– Artículo que surge a partir de la conferencia impartida el 23 de mayo de 2024, durante el ciclo de conferencias «Literaturas Perseguidas» organizado por el Ateneo Guipuzcoano en colaboración con Donostia Kultura-
Juan Manuel Ibeas-Altamira (Profesor en la Universidad del País Vasco)
Lydia Vázquez (Catedrática en la Universidad del País Vasco)

Durante el período revolucionario francés emergieron un gran número de figuras notables y muy influyentes en la historia de los derechos humanos. Si bien tradicionalmente nos han llegado mayoritariamente nombres de hombres: Louis XVI, Mirabeau, Marat, Sieyès, Danton, Robespierre… también brillaron en esa época grandes mujeres como María Antonieta, Jeanne-Marie Roland, Théroigne de Méricour o Charlotte Corday. Hoy centraremos nuestra atención en una de estas figuras femeninas, Olympe de Gouges, que, pese a las adversidades consiguió hacerse un nombre en el París de finales del siglo XVIII. En un mundo donde las voces de las mujeres eran a menudo silenciadas, Olympe desafió las convenciones de su época y se alzó como una defensora apasionada de los derechos de las mujeres y los valores de la Revolución Francesa.
Exploraremos la vida y el legado de esta figura emblemática de la Revolución Francesa. Vamos a descubrir así cómo, a través de sus escritos siempre comprometidos y una incansable defensa de la igualdad, esta escritora visionaria, activista y pionera de los derechos humanos desafió las normas sociales y políticas de su tiempo, y sentó las bases de la igualdad de género en todo el mundo convirtiéndose en auténtica precursora del movimiento feminista moderno.
En primer lugar, abordaremos los orígenes oscuros de esta brillante mujer de las Luces, nacida el 7 de mayo de 1748 en Montauban[1] una ciudad comercial del Quercy cercana a Toulouse (actualmente se encuentra en la Región de Occitania). En el acta de nacimiento de Marie Gouze, figuran como progenitores Pierre de Gouze, un carnicero acomodado de la ciudad (y que figura como ausente en la firma del registro) y Anne Olympe Mouisset, hija de un abogado de la ciudad[2]. Como padrino, aparece el gran poeta francés Jean-Jacques Lefranc de Pompignan.
Y es que la familia materna de la recién nacida había estado muy ligada a la ilustre familia de los Lefranc de Pompignan[3] y por ello la madre de la futura revolucionaria se crio con Jean-Jacques Lefranc de Pompignan, cinco años mayor que ella. Entre ambos pronto surgió un fuerte vínculo afectivo que empujó a ambas familias (distanciadas por sus clases sociales) a separarlos, enviando al futuro poeta a París y casando a la joven con un carnicero[4]. Cuando en 1747 el poeta regresa como presidente de la Cour des Aides (la “Corte de ayudas”), la pareja habría retomado la antigua relación de manera extramatrimonial, y de ella habría nacido Marie, al año siguiente. Muchos autores de la época sostuvieron dicha hipótesis que resulta perfectamente plausible[5] y que la propia autora corrobora en su obra de corte autobiográfico Mémoire de Madame de Valmont. El subtítulo de la obra dice mucho sobre su contenido “Sobre la ingratitud y la crueldad de la familia de Flaucourt con la suya, de la que los señores de Flaucourt han recibido tantos servicios” (Sur l’ingratitude et la cruauté de la famille des Flaucourt envers la sienne, dont les sieurs de Flaucourt ont reçu tant de services).
Sabemos poco sobre la infancia de Olympe de Gouges, excepto que, según sus propias palabras, no recibió una formación muy cuidada. Olympe tuvo una educación muy rudimentaria y es probable que aprendiera a leer por sí misma. Sin embargo, nunca llegó a escribir bien por lo que, posteriormente, precisó de la ayuda de otras personas para plasmar sus ideas y perfilar sus propias producciones literarias.
En 1765, con apenas diecisiete años, Marie Gouze fue entregada en matrimonio a Louis-Yves Aubry, cocinero del intendente de Montauban, por su madre tras la muerte de su padrastro[6]. Solo un año después, en 1766, la joven recién casada dio a luz a su hijo Pierre Aubry[7]. El enlace no fue positivo para Olympe de Gouges quien, años después, confesaría que nunca había amado a su esposo y que, incluso, le echaba para atrás: “Me casaron con un hombre al que no amaba, que no era rico ni provenía de una buena familia. Fui sacrificada sin una razón que pudiera apaciguar la repugnancia que sentía por aquel hombre”[8]. Esta situación marital frustrante marcó el inicio de la vida adulta de Olympe de Gouges y también contribuyó a despertar su espíritu crítico frente a los matrimonios forzados, así como a las restricciones en general, impuestas a las mujeres en la sociedad de su tiempo. Esta experiencia personal, así como la de su madre, influyeron, pues, su lucha por los derechos de las mujeres y por la igualdad de género[9].
