Théophile de Viau

– Artículo que surge a partir de la conferencia impartida el 16 de mayo de 2024, durante el ciclo de conferencias «Literaturas Perseguidas» organizado por el Ateneo Guipuzcoano en colaboración con Donostia Kultura-

Juan Manuel Ibeas-Altamira (Profesor en la Universidad del País Vasco)

Lydia Vázquez (Catedrática en la Universidad del País Vasco)

Théophile de Viau (1590-1626) es un poeta joven, muy joven, que fallece a la temprana edad de los treinta y seis años. En ese sentido, su vida obra pueden ser comparadas a las de poetas como François Villon o Arthur Rimbaud. Al igual que ellos De Viau, encarna el espíritu de juventud no únicamente en términos de edad, sino también en su deseo de ser, por encima de todo, moderno. Tal búsqueda de modernidad se refleja en su poesía, que desafía las convenciones literarias de su tiempo, y abre nuevas vías de expresión. Como “buen joven, se aleja de la tradición para explorar temas y formas que resuenan con la sensibilidad de su época:

Elegía

Cloris, cuando pienso, viéndote tan bella,
Que tu vida está sujeta a la ley natural,
Y que al final los rasgos de tan bello rostro
Con todo su brillo irán a la tumba,
Sin esperanza de que la muerte conserve en nuestra mente
Ningún sentimiento de la amistad pasada,
Me repugna con qué contento y con qué inquietud
Nos deja el destino que aquí nos gobierna,
Y, cayendo de repente en la melancolía,
Empiezo a criticar un poco nuestra locura,
Y juro de todo corazón desprenderme un día
Del querido ensueño con que el amor me ocupa. 
[…]

La oposición, el oxímoron, la visión del paso del tiempo, de la muerte, que encontramos en esta elegía, son recursos retóricos y temas barrocos, por supuesto, pero la reacción, por así decirlo, vitalista de un Théophile que acusa al destino del drama de la vida, de su fugacidad, para luego reaccionar haciéndose fuerte y reivindicando el libre arbitrio, la posibilidad de desvincularse de esa fatalidad, hacen de este poeta un escritor excepcional, genial, que supera la supeditación a la estética barroca para ir más allá en la búsqueda de una individualidad original. Hay algo de profundamente sensualista en Théophile de Viau, en su manera de aprehender el hombre y la naturaleza, derivada directamente de su ateísmo lucreciano, pues Théophile de Viau era un seguidor de Lucrecio, como antes lo fueron Giordano Bruno o Montaigne, también admirados por De Viau.

Los ateístas, como se les llamaba entonces (no se decía ‘ateos’, se decía ‘ateístas’) a Théophile de Viau y sus amigos, eran los antecesores de la Revolución Francesa, que hicieron una especie de ensayo de la revolución cien años antes. Hay que verlos, pues, como intelectuales resueltamente modernos. De hecho, Théophile de Viau dice, como Rimbaud, “hay que ser moderno, resueltamente moderno”. Por lo tanto, forma parte de los libertinos del siglo XVII, participa de su lenguaje directo, sin eufemismos, afirmando ese gusto por todos los placeres, sin restricción. Incluso en esa época, cuando la sífilis hacía estragos entre la población, Théophile de Viau habla de ello con un desenfado que caracteriza a este grupo de rebeldes:

Filis, todo está jodido, me estoy muriendo de sífilis,
Está ejerciendo su último rigor sobre mí:
Mi polla baja la cabeza y está sin vigor.
Una úlcera apestosa me ha estropeado el habla.

He sudado durante treinta días y vomitado un humor pegajoso,
Nunca dolores tan grandes fueron tan largos,
La mente más constante habría muerto en mi languidez,
Y mi aflicción no tiene nada que la consuele.

Mis amigos más secretos no se atreven a acercarse a mí,
Yo mismo, en este estado, no me atrevo a tocarme:
Filis, el mal me viene de haberos… jodido.

Dios mío, me arrepiento de haber vivido tan mal:
Y si vuestra ira no me mata,
juro a partir de ahora joder solo por el culo.

Como también en este otro poema:

Pensé que Filis, de vuelta del inframundo,
Hermosa como era a la luz del día,
Quería que su fantasma hiciera el amor de nuevo
Y que como Ixión besara yo a una nube.

Su sombra se deslizó desnuda hasta mi cama.
Y me dijo: “Querido Tirsis, aquí estoy de nuevo,
Solo he hecho más hermoso este triste lugar
donde el destino me ha retenido desde que te fuiste.

“Vengo a besar otra vez al más bello de los amantes,
Vengo a morir otra vez en tus abrazos.”
Entonces, cuando este ídolo hubo abusado de mi llama,

Ella me dijo: “Adiós, me voy con los muertos,
Como te jactaste de haber jodido mi cuerpo,
¡Podrás jactarte de haber jodido mi alma!”

