Oscar Wilde

– Artículo que surge a partir de la conferencia impartida el 30 de mayo de 2024, durante el ciclo de conferencias «Literaturas Perseguidas» organizado por el Ateneo Guipuzcoano en colaboración con Donostia Kultura-

Ana Zamorano
Profesora en la UNED

Oscar Wilde llega a Londres en una segunda mitad del siglo XIX que, en Gran Bretaña y tal como ha señalado Michael S. Foldy en The Trials of Oscar Wilde: Deviance, Morality and La-Victorian Society (1997), se percibe una gran agitación y miedo en la sociedad por el advenimiento de cambios importantes resultado del nuevo paradigma vivencial que introduce la llamada Revolución Industrial y que supone la ruptura con actitudes tradicionales y nuevas relaciones culturales. En estos momentos encontramos el advenimiento de una fuerte burguesía cuyo dinero industrial desplaza la pleitesía aristocrática, el debilitamiento de la estructura del imperio, el avance de la lucha sufragista, la proliferación de estudios sobre sexualidad y sus desviaciones, la cuestión irlandesa, el auge de las ciudades y otros cambios, que son propicios para movimientos ultraconservadores de los valores más tradicionales alcen su voz y sean escuchados como salvaguardas de un modo de vida que ya es pasado. En lo artístico, veremos cómo, estas voces encuentran en el movimiento esteta, entre otros, una fuente de decadencia y un foco de desestabilización de un orden preestablecido que, utilizando discursos científicos como la teoría de la evolución de Darwin, y, consecuencia de esta, teorías de degeneración de la especie, para refutar y ratificar posiciones reaccionarias de grupos de poder que niegan toda posibilidad de cambio. Sin duda, el largo reinado de la Reina Victoria, ayudará, con su hipocresía y falta de claridad a admitir pensamientos que disientan de la supuesta pureza de la sociedad victoriana y sus valores morales y sociales que ven amenazados por propuestas artísticas diferentes, en lo literario, al Realismo imperante.

Este pequeño semblante de la sociedad en la que Wilde desarrolla la mayor parte de su vida, la Inglaterra victoriana, es a tener en cuenta para entender los condicionantes que determinan la persecución de Oscar Wilde como autor y como persona en su momento histórico. La paradoja de la persecución de Oscar Wilde es tal que hay una compulsión en todos los tratados sobre la vida o la obra del escritor por recorrer su biografía de manera cronológica, intentando entender cómo fue posible que un hombre con el genio literario de Oscar Wilde acabara siendo condenado a trabajos forzosos en el momento de mayor éxito de sus obras teatrales. En Oscar Wilde, no parece posible diseccionar su obra sin atender al dato biográfico, quizá porque la propuesta artística desde el esteticismo y, posteriormente, del decadentismo, que propone el escritor irlandés exige una imbricación absoluta entre poética y vida. Así lo creyó el genial poeta, novelista, cuentista, ensayista y dramaturgo, además de periodista y crítico literario, y así lo hemos de considerar en este ensayo sobre la persecución de la producción literaria del dramaturgo que culmina con su encarcelamiento.

Oscar Wilde nació en Dublín el 16 de octubre de 1854, en una familia instruida y de clase media alta en la que el autor fue el segundo de tres hermanos. Sus padres, el eminente otorrino Sir William Wilde y su madre Jane Francesca Elgee (1821-1896), conocida como Lady Wilde y también como Speranza, (nombre que mantuvo hasta 1840 y que utilizó como miembro activo del revolucionario grupo irlandés ‘Movimiento Verde’, mantuvieron un estrambótico salón en su casa de Dublín del número 1 de Merrion Square, donde se trasladó la familia desde el 21 de Westland Row, casa natal de Oscar Wilde. Lady Wilde continuará su salón en Londres, donde se traslada cuando muere Sir William. Estas reuniones, donde acudían jóvenes bohemios, artistas, y gentes del teatro y de la farándula, serán importantes para Oscar Wilde pues le ayudarán a introducirse en la sociedad londinense y en ellas conocerá a políticos, drmaturgos como el también irlandés George Bernard Shaw, y actrices importantes del momento como Lily Langtry (1853-1929) o Ellen Terry (1847-1928). El soneto ‘Queen Henrieta Maria’, está dedicado a esta actriz y lo compuso tras ver su Portia en el Mercader de Venecia en el Teatro Príncipe de Gales (antiguo Teatro Scala) en 1875. Terry, una de las actrices más cotizadas del momento, se convirtió en una gran benefactora de Wilde a quien introduce en las reuniones de la mejor sociedad del momento. También por esta época conoce a Sarah Bernhardt (1844-1923), actriz para la que escribe su Salomé (1892) en francés aunque llego a representarlo, como veremos.

Ambos padres se preocuparon de manera muy especial por la educación de los hijos, y en 1864 Oscar Wilde y su hermano ingresan en la Escuela Real de Portora, en Enniskillen. De aquí, con diecisiete años, ingresa en Trinity Collage de Dublín donde continua sus estudios en literatura inglesa y las lenguas clásicas. De su paso por el Trinity Collage (universidad protestante) reseñar el encuentro y posterior amistad con el reverendo John Pentland Mahaffy, un helenista e historiador que acompañará a Wilde en sus primeros viajes a Grecia e Italia y le formará en la cultura helénica. Mahaffy y también, fundamental, refinará las cualidades oratorias y los modales del discípulo haciendo que su comportamiento fuera lo más parecido a un “caballero inglés”.