El esposo de Olympe de Gouges fallecería en circunstancias ambiguas hacia 1770, cuando ya su esposa lo había abandonado para ir a instalarse a París[10]. La viudez ofreció a Olympe una nueva libertad, especialmente en un periodo en que las mujeres tenían pocas opciones de tener una vida independiente. En aquella época las mujeres estaban bajo la autoridad de sus padres hasta que se casaban y a partir de ese momento bajo la autoridad de sus esposos. La única forma para una mujer de mantener su independencia era enviudar, lo que explica por qué Olympe decidió no volver a casarse. Uno de los beneficios más significativos de quedarse viuda era la posibilidad de actuar y publicar sin precisar el permiso marital. Esto lloevó a Olympe a soñar con una nueva vida bajo un nombre diferente, rechazando el apellido Aubry que le había sido impuesto por el consorcio. Optó por tomar el nombre de su madre y adoptar el pseudónimo de Olympe de Gouges, lo que no solo refleja su deseo de independencia, sino que marca el comienzo de una nueva identidad más comprometida y creadora.
Hacia 1770, pues, Olympe de Gouges se instala con su hijo en París en casa de su hermana mayor. Según los textos misóginos de la época, su principal atributo era su belleza. Así, el ilustrado Friedrich Melchior Grimm. en la Correspondance littéraire, philosophique et critique que él dirigía[11], afirmaba, refiriéndose a Gouges, que “su único patrimonio era su hermoso rostro”. Este tipo de afirmaciones eran frecuentes, incluso en los medios ilustrados, y buscaban desprestigiar a las mujeres con pretensiones intelectuales que frecuentaban los salones parisinos. No obstante, también sus contemporáneos, como Jean-Baptiste Poncet-Delpech, también nativo de Montauban, hablaban de la joven como una mujer mantenida por comerciantes, nobles, ministros y hasta príncipes. Esta descripción parece desvelar una faceta intrigante de su vida en la que su belleza, y gracias a ella, su intimidad con notables del momento, podrían haber sido clave para su subsistencia en la sociedad parisina. Como hemos dichos, Olympe rechazó desde el principio de su nueva situación la idea de casarse de nuevo, privilegiando relaciones sentimentales con personajes importantes como Jacques Biétrix de Rozières, un empresario vinculado al transporte militar, quien durante una década le entregaba periódicamente una suma grande de dinero, a la vez que la tenía instalada un entorno acomodado[12]. Así pues, este amante le permitió llevar una vida lujosa y mundana, adquiriendo por ello una reputación de ‘mantenida’, en un contexto donde la libertad femenina era a menudo equiparada a la prostitución.
No hay duda de que Olympe de Gouges tuvo amantes y protectores, pero analizando su vida pronto se constata que no fue una cortesana ávida de dinero. En cualquier caso, la vida sentimental y la posición social de Olympe de Gouges, bastarda de noble y amante de un burgués adinerado, traducen la dificultad mujeres como ella a la hora de abrirse camino por sí solas en una sociedad, la del Antiguo Régimen, dominada por hombres. Por ello, su vida libre y sus conexiones sociales nos muestran a una mujer determinada a desafiar las convenciones de su tiempo y a forjar su propio destino en el París prerrevolucionario.
La célebre feminista Benoîte Groult escribe sobre ella, en un libro enteramente consagrado a ella:
Si el Petit Dictionnaire des Grands Hommes evocó su notoriedad como ‘mujer galante’, si Restif de La Bretonne la incluyó injustamente en su ‘lista de prostitutas de París’, si su biógrafo Monselet le atribuyó caprichos de ‘bacante enloquecida’, nunca fue protagonista de los escándalos de su época y su verdadera fama data más bien de cuando frecuentaba a literatos y filósofos, esperando compensar las deficiencias de su educación. Aunque estos aceptaran fácilmente que fuera considerada cortesana y encontraran “incongruentes sus pretensiones intelectuales”.[13]
En efecto, Olympe de Gouges comenzó a frecuentar los salones literarios más destacados de París, donde buscaba colmar las lagunas en su formación autodidacta. Considerándose a sí misma como alguien no privilegiado en educación, se esforzó por relacionarse con las figuras más prominentes de la capital. Estos salones eran centros de sociabilidad intelectual donde la autora frecuentaría a literatos de las Luces, filósofos libertinos, artistas rococós y aspirantes a figuras políticas.
Esta interacción le llevó a abrir su propio salón literario en la Rue des Fossoyeurs, un espacio que enseguida se convirtió en uno de los centros neurálgicos de debate intelectual y cultural de París. En este salón, Olympe congregaba a filósofos, artistas y escritores para debatir sobre temas candentes del momento. A pesar de esa falta de formación a la que aludñiamos, Olympe se sumergió por completo en el mundo intelectual parisino y se hizo amiga de escritores destacados como, por ejemplo, Louis-Sébastien Mercier, quien la introdujo en el teatro y la inició al mundo de la escritura dramatúrgica.
