Iñigo Galzacorta
Profesor de la Universidad del País Vasco

Imagen: Mikel Kasaliz
Difícilmente podía imaginar Paul Crutzen la repercusión que tendría su ocurrencia cuando, a comienzos del año 2000, en una reunión del Programa Internacional Geosfera-Biosfera (IGBP), irritado por la insistencia con que sus colegas continuaban refiriéndose a la época geológica actual como el Holoceno, les exhortó a aceptar que el impacto humano sobre el planeta era ya tan grande que no tenía sentido seguir hablando del Holoceno, que nos encontrábamos ya en otra época: «dejad de utilizar el término Holoceno. Ya no estamos en el Holoceno. Estamos en el…, el…, el…, ¡el Antropoceno!» (Steffen, Crutzen y Stoermer, 2013, p. 486). ¿Cómo podría haber imaginado que, apenas nueve años después, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS) constituiría un Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno (AWG) y le daría el encargo de examinar y considerar seriamente la posibilidad de incluir el Antropoceno como unidad geocronológica dentro de la escala de tiempo geológico y certificar así oficialmente el fin del Holoceno y el inicio del Antropoceno? O, más aún, ¿cómo podría imaginar que el término se iba a convertir en uno de los más discutidos no solo en las ciencias geológicas o del sistema Tierra, sino también en disciplinas como la historia, la sociología, la antropología o la filosofía? En cualquier caso, es un hecho que a lo largo de la última década la discusión sobre el Antropoceno se ha convertido en un singular centro de atracción en el que convergen y se enredan disciplinas que durante muchos años habían vivido sin prestarse excesiva atención, cómodamente situadas en las diferentes orillas de la «gran división» (Latour, 1991) que separaba las «dos culturas» (Snow, 1959). Es un hecho que, desde entonces, algunas de las discusiones más interesantes de estas disciplinas se han desarrollado en torno a este singular concepto (Bińczyk 2019) y al modo en que esta peculiar intersección de disciplinas, esferas ontológicas y marcos espacio-temporales nos obliga a replantearnos categorías fundamentales de nuestras formas heredadas de pensamiento (Latour, 2015).
El concepto de Antropoceno ha tenido la virtud – o la desgracia – de movilizar como quizás ninguna otra discusión científica voces provenientes de disciplinas diversas, de enredar como nunca los hechos y los valores, lo descriptivo y lo normativo, lo relativo a las ciencias de la naturaleza y a la historia del planeta y lo relativo a la historia humana, las ciencias sociales y las controversias políticas. El objetivo de las líneas que siguen será adentrarse en algunas de estas discusiones prestando especial atención al debate en torno a cuál es el nombre más adecuado para nombrar esta época compleja y marcada por el desconcierto y la incertidumbre. Según algún recuento reciente, han sido ya más de 90 los diferentes nombres propuestos como alternativa al Antropoceno (Chwalczyk, 2020). Obviamente, queda fuera del propósito de este texto hacer un seguimiento exhaustivo de la discusión. Nos contentaremos con exponer algunas de las razones principales que subyacen a esta controversia terminológica y presentar tres de las propuestas alternativas que más éxito han tenido: Capitaloceno, Tecnoceno, Chthuluceno. Concluiremos señalando que, más allá de que el desconcierto quizás irrite a quienes solo sienten la urgencia para la acción, la discusión terminológica es reflejo del modo en que el Antropoceno no solo exige medir, modelar y actuar, sino también aprender a contar nuevas historias a la altura de los inquietantes tiempos en que vivimos.
1. Antropoceno: el origen del término.
La historia del término Antropoceno es bien conocida y ha sido muchas veces contada. El mito fundacional sitúa el origen del término en la intervención de Paul Crutzen, entonces ya premio Nobel de química por sus descubrimientos sobre las dinámicas que regulaban y estaban alterando el funcionamiento de la capa de ozono, en la reunión del Programa Internacional Geosfera-Biosfera (IGBP) en Cuernavaca (México) en febrero del año 2000. Apremiado por sus colegas para que convirtiera su ocurrencia en una propuesta formal, Crutzen redacta un pequeño artículo que publicará en mayo de ese mismo año en el Global Change Newsletter, el boletín oficial del Programa Internacional Geosfera-Biosfera. Para entonces, Crutzen ya había tenido noticias de que el limnólogo Eugene F. Stoermer venía utilizando el término Antropoceno en contextos informales, y redactan de forma conjunta la propuesta (Crutzen y Stoermer, 2000). En este texto, Crutzen y Stoermer sostienen que «teniendo en cuenta estos y muchos otros grandes y todavía crecientes impactos de las actividades humanas en la tierra y en la atmósfera en su conjunto, incluyendo escalas globales, nos parece más que apropiado resaltar el papel central de la humanidad en la geología y la ecología proponiendo usar el término ‟antropoceno” para la época geológica actual» (Crutzen y Stoermer, 2000, p. 17). El creciente interés despertado por la propuesta lleva a la prestigiosa revista Nature a publicar en 2002 un artículo firmado por Crutzen titulado «Geology of Mankind» (Geología de la humanidad) en el que reitera su consideración de que «parece apropiado asignar el término ‘Antropoceno’ a la época geológica presente, dominada en muchos aspectos por los humanos» (Crutzen, 2002). Para el año 2009 la propuesta había alcanzado la notoriedad y la relevancia suficiente para que la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS), a través de la Comisión Internacional de Estratigrafía (ICS), encargara a un grupo de trabajo formado por 27 especialistas de diversas disciplinas y liderado por Jan Zalasiewicz la tarea de examinar la posibilidad de aceptar formalmente la propuesta de considerar al Antropoceno como una nueva época geológica en el marco de la escala de tiempo geológico. Para ello, debían examinar a fondo las ventajas y los inconvenientes de la propuesta, así como proponer y fijar una serie de parámetros formalmente necesarios para cualquier unidad geocronológica. Diez años después, en mayo de 2019, en Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno aprueba por amplia mayoría que «el Antropoceno debería ser tratado como una unidad crono-estratigráfica formal» (http://quaternary.stratigraphy.org/working-groups/anthropocene/). Concluido el encargo recibido por la Comisión Internacional de Estratigrafía, serán ahora estas instancias superiores de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS) quienes deberán decidir si certifican oficialmente el final del Holoceno y nuestra entrada en una nueva época dentro de la historia de la Tierra: el Antropoceno.
