultado de la despoblación que sufrió el Nuevo Mundo. La conquista y colonización de América por parte de los europeos provocó una enorme mortandad entre la población indígena debido, entre otras causas, a las epidemias de enfermedades contra las que se encontraba indefensa, como la viruela. En solo unas décadas del siglo xvi murieron alrededor de 50 millones de personas. La tercera fecha (entre 1750 y 1800) marca el inicio de la primera revolución industrial. Entre otros muchos fenómenos, se emitieron cantidades masivas de hollín a la atmósfera, aumentó de manera alarmante la contaminación del agua, el suelo y el aire, crecieron aceleradamente las ciudades, a la par que se destruían numerosos hábitats. Tales procesos no solo continuaron, sino que se intensificaron tremendamente con las siguientes revoluciones industriales en los siglos xix y xx. La fecha más reciente que se propone para el Antropoceno (1950) corresponde al momento en el que los isótopos radioactivos dispersados por el planeta debido a las pruebas nucleares comenzaron a depositarse en la superficie terrestre en cantidades significativas. De todas las fechas propuestas, muchos geólogos parecen mirar con más simpatías esta última, pero todavía no se ha llegado a ningún acuerdo oficial al respecto. En todo caso, la extensión del empleo del término Antropoceno supera con mucho a la comunidad de expertos en geología, ya que afecta a muchas otras disciplinas científicas y se está popularizando cada vez más entre el público a través de los medios de comunicación. A continuación, se presentan sucintamente las principales ideas que vienen de la mano del concepto de Antropoceno3.

La irreversibilidad de la huella humana en la totalidad del planeta es un hecho. Ahora bien, cada ser humano tiene distinto grado de responsabilidad tanto a la hora de producir esos impactos como en su capacidad de actuación sobre ellos. Se da una paradoja: tomamos conciencia de la influencia del ser humano en el planeta para darnos cuenta simultáneamente de que carecemos del control absoluto del mismo, de que unos procesos naturales desestabilizados «se nos vienen encima». Estamos a vueltas con la idea del «fin de la naturaleza». La naturaleza como entidad completamente independiente de nosotros se encuentra en entredicho, al igual que la supuesta autonomía de nuestra especie. La alternativa es constatar un despliegue de las agencias humana y no humana, ser conscientes de las complejas y variadas dinámicas de interdependencia. La historia humana y la natural, durante mucho tiempo separadas por la geología, se entremezclan de nuevo. La naturaleza ya no es el trasfondo en el que se representan nuestros dramas, sino que cobra un papel protagonista. ¿Entramos en la «geohistoria»? La globalización es un concepto básicamente espacial (el globo, el planeta en su extensión), mientras que el Antropoceno nos sitúa de lleno en la dimensión temporal. El Antropoceno significa una crisis ecosocial, global y duradera. Hay un encendido debate y una verdadera guerra de datos sobre las cosas que están mejorando y las que están empeorando, e igual de importante: sobre lo que podemos (y debemos) hacer al respecto. Ante el advenimiento del Antropoceno, se enfrentan dos posturas muy polarizadas. Los «antropocenistas » o partidarios del «Antropoceno bueno» («o buen Antropoceno») confían en la inteligencia y capacidades humanas para controlar los problemas de esta nueva época. Los «misantropocénicos» tienen una visión pesimista o incluso catastrofista («apocalíptica»). Sin embargo, es posible mantener una posición más equilibrada: no ceder a una visión catastrofista que puede llegar a ser paralizante, pero tampoco mostrarnos demasiado autocomplacientes con las capacidades humanas para encarar esta nueva época. Hay que ir paso por paso, construyendo esas relaciones sobre bases duraderas de colaboración. A tal fin, necesitamos nuevos relatos, historias o narrativas que den cuenta del Antropoceno. A medida que podamos comprenderlo, otorgarle significado, será más viable reflexionar sobre los cursos de acción que hay que establecer. En este punto, las cosmovisiones humanistas, posthumanistas y transhumanistas entran en conflicto. Cada una de ellas posee elementos valiosos que aportar, pero también sus puntos débiles y hasta serios peligros.