Olympe de Gouges frecuentó, pues, regularmente los teatros parisinos como espectadora, participó como actriz en representaciones teatrales y se lanzó a la redacción de obras dramáticas donde plasmaba sus ideas, sus reivindicaciones. Su dedicación al teatro supuso para Olympe una forma de afirmar su supuesta conexión filial con el poeta y dramaturgo Jean-Jacques Lefranc de Pompignan, pero también da fe de la ‘teatromanía’ de la época.
En un tiempo en que el teatro era un vehículo privilegiado para las nuevas ideas, pero donde también pesaba un estricto control estatal, Olympe de Gouges decidió formar su propia compañía teatral completa, con sus propios decorados y vestuario. Esta iniciativa no solo proporcionó un escaparate para su talento teatral emergente, sino que también sirvió como plataforma para abordar cuestiones sociales y políticas a través del arte escénico. Esta compañía itinerante se presentaba tanto en París como en sus alrededores. El marqués de La Maisonfort relata en sus memorias cómo en 1787 se hizo con la propiedad de este “teatrillo” de Olympe de Gouges, conservando parte de los comediantes de la compañía, entre ellos al hijo de la autora, Pierre Aubry.
La influencia de Olympe en los círculos intelectuales fue significativa, pues a través de su salón y su participación en actividades culturales, logró difundir sus ideas progresistas. Su dedicación al arte, la literatura y el activismo social sentó las bases para su futura carrera como escritora y defensora de los derechos de las mujeres durante la Revolución Francesa.
En torno al año 1782, a la edad de 34 años, Olympe de Gouges escribe su primera obra teatral, Zamor y Mirza, un drama en prosa de tres actos que aborda la cuestión de la esclavitud. Varios comediante y nobles influyentes con intereses económicos en la trata de esclavos pusieron trabas a su representación, de manera que no pudo representarse en la sala de la Comédie-Française hasta 1789, bajo el título L’esclavage des Nègres pues ya en los inicios de la Revolución algunos de sus agentes reivindicaron la abolición de la esclavitud: en concreto, la pieza denuncia la iniquidad de la esclavitud negra en las colonias. A través del teatro, pues, Gouges busca despertar conciencias y cuestionar las injusticias arraigadas en la sociedad de su época.
La primera representación estuvo marcada por disturbios hostiles, probablemente organizados por los anti-abolicionistas, y las críticas fueron severas, tanto desde el punto de vista moral como literario. Se le reprochó el uso excesivo de elementos románticos, la composición desordenada del drama y la falta de profundidad en el estilo, un estilo propio de la autora que podemos apreciar en el siguiente extracto, donde los dos protagonistas conversan filosóficamente sobre su condición:
MIRZA. Lo poco que sé es por ti, Zamor; pero dime: ¿Por qué los europeos y los colonizadores tienen más privilegio que nosotros, los pobres esclavos? Están hechos igual que nosotros; somos personas como ellos. Entonces, ¿por qué semejante diferencia entre una especie y otra?
ZAMOR. La diferencia es nimia. Y únicamente radica en el color; no obstante, los privilegios que tienen sobre nosotros son enormes. El arte les ha colocado por encima de la Naturaleza: la instrucción ha hecho de ellos dioses, mientras que nosotros nos limitamos a ser hombres. En estas latitudes nos utilizan a nosotros igual que hacen en las suyas con los animales. Han venido a estas tierras, se han apoderado de ellas y de las fortunas de los isleños nativos; se muestran orgullosos de haberse hecho con las posesiones de un pueblo amable y pacífico que estaba en su hogar; derramaron la sangre de aquellos inocentes, se repartieron los sangrientos despojos y a cambio de las mismas riquezas que nos arrebataron nos convirtieron en esclavos y nos encargamos de conservarlas para ellos. Son estos mismísimos campos los que cultivan, sembrados de cadáveres de nativos, y regados ahora por nuestro sudor y nuestras lágrimas. La mayoría de estos amos son unos bárbaros que nos tratan con una crueldad tal que hace temblar a la Naturaleza. Nuestra desgraciada especie se ha acostumbrado a estos castigos. Evitan instruirnos. Si llegáramos a abrir los ojos comprobaríamos con horror el estado al que nos han reducido. Podríamos entonces sacudirnos ese yugo tan cruel como vergonzoso. Pero ¿podemos cambiar nuestra suerte? El esclavo, humillado, no tiene fuerzas, y los más embrutecidos de entre nosotros son los que menos desgraciados se sienten. En todo momento he mostrado el mismo celo a mi amo; pero he evitado que mis camaradas estuvieran al corriente de mi manera de pensar. Señor, cambia el presagio que todavía se cierne sobre nosotros. Ablanda el corazón de quienes nos tiranizan y devuelve al hombre el derecho que ha perdido en el propio seno de la Naturaleza.