Tanto en el texto de 2000 como en el de 2002, Crutzen y Stoermer reconocen que ya desde finales del siglo XIX diferentes autores han tratado de llamar la atención sobre el impacto de los humanos sobre el planeta, inventando diferentes nombres para señalar este perturbador cruce entre los humanos y el planeta. Así, por ejemplo, ya en 1873 el geólogo italiano Antonio Stoppani había afirmado que el ser humano se ha convertido en una «nueva fuerza telúrica que puede ser comparada en poder y universalidad con las fuerzas más grandes de la tierra» y por ello no dudaba en sostener que nos adentrábamos en una «era antropozoica» (cfr. Crutzen y Stoermer, 2000). Algo más tarde, en 1913, A.P. Pavlov consideraba que nos hallábamos en una «era antropogénica» o, poco después, en 1915, E. Fischer publicaba en el Zeitschrift der Deutschen Geologischen Gesellschaft un artículo titulado «El ser humano como factor geológico» (cfr. Trischler, 2017). Sin embargo, a diferencia de la propuesta de Crutzen y Stoemer, se trataban de ocurrencias más o menos afortunadas, pero que, informales y aisladas, apenas tuvieron repercusión. En esta ocasión, una serie de factores se conjugaron para que el impacto de la propuesta fuera enorme. Desde luego, el hecho de que el firmante principal de la propuesta, Paul Crutzen, fuera un premio Nobel ayudó impulsar su notoriedad. Además, esta se produjo en el marco de la Sociedad Geosfera-Biosfera, es decir, en el marco de las discusiones de las incipientes ciencias del sistema Tierra, un conjunto de disciplinas que en las últimas décadas avanzaban con paso firme en la progresiva comprensión del funcionamiento de nuestro planeta como un complejo sistema de interrelaciones e interdependencias que vinculan las diferentes esferas (biosfera, atmósfera, hidrosfera, litosfera…) entre sí, formando una serie de estados operacionales en equilibrio metaestable que han ido variando a través de la larga historia de nuestro planeta. Además, las pruebas del impacto de las actividades de los humanos en el funcionamiento del planeta se acumulaban y se hacían cada vez más difíciles de ignorar. La propuesta de considerar que estos impactos eran tan grandes como para dar lugar a una nueva época geológica movilizó enseguida a la comunidad científica y las discusiones en torno a las ventajas e inconvenientes de denominar a esta época Antropoceno no se hicieron esperar. En cualquier caso, a diferencia de las apariciones anteriores de términos similares, la propuesta de Crutzen y Stoermer pretendía ser una propuesta rigurosa y formal, dirigida a geólogos y estudiosos del sistema Tierra para que consideraran seriamente la posibilidad de aceptarla formalmente y evaluaran las consecuencias que se derivaban de ella. Por ello, para ser tenida en consideración, debía cumplir una serie de requisitos formales (Cearreta, 2016). Entre otras cosas, la entrada en el Antropoceno debía tener una fecha de inicio que reflejara un cambio sincrónico a nivel planetario y que tuviera un reflejo sólido y evidente en el registro estratigráfico.
En su texto Crutzen y Stoermer reconocen que decidir cuál es la fecha de inicio del Antropoceno no deja de tener una dosis de arbitrariedad, pero ellos proponen como momento inicial la invención del motor a vapor de Watts en 1784, símbolo de la revolución industrial y del paso a un sistema económico de producción basado en la extracción de energía mediante la quema de combustibles fósiles. Desde entonces diferentes propuestas de datación del inicio del Antropoceno se han sucedido. Desde la hipótesis del Antropoceno temprano, que considera que ya hace unos 8000 años que la actividad humana, principalmente derivada del desarrollo de la agricultura, está teniendo un impacto notable en el funcionamiento del sistema (Ruddiman, 2003), hasta la propuesta final del Grupo de Trabajo del Antropoceno (AWG), que considera que desde un punto de vista geológico la propuesta de datación más sólida es aquella que sitúa el origen del Antropoceno a mediados del siglo XX coincidiendo con la denominada «gran aceleración» (Zalasiewicz et al., 2015), casi una decena de fechas han sido tomadas en consideración (Trischler, 2017). Sin embargo, no son los detalles técnicos de esta discusión lo que nos interesa aquí, sino algo que pusieron claramente sobre la mesa Lewis y Maslin en un célebre artículo publicado en Nature en 2015. Lejos de ser una discusión meramente técnica sobre un hecho natural, el debate sobre la fecha de datación del Antropoceno tiene implicaciones de orden político, pues «definir un comienzo temprano puede, en términos políticos, ‘normalizar’ el cambio ambiental global. Por su parte, acordar un inicio más tardío relacionado con la Revolución Industrial puede, por ejemplo, ser usado para asignar responsabilidad por las emisiones de dióxido de carbono a países o regiones particulares durante la época industrial» (Lewis y Maslin, 2015, p. 171). La discusión sobre la datación del Antropoceno, no menos que la posterior discusión sobre el nombre más apropiado para esta época, revelaba algo que de lo que el historiador Dipesh Chakrabarty ya nos había alertado en 2009: una de las características más significativas del debate sobre el Antropoceno radica en que con él «se derrumba la antigua distinción humanista entre historia natural e historia humana» (Chakarbarty, 2009, p. 201).
