David Lorenzo Cardiel
Filósofo, escritor y periodista cultural
Fecha de publicación: 03/09/24

Cuando el jesuita y viajero Matteo Ricci llegó a China en el siglo XVI se encontró a un país muy diferente del que ofrecían los relatos que pululaban por Europa. Marco Polo, con Il Milione, trajo consigo una idea mitificada del extremo oriente: lujos como la seda o el papel, pero también calles bañadas en reluciente oro y conocimientos casi olvidados capaces de otorgar la inmortalidad a quienes supiesen descifrarlos. No en vano, Oriente fue el gran descubrimiento de los europeos de aquel tiempo. Sea cual el lugar que habitemos, si hay dolor y desigualdad, los humanos soñamos con otro enclave donde tales perversiones no existan. Es decir, que las personas necesitamos idealizar de forma constante para huir de la necesidad última de hacernos responsables de la realidad, en concreto de las consecuencias de nuestros propios actos. Los relatos que comenzaron a llegar con el recorrido de los primeros misioneros y del contacto comercial auguraba una tierra prometedora: China era un territorio con un refinado sistema social, abierto a la cultura y muy equiparado a la Europa de aquel tiempo. Los misioneros vieron la oportunidad de introducir el cristianismo en aquellos rincones de Asia imaginando una adhesión similar a la que los indígenas americanos habían manifestado tras la conquista española. Nada más lejos de la realidad. Como escribió en su obra el pensador Feng Youlan, en China no hubo tanto interés por la religión porque, desde muy temprano, hubo filosofía.
Esta es la doble cara de la moneda de las relaciones entre China y el mundo occidental, y que aún siguen atragantadas. Para los antiguos chinos, el mundo (todo lo que se encuentra bajo el tian o «cielo») se reduce a su territorio histórico. Esta limitación es equivalente a la europea de alrededor de nuestra era. Para nosotros, el mundo terminaba en el Atlántico, en las estepas hoy en día rusas y en el Sáhara. Es cierto que navegantes egipcios, cartagineses, y antes fenicios y foceos, habían alcanzado partes atlánticas de Escandinavia y África. Pero lo cierto es que cualquier esbozo de ir más allá del límite asumido por los cartógrafos murió con la dominación romana de todas las grandes civilizaciones entre el Mediterráneo y la India. Roma fue un imperio equivalente a la idea china del mundo, es decir, terrestre. El océano era aquella masa de agua peligrosa e incierta cuya exploración quedó a merced de aventureros que, en su mayoría, nunca lograron regresar a su puerto de origen para contar sus aventuras. Bajo la perspectiva china antes del contacto por portugueses y españoles, el mundo se limitaba a una especie de cuadrado bajo el cielo, con un sur de horizonte inagotable, un este gobernado por el insondable mar y un norte custodiado por el desierto. Hacia el oeste, donde las tierras también eran solitarias y desérticas, sí había otras civilizaciones: las que crecieron en el subcontinente indio, el mundo musulmán y, desde temprano, unos conquistadores distantes, griegos bactrianos, a los que derrotaron por una disputa comercial para hacerse con la cría de caballos de mayor envergadura que los autóctonos asiáticos, más válidos, en consecuencia, para la batalla.
Pues bien, dentro de ese contexto a medio camino entre una pretensión por el conocimiento y la necesidad de alimentar las ensoñaciones míticas de una tierra mejor que la europea, Matteo Ricci hizo el trabajo de cronista refinado, elocuente y, dentro de los límites humanos, imparcial. Fue el Heródoto de la China del siglo XVI. Docto por su formación eclesiástica en el seno de los jesuitas, Ricci aprendió con fruición del pensamiento, las costumbres y la ciencia asiáticas. La fascinación le convirtió en una referencia en el propio país: se le llegó a considerar xitai o «maestro de Occidente». Ricci era matemático y cartógrafo, portaba consigo buena parte de los saberes del viejo continente, muchos de ellos desconocidos para los chinos. Por otra parte, el que fue el primer sinólogo formal de la Historia mantuvo una actitud humilde, lo que le permitió granjearse el afecto de una parte de los eruditos locales.