MIRZA. [Señor] ¡Somos dignos de compasión!
La pieza, a pesar de denominarse ‘drama’, acaba felizmente, con la boda de los protagonistas y con lecciones de moral para todos los allí presentes:
MADAME DE SAINT-FRÉMONT. Hija mía, en mí tienes a una madre. Tu padre me conoce bien y tú no tardarás en hacerlo. Ahora, ocupémonos de la boda de Zamor y de Mirza.
MIRZA. Viviremos para amarnos. Seremos siempre felices. Para siempre.
ZAMOR. Sí, mi querida Mirza. Sí, seremos felices para siempre.
MONSIEUR DE SAINT-FRÉMONT. Queridos amigos, acabo de concederos el indulto. Ojalá pudiera hacer lo mismo con todos vuestros semejantes –o al menos, suavizar sus suertes. Escuchad, esclavos: si alguna vez vuestro destino cambia, no perdáis nunca de vista el amor por el bien común, que hasta ahora os era desconocido. Tened presente que el hombre libre también debe obedecer a leyes sabias y humanas. Y si no os dejáis arrastrar por los excesos, podéis esperar todo por parte de un gobierno ilustrado y benefactor. Vamos, amigos míos, hijos míos, que comience la fiesta, que sea el feliz presagio de tan dulce libertad.
La obra fue retirada de la escena tras tres representaciones, según Olympe de Gouges, bajo presión de los colonos. Este controvertido drama estuvo a punto incluso de llevar a su autora a la Bastilla, pero su arresto fue evitado gracias a la intervención del caballero Michel de Cubières. A pesar de la censura sufrida en la escena teatral, la obra finalmente fue publicada en marzo de 1792, lo que contribuyó a fijar su legado como una figura destacada del movimiento abolicionista y permitió que sus opiniones llegaran a un público más amplio. En el prólogo de la versión escrita encontramos algunas de estas ideas rebeldes:
Esclavos, gente de color, vosotros que vivís más próximos a la Naturaleza que los Europeos, que vuestros Tiranos, aceptad estas justas leyes y demostrad que la Nación ilustrada no se ha equivocado al trataros como hombres y al devolveros los derechos que jamás tuvisteis en América. Para acercaros a la justicia y a la humanidad, recordad y no perdáis jamás de vista que es en el seno de vuestra Patria donde os condenan a tan espantosa servidumbre, y que son vuestros propios padres los que os ponen en venta en el mercado: que en vuestras latitudes se va a la caza de hombres como en otras partes se va a la caza de animales. La verdadera Filosofía del hombre ilustrado le lleva a sacar a su semejante de una horrible situación primitiva donde los hombres no solo se vendían, sino que también se devoraban entre sí. El hombre verdadero considera al otro su igual. (Prólogo a la primera edición.)
Aunque la pieza encontró gran resistencia, su publicación posterior permitió que sus reflexiones fueran debatidas en un contexto más amplio. Del mismo modo, el fracaso inicial de la obra en la Comédie-Française ilustra las dificultades con que se encontraban las mujeres escritoras como Olympe de Gouges para ser tomadas en serio en un ámbito cultural dominado por hombres. A pesar de las críticas iniciales, su valentía al abordar temas controvertidos y su determinación por promover la igualdad y la justicia a través del arte teatral han dejado una huella significativa en la Historia de la Literatura y el activismo social de nuestros días.
En 1786 ya había publicado su primer drama L’Homme généreux (“El Hombre generoso”) y una comedia, Le Mariage inattendu de Chérubin (“El inesperado matrimonio de Chérubin”), inspirado de Beaumarchais. En dichas obras, defiende la condición femenina y pone de relieve su condición de mujer autora, como vemos en el primer párrafo del prólogo a la segunda de las citadas:
Soy mujer y autora; tengo la actividad de ambos. Mi primer movimiento es como una tormenta; pero en cuanto termina la explosión, permanezco en una profunda calma: tal es el efecto que experimentan todas las personas vivas y sensibles.
A estas obras le siguieron en 1788 unas Réflexions sur les hommes nègres (“Reflexiones sobre los hombres negros”) y otra obra teatral Le Marché de Noirs (“El mercado de negros”) en 1790, donde retomaba sus reivindicaciones antiesclavistas. En el prólogo a la primera de estas últimas podemos leer sus razonamientos al respecto:
La especie de los hombres negros siempre me ha interesado por su lamentable situación. Aquellos a quienes he podido interrogar al respecto nunca han satisfecho mi curiosidad ni mi razonamiento. Los consideraban bestias, seres malditos por el Cielo; pero al avanzar en edad, vi claramente que era la fuerza y el prejuicio los que los habían condenado a esa horrible esclavitud, que la Naturaleza no tenía culpa en ello y que el interés injusto y poderoso de los blancos lo había determinado todo.