Gracias a una beca obtenida por sus estudios en lenguas clásicas en 1874, Oscar Wilde ingresa en Oxford para vivir en el Magdalene Collage. Este cambio será uno punto de inflexión de su devenir vital y estético. Oxford es, en estos momentos más que nunca, el eje cultural de Inglaterra, donde las nuevas tendencias artístico-estéticas eran debatidas por una élite escogida de profesores y discípulos cuya mayor preocupación era el estudio del arte y sus formas de expresión. Aquí Wilde, admirador del romanticismo inglés, especialmente de Keats, encontrará en los postulados de la Hermandad Prerrafaelista el camino para entrar en contacto con el socialismo estético que postula en lo teórico John Ruskin que tanto va a influir en Oscar Wilde. En líneas muy generales, Ruskin argumenta que el fin del arte es la belleza, y el fin de la belleza el mejoramiento ético del individuo. De este modo, el arte debe hacer llegar la belleza al individuo y mejorar, mediante una estética alejada de los modelos clásicos, la vida de los más desfavorecidos. Este postulado formará una de las piedras basales que fundamentan ensayos más políticos como The Soul of a Man Under Socialism (1891) donde desarrolla, desde la literatura, un claro manifiesto anticapitalista. El ensayo aboga por la abolición de la propiedad privada y, entre otras cosas, critica duramente la práctica de la caridad por ser inútil para solucionar el problema de la pobreza, pues la única solución es la reconstrucción de la sociedad para que la pobreza sea imposible: “The proper aim is to try and reconstruct society on such a basis that poverty will be impossible” (Wilde 2002: 247). Estas ideas, difundidas además por un irlandés en tiempos en que la llamada “cuestión irlandesa” que, después de la Gran Hambruna de 1845 que costó la vida a más de un millón de irlandeses y la emigración a otros tantos sin que el gobierno de Inglaterra hiciera nada por impedirlo, fortaleció las ideas republicanas e independentistas en Irlanda, llevarán a Wilde a pasar a formar parte del nefasto club de los y las artistas perseguidos y perseguidas que ocupa la temática de este monográfico.

Más allá de Ruskin y otras lecturas, la influencia más decisiva en el posicionamiento estético y vivencial de Oscar Wilde viene de las enseñanzas y los escritos de Walter Pater (1839-1894), su profesor y mentor en Oxford.. La obra Stuidies in the History of the Renaissance, (1873), sienta las bases del ideario estético de Pater que básicamente confrontan con el realismo al uso, el pragmatismo y la moral victorianas, suponen una escandalosa propuesta al dar importancia a las sensaciones, las emociones, y no a la realidad tangible. Walter Pater, como decimos, tuvo un profundo impacto en la vida y en la obra de Wilde. De hecho, gran parte de su prosa, incluyendo su ensayo The Critic as Artist, incluido en su colección de ensayos Intentions (1891), desarrolla, en un maravilloso dialogo entre Gilbert y Ernest, dos personajes ficticios que se encuentran en una biblioteca cuyas ventanas dan a Green Park, el esteticismo de Pater, especialmente su sentido de la superioridad del arte sobre la vida, introduciendo el concepto del “arte por el arte.  Wilde pone en boca de Gilbert su profunda convicción en los principios del pensamiento estético de Pater

ERNEST: Life then is a failure? [¿Es la vida un fracaso, entonces?]

GILBERT: From the artistic point of view certainly. And the chief thing that makes life a failure from an artistic point of view is the thing that lends to life its sordid security, the fact that one can never repeat exactly the same emotion. [Ciertamente, desde un punto de vista artístico. Y el objeto principal que hace de la vida un fracaso desde un punto de vista artístico es lo que le presta a la vida su sórdida seguridad, el hecho de que uno no puede repetir exactamente la misma emoción] (Wilde 2002, 211)

Lo único que permanece es el arte, al que podemos recurrir tantas veces como queramos para revivir la emoción que nos presta , para sentir esa misma emoción que la vida nos impide sentir dos veces. A partir de su lectura de Walter Pater, Wilde se presenta a sí mismo como esteta militante en su último año en Oxford. En la sociedad victoriana del momento, más puritana y materialista, la defensa de la emoción y lo bello es considerado por muchos como una invitación al libertinaje y a la inmoralidad. En esta nueva postulación de la estética Wilde encontró la articulación de lo que hasta este momento no era sino un carácter excéntrico y diferente, pero sin un sustento teórico-estético real que además conectara directamente con su pasión por los estudios clásicos, por Grecia y el paganismo helénico de los postulados de Pater. Durante sus años de Oxford, además, Oscar Wilde escribió poemas, que publicará en revistas varias como The Irish Monthly o The Spectator y que más tarde publicará en una antología de poesía reunida titulada Poems (1881). En 1878 se gradua y recibe el premio Newdigate de poesía por su poema ‘Ravenna’ que se recita este año en el Sheldonian Theatre de Oxford: “Like Proserpine, with poppy-ladden head,// guarding the hoy ashes of the dead.” [Como Proserpina con la testa adornada de adormideras// guardando las cenizas sagradas de los muertos] WEB https://www.wilde-online.info/ravenna.html