En ocasiones, podría incluso hablarse de un protorromanticismo al abordar la poesía de Théophile de Viau, en el sentido de que hay a la vez una innegable naturalidad, al expresar sus sentimientos de manera directa (sus alegrías, sus goces sensuales, pero también sus penas, sus arrepentimientos), y también cierta negligencia en el estilo, en la manera de escribir, dando una impresión de espontaneidad, y en consecuencia de verdad. Encontramos pues elementos insurgentes que retomarán autores muy posteriores. En esto se aleja de la búsqueda de la perfección formal de contemporáneos suyos, como Malherbe, por ejemplo. Veamos por ejemplo su poema “Sagrados muros del Sol donde adoré a Filis”, en el que canta a Clairac, feudo protestante, destruido por los católicos[2]. Los atacantes masacraron a los habitantes, lo que impresionó profundamente a de Viau que era protestante. Esta estética de la ruina y de la muerte al servicio de la expresión de una ira apenas retenida y de una impotencia, anuncian sensibilidades de siglos posteriores. Destacan particularmente los dos últimos versos, que son los más citados de este poeta, hoy en día:

Sagrados muros del Sol donde adoré a Filis, 
Dulce morada donde mi alma estuvo encantada,
Que ya no está bajo nuestros techos demolidos,
El sangriento botín de un orgulloso ejército,

Ornamentos del altar que no sois más que humo,
Gran templo arruinado, misterios abolidos,
Objetos espantosos de una ciudad en llamas,
Palacios, hombres, caballos, todos enterrados,

Fosos anchos y huecos, todos llenos de muros,
Espectáculos de espanto, llantos y funerales,
Río donde la sangre no cesa de correr,

Fosas comunes donde cuervos y lobos van a alimentarse,
Clairac por una vez me hiciste nacer,
¡Ay! ¡Cuántas veces me haces morir!

Théophile de Viau nace en abril de 1590 en Clairac (Agenais) y fallece el 25 de septiembre de 1626 en París. Es decir, el poeta nace prácticamente en el mismo momento en que Enrique IV abjura del protestantismo para convertirse en el rey de Francia[3] y alcanza su madurez en 1610, cuando Enrique IV es asesinado por Ravaillac[4]. En esa época se traslada a París donde frecuenta el entorno del conde de Candal y del duque de Montmorency, un grupo de jóvenes aristócratas que se entregan al disfrute del libertinaje, tanto de pensamiento como de costumbres. Hasta el punto de que llaman la atención de los jesuitas, entonces la orden religiosa más poderosa de Francia y que, evidentemente, decide emprender una cruzada contra esta degeneración de las costumbres y del pensamiento en Francia.

Se publica por esa época un compendio de poesías anónimo titulado El Parnaso satírico[5], pero del que se sabe con certeza que la autoría corresponde a Théophile de Viau y a uno de sus amigos, Pierre Berthelot. Estos poemas, considerados blasfemos y obscenos, son objeto de prohibición, y sus presuntos autores acusados y perseguidos, por lo que, prudentemente, De Viau y Berthelot huyen de París, donde serán acusados y condenados en rebeldía a muerte y quemados en efigie en la Place de Grève, delante del ayuntamiento de la capital.

A pesar de haber huido Théophile es detenido por la policía, seguramente había sido delatado, en Saint Quentin y es encerrado en la misma celda horrible en la que había estado preso el regicida Ravaillac, en la prisión de La Conciergerie. Allí permanecerá durante dos años[6]. Cuando sale vuelve junto a su protector, el duque de Montmorency pero ya con la salud muy debilitada debido a los excesos de su vida sexual y también, y sobre todo, a las penosas condiciones de encarcelamiento en La Conciergerie. Por todo ello morirá unos meses después, a los treinta y seis años (en 1626).

De un sueño más tranquilo con mis mores soñando 
Despierto mis ojos y mis pensamientos antes del día,
Y tras esta larga noche tan duramente pasada,
Me encuentro asombrado de que estoy vivo.

Medio desesperado juro al levantarme
Arrancar este objeto de mi alma insensata,
Y de repente mi ofendida razón, de sus votos
Se desdice y me deja tan loco como antes.

Sé muy bien que la muerte sigue de cerca a mi locura,
Pero veo tantos atractivos en mi melancolía
Que mi mente no puede soportar su cura.

Cada uno según su capricho debe gobernar su alma,
Mitrídates una vez vivió de veneno,
Los lestrigones de sangre, y yo vivo de llama.

