-Transcripción de la conferencia impartida el 30 de mayo de 2023, durante el ciclo de conferencias «Literaturas Perseguidas» organizado por el Ateneo Guipuzcoano en colaboración con Donostia Kultura-
Joaquín Marta Sosa
Poeta

Para hablar de la poesía venezolana dentro de una cierta línea de posición que es presentar la poesía escrita por venezolanos y venezolanas como una forma de resistencia política en un país donde lo frecuente son las dictaduras militares, las dictaduras cívico-militares que son aún peor que las militares y el sobre dominio del poder económico sobre el político y el desarrollo de fuertes desigualdades en la vida social y carencias sin nombre. El primer nombre que aparece con propiedad en la poesía venezolana es el de un exiliado. Había sido expulsado de Venezuela por los gobernantes de entonces (aún Venezuela era colonia española, era la Capitanía General de Venezuela). Se trata de Andrés Bello. Había sido profesor de Simón Bolívar, que sería después el jefe de la Guerra de Independencia, con fama de ser afrancesado y anglófilo, que era lo peor que se podía expresar en una colonia de España. En aquel entonces fue expulsado de Venezuela y en Inglaterra pasó mucho tiempo. No regresó nunca más a Venezuela. En Inglaterra conoció a unos chilenos y Andrés Bello fundó la Universidad Moderna en Santiago de Chile. Allí escribió la segunda gramática de nuestro idioma, después de la de Nebrija. Fue un personaje importante en la vida cultural y política. Sin saberlo, funda los inicios de la poesía de Venezuela con un poema que apareció en La Gazeta de Caracas (así se llamaba el diario “oficial” que se publicaba en aquel entonces). Ese poema se llama ALOCUCIÓN A LA POESÍA. Recojo un fragmento breve y luego conoceremos la razón por la cual con este poema se funda la poesía en Venezuela o arranca el periplo largo de un poco más de dos siglos de poesía venezolana. Dice ALOCUCIÓN A LA POESÍA (1823):
a los hombres cantaste embelesados;
y sobre el vasto Atlántico tendiendo
las vagorosas alas, a otro cielo,
a otro mundo, a otras gentes te encamina,
do viste aún su primitivo traje
la tierra, al hombre sometida apenas;
y las riquezas de los climas todos
América, del Sol joven esposa,
del antiguo Océano hija postrera,
en su seno feraz cría y esmera.
La primera vez que América aparece como tema poético es en ALOCUCIÓN A LA POESÍA y curiosamente aparece en un poema. El poema no es moderno, ni siquiera para la época. Es un poema neoclásico, un poema más bien construido sobre las formas de la poética francesa, un poco también la española. Pero lo importante es que le abre a la poesía otro campo. Hay un mundo poético que está por ser explorado, conquistado, nombrado, distinto al de Europa, que es la América, la América —en ese momento— hispana. Y su poema va dirigido a eso.
Es un llamado a la poesía, como si la poesía por sí misma tuviese el poder de convocar a los poetas. Tardará mucho tiempo en volver a aparecer en Venezuela, al menos, un poeta que se dedique a los temas vinculados a nuestra tierra, a nuestro clima.
En este poema, donde se llama a la poesía a recoger en otros mundos, en otras voces, en otros paisajes, temas para su desarrollo; donde se considera a lo largo del poema que la poética vinculada a Europa, a los países colonizadores, está vencida y que ahora le corresponde a los países que fueron sometidos, fueron colonizados, liberarse también en el lenguaje, en la palabra, cuyo centro —para entonces— era más que la narrativa, la poesía. Años más tarde, tantos años que fueron casi setenta, en 1901, Francisco Lazo Martí escribe el primer poema y fue el segundo fundacional donde ya lo criollo, aparece mencionado de una manera explícita, como: con valor, cuerpo, alma, contenido válido por sí mismo. Y él no llama a que la poesía vuelva, si no a que los poetas se fundan con la tierra americana y le canten. Dice algún fragmento:
Es tiempo de que vuelvas;
es tiempo de que tornes...
No más de insano amor en los festines
con mirto y rosa y pálidos jazmines
tu pecho varonil, tu pecho exornes.
Y en otro poema:
Y, náufrago en la noche ribera,
mi espíritu se abstrae
pensando que de un mar desconocido
el llano es una ola, que ha caído,
el cielo es una ola, que no cae.