Oscar Wilde transita de manera definitiva hacia una propuesta estética excéntrica, en el sentido de fuera de la norma -del centro-, que visibiliza en su apariencia y estilo de vida que ahora son propios de un dandi:  El pelo largo, la costumbre de llevar flores, un lirio o un girasol a veces tan grandes que no prendían en la solapa y tenía que llevarlos en la mano, pantalones de cazador de terciopelo y adquirió un estilo llamativo y colorido, que contrastaba con los trajes negros y formales de la época victoriana tardía. Esta vestimenta, considerada por los victorianos como una extravagancia, se tornaron, paradójicamente, un medio efectivo para llamar la atención, cuando abandona Oxford y se traslada a vivir a Londres en 1879. Aquí, conoce al pintor norteamericano James Abbot McNeill Whistler (1834-1903). Pintor decadente y vanguardista quien introduce a Wilde en el esteticismo más puro al presentarle sus cuadros con títulos musicales (Sinfonía en blanco o la serie Nocturnos) con un estilo impresionista con tendencias orientales que se aúnan en una búsqueda de la sensación de la belleza pura. A partir de su relación con Whistler, una relación con altibajos que no terminaría bien, pero que dará notoriedad a Oscar Wilde pues no era extraño que ambos aparecieran caricaturizados en la revista Punch, diario satírico muy popular entre la burguesía victoriana, que comienza a ridiculizar su esteticismo, su dandismo y su afectación. Es así como se hace evidente para el público inglés en general la rebeldía expresada por un movimiento vanguardista del que, poco a poco, Oscar Wilde será el máximo representante. El atuendo dandi significa disidencia y desobediencia al orden establecido. El poeta aparece en las reuniones sociales como un dandi esteta, un joven irlandés que ha hecho del arte un credo, adulador prolijo en alabanzas, que pasea con su lirio o con su girasol en la mano, languidece con desdén estudiado, intriga con las damas sin nunca llegar a pretenderlas seriamente, y utiliza constantemente palabra como “intense”, “utter”, “sublime” y que es constantemente parodiado en  Punch, es todo lo contrario a lo esperado dentro de la norma victoriana imperante en el último cuarto de siglo en Gran Bretaña, de un caballero. Así, acaba convirtiéndose en un personaje que será sutil pero implacablemente perseguido por su peligrosa propuesta de vida que amenaza con dinamitar los cimientos mismos de una sociedad finisecular que en Gran Bretaña, como venimos diciendo, cuida de mantener una rectitud moral y de conducta incontestable en lo público.

En este tiempo Oscar Wilde escribe su primera obra de teatro, Vera, or the Nihilists (Vera o los nihilistas) que dedicó a Ellen Terry y cuya trama, aunque soterrada por un romance entre Vera y Alexis, un nihilista que finalmente es el heredero del zar, es una apología de las ideas revolucionarias propugnadas por los nihilistas rusos. Se trata de un drama moderno que, en forma de tragedia, trata un tema político que nunca llegó a verse en las tablas londinenses. La excusa oficial fue la coincidencia de parentesco entre la familia real inglesa y María de Rusia, la zarina cuyo marido fue asesinado por una bomba de un nihilista en 1881. En 1883 se estrena en Nueva York, en el Union Square Theatre con Marie Prescott en el papel de Vera, este estreno será ocasión para la segunda visita de Oscar Wilde a los Estados Unidos, la primera, como veremos inmediatamente, será con un contrato para dar un ciclo de conferencias. La obra obtuvo un escaso éxito y duro solo una semana en cartel.

Patience, del dramaturgo William Schwenck Gilbert con música de Arthur Sullivan se estrena en Inglaterra en 1891 con el propósito cómico de caricaturizar el esteticismo y el dandismo. Esta afronta, sin embargo, constituye la oportunidad para el autor de viajar a los Estados Unidos. El éxito considerable de Patience, que paso del Opera Comique donde se estrenó en abril de 1881 al Savoy Theatre con 1292 asientos, hizo que el empresario Richard d’Oyly Carte, pensara probar la obra en los Estados Unidos para lo que necesitaba dar a conocer los principios del esteticismo a los americanos y, para ello, le propone a un Oscar Wilde, que en este momento tiene una precaria situación económica, un contrato para  impartir una serie de conferencias en los Estados Unidos. Así Oscar Wilde parte a Nueva York en 1882 y comienza su gira de conferencias que muy pronto son un éxito apabullante. Wilde, puso al servicio de la empresa su ingenio, su estilo extravagante y su enfoque estético para compartir con los estadounidenses la teoría sobre el arte y la belleza, la moda y la vida. La gira no solo ayudó a consolidar su fama, y a restituir su economía, sino que también puso de relieve su habilidad para provocar y deleitar al público. La prensa estadounidense a menudo se burlaba de su apariencia y de su forma de hablar, pero esto solo aumentó el interés del público. Su carisma y su habilidad para comunicarse con el público le permitieron ganar seguidores y establecerse como una figura influyente en el panorama cultural de la época. En su periplo, que duró un año, conoció a la actriz Mary Anderson, una de las más cotizadas en la América del momento, a quien prometió una obra de teatro por la que recibió 1000 dólares de adelanto. A su regreso el propio Oscar Wilde da por terminada una etapa y, como dice de sí mismo en una carta: “El Wilde de la primera fase ha muerto” (de Villena 47).

En 1883 regresa a Londres, pues, un Wilde que abandona su indumentaria de dandi esteta, aunque nunca abandonará los ideales estetas. Inmediatamente se traslada a París para seguir trabajando como artista y escribir la obra de teatro comisionada por Anderson que se titulará La duquesa de Padua [The Duchess of Padua], otra obra fracasada que se construye como drama histórico estético en verso que la actriz rechaza a pesar de haber adelantado el pago. Instalado en el hotel del Quai de Voltaire en la orilla izquierda y frente al Louvre, Wilde lee a Baudelaire y dedica tiempo a componer dos de sus mejores poemas La casa de la cortesana [The Harlot’s House’] y La Esfinge [The Sphinx], que comenzó en sus años de estudiante en Oxford y que le llevaría casi 20 años de composición. Los motivos de este último poema, en particular basado en la descripción del dios Amon, serán la inspiración para el memorial que cubre la tumba de Oscar Wilde en el cementerio Père Lachaise realizado por el escultor británico Jacob Epstein (1880-1959).

