Alberto Lombo Montañés
Doctor en Ciencias de la Antigüedad

Imagen: Diego Cuesta
Hemos tardado casi dos mil años en descubrir que la risa no es un rasgo exclusivo de los seres humanos. Y ahora la duda se cierne sobre la que para muchos es una capacidad específica de nuestra mente (Ramachandran, 2012, p. 391). El humor es, según algunos, una capacidad intrínseca de nuestra especie (Mithen, 1998). Lo que significa que ninguna otra tenía sentido del humor, pues carecen de ciertas capacidades cognitivas. Un neandertal por ejemplo, sería incapaz de entender un chiste, porque carece de “fluidez cognitiva” (Mithen, 1998, p. 212). Así pues el humor, una vez desmontado el tópico aristotélico, se convierte en la categoría más alta e importante de la risa, aunque nadie sabe exactamente que son ambas cosas. Permítanme expresarles mis más serias dudas al respecto.
En primer lugar, la “fluidez cognitiva” está sostenida por una teoría que no todos los arqueólogos compartimos (McBrearty y Brooks, 2000). Supone que hace unos cuarenta mil años hubo una “explosión cognitiva”. Es decir, algo pasó en el cerebro sapiens, que proyectó la cultura a niveles inalcanzables para otras especies. Tampoco, todos comparten la hipótesis sobre el origen de la risa de Ramachandran (1988), según la cual la risa deriva del dolor o el engaño. Sin embargo, para este autor el humor es otra cosa distinta y su evolución es un misterio (Ramachandran, 2000, p. 77). Y no es de extrañar, si establecemos esas diferencias entre la risa y el humor, no queda más remedio que considerar éste último una especie de milagro.
El ser humano siempre se ha considerado un ser especial, separado del resto de las especies animales e infinitamente superior a ellas. Desde el punto de vista histórico, esta creencia no ha hecho más que crecer. A medida que las comunidades humanas se separaban del entorno natural, para establecerse en ciudades amuralladas. En los primeros textos conservados se aprecia esta tendencia imparable, casi heroica, del ser humano como rey de la creación o como domesticador de fieras. Un traje invisible aislaba y protegía la identidad humana del resto de las especies vivas. Por eso, cuando Darwin demostró nuestra verdadera naturaleza animal, se burlaron de él. Poco después, cuando algunos aún estaban asimilando eso de que descendíamos del mono, escribió un libro sobre las emociones animales. Una nueva conciencia despertó entonces, aunque lentamente, porque los datos, cada vez más abundantes sobre los animales, no encajaban con los conceptos asimilados durante siglos. Y así es cómo se han ido desmontando las barreras establecidas en nuestra naturaleza animal. No todas, el humor parece un hueso duro de roer, nos hemos hecho a la idea de que los animales no lo tienen, pero yo no estoy tan seguro. Tampoco creo que la evolución del humor sea un misterio.
Cualquier intento de definir el humor me parece una locura, nadie está de acuerdo y con razón. A veces prefiero hablar de la risa como un fenómeno que lo incluye todo, como hace el teórico de la literatura Luis Beltrán. Lo cual no quiere decir que las definiciones no sean válidas, al contrario, lo son y mucho. Hace ya varios años, me las vi moradas para encontrar una definición de caricatura aplicable a las manifestaciones gráficas paleolíticas. El tema me persigue desde entonces, el arte paleolítico ya no era tan serio, aprendí a verlo con otros ojos. Digamos que no encuentro ningún otro concepto mejor, a pesar de que sé que no son como las caricaturas modernas, me parece evidente que tienen un sentido cómico. Este tipo de humor visual aparece sobre todo durante el periodo magdaleniense, es decir entre los sapiens de hace unos veinte mil años y nunca entre neandertales, lo que quizás revalidaría la tesis de Mithen, pero no lo creo. Primero porque los sapiens nos somos tan puros como para poder categorizar nuestros logros aisladamente, ya que tenemos genes neandertales, no me parece sensato que los conceptos que usamos sirvan para establecer separaciones tajantes. Segundo porque el humor considerado de este modo se convierte en algo definitivo, como si antes no hubiera existido o sus bases no se hubieran formado en el resto de las especies y lo que la evolución nos enseña es precisamente lo contrario, todo obedece a un proceso lento. Dicho sea claramente, el sentido del humor de los sapiens no es el producto de una mente nueva, sino un rasgo cultural específico.

