-En este texto se responden algunas objeciones planteadas por Alfredo Marcos a las tesis que defiendo en mi libro Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano (Barcelona: Herder, 2017)-
Antonio Diéguez
Catedrático en la Universidad de Málaga

Imagen: Distopía Mutante
Ante todo, he de comenzar agradeciendo muy sinceramente a Alfredo Marcos su análisis mesurado y bien argumentado de las propuestas que hago en mi libro Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano (2017), así como la cordialidad de los comentarios. Es siempre un placer intercambiar con él ideas, ya sea en persona o por escrito, como lo es en este caso. He aprendido mucho durante años leyendo sus trabajos sobre filosofía de la biología, sobre antropología y también sobre este mismo tema del transhumanismo, y creo que nuestras posiciones no están demasiado alejadas. Ambos coincidimos en ser críticos con las propuestas centrales del transhumanismo, aunque las razones para serlo sean diferentes.
Para empezar, quisiera aclarar que, en realidad, no tomo la filosofía de Ortega como un criterio único para la evaluación de las tesis transhumanistas o tecnológicas en general. Me parece solo que su pensamiento es útil para una orientación inicial en lo que al progreso tecnológico se refiere, porque su obra Meditación de la técnica, además de haber sido pionera en este campo, me sigue pareciendo una de las reflexiones más lúcidas que se han hecho sobre el fenómeno de la tecnología actual, pese a haberse publicado en los años treinta del siglo pasado. No asumo, sin embargo, todo el pensamiento de Ortega sobre el ser humano y la técnica, sino algunas ideas concretas, como la de la sobrenaturaleza como lugar creado por la técnica en el que realmente habita el ser humano y la de bienestar como objetivo fundamental del desarrollo tecnológico.
Es cierto que Ortega tiene una concepción antinaturalista del ser humano (el hombre no tiene naturaleza, pero tiene historia), pero eso no impide que reconozca su base biológica, como no podía ser de otro modo, en un filósofo que fue tan influido por el pensamiento biológico de su época, sobre todo por von Uexküll. Por eso, esa sobrenaturaleza, si quiere seguir proporcionando bienestar, no puede alejarse demasiado de lo que somos como entidad natural biológica.
No me considero un especialista en Ortega, pero no creo que sea correcto considerarlo cercano al dualismo platónico en su visión del ser humano, como sugiere Alfredo Marcos. Las auténticas necesidades humanas son las necesidades superfluas que la tecnología puede satisfacer (aunque no siempre), pero eso no entra en contradicción con que tengamos otras necesidades, más fuertes si cabe, compartidas con los animales, que hemos de satisfacer en primer lugar. Siendo la vida humana la realidad radical, sería difícil encajar esto con la idea de un alma caída circunstancialmente en un cuerpo. Es verdad que Ortega afirma “yo no soy mi cuerpo”, lo cual, por cierto, es innegable para la mayoría de los filósofos, incluyendo los naturalistas, pero también dice que yo soy yo y mis circunstancias, entre las que se incluye toda mi condición biológica.
Pero no deseo comprometerme con una antropología orteguiana, por decirlo así. Al defender que debemos analizar caso por caso cualquier propuesta de mejora humana mi idea era también subrayar que nuestros criterios de evaluación pueden ser contextuales y mejorables, no permanentes. Es cierto que desde la filosofía de Ortega no hay indicaciones claras acerca de los límites de las transformaciones de lo humano, pero en mi libro, forzando quizás la interpretación, lo admito, intenté formular algunas.