París, esta ciudad que finalmente acogerá sus restos, supuso para Oscar Wilde el cierre de una etapa, como decimos, y el comienzo de otra donde el joven poeta conoce a Víctor Hugo, ya anciano, a Mallarmé y a Verlaine, con quienes se encontrará más tarde, a Emile Zola, a Dauder y al pintor Degas. También en París retoma su amistad con Sarah Bernhardt. En la ciudad de la luz Wilde absorbe todo lo que la vanguardia del continente, que lo admira como el epítome del esteticismo inglés aun cuando su producción literaria es todavía escasa, le puede mostrar. Sin embargo, el tiempo de París no es barato y al cumplir los 29 años, regresa a Londres donde retoma la vida de fiestas, cenas, y veladas de teatro. Cansado del ajetreo londinense inicia un periplo de conferencias en Inglaterra, entre otras “El vestido” que aboga por la reforma en la ropa femenina y “Mis impresiones de América”. A finales de 1884, se establece como periodista y se casa con la irlandesa Constance Mary Lloyd, mujer culta y de gustos artísticos en sintonía con el posicionamiento estético de Wilde a quien conoció en 1881. Tuvieron dos hijos, Cyril y Vyvyan. El matrimonio se instaló en el número 16 de Tite Street en el londinense barrio de Chelsea a principios de 1885 y la casa fue decorada de acuerdo con los cánones de belleza esstética con la ayuda de su todavía amigo el pintor Whistler y el arquitecto E.W. Goldwin.

La relación entre Wilde y Constance fue compleja, pero, a pesar de estas dificultades, Constance fue una esposa leal y Wilde un marido y un padre afectuoso. Sin embargo, las indiscreciones de Wilde y su eventual encarcelamiento por «indecencia grave» en 1895 devastaron a la familia. Constance cambió su apellido y el de sus hijos a «Holland» para protegerlos del escándalo. La relación matrimonial se vio profundamente afectada, y aunque no se divorciaron formalmente, vivieron separados hasta la muerte de Constance en 1898. Estos años son muy productivos para Oscar Wilde que desarrolla una carrera como periodista y crítico. En 1887, Wilde se convirtió en editor de la revista The Woman’s World, donde trabajó hasta 1889. Como editor transformó la revista que pasó de ser una publicación doméstica convencional a una revista literaria y de moda de alto calibre. Wilde utilizó esta plataforma para promover ideas progresistas sobre el papel de las mujeres en la sociedad, argumentando a favor de los derechos de las mujeres y las reivindicaciones del movimiento sufragista. Además de su trabajo editorial, Wilde fue un prolijo crítico de teatro y arte. Escribió para publicaciones como Pall Mall Gazette y The Dramatic Review, donde sus reseñas consolidan su reputación como uno de los críticos más importantes de su tiempo.

Escribe en este periodo los ensayos que reunirá en la colección Intentions (1889). Como ya hemos mencionado, los ensayos suponen exploraciones sobre el arte, la sociedad y el individuo desde el prisma del esteticismo y el decadentismo que hemos venido desbrozando. Son notables no solo por su estilo brillante y paradójico, sino también por su profunda reflexión filosófica y su crítica mordaz de las normas victorianas, una bomba dirigida a la línea de flotación del entramado social que no pasará desapercibida. Además de los ensayos ya mencionados, abre esta colección el ensayo «Pluma, lápiz y veneno”, un fascinante estudio en el que aborda la vida y obra de Thomas Griffiths Wainewright, un escritor y crítico de arte del siglo XIX que también era un falsificador y envenenador convicto. Este ensayo no solo es una constituye una reflexión sobre la naturaleza del arte, el crimen y la moralidad. Esta dualidad de carácter es lo que fascina a Wilde, quien ve en Wainewright una figura compleja que desafía las convenciones morales de la sociedad, haciendo del arte un acto autónomo que debe ser juzgado por sus méritos estéticos, no por la moralidad de su creador. Muy innovador es también el interés de Wilde en explorar la fascinación cultural por el crimen y los criminales, sugiriendo que la figura del criminal posee una especie de atractivo estético, estamos hablando del periodo del auge del gótico literario, cuyo motivo es cuestionar las normas y valores establecidos, como lo harán novelas como The Strange Case of Dr Jekyll and Mr. Hyde (1886) o Drácula (1897) de Bram Stocker, entre otras. Otro fascinante ensayo es «La Decadencia de la Mentira” donde se explora la relación entre la vida y el arte. Este ensayo, escrito también en forma de diálogo entre dos personajes, Vivian y Cyril en este caso, argumenta que el arte no debe imitar la vida, y sostiene que la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida, una afirmación que subraya su creencia en el poder transformador del arte. Wilde critica la tendencia del realismo en la literatura y el teatro de su época, abogando en cambio por una visión más imaginativa y estética del arte.

