Antonio Rivera
Catedrático en la UPV/EHU
Fecha de publicación: 06/10/23

Aquel senador vivía cerca de casa. Le había visto más veces por la Facultad, yendo y viniendo al despacho de su amigo y correligionario Jon Juaristi o al de Federico Eguíluz, que le acababa de dirigir una tesis sobre Billy Wilder. El título resultaba atractivo –“El lenguaje fílmico en la época clásica”-, pero la ficha resumen de Dialnet da cuenta de lo esdrújulo que se podía poner nuestro personaje:
“Esta tesis trata de establecer unas bases para la elaboración de la teoría del guion cinematográfico de la época clásica, que sirva para analizar las películas, teniendo en cuenta las aportaciones de la narratología de la forma de Gerard Genette, de la hermenéutica de Paul Ricoeur, de la teoría de la recepción de la Escuela de Constanza, particularmente E.R. Jauss y W. Iser, así como del cognitivismo y del neoformalismo americanos de David Bordwell y Kristin Thompson”.
Casi ná. El caso es que yo tropezaba a aquel senador cuando iba camino de casa y él volvía de la compra, siempre con un par de bolsas de plástico en las manos. Nos saludábamos y poco más, pero me resultaba una figura entrañable, pues no en vano pensaba entonces que un senador sería un individuo ajeno a la humanidad, más allá de ella. Por el contrario, sí que tenía alguna relación con el otro miembro de la pareja, con Ramón Jáuregui. Cuando sacó su libro El país que yo quiero me invitó a acompañarle en la presentación de Vitoria y tengo el recuerdo de que me puse exigente, estupendo e innecesario como telonero en un acto que no debía sino moverse entre la cordialidad, el entusiasmo y la propaganda. Seguro que la bonhomía de Ramón ya me lo ha perdonado (o, mejor, lo ha olvidado).
Andaban entonces con aquello del posnacionalismo. Se habían juntado los de Euskadiko Ezkerra con los socialistas vascos del PSE. Habían tenido unos magníficos resultados en las elecciones generales de 1993 y la cosa auguraba un posible cambio que acabara con la continuidad machacona del PNV en el poder. El propio Arzalluz afirmó –no se sabe si también pensó- que aquella opción novedosa tenía posibilidades, más aún cuando se inventaron como estrategia de intervención lo del posnacionalismo. Dicen que lo había propuesto Jon Juaristi, que venía de los euskadikos. Consistía en suponer que el nacionalismo vasco tenía un futuro estéril cuando todos habíamos comprado su mercancía simbólica, cuando todos nos habíamos hecho vascos como ellos pretendían. Incluso las encuestas confirmaban que, después de los años ininterrumpidos de gobiernos de o con nacionalistas, el número de estos no se incrementaba, aunque su hegemonía resultase indiscutible.
Me creo que fuera un invento de Jon, sobre todo por dos razones. Una, porque ya en el cambio del siglo XIX al XX su amado/odiado Miguel de Unamuno había propuesto algo similar: que el socialismo vasco relajara sus durezas materialistas para volverse más simpático entre la parroquia haciéndose más de aquí, esto es, asumiendo la base identitaria vasquista, que para entonces empezaba a ser nacionalista, pero no solo de ellos[1]. Igual la erudición de Juaristi desconocía ese detalle, pero la coincidencia de ocurrencias podría venir alumbrada perfectamente por la intrahistoria que animaba a ambos. Dos, porque este y Mario vivían entonces en la lógica anglosajona, tanto literaria como histórica, ubicada en un intermedio adecuado entre la locura romántica de los alemanes y la estrechez racionalista de los franceses. Los británicos todos mezclaban tradición conservadora y derechos parlamentarios con una exquisita funcionalidad historicista: el pasado les servía para sostener sus libertades con más ductilidad y eficacia que a sus competidores continentales, asidos al eterno y falso debate entre nación ciudadana o nación cultural, moderna y revolucionaria frente a tradicional y reaccionaria.