2. ¿El ser humano? De lo antropogénico a lo sociogénico: nos adentramos en el Capitaloceno.
Más allá de algunas disputas sin demasiada relevancia teórica sobre lo apropiado o no de elegir tal o cual nombre para denominar las diferentes eras, periodos, épocas y edades de nuestro planeta, los geólogos habían podido trabajar con tranquilidad en la elaboración, a partir del cuidadoso estudio de los estratos del planeta, de la historia de la Tierra. Sin embargo, lo peculiar del debate sobre el Antropoceno radica en que en él hechos y valores, elementos descriptivos y normativos, discusiones científicas y políticas constantemente intersectan, se mezclan y cruzan (Chakrabarty, 2018). En este contexto, no tardaron en escucharse voces que alertaban de los peligros inherentes a la narrativa sobre el Antropoceno que se estaba imponiendo entre la comunidad científica. Así, por ejemplo, los sociólogos Andreas Malm y Alf Hornborg, en un artículo de 2014 titulado justamente «Geology of the Mankind? A Critique of the Anthropocene Narrative», advertían que para ellos resultaba «perturbador que el reconocimiento creciente del impacto de las fuerzas sociales en la biosfera deba ser formulada en una narrativa tan completamente dominada por la ciencia natural» (Malm y Hornborg, 2014, p. 63). Pues a la hora de abordar las cuestiones relacionadas con el impacto de los humanos sobre el planeta tierra no solo hay que hablar de flujos de carbono, de fósforo o de nitrógeno, no solo hay que hablar de variaciones climáticas y de pérdida de biodiversidad, resulta también crucial teorizar sobre cultura y poder, sobre relaciones sociales y modos de producción. Y esto, señalaban Malm y Hornborg, es algo para los que los «geólogos, meteorólogos y sus colegas no están necesariamente bien equipados» (2014, p. 66). Con su narrativa, en la que el actor principal que impacta en el funcionamiento del sistema Tierra no es otro que el anthropos, esto es, el ser humano, la especie humana como tal, las investigaciones en torno al Antropoceno tienden a naturalizar unos modos de vida que no son en ningún caso naturales o inherentes a la especie humana. Esta narrativa no solo atribuye responsabilidad por el estado actual del planeta a una mayoría de seres humanos cuyo impacto sobre el funcionamiento del sistema Tierra ha sido muy pequeño, sino que falla a la hora de comprender con rigor cuál es el origen y la causa del problema. Con sus largas y apresuradas historias que conectan el control del fuego característico de la especie humana con el motor a vapor, la economía fósil y la alteración irreversible del sistema Tierra, la narrativa del Antropoceno no alcanzan a ver que en el origen del problema no está «el ser humano» o «la actividad humana». El motor a vapor y la economía fósil, señalan Malm y Hornborg, no fue adoptada por la especie humana como tal, sino por una pequeña minoría que, «dueña de los medios de producción» y favorecida por un determinado «orden social», pudo desarrollar este sistema económico para beneficio propio. El motor a vapor y el sistema económico y social que de él se deriva no solo no fue impulsado por la especie humana como tal, sino que más bien funcionó para una «camarilla de hombre blancos … como arma en tierra y mar, barcos y raíles – contra la mayor parte de la humanidad, desde el delta del Níger al delta del Yangzi, desde Oriente a América Latina» (2014, p. 64). Incluso cuando se atribuye al crecimiento demográfico desmesurado – y por lo tanto al crecimiento de la humanidad como tal – el impacto de nuestra actividad sobre el planeta, esta narrativa no atiende a que el crecimiento de las emisiones ha crecido a una ritmo mucho mayor que el de la población, o a que la población crece más donde las emisiones crecen menos, por lo que parece necesario recurrir a otras variables que no tienen que ver con el mero crecimiento demográfico para explicar nuestro impacto sobre el planeta (2014, p. 65). Por eso, como advierten Malm y Hornborg, «percatarse de que el cambio climático es ‘antropogénico’ es en realidad entender que es sociogénico» (2014, p. 66). En este sentido, es en estos términos, en términos de formas sociales, como deben ser analizadas y explicadas las transformaciones que han dado lugar al denominado Antropoceno. Y no es esto, sin embargo, lo que ocurre en una narración hegemónica y oficial que habla de una «geología de la humanidad» (Crutzen, 2002). En esta narrativa, insisten Malm y Hornborg, el cambio climático es «desnaturalizado en un momento – desplazado de la esfera de las causas naturales a la de la actividad humana – solo para ser renaturalizado inmediatamente, cuando es derivado de un rasgo innato humano, como la habilidad para controlar el fuego» (2014, p. 65). De esta manera, advierten, se justifica, naturaliza y perpetúa un determinado orden social, el orden social que nos ha traído a esta situación.