La escritura de Théophile de Viau puede ser considerada manierista[7] en el sentido de que no intenta persuadir, ni convencer, que no se erige en discurso de la verdad, sino, al contrario, en discurso de la duda, de la incertidumbre, de pequeñas certezas, lúdico, en suma, que busca seducir, también turbar, perturbar, y, por supuesto, divertir. Aquí, la correspondencia entre la naturaleza y el arte con su amada, el recuerdo como motor de sensaciones pasadas y por tanto de escritura, puede recordarnos incluso a Charles Baudelaire o a Marcel Proust (lo que él llama en el Tratado de la inmortalidad del alma, “reminiscencias”):

Si atravieso un jardín
sembrado de rosas y lirios,
me acuerdo de Filis,
que las lleva en su rostro.
Diana, que brilla en los cielos,
Siempre joven, amorosa y bella,
Me la pone ante los ojos,
Porque es casta como ella.
La veo si veo el alba,
Y cuando el sol brilla aquí,
También la recuerdo,
Porque el universo la adora.
Las Gracias en un cuadro,
El pequeño Amor y su llama,
En fin, todo lo bello que veo,
La trae de nuevo a mi alma.

Hay en Théophile una duda, una vacilación con respecto a su ‘yo’, en particular su ‘yo sexual’. La figura del hermafrodita aparece ciertamente evocada en la poesía de Théophile de Viau, pero hay que precisar que es una constante en la poesía manierista. En efecto, la duda, establecida como principio del movimiento manierista, se extiende a la indefinición sexual. Tienen un sexo indeciso (Ponthus de Thiard, Théophile de Viau): escriben en femenino para así poder celebrar la belleza de los muchachos. El hermafroditismo mítico está en el fondo de su poesía. Su escritura temblorosa, indecisa, es el eco de ese mundo vacilante, visto como vertiginosos para el que lo observa, lo contempla. En esa época hay una confusión de lo femenino y lo masculino que es prototípico. A modo de ejemplo podemos citar un poema de su contemporáneo Denis Sanguin de Saint-Pavin, prior de Livry, ateísta también y bisexual, contemporáneo de Théophile:

Calixta, elegante y bien peinada,
Forzando el orden de su destino,
para venir a verme una mañana,
Se disfrazó de paje.

La niña, bastante espabilada,
Temía que, con una falda de raso,
A su delicada y fina tez
La puerta le fuera negada.

A la vista de sus dulces encantos,
Incliné la cabeza, no pude evitarlo;
Pero ella parecía tan agradable,

Que, para salvarla de sospechas,
la traté como a una chica
Que quería pasar por un chico.

Ese poema demuestra hasta qué punto se confunden los registros genéricos en el caso de los poetas de la época, y hasta qué punto los religiosos formaban parte de esa tendencia, sin mayor problema en un principio. Veamos uno similar de Théophile, con un latín de cocina, divertido:

Remedio aprobado por las chicas 

Recipe virgam hominis
Cum duobus testiculis
Gordos, duros y largos y llenos de humor,
Atrapados en el tragaluz del corazón.
Virga rigide figatur,
Pro una vice in die,
Dos o tres veces iteretur,
Mañana y noche Quotidie.

Resulta evidente que Théophile de Viau es uno de los herederos más notables de Montaigne. En efecto la influencia de Montaigne es clara, y no solo en su escepticismo, su duda, su cuestionamiento en sus enunciados, sino también por su escritura, hecha de trazos discontinuos, inacabados, una escritura de la discontinuidad, que se deja llevar por la fantasía. Así lo podemos apreciar en su Sátira I:

SÁTIRA I

[…]
Tú, hecho de aire y barro por los elementos, 
Sujeto ordinario de la desgracia, 
Has de saber que la red que el destino teje para ti 
Es menos sólida de lo que te dicen. 
Para no jactarte de una esencia divina, 
Mira la condición de tu sucio nacimiento, 
Que, extraído todo sangriento de tu primera morada, 
Ves la luz del día gimiendo:
Tu boca solo está abierta al llanto y al hambre, 
Tu pobre carne de recién nacido está toda descubierta, 
Tu mente ignorante aún no forma nada 
Y desconoce el mal y el bien más que una mente animal. 
Con gran pena dos años te enseñan un lenguaje 
Y de pies y manos encuentras la utilidad; 
Felices son los animales del campo por ti, 
Son los menos odiados y los menos malvados. 
El pajarillo pronto escapa de su nido, 
Y no teme al aire que golpea con su ala;
Los peces comienzan a nadar al nacer, 
Y el polluelo recién nacido canta y busca comer. 
La naturaleza, gentil madre de estas brutas razas
les ha dado más gracias que a ti; 
Sus vidas están menos sujetas a los desdichados accidentes 
Que plagan la tuya por dentro y por fuera:
La bestia no siente la peste, la guerra o el hambre,
El remordimiento de un crimen en su cuerpo no la mina, 
Ignora el mal por miedo a él,
No conoce el pavor del engañoso Aqueronte. 
Su cabeza está baja y sus ojos en el suelo,
Más cerca de su descanso, y más lejos del trueno:
La sombra de los muertos no amarga su memoria,
No se desespera al ver llegar la muerte.
[…]