Sobre el asunto de la naturaleza humana, mi posición no es tanto que no existe en absoluto, sino que lo que podamos llamar así tiene que ser coherente con lo que sabemos de nuestra especie a través de la biología evolutiva y de otras ciencias, y que, por eso mismo, cualquiera que sea la noción que adoptemos, si asume en serio lo que la ciencia nos dice, será una noción carente de fuerza normativa. Alfredo Marcos cita varios textos míos en los que implícitamente parezco aceptar la existencia de la naturaleza humana. Y es así, la acepto, pero no la noción fuerte y esencialista que esgrimen por lo general los críticos del transhumanismo. Lo que sostengo es que la evaluación no debe basarse en esa noción fuerte de naturaleza humana. Esa noción, que Alfredo Marcos también rechaza, es la que, en mi opinión, resulta inútil como réplica a los argumentos transhumanistas. En todo caso, para hablar de “lo humano” o de “los límites de lo humano”, no hace falta mantener la existencia de una naturaleza humana, basta con asumir una noción revisable y de sentido común de lo que reconocemos hoy como tal. Creo por ello que las críticas al transhumanismo deben hacerse señalando los daños concretos que pueden implicar sus propuestas para personas concretas, no porque en general el transhumanismo pretenda diluir “lo humano” o acabar con ello. Lo de mantenerse dentro de los límites de lo humano es solo una vaga indicación para evitar cambios radicales que pueden producir un gran sufrimiento. Todo esto lo he desarrollado más en mi segundo libro sobre el tema: Cuerpos inadecuados. El desafío transhumanista a la filosofía (Barcelona: Herder, 2021).
La aceptación de una naturaleza humana fija, permanente, intocable, lleva al rechazo de cualquier intento de modificación genética en la línea germinal, aunque, por supuesto, pueda dar cabida a otras modificaciones de carácter terapéutico y que permanezcan en el individuo, sin pasar a las generaciones posteriores. Por ejemplo, las realizadas mediante CRISPR-Cas13, que modifican el ARN en lugar del ADN. Me parece que los transhumanistas tienen razón al decir que hay cosas en lo que llamamos “naturaleza humana” que no estaría mal intentar mejorar, incluso a través de la biotecnología si es que resulta factible en el futuro, como por ejemplo ciertas debilidades de la vejez o nuestra tendencia a la insolidaridad (tragedia de los bienes comunes), que impiden tomar medidas adecuadas ante los desafíos que se nos presentan.
Cuando Alfredo Marcos acepta ciertas mejoras está hablando de mejoras “en la vida humana”, pero no de mejoras del ser humano, que es lo que está en cuestión, puesto que es lo que los transhumanistas desean. Por lo que se infiere de lo que dice en este artículo y por lo que le he leído en otros trabajos, él no considera que esas modificaciones en la línea germinal fueran realmente “mejoras”.
Con respecto a la noción artistotélica de naturaleza humana que Alfredo Marcos ofrece, me parece muy razonable, y yo mismo me situaría cerca de ella a falta de mayor reflexión sobre el asunto. Ahora bien, justo por ser una noción no esencialista, no puede reclamar desde ella misma la bondad moral de ciertas acciones sobre esa propia naturaleza o la condena de otras. Marcos piensa que sí, porque esta naturaleza humana, que no sería un concepto, sino algo existente en cada persona y común a todos los miembros de la “familia humana”, nos da indicaciones acerca de cosas valiosas como la preservación de la salud, la consecución del bienestar, el deseo de paz, justicia y libertad, etc. Pero, en realidad, la apelación a una naturaleza humana común no juega ningún papel en la obtención de estos valores. Los conocimientos que nos proporcionan las ciencias sobre nuestra especie o la reflexión filosófica y personal sobre nuestra situación en el mundo son suficientes para saber que hay muchas cosas que nos dañan y que no deseamos y otras que nos benefician y que deseamos. Si se acepta esa noción aristotélica de naturaleza humana que Marcos propugna, la extracción de estas consecuencias normativas se haría desde supuestos que serían igualmente aceptables en principio para alguien que rechazara la existencia de tal naturaleza humana.
En resumen, la noción de naturaleza humana que Alfredo Marcos asume no permite, en mi opinión, dar una réplica al transhumanismo distinta a la que podría darse sin ella. Pero sobre todo no dice por qué sería ilegítimo moralmente modificar la naturaleza humana. Sea como sea, Alfredo Marcos sigue proporcionando, como es habitual en él, buenos motivos para continuar la reflexión sobre estos asuntos.

Debe estar conectado para enviar un comentario.