Este texto la puso en contacto con la Société des Amis des Noirs (Sociedad de los Amigos de los Negros), aunque en aquel momento no pudo ser miembro debido a las altas cuotas y las restricciones de membresía exclusiva. Esta sociedad era una organización abolicionista fundada en París en 1788[14], que tenía como objetivo principal promover la abolición de la esclavitud y defender los derechos de las personas de ascendencia africana que estaban siendo sometidas al sistema esclavista en las colonias francesas. Los Amigos de los Negros se dedicaron a difundir información sobre las injusticias y brutalidades del sistema esclavista, así como a presionar al gobierno francés para que tomara medidas enérgicas contra la esclavitud. En enero de 1790, cerca de dos años después de la formación de esta sociedad, Olympe de Gouges respondió a las acusaciones de un colono, negando que debiera sus ideas a la agrupación, pues su primera obra anticolonialista había precedido en dos años a dicha fundación:
No es la causa de los filósofos, de los Amigos de los Negros, la que me comprometo a defender, sino la mía propia, y tendréis la bondad de permitirme emplear las únicas armas de que dispongo… Puedo, pues, aseguraros, señor, que los Amigos de los Negros no existían cuando yo concebí este asunto, y más bien deberíais haber supuesto, si no os hubieran cegado los prejuicios, que tal vez a partir de mi obra se formó esta sociedad…
Así pues, si a comienzos de 1790 aún no era miembro de la sociedad de los Amigos de los Negros, es posible que se uniera en el segundo semestre de ese mismo año. Sin embargo, los registros de la sociedad, para ese período cronológico, no indican claramente su membresía, pero hay evidencias de su participación activa en los círculos abolicionistas y en la lucha por la igualdad racial. De hecho, el periodista y político girondino Brissot afirmaría en sus Memorias, publicadas en 1793, que Olympe fue admitida en dicha sociedad, aunque sin precisar fecha. Esta adhesión relativamente tardía coincidiría con la escritura de su segunda obra antiesclavista, Le Marché des Noirs. Como escritora antiesclavista, fue citada en 1808 por un antiguo miembro activo, el abate Grégoire, en la “Lista de los Hombres valientes qui han luchado a favor de los dedichados negros”, que aparece en el preámbulo de su obra De La littérature des Nègres (Literatura acerca de los negros, es decir, sobre todo lo escrito acerca de los negros). Sus escritos de la época revolucionaria abordan, pues, cuestiones que preocupan a los intelectuales del momento y/o que le conciernen directamente (la bastardía, la esclavitud, la condición de la mujer…).
Aunque escribió dos novelas (las ya citadas Mémoire de Madame de Valmont [“Memorias de Madame de Valmont”] de corte autobiográfico, publicada en 1788, justo antes del estallido de la Revolución, y Le Prince Philosophe [“El Príncipe Filósofo”] aparecida en 1792, en plena tormenta revolucionaria), la mayor parte de su producción literaria es teatral.
Por otra parte, el estallido de la Revolución hará de ella una panfletaria que participa de todos los debates de su tiempo: defiende al rey, a Necker, a Mirabeau, a Philippe Égalité (“Felipe Igualdad”) y a Dumoriez…. Y tiene el ingenio visionario de unir el destino de los esclavos al de las mujeres, entendiendo, sin nombrarlo, un concepto que hoy está muy de moda: la subalternidad.
Durante la Revolución Francesa, las mujeres tuvieron un papel activo en eventos clave como la “Marcha de las Mujeres sobre Versalles” de 1789, donde exigieron al rey que regresara a París y atendiera a los problemas de desabastecimiento de la capital. También promovieron la creación de clubes revolucionarios femeninos, como el Club de las Republicanas Revolucionarias en 1792. Pero, aunque las mujeres obtuvieron ciertos derechos entre 1789 y 1793, todavía se enfrentaban a numerosas barreras y desigualdades en comparación con los hombres y Olympe no dejó de ponerlas de relieve en su producción. Su cercanía al matrimonio Condorcet haría de ella una girondina convencida, y le daría cierta notoriedad: luchó contra la pobreza, por la instauración del divorcio, la supresión del matrimonio religioso, el reconocimiento de los niños ilegítimos y la protección maternal e infantil.