Además de su actividad periodística y sus ensayos Wilde publica cuentos imprescindibles como El fantasma de Canterville, publicado por primera vez en 1887 en dos números —23 de febrero y 2 de marzo— de la revista The Court and Society Review o El crimen de Lord Arthur Saville. Ambos se publican en 1891 en la colección El crimen de Lord Arthur Saville y otros cuentos que aparece como continuación a la publicación de su primer libro de cuentos The Happy Prince and Other Stories publicado en 1888. Entre una publicación y otra, se publica Una casa de Granadas volumen que ha sido catalogado como “cuentos de hadas”. Estas relatos revelan el ingenio, la crítica social y la profunda humanidad que caracterizan la obra del escritor irlandés. El primer libro incluye «El príncipe feliz», «El ruiseñor y la rosa», «El gigante egoísta» y «El amigo abnegado «. A través de estos relatos, Wilde explora temas universales como el amor, la generosidad, la vanidad y el sacrificio. «El príncipe feliz» que da título a la colección es quizás el cuento más emblemático de Wilde. Narra la historia de una estatua dorada, el Príncipe Feliz, que observa desde su pedestal la miseria de su ciudad. La crítica social de Wilde en este bello cuento es sutil pero implacable al contrastar la opulencia de los dirigentes con la pobreza de los ciudadanos, pero también al criticar lo fatídico de una generosidad, una caridad mal encauzada, que lleva a desaparecer a los protagonistas sin que el mal endémico de la pobreza que pretenden resolver desaparezca. Interesante por su temática sobre las relaciones que hoy llamaríamos “tóxicas” es el relato “El amigo abnegado” que explora la explotación y la traición disfrazadas de amistad. Este cuento, aunque aparentemente superficial y sencillo, es una aguda observación sobre las relaciones humanas y una denuncia a la manipulación a la que estamos sometidos socialmente como individuos. Es destacable en estos cuentos la consciente intención de Wilde de dejar abierta la función moralizante, fiel a los paradigmas de Pater y el motto del “arte por el arte” que promueve su devenir artístico como esteta decadentista, y, por ejemplo, en «El amigo abnegado», cuando esta función presiona en la narrativa Wilde la hace consciente y termina:

  • Me temo que le he aburrido – contestó el pardillo-. El hecho es que le conté una historia con moraleja.
  • ¡Ah, eso siempre es algo muy peligroso! – dijo la pata.

Y yo [voz narrativa] estoy completamente de acuerdo con ella. (Wilde 2011: 71)

«El crimen de Lord Arthur Saville y otras historias» supone un giro radical al presentar una colección de relatos que combinan humor, sátira y reflexión sobre la moral y la sociedad victoriana abandonando el tono de “cuento infantil” de las primeras colecciones. Este conjunto de cuentos, aunque diverso en sus tramas, está unido por el tono sardónico y la crítica a las convenciones sociales de la época. El cuento que da título a la colección, «El crimen de Lord Arthur Saville», gira en torno a Lord Arthur, quien, después de que un quiromante le predice que cometerá un asesinato, decide, de forma un tanto surrealista, llevar a cabo el crimen para cumplir con su destino y así poder casarse sin preocupaciones. Esta sorprendente decisión plantea una paradoja moral que cuestiona la lógica detrás del determinismo y la responsabilidad personal y, por medio del uso del humor y la ironía, se consigue criticar la rigidez moral y la superstición prevalente. El cuento más conocido de la colección, «El fantasma de Canterville», se construye también en una mezcla de humor y horror. La historia de un fantasma británico que no logra asustar a una familia estadounidense moderna es una sátira brillante de las diferencias culturales y la comercialización de lo sobrenatural. Wilde juega con los clichés de las historias de fantasmas y los subvierte para mostrar, por medio de la hilarante interacción entre el fantasma y la familia Otis, el choque entre la tradición y la modernidad: En los cuentos, un entramado narrativo aparentemente inocuo se convierte en una crítica mordaz a la superficialidad de la sociedad victoriana, la hipocresía de las normas sociales y la tensión entre el destino y la libre voluntad. Sus personajes a menudo se enfrentan a dilemas morales que revelan lo absurdo de las convenciones sociales y destacan la villanía inherente a la naturaleza humana, que se esconde en el tejido se esas convenciones.

Esta crítica, feroz, al orden establecido y la moralidad victoriana, la encontramos en  El retrato de Dorian Gray que se inició como cuento en 1890 publicado en la revista americana Lippincott’s Monthly Magazine, y que Wilde revisará y ampliará hasta publicarlo en 1891 en Ward Lock & Co, a partir de aquí la novela ha seguido un periplo editorial con multitud de versiones y textos apócrifos que llegaron a mutilar el extraordinario “Prefacio”, escrito en epigramas y aforismos con los que el novelista defiende de forma sintética los fundamento que sustentan la idea del arte por el arte y su profunda convicción de la inutilidad del mismo. “Todo arte es absolutamente inútil” leemos al final. Este Prefacio, es, además, una respuesta a las críticas de inmoralidad que la publicación de la primera versión en Lippincott´s suscitó. La novela se construye desde un decadentismo como propuesta esteta de Wilde, que, como vimos en «Pluma, lápiz y veneno», se aparta de una consideración ética de la estética, y nos muestra los oscuros recovecos del alma humana a través de la historia de su protagonista, Dorian Gray. En julio de 1890 Oscar Wilde escribe una carta a los editores del Scott Observer en respuesta a una crítica anónima de la novela donde se dice que la historia está llena de “cuestiones de las que se podría ocupar el Departamento de Investigación Criminal” y critica que el relato se arme atendiendo los más bajos instintos de “aristocratas actuando fuera de la ley y pervertidos chicos telegráfo” a lo que Wilde contesta:

Su crítico sugiere que no dejo suficientemente claro si prefiero la virtud a la maldad o la maldad a la virtud. Un artista, señor, no tiene ninguna simpatía ética. La virtud y la maldad son para él simplemente lo que los colores de su paleta son para el pintor. (citado en Foldy: 110)

Desde el comienzo, Wilde sitúa a la belleza en el centro de la trama y Dorian Gray, se aferrará a ésta obviando la moralidad de su comportamiento.  Como ha señalado Luis Antonio de Villena, la originalidad del relato de Wilde es que constituye:

La concreción wildeana de sus teorías vitales y neopaganas. La estética es decadente, pero los presupuestos que ensalza son esencialmente vitalistas: el hedonismo como eje de la vida, y el culto apasionado a la Belleza y la Juventud (también a la belleza de la juventud) como móviles del individuo (…) de quien busca momentos de plenitud en un vivir que consiste en atrapar la gracia creativa de los instantes (Villena 67).

