El ser, la soledad y el feminismo

David Lorenzo Cardiel
Filósofo, escritor y periodista cultural

Fecha de publicación: 14/02/24

Quererlo todo es una aberración, padecer desidia, también. Ambos extremos, que pueden padecerse tanto en un nivel individual como en el colectivo, responden a un no-reconocimiento de nosotros mismos: quien reconoce su naturaleza, es decir, su soledad existencial, recorre la vida trazando rumbos definidos. Aceptar que nacemos, vivimos y morimos solos, que la compañía de los otros no afecta al carácter esencial del ser, supone una revelación clave para conseguir comprender el sentido de la vida.

            Elizabeth Cady Stanton nació en el siglo correcto y en un país suficientemente confortable para ella. Porque de no haber sido así, la humanidad se habría perdido a una intelectual profundamente comprometida el desarrollo de los derechos civiles de la mujer. Desde muy temprano fue una activista en primera línea por cambios de gran calado, como el derecho al voto o el acceso libre al trabajo. Ambos logros, que ahora parecen más evidentes que entonces, supusieron un desafío costoso en esfuerzos, unidad de las pioneras feministas y, sobre todo, en la capacidad del desarrollo de un constante y sano ejercicio intelectual. Para cualquier movimiento que considero justo (es decir, que se corresponde con los fundamentos éticos, que son universales, a diferencia de la moral), como es el caso del feminismo, su capacidad y rectitud se manifiestan en la obra individual. Me refiero tanto a la puesta en práctica individual como al resultado de la actividad reflexiva de la persona. Cady Stanton ofreció múltiples trabajos en los que combatió múltiples mitos sobre la mujer mediante la palabra y el uso de la inteligencia. Uno de los principales, que sigue vigente (como bien saben muchas compañeras de estudios científicos y técnicos), de marcado origen grecolatino, es el que asocia a la mujer con la sensibilidad, la familia y los cuidados, mientras que el raciocinio, la rectitud y la determinación le pertenecen al hombre.

            Cady Stanton sabía que la igualdad quiere decir respeto mutuo, que el sexo no es una diferencia que separe a las personas, sino una determinación funcional de la biología, en este caso, la humana. Por tanto, y desde una luminosa perspectiva universalista, casi extinta hoy en día, promovió la continuidad del espíritu ilustrado, que consideraba que había quedado incompleto al no incluir la cuestión del lugar que la mujer ha de ocupar en la sociedad. El sexo era en aquel entonces la excusa diferenciadora en la que se apoyaban los hombres conservadores, llamémosles «misóginos» o, eludiendo cualquier esbozo presentista, «hombres de su tiempo». Como la mujer (desde la perspectiva biológica, me refiero y aclaro) tiene la capacidad de engendrar nuevos individuos a diferencia del hombre, sus roles habían de estar relacionados con la crianza y el hogar, la emotividad y cualquier atributo, positivo o peyorativo, atribuible a esa condición. Stanton combatió aquella falacia con el arma que se le negaba por su condición, la razón. La fuerza de su discurso permitió que el movimiento de unas pocas mujeres cultas que podían permitirse dedicar buena parte de su tiempo a esta generosa labor para la sociedad atrajese el apoyo de multitud de hombres, quienes veían el estatus quo de cada sexo una aberración.

            Las feministas del siglo XIX conocían bien una verdad, y es que en una sociedad gobernad por la propiedad, la mujer debía poder acceder a la posesión de bienes de manera independiente. Obviamente, la honestidad humanista solía hacerles reconocer un contexto clave, y es que ellas habían podido estudiar, escoger maridos más o menos a su medida intelectual y disponer de tiempo y holgura económica. Sus iguales más pobres, la mayoría de las mujeres, se encontraban encerradas en el hogar, a expensas del fruto de la fuerza de trabajo de unos maridos que, en demasiadas ocasiones, no habían podido escoger libremente siquiera; sin poder delegar la carga del cuidado de sus hijos en terceras personas que no podían contratar, y que tampoco disponían de los conocimientos rudimentarios, y me refiero a algo tan básico como la alfabetización, para elevar su voz con eficacia. Ellas entendieron que la aristocracia intelectual mueve y seguirá moviendo el mundo, y que todo poder se ejerce desde la cúspide hasta la base de la pirámide social, jamás al revés. Ellas, apenas un pequeño grupo de sagaces entusiastas, debían ser la vanguardia de un nuevo futuro que, en parte, y únicamente en muy pequeña medida, vieron cumplir en vida.