Figura 1. Bola de esteatita con rostro grabado procedente del yacimiento de Laugerie-Basse, calco de Alain Roussot.
El problema es, a mi entender, que estamos utilizando el término humor para restablecer barreras cognitivas entre las especies. Lo cual es muy cómodo, principalmente porque así parece que todo vuelve a encajar en su sitio. Simplemente, en vez de asumir las implicaciones de los estudios que se están llevando a cabo, sustituimos la risa por el humor, y así vuelve a nuestro seno la sombra aristotélica. Además me parece que este modo de proceder tiene implicaciones ideológicas. Mantener viva la llama de las diferencias entre humanos y el resto de los seres vivos, permite seguir el camino trazado por la civilización en su explotación del medio ambiente. Esta percepción es observable en la vida diaria cuando se tala un árbol en una ciudad o se trata a plantas como si fueran adornos. No nos interesa asimilar que son seres vivos, preferimos seguir equivocados. Nuestra civilización se ve abocada a un colapso inevitable con la naturaleza porque no quiere asumir la realidad. Al humor le pasa lo mismo, podemos limar los conceptos para que resulten acordes con lo que pensábamos, pero la realidad es otra muy distinta.
Un breve repaso histórico demuestra, a mi entender, una enorme reticencia a aceptar las evidencias de los hechos. Sabíamos que los animales jugaban, pero las implicaciones evolutivas tardaron casi un siglo en aplicarse a los datos. Desde las investigaciones de Groos (1898) a los trabajos más recientes ha habido un gran lapsus, ya que no se sabía cómo denominar lo que se estaba viendo. Cuando uno hablaba de animales debía evitar hablar de conceptos reservados para el ser humano, como inteligencia, moral o humor. Los ejemplos que se podrían recoger al respecto son múltiples. Primero se dijo que solo jugaban los animales infantiles, aunque era evidente que los adultos también lo hacían, porque no había manera de explicar el juego de los mayores. Sí los animales infantiles jugaban, se les podía aplicar el concepto de aprendizaje motor, es decir juegan para aprender a ser mayores; ¿pero, entonces, porqué juegan los animales mayores? Otro ejemplo es el canto de los pájaros, para explicar sus variedades siempre se ha recurrido a lo mismo: cortejo, marcaje territorial…, pocos se percataron de lo esencial, incluso se tuvo que analizar la liberación de la dopamina en el cerebro de las aves para decir algo tan sencillo como que cantaban por pura diversión (Emery y Clayton, 2015). Esta situación me recuerda al cuento de Andersen titulado El traje invisible. Lo invisible en este caso es todo lo que tenemos en frente y no vemos por culpa del entramado social en el que estamos insertos. Y no es una paradoja que podamos evitar fácilmente, creemos estar haciendo algo bueno en base a unos conceptos desviados hacia los intereses de siempre. En mi opinión, medir la evolución de las especies conforme al modelo humano y usar conceptos como si fueran escalafones, no nos hace ningún bien. Tiene como consecuencia acrecentar nuestro fantástico ego. Lo único específicamente humano es creer que somos cualitativamente distintos.
Los animales juegan, se deslizan por turnos sobre la nieve, saltan, pelean y también manipulan objetos de juego (Burghardt, 2014, p. 91). Es una actividad que practican todas las especies, incluidos los peces y las tortugas. Se nace jugando, mientras se aprenden normas sociales y diversos modos de conducta. Para ello es fundamental que exista una comunicación fluida entre los individuos. Una manera de trasmitir el estado de ánimo suelen ser sonidos o gestos que indican que se está jugando, la risa es uno de ellos. Las ratas emiten sonidos equivalentes a la risa cuando se les hace cosquillas (Panksepp y Burgdorf, 2003). Y algo parecido hacen los delfines cuando juegan, en realidad todos los animales hacen cosas parecidas. Porque la naturaleza tiene un gran sentido del humor. El ser humano cree sin embargo que haberlo inventado, como si el largo proceso evolutivo que nos une con el resto de las especies pudiera borrarse de un plumazo. Pero si los mamíferos y las aves juegan y ríen[1], es porque sus antepasados también lo hacían. Estas facetas forman parte del entramado evolutivo, tienen una larguísima trayectoria evolutiva, las aves las han heredado de los dinosaurios. Hay pues una evolución del juego y de la risa en la que todos los seres vivientes participamos. Es posible entonces percibir su filogénesis en la evolución de las especies. Y no es solo un comportamiento favorecido por la selección natural, sino una parte fundamental de la misma, sin la cual la vida es imposible.