Como avanzábamos, hay que clasificar a Théophile de Viau entre los libertinos eruditos del siglo XVII, es decir, en ese grupo de quienes, o no creen en Dios, o muy moderadamente. Un grupo que nace como reacción a una generación de poetas que, al contrario, hacen profesión de fe, a veces llegando al misticismo. Es, pues, una especie de reacción, que hace que De Viau y Berthelot, entre otros, cuestionen los fundamentos de la fe cristiana. Todo ello en torno a un personaje tan importante como el duque Gaston de Orléans, que organiza reuniones que se denominaban de “vauriennerie” (donde los pasatiempos consistían en componer ‘chansons à boire’, canciones de beber, y poemas eróticos, así como partidas de placer bisexuales).

Pero también hay que tener en cuenta que se trata de una época cambiante donde la falta de certidumbres llevaba a las personas a cambiar de opinión, de ideología con facilidad. Así, De Viau pasará del protestantismo en cuyo seno nace y es educado, al ateísmo para concluir con una conversión que parecerá sincera a sus contemporáneos. Hay que pensar también que Giordano Bruno (partidario del heliocentrismo, del universo infinito, ateísta), que murió en la hoguera (quemado vivo en 1600), y Vanini (naturalista, acusado de ateísta y condenado por la Inquisición en 1618, se le considera inspirador de los libertinos), al que le cortan la lengua, han tenido una gran influencia en Théophile de Viau, no solo en su pensamiento sino en ese miedo a terminar como ellos.

Era un joven que, ciertamente, frecuentaba los cabarets, pero no los cabarets más turbios, sino cabarets ‘refinados’, adonde acudía la aristocracia, como ‘Les Trois Faisans’, donde se reunían los jóvenes nobles que gustaban de divertirse, reír, beber, tener intercambios sexuales (de todo tipo). Se sabe incluso que Théophile de Viau hacía de alcahuete, proporcionando ‘amantes’ a los habituales de dichos establecimientos.

El Tratado de la inmortalidad del alma es una obra de juventud, que no es sino una traducción bastante fiel del Fedón de Platón, de forma que podría considerarse esta obra como una especie de ejercicio de escuela, pero los enemigos de Théophile en su época utilizaron este texto como argumento para probar la supuesta hipocresía de Théophile que, mediante dicho  escrito, buscaría redimirse de su fama de ateísta, al tiempo que haría en su traducción una especie de parodia de los textos cristianos, católicos, probando la inmortalidad del alma. Además, los más rigoristas de entre los católicos, en ese tiempo, desconfían del uso de textos paganos para demostrar hechos fundamentados en la fe católica. De suerte que este Tratado le valió la primera condena a Théophile. Sin embargo, hoy en día, los especialistas parecen inclinarse por un auténtico deseo por parte de Théophile por penetrar los misterios del hombre, de la metafísica, de la cuestión de la existencia del más allá, de los misterios del sentimiento amoroso, que va más allá de la mera sensualidad… en suma, de la inmortalidad del alma.

Cuando me ves besar tus brazos
Que apoyas desnudos sobre tus sábanas,
Mucho más blancos que el mismo lino:
Cuando sientes mi mano ardiente
Paseándose por tu pecho,
Sientes, Cloris, que te amo.

Como un devoto ante los cielos
Mis ojos vueltos hacia los tuyos,
arrodillado junto a tu lecho,
Presionado por mil ardientes deseos,
Dejo sin abrir la boca
Que mis placeres duerman contigo.

El sueño, encantado de tenerte,
Impide que tus ojos me vean
Y te retiene en su imperio
Con tan poca libertad,
que tu mente, del todo detenida
No murmura ni respira.

La rosa exhalando su aroma,
El Sol propagando su ardor,
Diana y el carro que la arrastra,
Una Náyade en el agua
Y las Gracias en un cuadro,
Hacen más ruido que tu aliento.

Ahí suspiro a tu lado,
Y contemplando cómo
Tu ojo tan dulcemente descansa,
Exclamo: ¡Oh Cielos! ¿Acaso puedes
De cosa tan hermosa extraer
Un mal tan cruel como el mío?

En Elegía a una dama, que es una especie de manifiesto poético, habla de ‘ensoñación’, de ‘fantasía’, como la imaginación creadora, porque Théophile rechaza la imitatio, defendiendo su imaginación ‘caprichosa’, donde la composición, estudiada, cede ante los caprichos del instante. Por eso sus versos son el testimonio de una visión lírica moderna, con cierto gusto de la provocación, para liberar el lenguaje, para liberar a la poesía de todas sus sujeciones.