A pesar del rechazo abierto al uso del término Antropoceno y de toda la ideología implícita que según ellos escondía la narrativa elaborada en torno al mismo, en su artículo de 2014 Malm y Hornborg no quisieron proponer, al menos no con vehemencia, ningún términoalternativo. Se limitaron a señalar, en una tímida nota a pie de página (2014, p. 67, nota 4), la posibilidad de utilizar dos nombres alternativos como el de «Tecnoceno», propuesta que el propio Hornborg exploraría por su cuenta un año después o el de «Capitaloceno», concepto que el propio Malm venía utilizando en contextos informales desde años atrás y que alcanzaría notoriedad en los años siguientes a través de su uso por autores como Jason Moore (2015) y Dona Haraway (2016)[1]. Si en su artículo de 2014 Malm y Hornborg habían insistido en que la compresión adecuada de las fuerzas que están alterando el funcionamiento del sistema Tierra exige tener en cuenta que no se trata de un cambio antropogénico, sino sociogénico, con la noción de Capitaloceno se quiso poner nombre a las fuerzas que están por detrás de dichas transformaciones: no es el anthropos, no son los humanos en su conjunto ni la especie humana como tal, sino el capitalismo. No es un cambio antropogénico, sino «capitalogénico» (Moore, 2017a, p. 71; 2017b, p. 4). Y así, si la narrativa que toma al anthropos como actor principal ha eliminado de su rostro la desigualdad, la mercantilización del mundo, el imperialismo o el racismo, si ha borrado de su faz los conflictos, las alianzas y las relaciones de poder que hacen de la humanidad un actor desigual, la narrativa del Capitaloceno quiere poner todos estos elementos en el foco para componer una historia que dé cuenta adecuadamente de las dinámicas que nos han traído hasta aquí y amenazan con convertir el planeta en un lugar inhóspito para diversas formas de vida, entre ellas la nuestra. No es el anthropos, ni el carbón, el que ha alterado el funcionamiento del sistema Tierra, sino unas determinadas relaciones sociales que han conformado una determinada manera de relacionarse con las cosas, entre ellas con el carbón.
El hecho de que en la historia reciente hayamos visto algunos sistemas económicos que difícilmente podrían ser descritos como capitalistas y que, sin embargo, desarrollaban una actividad económica y productiva que también impacta en el funcionamiento del sistema Tierra supone una importante objeción a la propuesta del Capitaloceno. Así las cosas, esta narrativa puede parecer corta de miras, centrada en una historia demasiado específica, demasiado ligada al plano económico, y que impide atender a ciertas ideas y dinámicas – una determinada forma de concebir la Naturaleza, la Historia, la Tecnología – que subyacen tanto al capitalismo como a otras formas sociales características de la contemporaneidad. Sin embargo, tanto Haraway como sobre todo Moore insisten en que la referencia al Capitaloceno implica y al mismo tiempo exige una comprensión amplia del capitalismo, no limitado a una historia que comienza en Inglaterra con la Revolución Industrial y el motor a vapor, sino siglos atrás. Episodios como la conquista de América, el colonialismo o el imperialismo deben ser incluidos en esta historia. Al mismo tiempo, el capitalismo del Capitaloceno, afirma Moore, no debe ser concebido solo como un sistema económico y social, sino más bien como una determinada manera en que configuramos y nos situamos en la trama de la vida. Detrás del capitalismo, señala Moore, encontramos un pensamiento dualista que opera constantemente con una doble separación: por un lado, los humanos frente a la naturaleza; por otro lado, los humanos que verdaderamente merecen la dignidad de los humanos frente a aquellos a los que, de una manera u otra, se priva de esta dignidad. Es este entramado de cosas el que permite sostener y articular la doble premisa sobre la que se construye el Capitaloceno: mano de obra barata y naturaleza barata. Barata, en ambos casos, quiere decir dominable, desechable y reemplazable (Moore 2015 y 2017b). Es este entramado de cosas, cuyo origen y desarrollo Moore reconstruye con detalle e interés, el que subyace a la llegada del Capitaloceno.
3. Tecnoceno y tecnosfera: la agencia humana en cuestión.
Pero la objeción de Malm y Hornborg, retomada luego por Moore o Haraway, según la cual la narrativa del Antropoceno naturaliza algo que es social, atribuyendo así a la humanidad en su conjunto o a una supuesta naturaleza humana unas acciones que son reflejo de unas relaciones sociales concretas y además orientadas al beneficio de unos pocos, no ha sido la única objeción al término Antropoceno. Otras voces se alzaron para denunciar que bautizar una era geológica con el nombre de los humanos en realidad no suponía otra cosa que incidir en un antropocentrismo desmedido que justamente está en la base de lo que nos ha llevado hasta aquí (Crist, 2013; Winner, 2017). En un momento en el que el trabajo de diversas disciplinas estaba sirviendo para cuestionar esta narrativa antropocentrista, diluyendo la agencia humana entre otras fuerzas y estructuras que lo atravesaban y constituían, la narrativa del Antropoceno parecía hacer oídos sordos a estos desarrollos y devolver un poder inaudito al ser humano. «Bienvenidos al Antropoceno, la Tierra en nuestras manos» era el lema que acogía a los visitantes de la gran exposición que organizó el Deutsches Museum en Berlín entre diciembre de 2014 y septiembre de 2016, y que llevó lo que hasta entonces habían sido discusiones más o menos eruditas a un público general. En cualquier caso, entre algunos estudiosos del Antropoceno se extendía cada vez más la idea de que, si bien hasta el momento habíamos intervenido en el funcionamiento del sistema Tierra de manera inconsciente y desordenada, la propia reflexión sobre el Antropoceno y los desarrollos de las ciencias del sistema Tierra iban a permitir hacerlo ahora de manera consciente, responsable y planificada. Por ello, nada impedía que el Antropoceno se convirtiera en un «buen Antropoceno» (Ellis, 2011). Para ello, deberíamos asumir nuestra nueva tarea como «administradores del sistema Tierra» (Steffen et al., 2007).