III

Se está debatiendo desde distintos ángulos el sentido de un «feminismo del Antropoceno» (Anthropocene feminism en inglés), así como de un «Antropoceno feminista». Lo primero que hay que destacar, aunque pueda ser obvio, es que ello no equivaldría sin más a la existencia del feminismo en el Antropoceno. Es evidente que, si realmente nos encontramos en esta nueva época y el feminismo continúa siendo una realidad cultural pujante, como de hecho lo es, por fuerza tiene que darse un feminismo en el Antropoceno. La cuestión de interés es qué sucede cuando se conectan ambos términos, feminismo y Antropoceno: ¿qué aportarían el pensamiento y la práctica feministas a esta nueva época de «embrollos» entre la agencia humana y la no humana? A su vez, ¿qué podría aportar la realidad antropocénica a la comprensión y objetivos del movimiento feminista?

El feminismo del Antropoceno se ha propuesto en parte como una provocación, en parte como una estrategia de experimentación y de exploración del nuevo escenario planteado4. Hallamos en dicho feminismo una actitud crítica frente a un discurso basado en la autoridad masculina de la tecnociencia, pero también cierto margen para la reivindicación de una genealogía feminista que habría ido adelantándose a la manera antropocénica de concebir las relaciones entre humanos y no humanos, entre tecnología y naturaleza. Se cita en este punto el archiconocido «Manifiesto ciborg» de Donna Haraway, a partir del cual esta autora ha ido elaborando su denuncia de las tentaciones esencialistas y de los dualismos modernos, reivindicando las variadas y heterogéneas hibridaciones entre los seres humanos, las innovaciones tecnológicas y el mundo de los seres vivos. Por cierto que Haraway es de las figuras que con mayores reticencias ha encarado el término Antropoceno, proponiendo diversas alternativas al mismo5. Quizás resulte algo exagerado reivindicar la prioridad de un feminismo antropocénico avant la lettre. No obstante, es innegable que el ecofeminismo se las ha visto desde hace tiempo con muchos de los temas que ahora se discuten bajo el término paraguas Antropoceno.

Tenemos, entre muchos otros, el ejemplo representado por la sobradamente conocida trayectoria intelectual y como activista de Vandana Shiva, figura de relevancia internacional. Con gran energía, esta autora siempre ha tornado manifiestos los lazos establecidos entre la opresión a las mujeres y el desarrollo tecnocapitalista. En la explotación del suelo agrario, en la destrucción ambiental, en la crisis agroalimentaria global, sería más que injusto adscribir la misma responsabilidad a los hombres y a las mujeres. Estas, de acuerdo con Shiva, son una promesa y una realidad para el asentamiento de una agroecología que supere el paradigma agrícola industrial y las vinculaciones del sistema agrícola mundial con el patriarcado6.

IV

Como un primer acercamiento, inevitablemente esquemático, al espacio en el que se interseca la reflexión procedente del feminismo con las indagaciones sobre el Antropoceno podemos asumir provisionalmente la clasificación sugerida por Lynne Huffer7. De acuerdo con Huffer encontramos en el feminismo dos procesos opuestos: uno de «renaturalización» y otro de «desnaturalización», que en su ensayo vendrían representados por las posturas de Elisabeth Grosz y Judith Butler, respectivamente. A partir de los trabajos de Grosz8, junto con los de Rosi Braidotti9, Karen Barad10 y Stacy Alaimo11, entre otras pensadoras, los nuevos materialismos de orientación feminista habrían operado una cierta renaturalización del género y de la sexualidad, en oposición a las estrategias de desnaturalización predominantes hacia el final del siglo xx. Sin embargo, según Huffer, ambas aproximaciones dependerían de una cierta teoría de la vida o «vitalismo», sobre todo a la hora de buscar un anclaje para sus afirmaciones de carácter ético. Ahora bien, es esa «vida en sí misma», situada en una realidad antropocénica, la que se encuentra en entredicho.

