Álvaro Ibáñez Fagoaga
Historiador

Imagen: Diego Cuesta
Luciano de Samosata (125-181 d.C) es, sin duda, una de las figuras literarias más originales de la Antigüedad. De lectura fresca y ágil, y humor ácido y descarnado, la obra de Luciano, basada en el diálogo satírico, nos muestra hasta qué punto la comedia puede ser el vehículo perfecto para la crítica social. De hecho, muchos autores no dudan en calificar a la sátira lucianesca, en apariencia nihilista y escéptica, como una de las más lúcidas expresiones de denuncia y compromiso social del Alto Imperio. Filósofos, historiadores, escritores, políticos, dioses o héroes, ninguno de ellos se librará de la afilada e inmisericorde crítica del de Samosata.
No en vano, la ferocidad de sus críticas llevó a figuras de la talla de Friedrich Engels a calificarlo como “el Voltaire de la Antigüedad”. Un autor contra todo y contra todos, en donde el ataque frontal frente a lo establecido es sin duda el principal sello de identidad.
Pero, en primer lugar, analicemos un poco su contexto.
Luciano en el ocaso de la Pax Romana
Su vida, coetánea a la del emperador-filósofo Marco Aurelio (121-180 d.C), vivió el esplendor final de lo que en ocasiones ha sido calificado como la época de “Los Cinco Emperadores Buenos”. Sin embargo, Luciano será testigo de la incipiente decadencia que comenzará a manifestarse en el Imperio durante la segunda mitad del siglo II d.C.
Los viejos ideales republicanos, aún presentes pese a la oficialidad imperial, comenzaban a difuminarse definitivamente como consecuencia del estado de guerra permanente. La militarización del Imperio, cuyas nefastas consecuencias se observarán con claridad durante la Crisis del siglo III, comenzaban a vislumbrarse ya en la época de Luciano, quien, siendo natural de una ciudad fronteriza de uno de los mayores enemigos de Roma (Imperio Parto), seguramente era plenamente consciente de lo que se avecinaba.
En cuanto al panorama sociocultural y religioso, Luciano será también testigo de una profunda crisis de valores dentro de las élites ilustradas del Imperio, quienes se abandonarán progresivamente al ateísmo al tiempo que el cristianismo comenzaba a consolidarse entre las clases populares. En medio de esta incipiente crisis generalizada, cierto número de intelectuales alzarán la voz, denunciando la palpable decadencia de las creencias, los códigos morales y las convenciones sociales imperantes. Dentro de los cuales, Luciano brillará con especial fuerza.
Sus profundos conocimientos de los textos clásicos, probablemente adquiridos en Éfeso o Esmirna, hicieron de Luciano la típica figura del conferenciante viajero que a través de un hábil uso de la retórica se ganaba la vida reproduciendo lo aprendido a través de aparatosos y complejos discursos.
Durante sus constantes viajes, recaló varias veces en Roma, dejando la ciudad un pésimo e imborrable recuerdo en su memoria. En su escrito “De los que trabajan a sueldo”, afirmará que a los romanos “la cultura les importa bien poco”, añadiendo más adelante que “su ansia de adquirir la sabiduría de Homero o la magnanimidad de Platón no es más que superficial; Si se levanta el oropel lo que hay debajo es orgullo, insolencia e incultura”, llegando finalmente a sentenciar que, en Roma, “tener un griego en casa es un signo de distinción, nada más”.
A los 40 años, cansado de la decadente realidad del orador sofista itinerante, Luciano abandonará su anterior vida para instalarse en Atenas y dedicarse a la escritura.
El estilo lucianesco.
Su prolífica obra, a caballo entre la filosofía y la literatura, nunca abandonó su esencia sofista a pesar de renegar y criticar abiertamente a la retórica que durante largo tiempo abrazó. Ni verdaderamente filósofo, ni verdaderamente literato, es probable que su figura derivase en una especie de intelectual rara avis que, sumada a la especial virulencia y multidireccionalidad de sus críticas, provocase una unánime incomodidad.
Quizás este sea el motivo por el que, aun siendo una de las figuras más prominentes de la Segunda Sofística, casi todos los grandes biógrafos romanos y alto medievales (exceptuando al Imperio Bizantino) omitiesen de manera manifiesta su figura.