Sin embargo, frente a estas narrativas, buena parte de la literatura sobre el Antropoceno ha querido insistir justamente en la idea de que si algo muestra la irrupción de esta nueva época es justamente la debilitación de la noción de agencia humana, la constatación de que no estamos al control, de que nuestra agencia es pequeña y limitada, siempre entrelazada con otras fuerzas que nos exceden y que no podemos conocer ni dominar. En este contexto, no nos puede sorprender la propuesta de nombrar la época con alguna palabra que en lugar de enfatizar la agencia humana llama la atención sobre esas otras fuerzas que han operado en el devenir del sistema Tierra. En este sentido, algunos defienden que «en la medida en que la tecnología representa aquí y ahora el único posible “sujeto de la historia”» el nombre más adecuado para nuestra época no es Antropoceno, sino «Tecnoceno» (Cera, 2017, p. 244; al respecto cfr. tb. Hornborg, 2015 o López-Corona y Magallanes-Gijón, 2020).
El punto de partida de esta propuesta es obvio. En un sentido estricto, no hemos sido los humanos quienes hemos alterado el funcionamiento del planeta. Solo con sus manos jamás podríamos haberlo hecho. Ha sido la técnica o, mejor dicho, el gran entramado tecnológico que los ser humanos – o algunos grupos de humanos – hemos ido desarrollando a lo largo de nuestra historia y que nos ha permitido extraer y movilizar energía en una escala descomunal, lo que está alterado el sistema Tierra. Y, sin embargo, ¿no es acaso el ser humano quien actúa a través de la tecnología? ¿No es esta un mero instrumento neutral al servicio de la voluntad humana y que nos permite realizar con eficacia nuestros propios fines? ¿No somos los humanos quien diseñamos y por tanto controlamos la tecnología? Una de las grandes aportaciones de la filosofía de la tecnología a lo largo de las últimas décadas del siglo XX ha sido justamente el cuestionamiento, desde perspectivas diversas, de esta concepción heredada y habitual de la tecnología. Ciertamente, parece obvio y trivial que la tecnología constituye una herramienta diseñada y utilizada por el ser humano para la realización de sus fines, pero esto es solo una parte de la historia. Con cada innovación tecnológica alcanzamos algún objetivo y controlamos algún aspecto del mundo, pero al mismo ponemos en marcha procesos de transformación que impactan tanto en el mundo natural como en la sociedad o la cultura y que son constitutivamente incontrolables e imprevisibles. Con nuestros artefactos tecnológicos transformamos el mundo que nos rodea para la realización de nuestros fines, pero al mismo tiempo somos transformados de manera imprevisible por la propia tecnología. La tecnología es una herramienta al servicio de los humanos, pero también un agente que altera las culturas, las relaciones sociales, los ecosistemas o las formas de pensamiento a través de trayectorias y dinámicas no controlables ni previsibles (cfr. Winner, 1979; Latour 2002, Galzacorta, 2011 y 2015).
El discurso sobre el Tecnoceno es heredero de todas estas discusiones en las que el ser humano aparece como un aprendiz de brujo que no es capaz de dominar las fuerzas que él mismo ha desatado. Y esto, entre otras cosas, porque las redes tecnológicas que nosotros mismos hemos creado han alcanzado una dimensión tal que ya no somos capaces de comprenderlas ni de dominarlas, ni, totalmente enredados en nuestras propias redes, tampoco librarnos de ellas. Pero si la técnica ha sido siempre un elemento constitutivo del modo en que los humanos nos hemos relacionado tanto con el mundo que nos rodea como con nuestros semejantes, lo característico de nuestro tiempo es que los sistemas tecnológicos de los que dependen nuestras sociedades han alcanzado una dimensión tal que ya no solo transforman sociedades y culturas, sino también funcionamiento mismo del sistema Tierra. Como ha defendido el miembro del Grupo de Trabajo del Antropoceno Peter Haff (2014), lo característico de nuestro tiempo es que, para comprender el funcionamiento actual del sistema Tierra, a los diferentes subsistemas que lo han conformado durante miles de millones de años (biosfera, atmósfera, hidrosfera, litosfera) debemos añadir una nueva esfera, la «tecnosfera». Una tecnosfera que según algunos cálculos recientes pesaría en torno a 30 billones de toneladas (Tt) y equivaldría a entorno a algo más de 50 kg por metro cuadrado de la superficie terrestre. Una tecnosfera gigantesca que estaría impactando de manera decisiva en el funcionamiento del sistema Tierra y que contrasta con la biomasa de en torno a ~0.3 Gt que se calcula para el conjunto de los seres humanos, 5 órdenes de magnitud inferior (Zalasiewicz et al., 2017, p. 19). En este sentido, Tecnoceno parece un nombre apropiado para nombrar la fase en la que ha entrado el sistema Tierra.