Elegía a una dama

[…]
Este oficio es duro, y nuestro santo estudio
Solo conoce el desprecio, solo siente la ingratitud:
Quien de nuestro ejercicio ama la dulce ocupación,
Odia también su fama y fortuna.
El conocimiento es vergonzoso, ya que la ignorancia
Ha vertido su veneno en el seno de Francia.
Hoy la injusticia ha vencido a la razón,
Las buenas cualidades ya no están en sazón,
La virtud vivió en un tiempo tan bárbaro,
Y nunca el sentido común fue tan raro.
[…]
La costumbre y el número autorizan a los necios,
A amar a la Corte, reírse de las malas palabras,
Abordar a un bruto, agradarle, estimarle.
Cuando esto me sucede pienso en hacer de ello un crimen,
Me acaloro, mi corazón late en mi pecho,
Creo que ya no tengo la mente sana,
Y por ensuciarme con contacto tan funesto,
Creo mucho después que hasta en mi alma apesto.
Sin embargo, debemos vivir esta desgracia común,
Dejar a un lado ingenio, franqueza y valor,
Quebrar la naturaleza, aprisionar el alma,
Y perder todo placer al adquirir la falta:
El ignorante que me juzga un soñador fantasioso,
Pidiéndome versos, cree que me hace un favor,
Critica lo que no entiende, y su alma aturdida
Piensa que mi saber proviene de alguna enfermedad.
[…]
Imitar las maravillas de los demás,
Malherbe lo hizo muy bien, pero lo hizo por sí mismo,
Mil ladronzuelos lo copian a él aún en vida.
En cuanto a mí, estos latrocinios no me dan envidia,
Apruebo que cada uno escriba a su manera,
Me gusta su fama y no su lección.
Estos espíritus mendigos de vena infecunda
Toman de cada tema o su rima o su estilo,
Y de tantos ornamentos que en él encontramos tan hermosos,
Unen el oro y la seda a feos jirones
Para aparecer hoy con tan mala gracia
Como antaño el cuervo de Horacio.

Del mismo modo, cuando enuncia los principios de su poética, insiste en la fantasía, en el derecho a no concluir, a la digresión, como Montaigne, para definir su poesía como la del “fantasque rêveur”, el fantasioso soñador. Rechaza la enseñanza, escoge la elegía, que es una composición que se deja modular, y los demostrativos no hacen sino indicar un salto de un objeto a otro, a base de saltos, sin ningún continuum, en suma, reivindica la composición ‘caprichosa’. Así, para Théophile el amor es una aventura de dos personas de carne y hueso que conocen sus límites, su propensión a la inconstancia, a la infidelidad, y que precisamente por eso deciden aprovechar el momento, los instantes de felicidad, de lo que los libertinos llaman “los instantes de eternidad”. Por eso la poesía amorosa de De Viau es tan enternecedora, tan moderna, porque siempre se sitúa bajo el signo de la fragilidad. Siempre se siente como una amenaza que planea sobre los dos amantes. Por eso los momentos de dicha que aparecen en esa poesía suya poseen una extraordinaria incandescencia, algo de lo que carece la poesía amorosa de esa época.

Oda

No tengo descanso ni de día ni de noche, 
Ardo y muero de amor, 
Todo me daña, nadie me ayuda, 
El mal me roba el juicio, 
Y cuanto más busco un remedio, 
Menos alivio encuentro.

Estoy desesperado, estoy enfurecido, 
Los que me consolarían me insultan, 
Si pienso en mi recuperación, 
tiemblo ante la esperanza, 
Me enoja mi prisión, 
y solo temo mi liberación.

Orgullosa y hermosa es, 
Ella me mata, ella me complace, 
Sus favores, tan queridos para mí 
A veces halagan mi tormento, 
A veces tiene ataques de ira
Que me llevan al monumento.

Mis fantasías amorosas, 
Mis pasiones, mis frenesíes, 
¿Qué más tengo que sufrir? 
Dioses, destinos, amor, amante mía, 
¿Nunca podré recuperarme 
Ni morir del golpe que me hiere?

¿Pero no estoy en una tumba? 
Mis ojos han perdido su luz, 
Y mi alma Iris ha devastado; 
Pero quisiera que el destino 
Me diera más de una vida 
Para tener más de una muerte.

Ojalá los dioses que me hicieron nacer 
Me hubieran mantenido 
En el frío reposo del sueño, 
Ojalá este cuerpo nunca hubiera tenido alma, 
Y ojalá el Amor o el Sol 
No me hubieran dado su llama.

Todo es malo para mí, 
Mi propio demonio es fatal para mí, 
Todas las estrellas me son funestas, 
Por mucho que recurro a los altares, 
Siento que para mí los celestiales
Son tan débiles como los mortales.