La primera vez que aparece el llano mencionado en un poema es en este poema de Lazo Martí. El llano es en Venezuela lo que La Pampa es para los argentinos, es su territorio identitario, su territorio fundamental, la zona del centro sur del mapa venezolano; y el hecho de llamarla SILVA CRIOLLO, es un esfuerzo por no desvincularse de la cultura europea, de la cultura española, y comenzar desde esa cultura a hacer que lo propiamente venezolano o americano aparezca y cobre presencia apropiada y suficientemente sólida en la poesía. Pero tanto ALOCUCIÓN A LA POESÍA de Andrés Bello como SILVA CRIOLLO de Francisco Lazo Martí, tienen un rasgo en común. La de Andrés Bello es escrita por un exiliado que no puede volver a su tierra, que no la volverá a ver (porque de Inglaterra se va a Chile, de donde no saldrá más). Está enterrado en el Panteón Nacional de Santiago de Chile. Y Lazo Martí lo que hace es de otra manera, una invitación ya no a la poesía, sino a los constructores, a los que desarrollan el corpus de lo poético, a los poetas. Y como he dicho, estos dos versos, pensando que de un mar desconocido, el llano es una ola que ha caído, el cielo es una ola que no cae, funda un imaginario venezolano. Ese imaginario venezolano es el que popularmente se conoce a partir de este dicho: “después de Venezuela, el cielo”.
El tercer poeta, Juan Antonio Pérez Morante, se encuentra más cerca del siglo XX. De nuevo reincide en el tema del exiliado, del que ha perdido su tierra, del que ha sido sacado a la fuerza de su nación, pero que a pesar de ello, e incluso por ello mismo, la ama más en la nostalgia o en la melancolía. VUELTA A LA PATRIA es un poema entre neoclásico y romántico cuyo sentido espiritual es imaginar que se regresa a la tierra, que se puede y que se mira la tierra de cerca, aquella de que de la cual se ha sido por obligación y fuerza aventado.
¡Tierra! grita en la proa el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa.
Poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
(…)
Caracas, allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos.
Caracas, allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
odalisca rendida
a los pies del sultán enamorado.
(…)
¿A dónde voy? si ya no existe
de hogar y madre el venturoso centro? …
¿a dónde ---¡a la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo,
hasta caer en su mortal regazo
con alma en paz y con la frente erguida!
La vida vista como “agonía” en el sentido clásico del término: lucha, combate, enfrentamiento a las condiciones más adversas; donde solamente hay una posibilidad moral, enfrentarse a ella. Ya está mucho más cerca de la modernidad poética, ya está un poquito más lejos del neoclasicismo o de la poesía propiamente de inspiración franco-hispánica, pero todavía no ha dado el paso hacia una literatura completamente nueva. Ese paso se va a dar con José Antonio Ramos Sucre, que morirá exiliado en Ginebra, exiliado por el gobierno militar que duró 34 años, de Juan Vicente Gómez. José Antonio Ramos Sucre tiene dos características formales. En primer lugar, no escribió ni un solo verso. Toda su poesía está escrita en prosa. Toda ella. Y fue, de verdad, un atrevimiento que estremeció los cimientos de la poesía neoclásica y tradicional: convertir la prosa en el portador de la poesía; cosa que hasta ese momento estaba por completo negada. Primero, la poesía es verso y después, quizá es poesía, pero no prosa. Nunca. Y tiene otra característica, la poesía de José Antonio Ramos Sucre es una poesía aparentemente hermética, difícil de decodificar —como dicen los críticos más recientes— pero toda ella está obsesionada y presidida por el sentido de lo trágico, lo lóbrego, lo mísero, el sometimiento… Entonces, Carlos Augusto Leo, un poeta y crítico de los años 50, 60, descubre el secreto, la lógica de esa poesía. Toda la poesía de Ramos Sucre es una poesía contra el régimen de Juan Vicente Gómez, contra el régimen de fuerza, de opresión, de persecución, de exilios, de refugiados, de desaparecidos… Su prosa poética y, al mismo tiempo, la crítica velada en el interior de esa prosa, van a hacer un salto cualitativo de primera importancia en la poesía. Es decir, la poesía como un código cuya intencionalidad el lector puede descubrir porque los componentes de ese código son suficientemente explícitos, sobre todo si se relacionan con el contexto del momento y el espacio histórico donde han sido escritos. Fragmento del poema EL FUGITIVO:
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.