El retrato pintado por su amigo Basil Hallward capturando la juventud y la belleza de Dorian, se convierte simbólicamente en un retrato de la sociedad victoriana finisecular. A medida que Dorian se entrega a una vida de excesos y libertinaje, su apariencia externa permanece inalterada, mientras que el retrato envejece y se desfigura, reflejando su corrupción moral y espiritual. La narrativa se convierte en un espejo donde se refleja la hipocresía victoriana que esconde, como Dorian guarda el retrato, los vicios y abyectos comportamientos privados de sus aparentemente virtuosos próceres quienes lo esconden en las traseras de la ciudad (en este caso Londres), donde se encuentra lo impuro, lo sórdido, el paupérrimo devenir vital de las clases menos pudientes que viven en condiciones insalubres y con pocas posibilidades de llevar una vida de rectitud moral y pureza de acto. Estas vidas privadas de poco relumbre, la hipocresía victoriana, trae al hogar enfermedades, sífilis y gonorreas, que padecen las mujeres y los niños. En la novela Dorian Gray se enamora de Sibyl Vane, una actriz a la que ve actuar en un sórdido teatro de tercera interpretando obras de Shakespeare y cuya familia proviene de uno de estos barrios. Ella ve en Dorian, el dorado, a un “príncipe”. Sin embargo, Dorian ve en ella a la actriz, el artificio, no a la mujer “He tenido alrededor de mi cuello los brazos de Rosalinda y he besado a Julieta en los labios” (136). Tal es la asimetría de la relación; “Antes de conocerte, la única realidad de mi vida era ser actriz (…) tan solo conocía fantasmas y estaba convencida de que eran reales. Entonces apareciste tu” (149).  Ante esta declaración de amor de Sibyl, Dorian, fiel al código estético que conduce su vida, rompe la relación de forma cruel: “Sin el arte no eres nada (…) Una actriz de tercera con un rostro hermoso” (150). La relación destruye tanto a la actriz como a la mujer que acabará suicidándose, pero también el episodio traerá el primer cambio en el cuadro pintado por Basil, que a partir de este momento hará visibles la crueldad de un hombre que torna en apariencia de bello ángel pero que a la postre, y como revela el final, es un bello monstruo capaz de crueldades insospechadas.

Wilde, conoce a Robert Ross (1869-1918), Robbie, en 1889 y comienza una relación homoerótica consentida por ambas partes por primera vez en su vida de casado. No se trata de que la relación fuera escandalosa, pues Ross era un hombre muy reservado y respetuoso de las convenciones sociales, aun cuando a su salida de Cambridge informó a su familia sobre su homosexualidad. La relación supone que Oscar Wilde se reencuentra su propia homosexualidad, un lado de su personalidad que, en estos momentos, le hace llevar una doble vida, triple en realidad, la del artista, la del hombre casado y la del amante de hombres jóvenes y bellos. Estas tres facetas se ven reflejadas, en mayor o menor medida, en los tres personajes masculinos principales del relato: Dorian Gray, Sir Henry y Basil Hallward.  Robert Ross será un amigo fiel toda su vida y, como albacea de la obra de Wilde, hizo un trabajo impecable y e imprescindible para conservar el legado del escritor irlandés cuando éste cayó en desgracia y a su muerte. La maquinaria que hasta este momento se había conformado con impedir el estreno teatral de sus obras, recordemos que el teatro en estos momentos es un foco imprescindible de intercambio social donde las ideas se propagan de forma “masiva”, se pone ahora en marcha y a la espera del momento propicio para intervenir, recopilando evidencias como la novela y otros escritos que, a la postre, serán utilizados en su contra en los tres juicios que tendrá a partir de 1995 (Foldy 1997).

Oscar Wilde impulsado por el éxito de la novela, no dudo en llevar muchos de los temas que trata en El retrato de Dorian Gray al teatro y confrontar a la audiencia de la Inglaterra victoriana con la sátira como reflejo especular de sus contradicciones. Entre las obras más destacadas de Wilde en la década de los noventa y hasta su encarcelamiento, se encuentran El abanico de Lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895) y La importancia de llamarse Ernesto (1895). Cada una de estas piezas se adentra en temas ya recorridos y explorados como la moralidad, la identidad, las expectativas sociales y la hipocresía. En estas ingeniosas comedias de salón, Wilde da la vuelta a las prioridades de la época victoriana al proponer, como hace en La importancia de llamarse Ernesto que «debemos tratar todas las cosas triviales de la vida con seriedad y todas las cosas serias de la vida con trivialidad». Esta inversión de prioridades es una respuesta contundente y peligrosa contra la severidad y seriedad victoriana. Estos años desde 1891 hasta 1895 suponen el momento donde la doble vida que de manera discreta comienza con Robert Ross se hace cada vez más pública sobre todo cuando conoce a Lord Alfred Douglas, Bossie, en 1891 y juntos (y por separado) viajan y llevan una vida sibarita y de excesos que no se molestan en esconder. Aun cuando Wilde permanece casado, y aun cuando, como amigo, Bossie es asiduo visitante en la casa familiar, esta conducta sin tapujos y poco ejemplificante para la puritana sociedad victoriana, serán decisiva en la caída del ahora aclamado por el público dramaturgo.