En plena Revolución francesa, la autora feminista redactó un sinfín obras donde plasmaba su ideología revolucionaria y su lucha por la igualdad y por los derechos de las mujeres. Así, por ejemplo, será una de las primeras en reivindicar el derecho al divorcio en una obra de febrero de 1790: La Nécessité du Divorce “La Necesidad del divorcio”, que se centra en la problemática del derecho a la disolución de los lazos matrimoniales de las parejas. En esta pieza, resulta curioso que la autora francesa no introduzca el divorcio desde un enfoque exclusivamente femenino como lo hace en otros escritos, sino que trata de representar una reevaluación de la distribución de deberes y derechos en el seno del matrimonio, es decir, una igualdad conyugal. Para ello, en la trama de la obra aparece de manera clara la superioridad masculina en la pareja indisoluble. Así uno de los personajes, que no consigue el permiso de su tío y tutor, soltero por convicción, para casarse, expone la doble visión masculina, la progresista (de su tío) y la conservadora (la suya):
Germeuil
[…] no pierdo la esperanza de ablandarlo, de cambiarlo, de convencerlo. No fueron ni el odio ni el desprecio por un sexo tan digno de ser amado, ni las execrables especulaciones de un sórdido interés los que lo forzaron, como a tantos a otros, a permanecer soltero. Únicamente le espantó la indisolubilidad de una unión que podía no resultar dichosa. Según su forma de pensar, con el divorcio, los nudos del matrimonio serían lazos floridos, pero sin él, los ve como grilletes que el esclavo sufre con espanto y que constituyen un tormento de por vida. No obstante, llegado a una edad en la que el hombre siente más que nunca la necesidad de tener a su lado a una compañera hacendosa y sensible, mi tío querría en vano ocultarse a sí mismo el terrible vacío que hay en su corazón.
Olympe de Gouges se pronuncia, pues, a favor del divorcio a través de Rosambert, personaje masculino que se declara enemigo de la indisolubilidad del matrimonio, y que manifiesta su posición con respecto al tema durante toda la obra, como en este fragmento:
ROSAMBERT
Con el divorcio, señor abate, muchos solteros se replantearían el matrimonio. Solo son reacios porque recelan de una unión eterna. Con un mayor número de matrimonios, habrá menos mujeres solteras, lo que obstaculizará la búsqueda ilícita de los libertinos. Con el divorcio, habrá más matrimonios fértiles porque serán más abundantes, y se verán menos perturbados por los solteros, cuyo número se reducirá. Como el estado de las personas casadas dependerá de su conducta, forzosamente se volverán más circunspectos. […] Los matrimonios que viven actualmente en un divorcio de facto y son por tanto infecundos, volverán a ser fértiles […]. Devolverá al hombre la mujer que está hecha para él, y a la mujer el marido que le conviene. Ahí tiene, señor abate, las ventajas del divorcio. Hay otras mil más que le manifestaría si el tiempo y los límites de la conversación me permitieran demostrárselas.
Pero pronto constatamos que lo que la autora intenta transmitir mediante el mensaje que subyace en esta obra es que, gracias a la disolución del matrimonio, la mujer obtendría el derecho de voz y elección en su relación. La obra se cierra con un simulacro de legalización del divorcio, donde el protagonista infiel y libertino teme que su mujer vaya a divorciarse de él y le suplica perdón y que no le deje:
SEÑOR D’AZINVAL
¡Mi esposa! ¿Me abandonaría? ¿Qué oigo? ¡Ay! ¡El velo de la ilusión se ha rasgado! Me doy cuenta de todos mis errores, pero juro enmendarlos si se digna a perdonarme y a consentir… (Se arrodilla ante ella) ¡Mi querida Eugénie! ¿Puedo esperar tu generoso perdón…? Sí, ¡puedo ver en tu mirada mi indulto y mi felicidad! Sí, siempre serás mi esposa, mi amada esposa, ¡y nada podrá romper unos lazos basados en el amor, el cariño, el arrepentimiento y la virtud!
SEÑORA D’AZINVAL
¡Ay, D’Azinval! ¡Qué momento tan entrañable para mi corazón! Sí, ¡perdono el error que has cometido! Perdóname igualmente mis enfados y mis reproches. ¡Nunca más volverás a oír nada semejante de mi boca! Doblaré mis cuidados y atenciones para demostrarte mi amor. ¡Separarnos! ¡Ay, amigo mío! Mi corazón se estremecía y no podría haber sobrevivido a tal pérdida.
También de esa época es la obra Le Couvent, ou les vœux forcés (“El Convento, o los votos forzados”), una obra que aborda nuevamente una cuestión fundamental para las mujeres de la época. En esta pieza, un padre desconsiderado pretende forzar a su hija (que está enamorada de un joven, y es correspondida, por lo que desean casarse) a entrar en un convento, como se obligó antaño a su propia hermana (del marqués-padre). Finalmente, convencido por un cura sensato, decide aceptar la unión de los amantes y no encerrar a su hija en el convento:
EL MARQUÉS.— […] (Coge la mano de JULIE y del CABALLERO). Sobrina mía, y tú, querido amigo, sed felices. Que mi ejemplo os sirva de lección. Recordad que la felicidad de vuestros hijos es vuestra principal obligación. (A ANGÉLIQUE). Hermana mía, vos confirmáis su elección. (Se separa de sus hijos y ANGÉLIQUE toma su lugar).