4. La dificultad de dar UN nombre a nuestro tiempo: el Chthuluceno y el pensamiento tentacular
Tanto la narrativa del Antropoceno como la del Capitaloceno o la del Tecnoceno tienen buenas razones para presentarse como candidatas para nombrar los tiempos en los que vivimos; buenas razones, aunque parciales. Por eso, no extraña demasiado que la lista de candidatos a nombres alternativos haya crecido de forma exponencial a lo largo de la última década: Antroceno, Capitaloceno, Tecnoceno, sí; pero también Agnotoceno (Bonneuil y Fressoz), Chthuluceno (Haraway), Econoceno (Norgaard), Entropoceno (Stiegler), Homogenoceno (Mann), Necroceno (McBrien), Plasticeno (Reed), Prometheoceno (Campbell), Pyroceno (Aeon), Thanatoceno (Bonneuil y Fressoz) o Urbanoceno (West)[2]. Entre todos ellos, concluiremos con una pequeña presentación del Chthuluceno, propuesta casi impronunciable de Dona Haraway, que posee la ventaja de que se sabe y se reivindica a sí misma como solo una de las muchas historias que hay que contar para dar cuenta de y hacer frente a los tiempos de incertidumbre que nos ha tocado vivir.
Para Dona Haraway (2016), al igual que para sus compañeros de pensamiento Bruno Latour (2015) o Isabel Stengers (2015), nuestra época es la época de la «irrupción de Gaia». Creada por James Lovelock y Linn Margulis en los años 70, la figura de Gaia supone uno de los primeros intentos de comprender de manera sistémica y dinámica las relaciones entre la vida y el planeta. Bajo la figura de Gaia el planeta deja de ser un mero marco o entorno en el que se desarrolla la vida para ser comprendido como una compleja trama de relaciones e interdependencias en las que, a través de diversos bucles de retroalimentación, biosfera, atmósfera, hidrosfera y litosfera coevolucionan y crean las condiciones adecuadas para la propia vida. Sin entrar a exponer los detalles de la formulación de la hipótesis Gaia por Lovelock y Margulis, ni de su posterior desarrollo en las ciencias del sistema Tierra, nos atrevemos a señalar que figura de Gaia es la figura que nos enseña al menos dos cosas. Por un lado, que lo que para nuestro pensamiento humano, demasiado humano, aparece como separado en realidad está relacionado e interconectado. Los diferentes miembros de cada especie y las especies entre sí dependen unas de otras y forman esa gran red que denominamos biosfera. Pero la constitución del ambiente en el que viven los seres vivos depende también de la acción de estos, en una compleja red de intercambios y equilibrios entre las diferentes esferas que componen el planeta Tierra. Por otro lado, nuestro planeta que – humanos, demasiado humanos – percibimos como fijo y único es en realidad inestable y plural. Por más que nuestra memoria solo recuerde el Holoceno, la reconstrucción de la historia del planeta muestra que este ha pasado por una pluralidad de estados operativos muy diferentes entre sí, que Gaia ha tenido mil rostros. Gaia, poderosa, de la que todos los seres vivos dependemos totalmente, es al mismo tiempo frágil, sensible y dependiente de las acciones de los seres que la conforman (al respecto, cfr. Latour, 2015 o Clark y Szerszynski, 2021).
Para los seres humanos, por lo tanto, el Antropoceno supone la «irrupción de Gaia»: la constatación de que lo que creíamos fijo y estable es en realidad frágil y móvil, que lo que creíamos que era un simple telón de fondo o escenario de nuestras andanzas ha irrumpido en la trama de nuestra historia. Y, por lo tanto, en esta época, nuestras categorías de pensamiento, demasiado ligadas a esa Tierra fija y separada en la que las desarrollamos, deben ser repensadas (Haraway 2016, p. 43). La figura de Gaia no solo nos exige aprender a pensar de otra manera el devenir de la Tierra y de la vida que se desarrolla en ella. Nos exige, también, que repensemos el modo en que los seres humanos habitamos en este planeta, insertos en complejas comunidades y redes conformadas tanto por humanos como por no humanos. Debemos aprender a contar historias de Gaia, historias en las que los humanos no somos los únicos protagonistas, en las que los demás elementos del planeta – tanto los atractivos como los repugnantes, tanto los de nuestra escala como los imperceptibles – no figuren como mero atrezo, sino como miembros importantes en la trama de la que dependemos (Haraway, 2016; Latour, 2015). Debemos aprender a contar nuevas historias acordes a los inquietantes y confusos tiempos en los que vivimos. Y el Chthuluceno es el intento de Dona Haraway de añadir una nueva historia para narrar nuestro tiempo.