¡Oh destino! Sálvame de mi pena, 
Dime, si esa inhumana 
Consiente a mi aflicción:
Bendeciré su injusticia 
y no tendré otra pasión 
Que correr a mi tormento.

Cansado, no sé lo que quiero, 
Mi alma está constreñida por mis deseos, 
Pido lo que temo, 
Busco mi satisfacción, 
Y cuando sufro temo 
Que termine demasiado pronto.

Se puede apreciar que tiene un estilo variado, que va de la ‘preciosidad’ a la obscenidad, pero siempre lleno de imágenes, de contrastes, de vaivenes poéticos que infunden una inusitada energía a su poesía. Es el poeta de las imágenes, las cultiva sistemáticamente y con una maestría extraordinaria. En ese sentido es visionario, como puede verse en el poema de La soledad, uno de los más bellos de la poesía francesa:

La soledad

[…]

¡Dios mío, cómo me gustan tus cabellos!
Juguetean en tu frente
Y al verlos tan hermosos
Siento celos cuando te besan

Bella boca de ámbar y rosa
Tu conversación es desagradable
Si no dices, mientras me besas
Que amar es algo hermoso.

Con un aire lleno de la amorosa llama
De los acentos de tu dulce voz

Veo ríos y bosques
Encendidos como mi alma.

Si mojas tus dedos de marfil
En el cristal de este arroyo
El Dios que habita en estas aguas
Amará, si se atreve a beber.

Muéstrale tu rostro desnudo,
Tus ojos reirán con el agua,
Y en este espejo escribirán
Que Venus aquí ha venido.

Tan bien será retratada
Que los faunos estallarán se inflamarán,
Y de tus ojos, que amarán,
no podrán descubrir el engaño.

Escucha a este Dios que te invita
A pasar a su elemento;
Escucha cómo sabe añorar tan bien,
Su libertad ya arrebatada.

Pertúrbale esa fantasía
Aléjate de ese espejo,
Harás que se desespere
Y mis celos desaparecerán.

¿Ves ese tronco y esa piedra?
Creo que nos están vigilando,
Y mi amor se pone celoso
De ese mirto y esa hiedra.

Además, ¡Corine mía! Que recoja yo
Tus besos de la mañana a la noche
Mira cómo, para que podamos sentarnos,
Este mirto ha dejado caer su hoja.

Escucha al pinzón y al pardillo
En la rama de ese rosal;
Mira cómo vibran sus gargantas.
¡Escucha cómo han cambiado su melodía!

¡Ven, ven, mi Dríade!
Aquí murmurarán las aguas;
Aquí los amorosos pájaros
Cantarán una serenata.

Déjame tu pecho, que absorba de él
Unos olores que me embalsamarán;
Para que mis sentidos se desmayen
En los lazos de tus brazos de marfil.

Bañaré mis revoltosas manos
En las ondas de tus cabellos
Y tu belleza aceptará los votos
De mis ojos idólatras.

No temas, Cupido nos protege.
Angelito mío, ¿no eres mío?
¡Ay! Veo que te gusto,
Te sonrojas cuando te miro.

¡Dioses!, esta manera tímida,
¡Qué poder ejerce sobre mi mente!
Rinaldo no estaba más cautivado
Por los encantos de su Armida.

Corine mía, ¡cómo te beso!
Nadie nos ve excepto Amor;
Mira que incluso los ojos del día
No encuentran lugar aquí.

Los vientos, que no pueden callar,
tampoco pueden escuchar,
Y lo que haremos aquí
Será un misterio desconocido para ellos.

En Théophile de Viau hay un deseo de dejar huir las cosas y los seres, dejar que pasen, de no apropiárselos para poder dirigir sobre ellos una mirada distante, más auténtica, algo que puede llevarle a sentir, y expresar, una especie de melancolía con una diferencia, puesto que en el narcisismo de Théophile y de los poetas manieristas hay una suerte de islote de resistencia que hace que no podamos imaginarnos a esos poetas caminando con la cabeza gacha, con la mirada clavada en el suelo, como se representaba la melancolía desde la Edad Media, o prefiriendo el otoño al resto de las estaciones. En el caso de Théophile, en su poesía hay siempre una especie de nerviosismo que es signo de buena salud. Hay violencia en sus versos, la palabra ‘violencia’ aparece a menudo, pero es una violencia contenida, atenuada, al verse acompañada por adjetivos tales como “confusa violencia” o “amorosa violencia”. Una violencia que no tiene una motivación concreta, que se traduce más bien en un movimiento, en una agitación constante, como los árboles al viento.

