Albaceas

Un relato de Daniel Gamarra

«¿Por qué hoy sí?», les dice a las primas, «¿por qué no antes, otras veces que también he cum­plido años?». Están abajo, sentados a mitad de las escaleras. Las tías, la madre, arriba, en el único cuarto de la azotea, el que era del abuelo. Las primas no le contestan. Se miran entre ellas, abrazando sus oscuras velas. En la cara, como una vieja muñeca que se fueran pres­tando, la misma sonrisa de apenas dientes que ponen siempre los que saben algo que alguien más no.

Han venido hoy a la tarde, en el fósil humeante que dejó el abuelo. En la descasca­ rada CHEVROLET APACHE 1960, que llegó resollando como un monstruo de otro tiempo, renqueando hacia la extinción. Desde el raído de la cortina las había visto llegar. Las cinco tías en las dos cabinas, las cuatro primas, atrás, donde en vida el abuelo acomodaba las cargas, y de donde, segundos antes que la camioneta se detuviera, han saltado como serpientes hacia la vereda.

«¿Verdad que no sabes?», le dice la menor de ellas, la más chiquita, enroscando la manito libre entre las barandas, «vinimos para saber, para que nos digan para quién es la casa». Él es el del medio, dos primas mayores, dos menores, aunque igual todos van como por la misma edad. Como si en los catorce meses que separan a la primera de la última, sus madres hubieran convenido algún pacto. Todas lo cumplieron, salvo su tía, la mayor, que aún sigue intentando.

Había corrido a abrirles apenas las vio saltar. «De verdad es fea», había dicho la prima menor intermedia, aterrizando frente a la casa, «valdrá solo lo que el terreno». «Parece una mano haciendo así», había dicho la mayor de todos, la mayor mayor, haciendo puño, estirando, obsceno, el dedo más largo. Lo parecía, vista desde afuera. Con la robusta fachada y el solitario cuartucho, arriba, empinándose como sobre un pedestal, justo en el centro de la azotea. «¡No!», había dicho la chiquita, lanzándose sobre la mayor mayor, deshaciéndole el puño como quien abre una ostra, «las niñas, ¡no!».

«Y el abuelo es el único que puede decír­noslo», dice la prima mayor intermedia, sentada al filo del rellano, los zapatos balanceándose como una pareja de ahorcados sobre el hueco de la escalera. «Sí», dice la mayor mayor, «solo él puede decirnos para quién es la casa». «Solo él», dice la menor intermedia, «él y nadie más». «Pero el abuelo está muerto», les dice él. Y las cuatro se miran y se echan a reír otra vez.

Se había quedado esperándolas detrás de la puerta, sin atreverse a abrirla del todo, y se la han empujado como si no la sostuviera nadie del otro lado. Apenas le han mirado cuando han entrado y si lo han hecho, ha sido con el mismo gesto con el que luego han escudriñado cada mancha de grasa en las paredes, cada fantasma de polvo desvaneciendo los espejos y los anaque­les, cada araña trenzando sus mortajas en cada esquina y rincón de la casa. Ni siquiera le han saludado al pasar junto a él. Han seguido de frente. Las tías, directo hacia la azotea, donde toda la tarde ha estado metida la madre. Las primas, solo hasta las escaleras, sonrientes, apre­tando contra su pecho la vela negra que ha traído cada una consigo, y que, de ponerlas juntas, no cabrían de gruesas sobre ningún pastel. Desde ahí le han llamado, y él, obediente, ha acudido.

«Tú no te preocupes», le dice la mayor intermedia, montada boca abajo en el pasama­nos, «él estará aquí». «Sí», dice la mayor mayor, «solo debemos tener paciencia». «Pero, no en­ tiendo», les dice él, «¿cómo puede ser eso?». «Ya lo verás», dice la menor intermedia, «ahora solo nos queda esperar». «¿Esperar qué?», les dice él. «Pues al Maestro», dice la chiquita, señalando hacia la puerta, «sin él no podríamos siquiera empezar». Y esta vez nadie ríe.

No las ha visto desde el entierro del abuelo y antes de eso muy pocas veces. Quizá llevan puestos los mismos vestidos de esa mañana, tene­brosos ahora dentro de la casa, a esa hora de la tarde. Lo mismo las tías, su madre que, arriba, esperan como ellos, aunque en silencio, y, quién sabe, en la oscuridad.

«La mía la vendería», dice la menor intermedia. Se ha tendido de largo sobre uno de los pel­daños, fingiendo estar muerta. «La mía la echaría abajo», dice la chiquita, «ya tiene el proyecto para un edificio». «La mía la dividiría para al­ quilar», dice la mayor mayor. «¿Alquilar?, dice la mayor intermedia, «¿quién querría vivir aquí?». «La madre de este», dice la mayor mayor, «de se­ guro ella». Y él no sabe hacia dónde mirar.

Solo su madre habría podido mudarse para cuidar al abuelo en esos meses finales. Por las tías, no habría habido forma. Estaba el marido, la inmobiliaria, el tratamiento, la pareja, la depresión: sus propias vidas. Su madre, en cambio, carecía de esas excusas.

«O quizá, la otra», dice la mayor interme­dia, deslizándose por el pasamanos, «la que no puede tener hijos». «No deberías decir eso», dice la chiquita, «debe de ser terrible no poder tener hijos». «No lo sé», dice la mayor mayor, «tal vez no sea peor a tener una madre loca». «Prefiero eso a tener dos madres», dice la menor intermedia. «Al menos las mías no duermen con sus je­ fes», dice la mayor intermedia. «Y, ¿qué hay de este?», dice la chiquita, irguiendo hacia él su vela, «peor debe ser no tener padre». Afuera ya es noche.

«¡Madre!, ¡madre!», suben corriendo todas juntas. Lo han dejado solo, abajo, con el hombre que canta o aúlla a cuatro patas en medio de la sala, con su olor dulzón, entre hierbajos y estiércol, con la sonaja que agita en la mano izquierda, reseca y ennegrecida como una fruta muerta, y que no ha dejado de sacudir desde que cruzó la puerta. Es pequeño, apenas un poco más alto que la prima mayor. Quizá por el sombrero que no se ha quitado, hecho como con piel de cabra o de cordero, oscuro, denso, como si se tragara de un bocado toda luz que le saliera al paso. Las tías, la madre, las primas, bajan a recibirlo. Saludan al hombre, le muestran las escaleras hacia la azotea, le invitan a subir. «Por fin», sisean entre ellas las primas, trepando tras sus madres, tras la tía, tras el hombre, «el Maestro».

Tienen que llamarle para que se anime a subir. Jamás, ni en vida del abuelo ha estado arriba, y menos en esa habitación. La encuentra a oscuras y se detiene ante la puerta entreabierta. La mano de alguien, invisible más allá de la muñeca, enciende, una a una, las velas. Las llamas le parecen azules, lo mismo las sombras de su madre, sus tías, sus primas, amuralla­ das alrededor del hombre. La misma mano le invita a pasar, a tenderse sobre la polvorienta cama. No hay regalo, no hay pastel. Solo el ruedo de sombras temblorosas por el viento que se cuela silbando entre las grietas. Solo el canto, el aullido que se renueva, el cascabe­leo maligno de la sonaja que, con él ahí aco­rralado, parece volver a cobrar vida. En la penumbra azul, la uña del hombre, gruesa como el casco de un animal, le señala y los ojos de todos parecen estar apuntándole como linter­nas. Como sopladas sobre un pastel, las velas se apagan.

«Dinos», le susurran en el oscuro, «dinos para quién es la casa».