A pesar de sus antecedentes familiares –acendrados catolicismo y euskera de sus padres, apellidos vascos a mansalva-, Mario venía haciendo de su propia biografía el epítome de la dificultad del País Vasco para reconocer al conjunto de sus hijos[2]. Desde niño tropezó con sujetos que le cuestionaban su vasquidad por razones diversas, pero siempre en base a una principal: ser vasco no era, ni es, algo que responda a razones objetivas, ni tampoco subjetivas, como una elección personal, sino a algo ideológico-político subordinado al dictado de su único intérprete: el nacionalismo. Al fin y al cabo, el nacionalismo, básicamente, se dedica a determinar quién pertenece y quién no a la comunidad nacional. Ahí radica la esencia divisionista y no integradora de esa ideología en el caso vasco, la del aranismo desde su origen, pero también la de ETA después: su sentido histórico –o razón de ser- no es el de unir a todos bajo un amplio criterio común, sino el de mantener una diferencia que resulte ventajosa para sus adeptos. Por eso su éxito final y constante es la derrota del país como proyecto social y político. Los nacionalistas son sus propios enterradores, que no hacen posible la nacionalidad vasca porque esta no es un punto de partida que soporte la competición de ideas, sino una exigencia de parte de mayor radicalismo nacional, lo que les lleva a excluirse entre sí a los propios nacionalistas (la pugna en nuestro caso PNV vs HB). No hay ni puede haber así un proyecto compartido de país. Sin embargo, eso no importa porque, mientras dure la imperfección prevista e imposible de resolver, se mantienen sus partidarios al frente del machito social.
Así que, para romper con esa diabólica y funcional lógica, Mario Onaindia formulaba una novedad justificada por la necesidad de ofertar algo inédito desde la fusión PSE-EE, pero sobre todo para poner fin a una incapacidad histórica. El problema es que para resolverla en términos de innovación acudía a una idea tradicional, para responder a la realidad posnacionalista se iba a una formulación prenacionalista: repetir el esquema del fuerismo vasquista del ecuador del siglo XIX, el que recosió aquella sociedad escindida por la primera carlistada, el que desde postulados tradicionales –a lo Edmund Burke, se ha dicho bien- fue capaz de hacer coincidir a carlistas, a liberales e incluso a republicanos, el que además de unir hacia adentro aquella comunidad le proporcionó una unidad y fuerza de interlocución con el naciente Estado español como no se podía imaginar: el vascongadismo político devenido de la unanimidad foral, la desaparición de las diferencias internas para lograr “de Madrid” la continuidad del privilegio. Se acudía a un tiempo en que la “doble nacionalidad” –o triple: provincial, vascongada y española- era posible y no contradictoria, a aquel momento en el que al no haber todavía nación (y sí patria) la pertenencia territorial no se politizaba, como haría posteriormente el nacionalismo (el vasco y también el español, entre otros).
Aquello les salió bien sobre todo a sus promotores: las élites locales que atemperaron su liberalismo inicial en cuanto vieron aseguradas sus ventajas y alejada la amenaza de la revolución, los partidarios vascos del moderantismo que construyó el Estado y les dejó a ellos seguir siendo españoles diferenciales (bien representados en y por Pedro Egaña). Pocos recuerdos tienen tanto mito detrás como este del oasis foral vasco, pero no será porque los coetáneos o los historiadores no lo hayan advertido con insistencia. Ya en 1779, en una visita por el lugar, el futuro presidente norteamericano John Adams habló de “una aristocracia contractual bajo la apariencia de una democracia liberal”[3], y el historiador Ortiz de Orruño sintetizó explicaciones de otros anteriores (p. ej. Fernández Albaladejo) con un párrafo memorable:
“El régimen foral constituía la prueba más evidente de que el ideal político moderado era realizable: los fueros hacían posible la armonización de la igualdad teórica con una acusada oligarquización, sin que esta aparente antinomia entre los principios políticos y su plasmación social cuarteara su legitimidad social”[4].
Era la constatación de que la utopía de la España conservadora era posible: un régimen oligárquico de fuerte y extendido respaldo popular. Pero ello no impidió después a los republicanos de la segunda carlistada, de la crisis del Sexenio Democrático, comprar el mismo producto y creerse que contribuían así a la democratización española proponiendo la universalización del modelo vasco (y luego siguieron con esa idea los socialistas[5]); algo imposible, precisamente porque este se basaba en la excepcionalidad, en el privilegio. Otra vez Orruño acertó con el término: “utopía imposible”, y Juaristi fue uno de los mejores y más profundos divulgadores de esa contradicción[6]. Sin embargo, ahora se reproducía para otro escenario.