Haraway insiste en que la del Chthuluceno no puede en ningún caso pretenderse una historia única que venga a sustituir a otras narrativas alternativas, que luche con ellas para erigirse como la narrativa oficial. Si queremos aprender a pensar estos tiempos complejos, debemos saber reconocer que nunca nos podemos conformar con una historia única, con un comienzo único, con un actor principal. Haraway reconoce que no podemos renunciar al término Antropoceno. Se trata, dice, de una palabra ya bien afianzada, que ha conseguido movilizar a muchos actores y que, además, resulta «menos controvertida que el Capitaloceno para muchos actores importantes» (2016, p. 47) de los que no podemos prescindir. Pero, como hemos visto en los apartados precedentes, el anthropos no es un actor adecuado para contar la historia de nuestro tiempo, al menos no si figura como único actor principal. Con él podemos contar una parte de nuestra historia, pero en esta época de embrollo, de cruces e intersecciones sorprendentes, debemos aprender a componer historias híbridas y plurales: a conjugar historias largas e historias cortas, con comienzos variados y plurales, a articular historias que aúnen lo mejor de las ciencias naturales con lo mejor de las humanidades, la política y las ciencias sociales, historias conscientes de la importancia de las palabras y la retórica, de los tropos y metáforas que siempre – sea de forma explícita o no – atraviesan nuestro discurso. Si es la irrupción de Gaia en los asuntos humanos lo que marca nuestro tiempo, las historias que contemos tienen que ser acordes a ese carácter complejo, dinámico y reticular que caracteriza a esta figura y por lo tanto a nuestra época.
La palabra Chthuluceno quiere ser un homenaje a los poderes y seres chthónicos y tentaculares. Por más que en el término resuene Chtulhu, la criatura lovecraftiana, Haraway advierte de que esto solo es así a través de conexiones no buscadas e indirectas (2016, p. 173 y s., nota 4). El término homenajea más bien a la araña Pimoa Chtulu. A través de sus largos tentáculos y su cercanía a la tierra, al humus y al compostaje, y de alguna pequeña variación ortográfica, el término quiere vincularnos con las fuerzas chthónicas desplazadas al inframundo por las huestes de los dioses del cielo, divinidades de la separación, el reparto y el orden. Estos poderes chthónicos son afines a Gaia, la figura de nuestro tiempo. En una época en la que «el orden ha sido retejido» debemos aprender a contar cómo «los seres humanos son de y están con la tierra», cómo «los poderes bióticos y abióticos de esta tierra son la historia principal» (2016, p. 55). Por más que el pensamiento que nos ha traído hasta aquí lo haya negado insistentemente, la trama de la vida está formada por seres reticulares y simpoiéticos, vinculados entre sí por un sinfín de conexiones inesperadas. Frente al tópico en el fondo vacío de que «todo está conectado con todo», hay que reconocer más bien que «todo está conectado con algo» (2016, p. 31) o, quizás aún mejor, que cualquier cosa puede estar conectada con cualquier cosa. La irrupción de Gaia nos obliga a asimilar lo que en realidad siempre ya había ocurrido: que vivimos en el embrollo, atrapados por las redes de Gaia, por los poderes chthónicos, por una miríada de tentáculos que nos conectan con seres de toda condición. Expulsados por las divinidades del orden, la separación y la unidad, aunque siempre amenazantes, estos poderes han irrumpido finalmente en nuestra historia y exigen ser tenidos en consideración. Y así, en este contexto, la del Chthuluceno es la historia por contar, una historia acorde a los tiempos en que vivimos, compleja y confusa como ellos. Es la historia de una posible manera de aprender a vivir en estos tiempos precarios, una historia que no cae en las trampas de la esperanza en una redención futura, venga de la mano del Progreso, de la Ciencia, de la Economía o cualquier otro poder, o del retorno a un pasado al que nunca podremos volver y que seguramente nunca existió. Se trata más bien de aprender a «permanecer en el problema», de ser conscientes del carácter precario y confuso de nuestra existencia, pero también de que debe ser posible contar y vivir otras historias, de que en el momento en que reconozcamos nuestra existencia inextricablemente atada a la tierra y a los seres que la conforman será posible componer un mundo común más habitable.
5. ¿Demasiado serio para juegos postmodernos?
Pero, ¿acaso tiene sentido seguir discutiendo sobre el nombre más adecuado para nombrar nuestra época cuando, como nos advierten una y otra vez los expertos con modelos y mediciones cada vez más sólidas y elaboradas, nos acercamos peligrosamente al traspaso de una serie de umbrales que nos llevan a un escenario desconocido, pero posiblemente terrible para nuestras formas de vida (Röckstrom et al., 2009)? ¿Podemos seguir luchando por el relato cuando campañas bien organizadas y financiadas, y que han tomado buena nota de todos los argumentos que han cuestionado a la imagen heredada de la Ciencia, impulsan la agenda negacionista? En este sentido, no le falta razón a Clive Hamilton cuando impaciente advierte que el problema es «demasiado serio para juegos postmodernos»: «No, lo siento, esto ahora es serio. Tras todos los ataques a la ciencia climática y la campaña sistemática y bien financiada para desacreditar a los científicos del clima, la gente de buena voluntad tiene una obligación absoluta de no jugar con la ciencia. Los juegos constructivistas de los 80 y los 90 son un lujo intelectual que ya no nos podemos permitir» (Hamilton, 2014). No le falta razón, no, pero también sabemos que las historias que se cuentan no son inocentes, que importan las metáforas y los actores con los que tejemos nuestros relatos, pues con ellos movilizamos nuestras vidas, nuestras sociedades, nuestras redes de actores humanos y no humanos, y con ellos el devenir del sistema Tierra. Como señala Haraway, no sería inteligente renunciar al término Antropoceno, pues su uso tiene más ventajas que inconvenientes. Pero, como señala también Moore al proponer su relato, el Capitaloceno «no es un argumento sobre historia geológica» sino más bien «un argumento sobre cómo pensar la crisis ecológica» (2017a, p. 73 y s.). Su ataque no va dirigido tanto a los argumentos científicos sobre el funcionamiento del sistema Tierra o sobre el surgimiento de un nuevo estrato, con sus marcas bien definidas, y que corresponde a una nueva época de la historia de la Tierra. El ataque se dirige contra el modo en que de este Antropoceno científico surge un Antropoceno Popular con su narrativa que se impone de manera poco discutida y que nos da una visión de la crisis en la que nos encontramos, de los procesos y agentes que nos han llevado hasta aquí y de las posibles medidas para hacerlo frente.