            De una intervención pública de Elisabeth Cady Stanton surgió el discurso La soledad del ser, que acaba de publicar Periférica en castellano. La autora norteamericana despliega en apenas unas decenas de páginas una elocuencia exótica hoy en día. No acusa, no abochorna, no insulta. No busca hacer ruido. Cady Stanton da una lección a los habitantes del ajetreado e irreflexivo siglo XXI cuando su discurso sigue resonando con fuerza desde el silencio que ofrece el paso de los siglos. Se trata de un libro escrito desde y con quietud, con la solidez de quien ha pensado y desbrozado cada idea antes de exponerla a sus semejantes. Va dirigido tanto a los varones como a las féminas, sin excluir a nadie. Entiende que una sociedad nueva e igual ha de construirse desde ambos sexos, en absoluto respeto mutuo. Y, ante todo, Stanton no busca dar lecciones, sino convencer. Por ello, en vez de chillar, argumenta; en vez de conquistar los cielos, pisa la tierra. Afirma en su discurso que todos y cada uno de los seres humanos, tengan las gónadas que las circunstancias genéticas hayan dispuesto para ellos, nacen solos, viven en soledad y mueren en un solitario silencio. Lo importante, la verdad interior, siempre es ajena a cualquier otro ser, nadie nos la puede arrebatar. Por tanto, justifica la autora con bravura intelectual, si tanto el hombre como la mujer han de vérselas en la vida con las circunstancias que les han tocado vivir, ¿no han de ser acaso iguales? ¿No pueden desarrollar capacidades parejas? ¿Por qué una mujer, sólo por el sino de su sexo femenino, ha de encerrarse en una vida dedicada a agradar al hombre, renunciando a la pulsión de su identidad, que es igual a la masculina en su infinita divergencia? Evidentemente, que el hombre pudiese trabajar, estudiar y casarse libremente, además de votar y participar de la política, mientras la mujer debía zafarse detrás de él y del hogar forjado mediante matrimonio, era un atropello insoportable. La mujer, concluye, debe tener la posibilidad de conquistar su libertad desde las mismas condiciones sociales que el hombre. Esto es, desde el estudio y el trabajo. Porque una mujer libre no puede vivir dependiendo de la caridad de un hombre o de un Estado: debe, en cambio, labrarse su porvenir, como se les exige a los hombres. Además de poder votar y participar activamente en la política.

            Cómo no admirar a Elisabeth Cady Stanton y su obra, comenzando por La soledad del ser, si cuanto defiende es, además de verdad, bueno, parafraseando a Platón en aquellas palabras que el griego puso en boca de Sócrates. El discurso se lee de una tacada, atrapa con determinación y ofrece una lección de cómo ha de escribirse un ensayo, que es desde el cultivo de unos contenidos que han sido cribados por el análisis reflexivo una, otra y otra vez. El resultado, la esencia sintetizada de ese pensamiento, ofrece un valor transformador. Gracias a aquellas pioneras que en occidente pelearon comprometiendo su corporeidad y su intelecto para la causa feminista es que hoy las mujeres pueden votar, formarse y escoger oficio o modo de vida con amplia libertad, al menos, en Europa y en los países del primer mundo. Pienso en países como España, en la que la mujer necesitaba del permiso del padre o del marido, a regañadientes si carecía de regente masculino, para abrir una cuenta bancaria, trabajar o viajar al extranjero hasta hace poco más de cuarenta años. Este brevísimo ensayo honra con creces el recuerdo, la existencia y el trabajo de aquellas pioneras, al que tanto les debemos, además de las mujeres, los hombres. Lean La soledad del ser, relean, si la conocían también ya, esta deliciosa obra, maravillosamente editada por Periférica y que cuenta con la traducción exquisita de Ángeles de los Santos. Celebren esta joya que no pesa en el bolsillo, no incomoda entre las manos, pero que amuebla, y muy bien, la mente.