Uno de sus trabajos más brillantes y que supuso un antes y un después en la imagen que se tenía de China en Europa fue Descripción de China, que la editorial madrileña Trotta ha traído al castellano en una cuidada edición que corre a cuenta de Giuseppe Marino. Hay que analizar, en un primer momento, el contexto social y económico en el que se movió Ricci. Cuando parte a oriente en su primera expedición de 1578 en China gobierna la dinastía Ming. La plata había sido establecida tiempo antes como un metal clave para el intercambio en un intento por estabilizar la economía fundamentalmente agrícola del país. Sin embargo, poco antes del contacto comercial con los españoles a través de Filipinas, la plata china comenzó a agotarse, dando lugar a una depreciación de la calidad del metal que llegaba hasta la Hacienda imperial como del auge de las trampas para limar monedas, falsificarlas y sacar el máximo provecho de un modelo a punto de colapsar. En el momento propicio se estableció la conexión comercial con Manila. España tenía la muy pura plata del Potosí, por lo que la economía Ming pasó de encontrarse tensionada a desmerecer su alivio. Ciudad de México se convirtió en el centro económico del mundo. Manila se llenó de mercaderes chinos que se establecieron en la ciudad para intentar hacer fortuna. La costa se llenó de jóvenes emigrantes del interior rural del país y floreció lo mejor y lo peor del ser humano: puertos y riqueza, oficios y trabajo, burdeles y vicios, delincuencia y corrupción. A cambio de la plata española, China sólo podía ofrecer una cosa: mano de obra barata. Este movimiento, tan parecido al que el actual Estado ha promovido durante los últimos cincuenta años, causó un devastador efecto marea en el complicado equilibrio social y diplomático de los Ming. Si bien al principio las manufacturas en seda –como los famosos mantones de Manila, que en realidad procedían de China–, porcelana y toda clase de objetos exóticos devolvió el esplendor opulente a la región, pronto el exceso de plata causó desórdenes sociales e invitó a pueblos hostiles a adentrarse en el país. Con tierras más abandonadas que de costumbre (¿quién querría ser un agricultor sin futuro cuando en la costa las monedas tintinean en los bolsillos por el mínimo esfuerzo?) comenzó un conjunto de migraciones de pueblos satélites, cuando no invasiones, que terminaron por desplazar a la dinastía de origen étnico Han por la que fue la última en gobernar China, la Qing, de origen yurchen, un pueblo manchú.
Este contexto de riqueza fue el que describió Matteo Ricci en su Descripción de China. Con rigor, el misionero dibujó los detalles fascinantes, también los oscuros, de la China de aquel tiempo. Por ejemplo, el esplendor de las escuelas de filosofía (los confucianos y los taoístas, en especial), su comparación con el pensamiento occidental y la impronta científica en forma de pólvora, de refinadas tintas, de papel, de la brújula y de otras tantas invenciones. Ricci fue un diplomático con gran mano izquierda, la suficiente como para que, en las altas esferas políticas de la dispar sociedad china, que con la misma profusión que acoge a los visitantes foráneos los rechaza sin demasiadas explicaciones, se le tuviese en una grata consideración. Al menos, durante un tiempo. La clave fue llevarse bien con los confucianos, hacia quienes manifestaba una grata admiración, en buena medida, por la exquisita burocracia y jerarquía social, además de los principios rectores morales propios de la Escuela de los Literatos.
La impronta del budismo chan importado en el país asiático por An Shigao en el segundo siglo de nuestra era generó una segunda época de esplendor en las artes centrado en la sutileza del silencio y la introspección. Al mismo tiempo, el desarrollo profundo del taoísmo, dividido en religión y filosofía en el siglo de Ricci, situó a la naturaleza en el núcleo del arte. Los grandes artistas chinos del periodo Ming desarrollaron un refinamiento equivalente al Siglo de Oro español. Sólo al final de esta dinastía comenzaron a introducirse algunas influencias europeas y los paisajes urbanos, así como los temas sociales, comenzaron a tomar posición en el arte chino.
Tanto la estructura social, el pensamiento y religiones, las costumbres de las regiones que visitó el misionero italiano, el arte, la política y la geografía de la región aparecen descritos con una fidelidad que permite que Descripción de China permanezca como el clásico imperecedero que es y seguirá siendo. Les recomiendo la lectura, o al menos la tenencia, de este libro esencial que todo buen lector que se precie debería leer, con calma y dotándose de tiempo para el gozo, al menos una vez en su vida.

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