En el caso de Huffer, las reticencias provienen de una visión foucaultiana de la epistemología: no podemos dar por supuesto que el paradigma biológico darwiniano describa una realidad incuestionable, como al parecer harían algunas de las pensadoras mencionadas. Habríamos de ser conscientes de los orígenes históricos y de los condicionantes contextuales de cada una de las «epistemes» que han pretendido proclamarse como la verdad de la naturaleza. Hecha esta advertencia, a mi entender lo más problemático del Antropoceno no es tanto el dar por supuesta la objetividad de una explicación científica del mundo natural, como que parezca implicar una constatación rayana en la aporía: estamos reconociendo el poder de la agencia natural en toda su extensión precisamente cuando hablamos del «fin de la naturaleza» debido a la agencia humana. Al mismo tiempo, hablamos del anthropos como si de una fuerza geológica se tratara cuando la idea de un Homo sapiens que actúa como una unidad sobre el planeta es puesta en entredicho. Hay numerosas argumentaciones que «dividen», por decirlo así, ese anthropos, esa especie, en innumerables colectividades (ya sea por género, capacidad técnica y económica para modificar el entorno, forma tradicional de relacionarse con la naturaleza, etc.). El feminismo tiene mucho que aportar a la resolución de ambos problemas, tanto en el ámbito teórico como en el de la práctica.

Pero continuemos por un momento con Huffer cuando recorre el posicionamiento intelectual de las pensadoras posthumanistas y defensoras del nuevo materialismo en su rechazo al (supuesto) exceso de discurso, constructivismo social y antropocentrismo que dichas pensadoras encuentran en figuras tan distinguidas como la de Judith Butler12. En esta lectura, el feminismo del Antropoceno favorecería que la epistemología, con ser sin duda importante, fuera dejando más margen a la ontología y hasta a la metafísica. El «giro ontológico», y en concreto hacia lo material, vendría ocasionado por el descontento con los abusos del giro lingüístico y de un constructivismo social que no parecen lo suficientemente bien pertrechados para encarar las realidades materiales del Antropoceno por lo que se refiere tanto a la agencia humana como a la no humana. En resumen, las objeciones de las nuevas figuras del feminismo apuntan a un feminismo previo de corte constructivista, «discursivo», posmoderno y performativo, que disuelve o en todo caso desvaloriza lo material. Dicho de otro modo: desean eliminar las comillas cuando se habla de la materia, que no sea caracterizada solo como un objeto epistémico resultado de una suerte de normalización lingüística. No obstante, para ser justos con Butler, continúa Huffer, hay que tener presente que, a finales de los noventa, comienza a elaborar una concepción de la vida que excedería lo puramente discursivo, como una fuerza que no puede ser completamente contenida dentro de los marcos de significado que se van elaborando.

Con independencia de lo pertinente o no de las acusaciones de un «exceso discursivo» frente a lo material formuladas contra Butler, lo cierto es que el contraste entre un feminismo «desnaturalizador» y otro «renaturalizador» resulta de cierta utilidad a la hora de comprender las aportaciones del feminismo a la comprensión del Antropoceno, y viceversa. Por un lado, hay que subrayar la centralidad del actual combate entre las diversas «narrativas» o relatos sobre el Antropoceno. Gran parte de la batalla a la hora de otorgar sentido a la época se libra en el plano terminológico y discursivo; es una lucha por hacerse con el significado. Por otro lado, el Antropoceno nos aboca al reconocimiento, sin excusas, de la colosal dimensión material de la crisis ecosocial global que padecemos. Y lo hace por lo que respecta tanto a la agencia humana (hemos alterado el planeta al completo y de manera perdurable) como a la no humana (Gaia está reaccionando con su propia dinámica, no necesariamente beneficiosa para los seres humanos).