Se trataba de asumir por parte de la izquierda vasca un vasquismo identitario que no le expulsara de antemano del terreno de juego y que le proporcionara el ticket para aspirar a poder liderar y gobernar el país. La defensa del autogobierno sin que ello produjera recelos por parte de los demás parecía pasar por esas horcas caudinas que no se exigen a la vez a los nacionalistas (y que nunca les sirven de nada a quienes no lo son). La forma de ser alternativo al PNV –y al nacionalismo, en general- era asumir su corpus identitario sin darle más relevancia al gesto, para así debilitar su carácter discriminador y hacer que las diferencias procedieran del resultado de la política moderna, de las diferentes propuestas partidarias, y no de las identificaciones premodernas. Además, ello contribuía, pensaba Mario, a la cohesión de la sociedad vasca en momentos de fuerte tensión política y de presencia del terrorismo de ETA.
A este respecto, Ruiz Soroa hizo una atinada crítica a la pulsión comunitarista que reflejaba la preocupación de Onaindia, como si el disenso y la diversidad de criterios e identidades fueran un problema y no una condición característica de las sociedades modernas y plurales[7]. Los dos consideraban que la sociedad anómica no era deseable, pero uno creía que debía encauzarse abrazando todos (o la mayoría) una identificación común, por vaga que fuera, para asentar la ciudadanía como único argumento, y el otro partía de que la diversidad más absoluta era razonable, siempre que la ciudadanía fuera capaz de asegurar la libertad de ser de cada uno de los nacionales. La tesis comunitarista frente a la liberal.
Visto retrospectivamente, había mucha ingenuidad en la propuesta y algo de mala lectura de los presupuestos profundos del nacionalismo competidor. Según Onaindia, la Constitución, al incorporar los Derechos Históricos, habría alcanzado intuitivamente un estado de equilibrio adecuado para todas las demandas políticas vascas, sería otra especie de fuerismo. En ese sentido, apuntaba Soroa, el posnacionalismo se vería como una noción regulativa, no tanto como un proyecto político, concebido como punto de llegada pacífica donde los actores comprueban que les reporta más ventajas que el logro de sus respectivos proyectos partidarios. Tanto hacia adentro, como relación entre vascos distintos, como hacia afuera, como relación con España, era el intermedio perfecto y ventajoso, virtuoso. Cabe recordar, desde la historia vivida y conocida, que 1995 fue la fecha de edición de la carta abierta a un nacionalista de Mario que estamos comentando, pero también de la formulación y desvelamiento de la llamada “vía Ollora” que tanto contribuyó con su influencia en los procesos inmediatamente posteriores a dividir a la sociedad vasca y a esterilizar por completo aquel posnacionalismo (Acuerdo de Estella, documento conjunto de ETA con el PNV y EA, tregua trampa con kale borroka activa, apoyo parlamentario al Gobierno Ibarretxe, estructuras como Udalbiltza o toda una formalización de la teoría de los dos bandos)[8].
Mario, dice Soroa, descreería de sus afirmaciones posnacionalistas años más tarde, como dejó plasmado en su libro de 2002 La construcción de la nación española[9], de nuevo resultado de su segunda tesis doctoral. Acudiendo a los ilustrados del siglo XVIII para conocer el origen de la filosofía política que luego alumbra a los republicanos o a los nacionalistas, concluía que la Constitución era la posibilidad auténtica de que cada uno pensara libremente sin tener que mezclarse y anularse en un espacio común. La Constitución como espacio creador de ciudadanía, no como no-lugar de refugio de los que han perdido algo (el meeting point de un aeropuerto). Una versión más elaborada, si cabe, pero no más oportuna: por aquellos comienzos de siglo el término “constitucionalista” se traducía aquí por españolista o no nacionalista, no tanto por lo que hubiese querido Mario de alguien que mira más allá de las pretendidas y forzadas diferencias para tratar de consolidar una sociedad de ciudadanos libres e iguales.