EL MARQUÉS.— (A LA ABADESA). Señora, vos presenciasteis mis injusticias y ahora sois testigo de mi arrepentimiento. Os permito cumplir con una obligación importante tanto para vos como para mí. Mi hermana está confinada en este convento por unos votos indisolubles y vos deberéis encargaros de su bienestar. ¡Ah! Que de ahora en adelante disfrute de la calma y tranquilidad que sus virtudes merecen.
LA ABADESA.— Os lo prometo, señor. Esta conmovedora escena me ha revelado un nuevo deber y el señor cura será el pastor al que consultaré en lo sucesivo para la administración de mi convento.
EL CURA.— Señora, no es a mí a quien hacéis justicia, es a la verdad y al culto de un Dios que es enemigo de la persecución. Pero olvidemos el pasado y hagamos que una moral más dulce torne estos asilos en un lugar menos temible en el futuro.
La Revolución reconoció desde sus inicios, mediante declaración expresa, los derechos de todos los hombres y los ciudadanos en la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789, uno de los textos fundamentales de aquella época; con su afirmación de que todos los hombres nacen libres e iguales en derechos, marcó un hito importante en la Historia de la Justicia social. Sin embargo, esta declaración, que establecía los principios de libertad, igualdad y fraternidad, no abarcaba a todas las categorías de individuos en la sociedad de la época. Las mujeres, en particular, fueron excluidas de muchos de los derechos básicos proclamados en dicha Declaración. Aunque se proclamaba la igualdad de derechos para todos los hombres, en la práctica las mujeres no tenían acceso a la educación, no podían votar ni ocupar cargos públicos, y su autonomía legal estaba severamente restringida bajo el régimen patriarcal.
Del mismo modo, los esclavos y los sirvientes domésticos también fueron privados de sus derechos fundamentales a pesar de las afirmaciones de igualdad en la Declaración. Los esclavos eran considerados propiedad de sus amos y no tenían libertad personal ni derechos civiles. Los sirvientes domésticos, en su mayoría mujeres, carecían de derechos laborales y estaban sujetos al arbitrio de sus empleadores. Así, la Declaración de 1789 planteó una paradoja fundamental: si todos los hombres nacen libres e iguales en derechos, ¿cómo es posible que la mayor parte de la población, si incluimos mujeres, esclavos y sirvientes, estuviera privada de estos derechos básicos? Esta contradicción revela las limitaciones y las tensiones de la sociedad de la época.
Ante tal situación, en 1791, Olympe de Gouges publica, como réplica a dicho texto, la Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne (“Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana”), que dedica a María Antonieta, y que será, claro está, rechazada por la Convención revolucionaria. Su preámbulo es toda una declaración de intenciones:
Preámbulo: Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de 105 gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer a fin de que esta declaración, constantemente presente para todos los miembros del cuerpo social les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes, a fin de que los actos del poder de las mujeres y los del poder de los hombres puedan ser, en todo instante, comparados con el objetivo de toda institución política y sean más respetados por ella, a fin de que las reclamaciones de las ciudadanas, fundadas a partir de ahora en principios simples e indiscutibles, se dirijan siempre al mantenimiento de la constitución, de las buenas costumbres y de la felicidad de todos. En consecuencia, el sexo superior tanto en belleza como en coraje, en los sufrimientos maternos, reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser supremo, los Derechos siguientes de la Mujer y de la Ciudadana.
Veamos ahora el texto de la Declaración propiamente dicha:
1. La mujer nace, permanece y muere libre al igual que el hombre en derechos.
2. El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.
3. El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos.
4. La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer solo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.
5. Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.
6. La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos.
7. Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley rigurosa.
8. La Ley solo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias y nadie puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.
9. Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.
10. Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.
11. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.
12. La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.
13. Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.
14. Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no solo en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.
15. La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.
16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.
17. Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y previa indemnización.
Y el Epílogo, que reza como sigue:
Epílogo: Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. [...] Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.
Este texto representa un hito significativo en la lucha por la igualdad de género durante la Revolución Francesa, ya que Gouges desafía las normas sociales y políticas de su tiempo al afirmar que las mujeres son igualmente parte integral de la nación, a mismo nivel que los hombres. Una de las ideas fundamentales es su crítica al comportamiento dominante y despótico de algunos hombres hacia las mujeres. La autora denuncia la actitud de dominación masculina, argumentando que el hombre, en su afán por extender su control y poder, busca someter a su compañera. Gouges también hace hincapié en la superioridad de la mujer, no solo en términos de belleza física (como dictaban los cánones y tópicos de la época), sino también en términos de coraje y carácter. Al subrayar estas cualidades, la dramaturga desafía las concepciones tradicionales de género que subestimaban el papel y la capacidad de las mujeres en la sociedad. Su declaración busca elevar el estatus de las mujeres al reconocer su valor intrínseco y su capacidad para contribuir al bien común de la nación.