Junto a Ramos Sucre se presentó en Venezuela un caso muy particular, muy peculiar, el caso de Andrés Eloy Blanco. El poeta que ha conquistado mayor popularidad en el país. Sus libros fueron muy editados. A ello contribuyó el hecho de que Andrés Eloy Blanco fue miembro del primer Partido Democrático de masas que se funda en Venezuela. Es un partido que aún existe, pero que ya no tiene que ver con aquel que fue. Se llama Acción Democrática, que fundó la democracia de Partido Moderno en Venezuela y él era miembro de su dirección. Destacaba por ser un orador excepcional, absolutamente excepcional, y ser miembro de el primer partido de masas y un orador de plaza pública, desde luego, contribuyó a ser muy conocido a que su obra fuese muy difundida y a que en un cierto momento fuese el epítome de lo que era ser poeta.
La crítica, sin embargo, ha sido extremadamente crítica con Andrés Eloy Blanco, y dice que alguna —la más extrema— dice que él ni siquiera era un mal poeta, porque un mal poeta, a fin de cuentas, es poeta, aunque malo. Él ni siquiera era mal poeta porque no era poeta. Y otros destacan la conexión que su poesía estableció con —llamémoslo así— el pueblo venezolano, y que se mantuvo durante muchos años.
Sobre todo un libro Giraluna y un largo poema CANTO A LOS HIJOS, que se convirtió en una suerte de poema que todos los padres solían leerle de noche a los niños. No sé si eso los ayudó a hacerse más líricos o no, pero eso era lo que ocurría. Todos los venezolanos, o una gran mayoría, durante muchos años, leíamos su poema LAS UVAS DEL TIEMPO mientras desde la Catedral de Caracas iban sonando las doce campanadas de paso del 31 de diciembre al 1 de enero. Solo que Andrés Eloy Blanco tuvo un destino como poeta lamentable. En un poeta enteramente desconocido nadie lo lee. Cuando uno menciona su nombre, nadie sabe quién es. Incluso habiendo sido lo importante que fue en ese período de paso de la poesía intimista neoclásica a la poesía de compromiso social, apenas figura en las antologías de poesía venezolana.
Con Andrés el Blanco ingresa la poesía venezolana: a navegar entre el compromiso y la intimidad, poesía volcada al entorno social, político, histórico, pero —al mismo tiempo— sin olvidar el yo, el yo individual entre lo lírico y lo ético. Y sobre todo, por el lado de la intimidad, lo que más fuerza le da a esa expansión, es la aparición un poco tardía de un fenómeno portentoso: la aparición de las poetas. En Venezuela la primera mujer que se gradúa en una universidad lo hizo muy avanzados los años 70 y el primer ingreso de niñas masivo a la escuela se hizo hacia 1928 aproximadamente y no fue hasta tiempo más tarde, hasta 1958 o 59, cuando ingresó de una manera ya indetenible en la escolaridad, incluso hasta los estudios universitarios. Probablemente la aparición de las poetas fue algo tardía por este motivo. La primera de ellas es María Calcaño. Escribió un poemario cuyo título es Canciones que oyeron mis últimas muñecas en 1956. Fragmento del poema TECERA VIGILIA:
Mientras, cierro los ojos
y te pienso otra vez.
Queriendo tus manos plácidas
y tu boca sin besos
he vuelto a ser tuya,
como otra mujer
sobre esta que tú conociste:
de placeres antiguos
y borrados en furiosas estrías…
(…)
Para saber que existo
quiéreme alguna noche.
Sin voces, sin estrellas,
pero juntos y hundidos
como tierra en la tierra…
Hasta ese entonces, los años treinta del siglo pasado, ninguna mujer se había atrevido a hablar del amor de esa manera tan atrevida, rotunda e inequívoca, carnal, física. No está presente la palabra “alma”. No está presente la palabra “corazón”… Ninguno de los designios amorosos de la poesía romántica y prerromántica.
Con la poeta Yolanda Pantin, que nace en 1954, se produce una verdadera eclosión de la poesía femenina. Publica dos libros que han sido centrales en la poesía moderna venezolana. Sus títulos dejan ver sus intenciones: Los bajos sentimientos (1993) y el otro es más claro El hueso pélvico (2002). Incluyo el fragmento del poema DIVAGACIÓN XIV, de El hueso pélvico. Atención al verso con el que se inicia, porque es un poema mucho más atrevido de lo que uno puede pensar, más disruptor de lo que uno puede entrever.
Esa mujer me pertenece
porque yo conozco su mayor secreto
y es mía en todo sentido
y está en mí de dos maneras
aunque ella lo niegue
y confíe en su fuerza
inútilmente
la poseo
aunque no sospeche que
estoy entrando en ella
incandescencia
donde el cuello tiembla
diminuta serpiente
porque no me reconozco
dócil como estoy
atento a ella
a esa mujer que es mía
en la misma medida
que fuerza y gira
su cabeza balcánica
medusa
para que yo
de alguna forma
muera.