Las bromas de los chimpancés cada vez se parecen más a las humanas (Laumer et al., 2024). Se diría que tratan de comunicarse con nosotros a través del humor. En los zoológicos los animales adquieren conductas humanas, como esos perros que han aprendido a leer en el rostro nuestros estados anímicos (Meijer, 2022, p. 13). Cualquier cuidador sabe que los monos nos hacen reír cuando tienen ganas, lo hacen adrede, no es fortuito, son las monadas que tanto nos divierten. Entre ellos, las bromas se suceden continuamente, los bonobos por ejemplo ponen caras a lo Jerry Lewis. Sin embargo, nos ha sido muy difícil averiguar y describir estas cosas, porque sus implicaciones son enormes. La etología animal trastoca los criterios asumidos de la lingüística, la justicia, la religión y el humor, es una ciencia revolucionaria. Ha cambiado nuestra forma de pensar el mundo animal, aunque no tiene un efecto real sobre el medio. La mayoría de estos hallazgos no lo tienen, la trayectoria de nuestra civilización ha sido fijada de antemano, nuestra relación con el medio apenas se ha visto modificada. Y no es la primera vez que ocurre. A finales de la Edad Media, había una historia imaginaria, llena de ideales y torneos caballerescos y otra real, de los comerciantes y políticos que construyeron la verdadera historia (Huizinga, 2001, p. 127). Los caballeros medievales pudieron vivir sus fantasías, como nosotros podemos aliviar nuestras conciencias poniéndole la etiqueta de natural a cualquier cosa. El desierto más grande del mundo está al otro lado del arco iris, es el que han formado nuestros granitos de arena. La risa se encuentra en la misma situación de inoperancia, algunas voces ya nos han advertido (Cabanas y Illouz, 2021). El mundo de la felicidad ha llegado, aunque personalmente no me hace mucha gracia. Las emociones positivas igual no son tan positivas como nos dicen, porque está claro que promueven el conformismo social. Por otro lado, sin las mal llamadas emociones negativas, no hay crítica social profunda, como en Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. De esta manera se le quita a la risa lo que, en palabras de Luis Beltrán, es propio de la risa. Para este autor la risa iguala, porque nació en el seno de sociedades igualitarias, es decir en un mundo donde no había tantas desigualdades (Beltrán, 2017, p. 17). Los paleolíticos dejaron constancia gráfica de ella en las paredes de las cuevas y en objetos de arte mueble. El humor paleolítico no es conocido, porque la interpretación dominante del arte rupestre es de carácter místico. Por lo tanto, como en el cuento de Andersen, todos veíamos las grafías de una cueva de la misma manera. Y daba igual que, como el rey desnudo, una grafía sonriera, pues todas eran vistas como obras de un santuario.

Figura 2. Cabezas de la cueva de Rouffignac, calco de Claude Barrière.