Théophile no forma parte de esos poetas que la toman contra la humanidad en general y contra las mujeres en particular. No hay una voluntad de demolición, no siente odio contra la humanidad. Al contrario, en su poesía reina una especie de alegría casi infantil, con un contenido licencioso de celebración de la humanidad y de la naturaleza, un erotismo ‘de cabaret’. Una poesía ‘de cabaret’ como se ha definido a veces la escritura de Théophile, que no pretende tanto desmitificar el amor petrarquista como, simplemente, poner en escena ese espíritu bromista que caracterizaba a los libertinos.

ODA

Cloris, por este pequeño momento              
De frenética voluptuosidad, 
¿Crees que mi mente está dispuesta
A amarte eternamente? 
Cuando mi ardor pasa 
La razón cambia mis pensamientos, 
Y perdiendo el error amoroso, 
Me encuentro sumido en una tristeza 
Que hace que tus delicias 
Comiencen a horrorizarme.
[…]

Théophile de Viau dice, ciertamente, que hay que seguir las inclinaciones de la naturaleza, pero se trata de una naturaleza más auténtica, más verdadera. Porque Théophile es un apasionado de la verdad, tanto en sus ideas como en sus amores o en su poesía. Recordemos esta Oda:

Un cuervo frente a mí grazna, 
Una sombra ofusca mis ojos, 
Dos comadrejas y dos zorros 
Cruzan el lugar por donde paso:
Los pies de mi caballo fallan, 
Mi lacayo cae desde lo alto, 
Oigo el crujido de un trueno, 
Un espíritu aparece ante mí, 
Oigo a Caronte llamándome, 
Veo el centro de la tierra.

Ese arroyo remonta hasta su fuente, 
Un buey sube a un campanario, 
La sangre fluye de esa roca, 
Un áspid se aparea con una osa, 
En lo alto de una vieja torre 
Una serpiente desgarra a un buitre, 
El fuego arde en el hielo, 
El Sol se ha vuelto negro, 
Veo la Luna a punto de caer, 
Ese árbol se ha salido de su sitio.

En ella hay una especie de irrupción de la verdad. Recordemos que la poesía de la naturaleza en esa época es una poesía que habla de la naturaleza ya poetizada, no es una visión directa de la naturaleza, es “el arte por el arte”, “el arte en el arte”, mientras que en el caso de Théophile sí existe esa visión directa, ese empeño por decir la verdad, que es el de Villon o el de Rimbaud como apuntábamos. De Viau insiste en su deseo de perderse en la naturaleza para captar mejor su esencia. Pero la paradoja existe puesto que tras ese empeño por decir la verdad se adivina también una duda sobre su propia identidad. En realidad, la duda está más en la formulación que en el convencimiento, este absoluto, de querer decir la verdad sin tapujos. Aunque, efectivamente, dude sobre su identidad sexual o sobre su identidad religiosa, hay siempre una especie de afirmación de sí mismo, hasta con esas dudas. Esa es su verdad: soy como soy, con mis dudas, mis contradicciones.

La relación con la naturaleza, con su naturaleza es una relación Humanidad/Naturaleza donde el hombre, inmerso en ella, es uno más, y uno más frágil que la mayor parte de los demás animales (Sátira I), algo que podría concebirse como el principio de un naturalismo, que sin duda ha heredado de Montaigne, de ese naturalismo del Renacimiento que concibe la naturaleza como un ente libre e independiente donde el animal salvaje sería el representante prototípico, con su aspecto caprichoso. Una naturaleza que se opone, y niega, la naturaleza trascendente. Esa naturaleza de Théophile, liberada de toda trascendencia, se opone, en suma, a la metafísica transmitida durante todos los siglos de cristianismo.

Sátira I

[…]
Como Saturno suelta y luego toma una estación,
Nuestra mente abandona y recupera la razón. 
No sé qué humor controla nuestras voluntades, 
Y de nuestras pasiones es la crisis cierta. 
Lo que hoy nos sirve, mañana nos ha de perjudicar, 
La felicidad siempre se agarra con una sola mano:
El destino inconstante sin pensarlo nos obliga, 
Y haciendo ruido a menudo nos aflige; 
Los ricos más felices no pueden curarse 
Del miedo a perder ni de la preocupación por adquirir. 
Nuestros deseos cambiantes siguen el curso de la edad, 
Así se vuelve grave y pesado aquel que una vez fue voluble, 
Y su masa caduca, esclava del descanso 
Solo gusta de soñar, y odia las charlas alegres; 
Una sucia vejez en disgustos confinada, 
Que siempre se aflige, y siempre se desespera, 
Ve todo de mala gana, y sus miembros rotos 
se consumen por la nostalgia de los placeres pasados, 
Quiere arrastrar nuestra infancia hasta el final de la vida, 
De nuestra sangre hirviente quiere apagar el deseo.
Un viejo padre soñador de nervios fríos 
Que no recuerda ya quién fue una vez, 
Cuya impotencia le apaga los apetitos, 
Quiere que nuestro sentido común reverencie su necedad, 
Que la sangre generosa ahogue su vigor, 
Y que un espíritu bien nacido se deleite en el rigor. 
Quiere que atemos nuestras pasiones humanas 
Que su mente enferma no considera sanas. 
Ya sea por rebelión o por error, 
Aborrezco a todos esos reprendedores molestos:
Apruebo que cada uno de nosotros siga a la naturaleza en todo, 
Su imperio es agradable, y su ley no es dura, 
Siguiendo solo su ritmo hasta el último momento, 
Incluso por la desgracia pasa uno feliz.