Mario se fue sin verlo y nosotros seguimos dando vueltas a la misma rueda, empeñados en ese ejercicio vasco por excelencia como es el movimiento sin desplazamiento; vamos, atrapados eternamente, cuan Sísifo, en la misma murga nacional. ¡Qué canso sigue siendo ser vasco! “La ascesis abertzale no tiene fin”, reflexionaba más fino. Y lo es porque los nacionalistas sobreviven a base de apelar a la política de la diferencia para reclamarse distintos de lo de fuera y a la política de la igualdad para construir su nación ideal. En ese proceso, la diversidad que se reconoce y demanda en las sociedades ajenas no se percibe y reclama en la propia. La construcción nacional acaba siendo, de manera irremediable, un proceso de homogeneización a todos los efectos, que se lleva por delante todo lo que se le opone (o no colabora).
Aquella carta abierta a un nacionalista vasco tuvo la virtud, en su primera parte, de desvelar otra vez las mentiras sobre las que se instala la teoría política del nacionalismo. Mario lo vivía en sus carnes y eso le enfurecía: trataban de presentar como algo natural –la pertenencia a un espacio territorial- lo que no era sino una obra de ingeniería social monstruosa. Si tú eres vasco inevitablemente, por mor del peso de unos antecedentes que determinan por completo tu vivencia particular si quieres que esta sea coherente con tu espacio vital, ¿por qué hay que construir socialmente y luego sostener por la fuerza que da el control institucional una realidad que es natural? Pues porque no lo es, porque es otra creación político-ideológica.
Esa primera parte del libro resultó muy eficaz para descabalgar nacionalistas que igual no habían pensado lo que allí se les proponía; años más tarde repitió el ejercicio el también desaparecido Andoni Unzalu[10]. Sin embargo, la segunda mitad de aquel, si trataba de ser un programa de actuación, visto desde la ventaja del tiempo, no resultó: precisamente los resultados de las autonómicas de 1994, cuando el posnacionalismo se tenía que poner a prueba para derribar la fortaleza del PNV, fueron esquivos. Ramón Jáuregui recuerda aquello como “el momento más amargo desde el punto de vista político”[11]. Luego, el vasquismo socialista fue lo que quedó de aquello, que se incorporó de manera más natural y menos forzada simplemente por el proceso de nacionalización cultural a que estamos sometidos (escuela, administración, banalidad de los símbolos, etcétera).
El posnacionalismo pinchó porque quizás no estaba bien formulado, porque no tenía suficiente encaje natural en el cuerpo social y electoral del socialismo vasco de entonces, o porque tuvo que hacer frente también a los imponderables de una trayectoria gubernamental del PSOE que ya anunciaba para mediados de los noventa su final (casos de corrupción, tema GAL, etcétera); también porque se encontró en paralelo un nacionalismo que, lejos de comportarse como preveía ese posnacionalismo, lo hizo del revés, intensificando de manera voluntarista la diferencia e inaugurando un decenio salvaje y letal para el conjunto de los vascos. Todo por mantener viva una agenda que, efectivamente, declinaba precisamente debido al éxito de su materialización.
En la época de Patxi López otras circunstancias permitieron lo que no fueron capaces de hacer la constancia, empeño e inteligencia de Onaindia y Jáuregui. Muchos de esos aspectos del posnacionalismo, del autonomismo convencido y del vasquismo naturalizado obraron adecuadamente, pero sobre todo fue la disposición del socialismo vasco a aprovechar la ventana de oportunidad que se le ofrecía (del hastío del soberanismo de Ibarretxe a la no comparecencia forzada de la Izquierda Abertzale o la crisis final de ETA), además de su capacidad para ofertar un proyecto político propio y autónomo, al margen de tutelas y complacencias con un historicismo que siempre ha resultado inconveniente y ajeno a su cultura y posibilidades.