Ahora bien, y esta es una aportación crucial del feminismo posthumanista, el reconocimiento de una interacción continua entre la agencia humana y la nohumana no debe establecerse en los persistentes términos modernos de sumisión y emancipación, esclavitud y liberación, dominación y sometimiento. En el relato humanista moderno, las relaciones de los seres humanos con las realidades naturales (quiere decirse aquí las no humanas) han sido simplificadas de manera que se excluyera cualquier tipo de «colaboración» en pie de igualdad, con consecuencias que estamos comprendiendo que son en muchos casos desastrosas. El posthumanismo en su conjunto (y el feminista en particular, que conoce muy bien las relaciones jerárquicas injustas) puede ayudar a replantear las interacciones en términos de interdependencias extendidas, de «cooperación» entre la agencia natural y la humana. Lo cual no quiere decir que esos procesos de revinculación no presenten tensiones, peligros y hasta enfrentamientos que deberán ser abordados caso por caso. Además, el reconocimiento de las agencias natural y humana no debe conducirnos a mantenernos en el plano de una abstracción casi siempre perniciosa. No podemos hablar de seres humanos (Homo sapiens, con su ciencia y tecnología) por un lado y Naturaleza (con mayúscula) por el otro. A la par que se elaboran nuevas ontologías relacionales, hemos de hilar más fino, constatar la creación de heterogéneas redes de elementos humanos, artificiales y naturales, seguir los pasos de los nuevos híbridos que proliferan por doquier.

Puede mencionarse en este punto el trabajo desarrollado por Rosi Braidotti, sensible a la temática antropocénica desde una perspectiva en la que se entremezclan elementos feministas neomaterialistas, neovitalistas y posthumanistas. Braidotti argumenta con decisión que el feminismo no es un humanismo. Pero el Antropoceno no solo supone el descentramiento del anthropos, ni la denuncia del especismo (la supremacía de nuestra especie), sino que pone en cuestión el «hombre» que sería el definitorio de la nueva época. En otras palabras, cuestiona la misma denominación de «época del hombre»13. Según Braidotti, las implicaciones políticas de este cuestionamiento comienzan a ser significativas. Hasta ahora, la revisión del humanismo por parte de las críticas feministas, queer, antirracista, ecológica y postcolonial abogaba por el empoderamiento del «otro», pero el otro seguía siendo humano. El Antropoceno amplía esa categoría para abarcar a todos los otros no humanos: animales, insectos, plantas, células, bacterias, el planeta y hasta el cosmos entero.

Además, la reflexión interdisciplinar sobre el Antropoceno puede ser de ayuda para el feminismo y, más en concreto, para el ecofeminismo en la medida en que aporta conocimientos cada vez mayores y análisis más finos y detallados sobre las interacciones simbólicas y materiales que contribuyen a la persistencia del patriarcado y de todo tipo de desigualdades. Lo hace inscribiendo las situaciones de desigualdad dentro del marco, más amplio y extraordinariamente complejo, constituido por las interacciones entre las estructuras familiares y políticas, las actividades agrarias tradicionales e industriales, las dinámicas económicas tecnocapitalistas, las iniciativas alternativas a los modelos dominantes, y los entornos y ecosistemas naturales y antropizados. En otras palabras, no es tanto que el pensamiento y las investigaciones sobre el Antropoceno aportan algo completamente nuevo en relación con la dilatada historia del feminismo y del ecofeminismo, sino que, probablemente, expandirán el análisis y lo complejizarán a medida que vayan profundizando en las enrevesadas dinámicas antropocénicas. El Antropoceno ofrece así al ecofeminismo un rico entramado de cuestiones, iniciativas, ideas, análisis y datos dentro del que puede continuar con sus investigaciones y propuestas.

Por lo demás, la crisis ecosocial global debe ser combatida en numerosos frentes y a todas las escalas. El feminismo en general, y el ecofeminismo en particular, nos ha enseñado –y de hecho nos muestra cada vez con más intensidad– el poder de la movilización para transformar situaciones injustas, muchas de ellas sobradamente conocidas, pero ante las cuales poco o nada se había hecho previamente. Ese impulso para la movilización reivindicativa tiene que constituir un ejemplo para personas y colectivos, como también constituir por sí mismo un recurso clave a la hora de enfrentar la sombría realidad antropocénica.