Aparte de sus éxitos teatrales más geniales, pero más al uso de las convenciones teatrales de la época, en estos años Wilde escribe Salomé (1893) una obra de teatro que merece mención aparte por su diferencia en estructura y la dramaturgia. Se trata de una obra de un acto que escribe en francés con dedicatoria a Pierre Louÿs (a quien ha conocido en un viaje a Paris y quien, parece, pudo colaborar en la revisión del francés del primer borrador). La obra adapta el relato bíblico de Salomé con un estilo rico en simbolismo y lenguaje poético, marcado por una influencia decadente que se distancia de la prosa ágil y epigramática de los diálogos de las obras arriba mencionadas. Se tiene previsto estrenarla en 1892 con Sarah Bernhardt en el papel principal. Sin embargo,el Lord Chamberlain prohíbe los ensayos y censura la obra, basándose en leyes británicas que impedían representar personajes bíblicos en el escenario. En 1894 se publicará la traducción inglesa que hiciera Lord Alfred Douglas. Este contrapunto al éxito de es premonitorio del trágico destino que solo un año más tarde de la publicación inglesa espera a Oscar Wilde. La obra se estrenará finalmente en Paris en 1896 con Wilde ya encarcelado. Su estreno no estuvo exento de controversia por su contenido sensual y su audaz representación de la sexualidad y el poder femenino. Salomé supone un ejemplo de literatura perseguida pues su rebelión y resistencia al orden patriarcal reside en su capacidad para desafiar la imagen del ángel del hogar, ideal victoriano de feminidad al que debían aspirar las mujeres. La prohibición se mantendrá en Inglaterra hasta el 5 de octubre de 1931 cuando se estrena en el Savoy Theatre de Londres.

La persecución de Salomé en Inglaterra, ante la que un Wilde en la cumbre del éxito reacción sin gran entusiasmo – amenazó con nacionalizarse francés pues, como dijo “al fin y al cabo yo no soy inglés, sino irlandés” -, quedó pronto olvidada y su funesta y mortífera señal eclipsada por el esplendor del enorme éxito de sus otras obras satíricas en los escenarios londinenses. Los constantes comentarios difamatorios que el padre de Lord Alfred Douglas, el marqués de Queensberry, le dedica al dramaturgo en público estresan demasiado la tolerancia de la mojigata sociedad victoriana finisecular y se torna imposible obviar un comportamiento visto como inapropiado. La persecución directa a la que le somete Queensberry culmina con una nota que en febrero de 1895 deja al portero del al club privado que ambos compartían para ser entregada a mano, sin sobre, con el siguiente mensaje: «Para Oscar Wilde, que alardea de somdomita [sic]». (lo de resaltar la falta de ortografía, mantenida en la traducción, es costumbre en la crítica wildeana).

Mucho habría para narrar de los juicios de Oscar Wilde en el año 1895, sin embargo, dado que nuestro tema son literaturas perseguidas, nos centraremos en cómo sus textos literarios fueron utilizados para reprocharle inmoralidad ya en el primer juicio por libelo interpuesto por el propio Oscar Wilde, ante la insistencia de Lord Alfred Douglas, contra Lord Queensberry en 1895 por la nota recibida. La producción literaria de Oscar Wilde, como ha señalado Michael S. Foldy, fue instrumental en el desarrollo del primer juicio y en la severidad con que posteriormente se juzgará y condenará a Oscar Wilde por “gross indendency” en mayo de 1895. En la primavera de este año, en abril, sus cartas íntimas serán utilizadas por la defensa de Lord Queensberry para demostrar las dudosas y, sobre todo peligrosas, opiniones que en sus escritos vertía. También será utilizada la literatura de autoría wildeana hasta el momento publicada. Así, el abogado que defendía al marqués de Queenssberry, Edward Carson, ponía en boca de Wilde lo que pertenecía al ámbito de la ficción como cuando, por ejemplo y en referencia a Dorian Gray, le pregunta: ¿Alguna vez a adorado usted a un joven? A lo que Wilde responde: “Nunca he adorado a nadie más que a mí mismo”.  (Foldy 104).

En este primer juicio Oscar Wilde estuvo siempre muy por encima de la defensa esgrimida por Carson, llena de argumentos manidos y faltos de rigor ante los que Wilde reacciona, como vemos, con las dotes de orador y el ingenio desplegados en tantas ocasiones, sin embargo, de poco le sirvió, pues tanto los presentes como la corte ya tenía un veredicto preconcebido antes, incluso, de que comenzara el juicio y, a pesar de que Wilde en el último momento y aconsejado por su abogado, Charles Humphreys, informa de su decisión de retirar la demanda, se produce un giro de tuerca funesto para el autor irlandés quien es acusado, a resultas del juicio y las evidencias mostradas, por probada sodomía. El dramaturgo es arrestado y encarcelado en la prisión de Holoway a la espera de juicio. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan. El 3 de mayo se celebra el primer juicio donde Wilde se muestra abatido y desconcertado, nada que ver con el Oscar Wilde del juicio contra Queensberry. El jurado no llega a una decisión final y se le concede la libertad. condicional por el altísimo precio de cinco mil libras que abonan Frank Harris, hermano mayor de Bossie, y el reverendo Stewart Headlam (1847-1924), miembro de la Fabian Society y convencido ideólogo del socialismo cristiano. Wilde es públicamente perseguido en su casa y no le admite ningún hotel así que finalmente se refugia en casa de su hermano William. En estos momentos sus amigos Robert Ross y Frank Harris le aconsejan que abandone Inglaterra y se instale en Francia, pero Oscar Wilde decide no huir y finalmente el 24 de mayo es condenado a la máxima pena posible.