Resulta relevante no obstante mencionar que la Declaración de los Derechos de la Mujer tuvo poco impacto en el momento de su publicación el 5 de septiembre de 1791, dado que muy pocas personas se interesaban por el destino específico de las mujeres en un período particularmente tumultuoso y con muchas reminiscencias, sobre todo en cuestiones de desigualdades de género, del Antiguo Régimen.
Sin embargo, la obra fue redescubierta gradualmente en el siglo XX, adquiriendo una relevancia renovada en el contexto del movimiento feminista moderno. Su contenido y su espíritu visionario resonaron con fuerza en generaciones posteriores, inspirando luchas por la igualdad de género y la justicia social en todo el mundo.
Sin embargo, la Revolución francesa pronto abandonaría toda idea cercana al feminismo y en 1793 se prohibieron los clubs y agrupaciones políticas femeninas y se apartó a las mujeres de la esfera pública, relegándolas a una labor reproductora. Olympe de Gouges sería una de las primeras mujeres políticas en ser guillotinada durante la Revolución, después de figuras como Charlotte Corday y María Antonieta, y a la vez que Marie-Jeanne Roland. Acabaría sus días el 3 de noviembre de 1793, a los cuarenta y cinco años bajo el filo de la guillotina, por sus escritos considerados antirrevolucionarios y por sus ideas abiertamente anti-jacobinas (atacó sin piedad a Marat y Robespierre).
Tras su condena, se difundieron numerosos comentarios misóginos, como los que aparecieron en el diario Le Moniteur, que cuestionaban el comportamiento de las mujeres en la esfera pública. Los jacobinos, todo el siglo XIX y buena parte del XX condenarían la presencia de mujeres en los debates revolucionarios, calificándolas de “viragos”, seres andróginos y masculinizados, que “únicamente buscaban crear discordia con sus pretensiones absurdas”. Desde 1990 su nombre suena entre los “panteonizables”, pero su consagración, como una herida abierta, se hace esperar… a pesar de que hoy es la mujer más famosa de la Historia de Francia, según todas las encuestas, después de María Antonieta.
Bibliografía, notas y fuentes:
[1] Ciudad de gran dinamismo industrial en la época, principalmente por sus fábricas de tejidos.
[2] Sophie Mousset, Olympe de Gouges et les droits de la femme, Éditions du Félin, 2003: 25.
[3] La abuela fue la nodriza del arzobispo de Vienne, Jean-Georges Lefranc de Pompignan (que sería diputado en los Estados Generales de Francia) y el abuelo preceptor de su hermano, el futuro poeta Jean-Jacques Lefranc de Pompignan. Olympe de Gouges, Mémoire de Madame de Valmont : 25.
[4] Mémoire de Madame de Valmont : 26.
[5] Según el diputado Jean-Baptiste Poncet-Delpech, “Todo Montauban sabe que Lefranc de Pompignan es el padre adulterino de la futura Marie-Olympe de Gouges”, en Carmen Boustani y Edmond Jouve, Des femmes et de l’écriture : Le bassin méditerranéen, París, Éditions Karthala, 2006: 175-176. Todas las traducciones son nuestras.
[6] Edouard Forestié, Olympe de Gouges, Ed. Forestié, 190: 102.
[7] Ibid.: 95.
[8] Mémoire de Madame de Valmont : 86.
[9] Léopold Lacour, Les origines du féminisme contemporain : trois femmes de la Révolution, Plon-Nourrit, 1900 : 13.
[10] Según Gouges, murió en 1766 debido a una crecida del río Tarn. Sin embargo, es más probable que su muerte ocurriera hacia 1770, después de que Olympe abandonara el hogar conyugal y se estableciera en París en busca de una vida más libre. Este baile en las fechas buscaría evitar que la joven fuera acusada de haber abandonado el domicilio, así como de la muerte indirecta de su esposo.
[11] Periódico que recogía las novedades intelectuales parisinas: novelas, teatro, pintura, escultura…, y en el que colaboró asiduamente Diderot, publicando sus sucesivos ‘Salones’.
[12] Gracias al respaldo financiero de Jacques Biétrix de Rozières, pudo llevar un estilo de vida acomodado, siendo mencionada desde 1774 en el Almanach de Paris o directorio de personas de clase. Residía en la Rue des Fossoyeurs, actualmente Rue Servandoni, en los números 18-22.
[13] Benoîte Groult, Ainsi soit Olympe de Gouges, París, Le Livre de Poche, 2014: 12.
[14] La sociedad fue fundada por un grupo de intelectuales y activistas comprometidos con la causa abolicionista. Entre sus miembros fundadores se encontraban personalidades como Jacques Pierre Brissot, un periodista y político que más tarde sería un líder jacobino durante la Revolución Francesa, así como el Marqués de La Fayette, un destacado aristócrata y militar francés que también fue un defensor de los derechos humanos y la libertad.

Debe estar conectado para enviar un comentario.