V

A mi juicio el feminismo antropocénico tiene por delante una tarea tan indispensable como apremiante: la de continuar demoliendo los peores aspectos del humanismo de la Modernidad, cuya persistencia no hace sino empeorar el estado de cosas, ofreciendo coartadas para comportamientos inasumibles. Entre esos aspectos destacan la oposición entre cultura y naturaleza, el antropocentrismo y el excepcionalismo humano. En esta línea se situaría la contundente crítica que ya se viene realizando al «hombre» del Antropoceno. Se denuncian tanto el pretendido anthropos colectivo implícito en la denominación de la nueva época como las extremadamente asimétricas responsabilidades que exhibe el sistema geopolítico y económico dominante14. El feminismo del momento presente encuentra todavía un enorme espacio para profundizar en la elaboración de las posturas posthumanistas, en los nuevos materialismos15, para lo cual la reflexión sobre el Antropoceno diversas perspectivas le puede resultar de gran ayuda. Y, por supuesto, hay que aprovechar el enorme impulso reivindicativo del ecofeminismo cuando del enfrentamiento con la crisis antropocénica se trata.

Mediante estas breves páginas se ha pretendido ofrecer una aproximaciónpreliminar a lo que podría significar un feminismo del Antropoceno, entendido como tentativa de respuesta a dos interrogantes de partida: ¿qué es lo que el conjunto de movimientos y reflexiones que se agrupan bajo el rótulo «feminismo» tiene que decir sobre el Antropoceno? y ¿cómo repercutiría el concepto de Antropoceno en las nuevas formulaciones del feminismo? Las posibles respuestas a estas preguntas están comenzando ahora a ser exploradas en toda su complejidad. Lo que resulta indudable es que el Antropoceno ha de ser feminista.

Bibliografía, notas y fuentes:

1 Plumwood, V. Feminism and the Mastery of Nature. Routledge, Londres, 1993.

2 De Cózar, J.M. El Antropoceno. Tecnológía, naturaleza y condición humana. Libros de la Catarata, Madrid, 2019.

3 De Cózar, J.M. Ibidem, cap. 1.

4 Véase al respecto la obra colectiva Grusin, R. (ed.) Anthropocene feminism, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2017.

5 Haraway, D. «Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco». Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales, año iii, vol. 1, junio 2016 (ed. orig. 2015), pp. 15-26; Haraway, D. Staying with the Trouble. Making Kin in the Chthlucene. Duke University Press, Durham, 2016.

6 Véase, entre otras obras, Mies, M. y Shiva, V. Ecofeminismo. Teoría, crítica y perspectivas. Icaria, Barcelona, 1997 (ed. orig. 1993).

7 Huffer, L. «Foucault’s Fossils: Life Itself and the Return to Nature in Feminist Philosophy», en Grusin, R. (ed.) Anthropocene feminism, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2017, pp. 65-88.

8 Grosz, E. Becoming Undone: Darwinian Reflections on Life, Politics and Art, Duke University Press, Durham, 2011.

9 Braidotti, R. Lo posthumano, Gedisa, Barcelona, 2015.

10 Barad, K. Meeting the universe halfway: Quantum physics and the entanglement of matter and meaning, Duke university Press, Durham, 2007.

11 Alaimo, S. Bodily natures: Science, environment, and the material self, Indiana University Press, Bloomington, 2010.

12 Huffer, L. Op.cit., p. 73 y ss.

13 Braidotti, R. «Four Theses of Posthuman Feminism», en Grusin, R. (ed.) Anthropocene feminism, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2017 (pp. 21-48), p. 26.

14 La bibliografía crítica sobre el Antropoceno crece incesantemente. Una buena compilación es Hamilton, C., Bonneuil, C. y Gemenne, F. The Anthropocene and the Global Environmental Crisis, Routledge, Oxon, 2015.

15 Bennett, J. et al. New materialisms: Ontology, agency, and politics. Duke University Press, Durham, 2010.