La culminación de la persecución, ya física, a que fue sometido Oscar Wilde fue resultado de un sistema judicial que no dudó en aplicar todo el peso de la ley con una sentencia ejemplarizante. Este resultado será desastroso para el dramaturgo que acabará condenado a dos años de trabajos forzados, y arruinado con el pago de las costas, la indemnización a Queensberry y el pago de deudas devenidas de los excesos del estilo de vida que llevó con Lord Alfred Douglas. Durante su condena, convertido en el preso C.3.3 (bloque, piso y celda), Constance, que se había llevado a los hijos a Suiza a comienzos del escándalo, le quitó la custodia y cambió el apellido, como hemos comentado ya, a Holland, algo que a Wilde le perturbó profundamente. La magnitud del escándalo fue tal que el mismo Oscar Wilde, a su salida de la cárcel, cambiará su nombre por el de Sebastian Melmoth (referido a la novela gótica Melmonth the Wanderer, 1820 de Charles Robert Maturin (1782-1842)).

Al salir de prisión en 1897 le esperaban Frank Harris y Robert Ross quienes lo sacaron inmediatamente de Inglaterra a donde no volvería jamás. Se instalaron en Dieppe, Francia, y de aquí viajó de nuevo a Italia donde, meses después, se reencuentra con Lord Alfred Douglas pero su relación es imposible y no se volverán a ver. Finalmente se instaló en Paris en el Hotel d’Alsace, donde arruinado material y espiritualmente, lleva una vida demasiado bohemia, bebe mucho y se alimenta poco y mal. Oscar Wilde ha pasado de ser un perseguido a ser un perdedor, pero su naturaleza le lleva a hacer de la pérdida “un arte”, parafraseando a la poeta norteamericana Elisabeth Bishop.. De su experiencia carcelaria se intenta reconstruir dentro de una estética de la compasión, del dolor y de la humildad y aún en esta persecución y la trágica experiencia vital a la que le condujo el desajuste de la relación amorosa con Lord Alfred Douglas, Oscar Wilde encontrará en la escritura el camino donde explorar el sentido del devenir vital que le acontece a partir de 1895. Al final del periodo carcelario escribirá De Profundis, obra epistolar dirigida a Lord Alfred Douglas que es una reflexión sobre el amor y, también, lo inerte de la vida carcelaria: “Me han tratado brutalmente, pero no me han cambiado, simplemente me han destruido” escribirá a su amigo Robert Ross en 1897, añadiendo, “por eso están furiosos”. De Profundis constituye una revisión de los momentos más importantes de su vida y su obra, una reflexión que le reafirma en sus logros y en la que busca el sentido de su actual situación. De esta experiencia escribirá desde la cárcel en De Profundis lo siguiente: “El único acto ignominioso, imperdonable y para siempre despreciable de mi existencia fue haberte permitido [a Lord Alfred Douglas] que me forzaras a pedir la ayuda y protección de la sociedad contra tu padre. A juicio de un individualista es bastante torpe hacer un llamamiento así para que nos defiendan contra cualquiera.” (144-145). Un Wilde derrotado al fin por la sociedad que intentó conquistar y revolucionar con su, como lo ha llamado Luis Antonio de Villena, esteticismo pagano y neodecadente, surge con este escrito como ave fénix intentado sublimar la experiencia carcelaria y hacer de ella un arte, en este caso, el del sufrimiento y la humildad hallada en la celda. Es este un texto que no está exento de contradicciones donde Wilde subsume su experiencia a la de Cristo, pero a la que le quita el papel redentor del sacrificio del hijo de Dios. Wilde, escribe De Profundis para intentar comprender y comprenderse, y, a la vez, como alegato de defensa de su vida y de su arte, de su arte vida.

De Profundis es un texto con historia propia, que no será publicado en su totalidad en Inglaterra hasta 1964, aunque será publicado póstuma y parcialmente, en 1905, por su albacea literario Robert Ross. El genial escritor dejará también constancia de su tremenda experiencia en la cárcel en Balada de la cárcel de Reading, publicada en 1898 por Leonard Smithers con el título C.3.3, que constituye una de las baladas más impresionantes y representativas de la literatura inglesa y un desgarradora denuncia de las condiciones penitenciarias, así como un alegato contra la pena de muerte. Vemos pues cómo, aun herido de muerte, Oscar Wilde sigue revolucionando con sus escritos el sistema y advirtiendo contra las injusticias que éste impunemente comete, ciertamente, no había cambiado. Habrá alguna colaboración periodística, pero a partir de 1898 Wilde será incapaz de escribir, quizá ya ha considerado narrada la historia de un perseguido que fue, durante mucho tiempo, seguido por las vanguardias como un maestro. Muere tempranamente en Paris en 1900.

 La censura y el escrutinio público lejos de desanimar a Oscar Wilde durante toda su vida le sirvieron de incentivo para buscar fórmulas desde las que mostrar al público un espejo donde verse reflejado. Esta búsqueda constante por desentrañar lo corrupto dentro del enjambre social victoriano e instigar en las generaciones más jóvenes unos valores y principios estéticos que se conviertan en una ética en sí, abjurando de la ética del binarismo bueno-malo, marca su obra en general. Oscar Wilde es un autor perseguido por sus creencias personales y por sus creencias artísticas tanto como por su homosexualidad. Para terminar, atendemos a las propias palabras del autor cuando, según contó él mismo, al ser preguntado en el frontera de los Estados Unidos anunció: “No tengo nada que declarar sino mi genio” [“I have nothing to declare except my genius”]; no es poca la carga con la que viajó un perseguido imprescindible en la literatura universal como es Oscar Wilde.


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