Hoy llueve a cantaros, sin embargo un estornino mueve las alas y canta, como Green Kelly, bajo la lluvia. Es lo primero que hacen cada mañana, eso de levantarse con un humor de perros no va con ellos. El estornino parece tener cierto sentido del humor cuando canta. Y no solo porque imita todo tipo de sonidos, sino porque sus cantos son una auténtica locura. El “estilo chiflado” de los estorninos fue percibido por el oído genial de Mozart. Dicen que el Concierto para piano nº 17 en sol mayor de Mozart podría ser cantado por un estornino (Lyn, 2023, p. 109). Nadie comprende esta obra, parece una broma, pero es cierto que se parece mucho al canto de estas aves. Las canciones de los estorninos eran una risa inesperada en un mundo muy serio. Cabe recordar que Descartes afirmaba que los animales no sentían emociones, algo que cualquier humano sensible de su época podría haber desmentido, pero nadie se atrevía a decir que el rey iba desnudo. El cogito cartesiano estaba plagado de prejuicios, tenía peluquín y traje. A día de hoy, la investigación científica exige ampliar los horizontes relativos a las capacidades emocionales y cognitivas de los animales (Bekoff y Pierce, 2010, p. 13). En este sentido, la etología narrativa y la literatura de animales nos proporcionan un enfoque valioso. Los relatos de Virginia Woolf o Jack London nos permiten ponernos en la piel de un perro. Y en Un informe para una academia de Kafka, un hombre explica cómo se ha hecho a sí mismo, en el sentido fisiológico del término, pues antes era un mono. Este tipo de historias mantienen un vínculo con el reino animal bastante distinto al de las fábulas dieciochescas. Lamentablemente, los cuentos infantiles han heredado el punto de vista de estas últimas. Aún se sigue asustando a los niños con historias de lobos malos, aunque ya casi no queda ninguno. Se han perpetuado auténticas masacres de lobos, cuya única finalidad era exterminarlos a todos (Delort, 1993, p. 340) [2]. La infancia ha sido contaminada por estas historias, pues los niños apenas conocen la naturaleza salvo por concepciones eco-abstractas, los sastres del rey se ponen a trabajar incesantemente. Digo esto porque la infancia es un invento de nuestros antepasados prehistóricos, el más importante legado lúdico. Fueron quizás los neandertales quienes empezaron a prolongar esta etapa de la vida para que sus pequeños tuvieran tiempo de aprender los entresijos culturales de su mundo. La arqueología está empezando a detectar áreas de juego e incluso juguetes en las culturas neandertales y por supuesto, en las sapiens. Los niños aprenden jugando, así que todo el proceso cultural arranca en la infancia y en cierta medida en el juego. Darwin lo intuyó, no solo sobreviven los más aptos, sino también los que más se divierten.
Bibliografía, notas y fuentes:
[1] Es decir expresan estados de ánimo concernientes a la alegría.
[2] Por ejemplo, entre los años 1818 a 1829 se mataron a 18.709 lobos.
Beltrán Almería, L. (2017). Genvs. Genealogía de la imaginación literaria. De la tradición a la Modernidad. Calambour. Barcelona.
Bekoff, M. y Pierce, J. (2010). Justicia salvaje. La vida moral de los animales. Turner. Madrid.
Burghardt, G. (2014). A Brief Glimpse at the Long Evolutionary History of Play. Animal and Cognition,1, (2), 90-98.
Cabanas, E. y Illouz, E. (2021). Happycracia. Cómo la ciencia y la industriad de la felicidad controlan nuestras vidas. Paidós. Barcelona.
Darwin, C. (1984). La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Madrid. Alianza.
Delort, R. (1993). Les animaux ont une histoire. Seuil. Paris.
Emery, N. J. y Clayton, N. S. (2015). Do birds have the capacity for fun? Current Biology, 25, (1), 16-20.
Groos, K. (1898). The play of animals. New York. Appleton.
Huizinga, J. (2001). El otoño en la Edad Media. Alianza. Madrid.
Laumer, I. B., Winkler, S. L., Rossano, F. y E. A. Cartmill (2024). Spontaneous playful teasing in four great ape species. Proc. R. Soc. B. 291, 20232345.
Lynn Haupt, L. (2023). El estornino de Mozart. Capitán Swing Libros. Madrid.
McBrearty, S. y Brooks, A. S. (2000). The revolution that wasn’t a new interpretation of the religion of modern human behavior. Journal of Human Evolution,39, 453-563.
Meijer, E. (2022). Animales habladores. Conversaciones privadas entre seres vivos. Taurus. Madrid.
Mithen, S. (1998). Arqueología de la mente. Orígenes del arte, de la religión y de la ciencia. Crítica. Barcelona.
Panksepp, J. y Burgdorf, J. (2003). Laughing rats and the evolutionary antecedents of human joy? Physiology & Behavior, 79, 533-547.
Ramachadran, V. S. (1998). The neurology and evolution of humor, laughter, and smiling: the false alarm theory. Medical Hypotheses, 51, 351-354.
Ramachandran, V. S. (2012). Lo que el cerebro nos dice. Los misterios de la mente humana al descubierto. Paidós. Barcelona.

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