En todo caso, también hay que apuntarlo, en ese cambio de siglos del XX al XXI se desarrolló en España ese tránsito vivido también en otros países donde la izquierda fue mudando su referencia fundamental de la clase y el igualitarismo tradicional a su preocupación por la identidad y las cohesiones nacionales. Rodríguez Zapatero fue el presidente socialista que con su agenda materializó esa transmutación que, si en algunos aspectos ha resultado muy avanzada y positiva (p. ej. emancipación de la mujer, identidades sexuales libres, identidades buscadas en pasados memoriales compartidos o demandados, etcétera), en lo que hace a la cuestión territorial ha generado suficiente confusión en sus bases. El precepto comunitario se ha impuesto al discurso del derecho del ciudadano concreto, siguiendo una estela que ya tenía tradición en la izquierda española que confundía –y confunde- antifranquismo o progresismo con las demandas nacionalistas, que hizo y hace suya la falacia de que el nacionalismo no es una ideología más tanto como un sentimiento natural; eso que los vascos o catalanes no nacionalistas han aprendido a denunciar al sufrirlo en sus propias carnes. Desde entonces se pelea con otros fantasmas, que ya estaban ahí desde el principio, y que a Mario le hubieran sacado hoy de sus casillas, a pesar de su impenitente pragmatismo y su afán por buscar solución a las cosas, a esos imposibles históricos (p. ej. la primacía natural de las élites locales para ejercer el poder, la entrega de la representación (y de la interlocución) del territorio a esos sectores nacionalistas, la aceptación del privilegio a cambio de sus votos o de que no generen excesivo ruido, el autoengaño de que representen un pensamiento avanzado o, en su extremo, su preferencia por ellos antes que por la odiada derecha).
Bibliografía, notas y fuentes:
[1] Antonio Rivera, “Desconcertantes proposiciones de Unamuno para con el socialismo vasco, 1894-1906”, en A. Chaguaceda (ed. lit.), Miguel de Unamuno. Estudios sobre su obra III, Salamanca, Casa-Museo Unamuno, 2008, pp. 155-164.
[2] En los dos volúmenes de sus memorias (El precio de la libertad y El aventurero cuerdo) se encuentran casos de esta negación o cuestionamiento personal y político.
[3] También dijo lo de «pueblo milenario que ha sabido mantener su lengua y sus costumbres a través de los siglos», en su libro Una defensa de las constituciones de los gobiernos de los Estados Unidos, lo que le ha valido con los años una estatua frente a la Diputación vizcaína.
[4] José Mª Ortiz de Orruño, “Fueros, identidades sociales y guerras carlistas”, en L. Castells y A. Cajal (eds.), La autonomía vasca en la España contemporánea (1808-2008), Madrid, Marcial Pons, 2009, pp. 46-47.
[5] Su continuidad en el socialismo vasco a través de Prieto la desarrollé en Señas de identidad. Izquierda obrera y nación, 1880-1923, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003.
[6] Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 175; José Mª Ortiz de Orruño, “El fuerismo republicano (1868-1874)”, en C. Rubio y S. de Pablo (coords.), Los liberales. Fuerismo y liberalismo en el País Vasco (1808-1876), Vitoria, Fundación Sancho el Sabio, 2002, pp. 375-400;
[7] José Mª Ruiz Soroa, “¿Se puede vivir en un aeropuerto? Pensando con Mario y contra Mario acerca del ‘posnacionalismo’”, Cuadernos de Alzate, 39 (2008), pp. 127-142 [localizable en https://prensahistorica.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=2000684542]; también, Fernando Molina, Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria, Madrid, Biblioteca Nueva, 2012, pp. 184 y ss.: entre Ernest Gellner y Anthony D. Smith, “apostó por este último”.
[8] Santiago de Pablo y Ludger Mees, El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco (1895-2005), Barcelona, Crítica, 2005, pp. 432-442.
[9] Mario Onaindia, La construcción de la nación española: republicanismo y nacionalismo en la Ilustración, Barcelona, Ediciones B, 2002.
[10] Andoni Unzalu, Ideas o creencias. Conversaciones con un nacionalista, Madrid, La Catarata, 2018.
[11] Gaizka Fernández Soldevilla y Sara Hidalgo, La unión de la izquierda vasca. La convergencia del PSE-EE, Madrid, La Catarata, 2018, p. 90; para todo el proceso, pp. 74-93.

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