No podríamos concluir sin hacer una alusión más detallada a ese juicio que le costó la libertad, la salud y la vida. En noviembre de 1622, el padre jesuita François Garasse (con información del padre Voisin) aprovecha la publicación del Parnaso satírico para redactar y difundir rápidamente el texto de su Doctrina curiosa de las mentes brillantes de este tiempo, mientras Molé, procurador general del rey, iniciaba un procedimiento contra los “autores satíricos”. Una de las acusaciones de las que fue víctima en el proceso que lo condujo a la cárcel fue la de sodomía, acto que aparece reivindicado, practicado con ambos sexos, en El Parnaso satírico, y que los jesuitas consideraban como gravísimo atentando a la religión por “derramar la simiente fuera del vaso”, es decir, con voluntad expresa de no procreación.

Las gestiones realizadas por Théophile en abril de 1623 (solicitud de la incautación de La Doctrina — que fue inmediatamente desestimada —, reunión con Molé, denuncia contra el impresor, justificaciones expresadas en su “Advertencia al lector publicado” en la cabecera de la segunda parte de sus obras y las intercesiones de su protector Montmorency), resultaron infructuosas: Molé decidió incautar los ejemplares del Parnaso satírico[8]. De este modo Théophile cae en desgracia, en julio se decreta su detención y, a mediados de agosto, es condenado a la hoguera in absentia, acusado de impiedad y obscenidad. Su efigie es quemada en la plaza de Grève: En el acta condenatoria, se le trata de “aprendiz de ateísmo”, de “moscón de taberna” y de “evadido de Sodoma”, antes de conseguir que lo condenen en el juicio a ser quemado vivo.

Lo que podemos deducir de todo esto es que tres fueron las razones para condenar a Théophile: Su pública provocación al poder de la Iglesia católica en un momento en que busca afianzarse mediante la orden de los jesuitas, que controlan la censura eclesiástica, duramente restablecida tras las guerras de religión, su homosexualidad, acusación que se repite en varias ocasiones en el juicio, y su genialidad, que los autores mediocres, que respaldaron la acusación, no le perdonaban (así Berthelot se desdijo acusando a su antiguo amigo).

Como hemos podido constatar, la vida y la obra de Théophile de Viau reflejan un deseo ardiente de modernidad y una voluntad de desafiar las normas establecidas. Tal actitud vanguardista, junto con su abierta provocación a la Iglesia y su orientación sexual, lo convirtieron en un blanco fácil para sus detractores. A pesar de su corta vida y la encarnizada persecución que sufrió, su legado poético perdura hoy en día, recordándonos el precio que a veces se paga por ser un genio incomprendido y por desafiar las convenciones.


Bibliografía, notas y fuentes:

[1] Las traducciones son nuestras.

[2] La primera masacre protestante ocurrió en Clairac (Agenais): https://www.academia.edu/42239894/Clairac_et_le_début_des_guerres_de_Religion_1560_1562_.

[3] El 25 de julio de 1593.

[4] El 14 de mayo de 1610.

[5] “Satyrique” con ‘y’, es decir, licencioso.

[6] Berthelot tuvo más suerte y se evadió de La Conciergerie.

[7] El término, tomado de las bellas artes por algunos críticos literarios modernos, define un conjunto de rasgos estéticos comunes a las obras literarias del Renacimiento europeo, sobre todo francés, producidas en la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII. Deriva del término maniera, que en la Italia de los siglos XV y XVI designaba el estilo, la ‘manera’ original de un pintor o de una escuela de pintura, antes de adoptar el sentido peyorativo de ‘estilo’ en el siglo XVII. El Manierismo apareció en un mundo angustiado por el rechazo del principio de autoridad y el cuestionamiento del aristotelismo, un mundo sometido por las nuevas técnicas de impresión a la constatación de la multiplicación de las formas; un mundo enteramente problematizado donde la alegoría ya no podía ser prolija y donde prevalecía el tema de la pérdida.

[8] Enlace para el texto integral del proceso en francés: https://archive.org/stream/leprocsdupot01lachuoft/leprocsdupot01lachuoft_djvu.txt