Es un poema de amor de una mujer hacia otra mujer. Puede que ahora no nos escandalice demasiado, pero cabe insistir en el entorno y contorno temporal y espacial, escribir eso en la Venezuela de aquel entonces podía conducir a la desgracia.
Esta línea da lugar a un poeta muy importante que vincula el intimismo a la periodicidad, es decir, a la pertenencia a la tierra, al campo, a la patria, a la nación, a la tierra donde se nació, donde se comenzó a vivir. Se trata de Vicente Gerbasi, quien escribe un poema especialmente importante: MI PADRE, EL INMIGRANTE.
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares.
Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes.
Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
Y en el poema XXIX, dice:
Arden puertas oscuras hacia el fondo
de muros solitarios,
hacia la escala antigua de Jacob.
Resbalan las maderas, los metales,
cayendo en las tinieblas como lenguas,
en la sangre que hierve,
hacia rostros oscuros,
y aquí, junto a mi alma,
se abren flores azules
en medio al resplandor.
Este poema es el primer y único canto al hecho de la emigración. Venezuela es un país que hicieron muchos emigrantes. Primero los españoles que fueron en plan de conquista y sometimiento, y después las diversas olas que se desatan —sobre todo— en el caso español por la Guerra Civil y que se incrementan en 1939, y en el caso Europeo por las Guerras Mundiales: italianos, portugueses, junto con españoles de nuevo y otros que inundaron a Venezuela. Pero reconocer ese hecho, reconocerlo poéticamente, tardó mucho tiempo.
La gran generación, hasta ahora la más importante de la poesía venezolana, es la del 58, la que comienza a publicar, no a escribir. Ya la mayoría escribía desde antes. Cuando se inicia el proceso de la democratización y modernización de Venezuela, la creación del Estado moderno de los partidos de masas, de los procesos electorales. Algunos nombres cenitales son: Eugenio Montejo (con un libro fundamental, Terredad (1978), probablemente el poeta telúrico más importante), Juan Sánchez Peláez (que con el poemario Animal de costumbre (1959), inaugura la poesía con el tema urbano, las calles, la gente que las recorre, los bares; un mundo urbano tan ajeno al mundo rural que hasta ese momento ha dominado toda la literatura venezolana), Ramón Palomares, Armando Rojas Guardia (importante porque ingresa en la poesía venezolana un tema que prácticamente había estado ausente desde la colonia, que es la religiosidad, lo religioso: EL DIOS DE LA INTEMPERIE es su gran poema) y ya, más cerca de nosotros, me atrevo a destacar a Luis Enrique Belmonte (que vivió muchos años aquí en España y ganó el premio Adonais en 1998).
Un poema importante de este último, sobre todo porque es un poema donde ingresan las costumbres, los hábitos de la urbanización, el mundo urbano, sobre todo el caraqueño, es CUARTOS DE ALQUILER:
Llegan los divorciados,
los saltimbanquis, los ausentes.
Vienen de los andenes,
de la guerra, de la noche.
Urden el tapiz de sus vidas
con volutas de cigarrillos,
y amontonan en los rincones
las piezas sueltas de su acordeón.
En estos cuartos nadie pregunta,
nadie grita. No hay amigos ni loros.
Estos cuartos son las galeras de un barco de peregrinos.
Cada quien rema hasta que se cansa de remar.
Cada quien pone su corazón en un sobre
y paga el franqueo para que se lo lleven bien lejos.
En definitiva, el ideal es no estar donde se está, no estar donde se está.
La venezolana, entonces, es una poesía que crece y que recibe. Es una poesía que se construye como resistencia a las normas, los valores, las estructuras creadas; que avanza desde sí misma, desde la influencia inicial francesa y luego hispana, una poesía que comenzó a construirse a partir de su propio desarrollo. Es una poesía muy poco dada al experimentalismo y al hermetismo. Es una poesía que va a la carne, al alma, a la calle —sobre todo la más reciente— y de la calle toma el lenguaje de la oralidad, del habla común, del habla coloquial. Es una poesía que, de alguna manera, intenta convertir, por ejemplo, el tema del amor en una cosa más cercana.
Al final del reciente Premio Cervantes de Poesía, Rafael Cadenas, que es uno de los poetas mayores de Venezuela de la generación del 58, adjunto un poema que de alguna manera me parece que resume bien lo que ha querido ser la poesía venezolana. Se llama ARS POETICA:
Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni
añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir la verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.
Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame
la impostura, restrégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.
Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

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