Como ha señalado Zalasiewicz (2017, p. 124), «hay muchos Antropocenos», todos ellos con sus finalidades, sus peculiaridades y sus idiosincrasias: tenemos el Antropoceno de los geólogos y sus estratos, el de los científicos del sistema Tierra y sus bucles de retroalimentación y equilibrios metaestables, el de los biólogos y sus eventos de extinción masiva, el de los historiadores y sociólogos con sus agentes históricos, estructuras de poder y atribución de responsabilidades, el de los filósofos y su cuestionamiento de categorías metafísicas y formas de pensamiento. Ciertamente, quizás haríamos bien en dejar trabajar a los geólogos y climatólogos, en aprender de su trabajo paciente y riguroso, de su eficacia para instalar complejas redes de medición y elaborar modelos audaces y muchas veces contraintuitivos, de su capacidad para contar historias enormes que trascienden la escala de las categorías con que pensamos nuestro mundo humano, demasiado humano. Haríamos bien en tomar nota de sus advertencias y actuar en consecuencia. Sin embargo, en la medida en que las voces de estas disciplinas hacen, de manera no siempre explícita, consciente y elaborada, alusiones a cuestiones de valor y de atribución de responsabilidad, de agencia y de programa de acción (Chakrabarty 2018, p. 8 y s.), desde las humanidades y ciencias sociales no podemos dejar de pedir voz en la discusión. La discusión sobre ninguna unidad de la escala de tiempo geológica había despertado jamás un debate similar. No podía ser de otra manera, porque si algo caracteriza a esta época es justamente el enredo y el embrollo: naturaleza y sociedad, ciencia y política, hechos y valores, escalas geológicas y escalas humanas; todas estas oposiciones, desde las que veníamos pensado hasta el momento con cierta comodidad, quedan difuminadas y enredadas con la irrupción del Antropoceno. Más allá de diagnósticos científicos y soluciones tecnocráticas, debemos aprender a vivir en esta nueva época. Y para ello importa, y mucho, qué historias se cuenten, que metáforas se utilicen, qué actores se nombren para seguir su acción. Necesitamos aprender a articular historias largas y cortas, con muchos comienzos, muchos giros y embrollos inesperados, muchos actores que hasta el momento no habían jugado ningún papel principal; historias que conecten la escala humana, con sus categorías de poder, significado y valor, y la escala geológica, con sus tiempos imperceptibles, sus bucles insospechados, sus giros sorprendentes. Si desde las humanidades tenemos que aprender a distinguir entre eras, periodos, épocas y edades, a pensar en escalas que exceden ampliamente incluso nuestras más audaces historias de «larga duración», a conectar los acontecimientos de nuestra escala con procesos enormes y minúsculos, con extraños bucles de retroalimentación y cambios de umbral, desde las ciencias de la naturaleza, desde el otro lado de la «gran división», tendrán que aprender también a tomar nota de la carga política de las palabras, de la no inocencia de cualquier datación, del peligro de anquilosar cualquier narración que queramos hacer pasar por neutral. Vivimos tiempos inquietantes y perturbadores, claro está; pero estos son tiempos de alegría teórica y prosperidad para la reflexión. Y ninguna urgencia práctica debería impedirlo.
Bibliografía, notas y fuentes:
[1] Tanto Jason Moore como Dona Haraway han contado en diferentes ocasiones cómo llegaron al mismo concepto al mismo tiempo y por diferentes caminos. Así, por ejemplo, Moore observa lo siguiente: «Como señala Haraway, «capitaloceno» parece ser una de esas palabras que flotan en el éter, cristalizada por varios estudiosos a la vez, muchos de ellos de forma independiente. Yo escuché la palabra por primera vez en 2009 de boca de Andreas Malm. El economista radical David Ruccio parece haber sido el primero en dar a conocer el concepto en su blog en 2011. En 2012, Haraway comenzó a utilizar el concepto en sus conferencias públicas (Haraway 2015). Ese mismo año, Tony Weis y yo discutíamos el concepto en relación con lo que se convertiría en The Ecological Hoofprint, su innovador trabajo sobre el complejo industrial cárnico (2013). Mi formulación del Capitaloceno tomó forma en los primeros meses de 2013, cuando empezó a crecer mi descontento con el argumento del Antropoceno» (Moore, 2016, p. 5). Al respecto, cfr. tb. Haraway, 2016, p. 184.
[2] Este breve listado se limita a mencionar el nombre de los autores de las diferentes propuestas, sin dar la referencia completa del texto del que procede. No obstante, en la Tabla A1 del Apéndice A del artículo de F. Chwalczyk «Around the Anthropocene in Eight Names – Considering the Urbanocene Proposition» (2020) hay una útil tabla que recoge 91 propuestas que nombrar nuestro tiempo con referencia completa tanto a los textos en los que la propuesta se plantea por primera vez como a aquellos en los que la propuesta adquiere una mejor formulación.
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