En cuanto al estilo de Luciano, Francisco Socas legará en su introducción a Historia Verdadera la siguiente reflexión: “Luciano tampoco es de los que saben dejar correr la fantasía a su aire. Procura someterla a la servidumbre de la crítica moral o estética.”
Su humor, en apariencia nihilista e irreverente, deja entrever cierto formalismo característico de la alegoría moralizante, dentro de la cual se mueve con la comodidad que otorga el trabajo asiduo.
Luciano es, en definitiva, un autor cuyo hábitat natural son los lugares comunes de la mitología y la cultura clásica, lugares desde los cuales la fantasía discurre entre lo disparatado y lo sensato, haciendo uso de un particular humor que, sin adscribirse de manera dogmática a ninguna corriente filosófica y moral concreta, en todo momento pretende ir más allá de lo que se está narrando.
En palabras de Francisco Socas: “La obra de Luciano es una figura en donde la ironía es fuente de libertad y disolvente de lo establecido”.
Al estilo del Quijote o Zaratustra.
Así las cosas, Luciano hará del diálogo su particular panoplia de guerra con la que despedazar a toda figura conocida imperante. Desde Zeus hasta Aquiles, y desde Alejandro Magno hasta Escipión, ningún dios, héroe o figura pública saldrá incólume de entre sus diálogos, mostrando un estilo tan reconocido y particular, que incluso hoy día se sigue considerando a los diálogos lucianescos como a un subgénero literario en sí mismo.
Historia Verdadera
“El mentir es propio hasta de los que profesan la filosofía”.
Historia Verdadera.
Pero, si hay una obra en la que debemos detenernos, esta es sin duda Historia Verdadera. Una obra que, al igual que El Quijote de Cervantes, consiguió muchísimo más de lo que pretendía, pues lo que en un principio no era más que una sátira a la épica heroica, terminó por convertirse en la primera proto novela de ciencia ficción de la Historia.
Historia Verdadera, sin duda la obra más genuina y original de Luciano, abandonará su tan característico diálogo para aventurarse en una epopeya naval cuyo objetivo primordial es satirizar la Odisea de Homero, pero que termina por mostrar lugares comunes tan arquetípicos de la ciencia-ficción como los encuentros con vida extraterrestre, las guerras planetarias o el imperialismo galáctico.
Por otra parte, antes de comenzar su fantasioso periplo, Luciano tendrá a bien dejar en claro varias afirmaciones:
En primer lugar, puntualizará que muchos antes que él han “fraguado patrañas reconocibles por cualquiera” entre los cuales, apostillará, “el jefe y maestro fue el Odiseo de Homero”, para poco después, finalizar la introducción con la siguiente afirmación:
“Al menos una cosa digo verdadera: que estoy fantaseando; Por tanto, que los que lean esto no crean nada”.
Una vez puntualizado esto, Luciano, que es a la vez narrador y protagonista de la historia, zarpará desde las Torres de Hércules en busca de “los límites del Mar Océano”.
Nada más zarpar, se topará con la Isla del Vino, en donde encontrará ríos de vino repletos de peces que emborrachan, y que deberán rebajar con “peces de agua” para que puedan ser comestibles. Además, varios de sus compañeros se enamorarán de las mujeres-vid, y decidirán quedarse en aquella isla y abandonar la epopeya.
A partir de aquí, Luciano se abandonará al delirio del periplo más absurdo: al desaparecer la isla, un enorme huracán alzará la nave, surcando los cielos durante siete días hasta arribar al más inesperado de los destinos: La Luna.
En ella, las imágenes surrealistas se sucederán de un modo tal, que la evidencia de la burla y la mentira se hará del todo incuestionable.
A su llegada, los Montabuitres, hombres que toman a enormes buitres de tres cabezas como cabalgadura, llevarán a los griegos ante el Rey de la Luna, quien les pedirá ayuda en su ancestral guerra por la conquista y colonización del Lucero del Alba contra el Rey del Sol y sus Montahormigas.
Aceptada la oferta, Luciano y sus hombres se sumarán al ejército de Montabuitres, Pajaroberzas, Ajoinfantes y Arqueropulgas. Frente a ellos, las huestes del Rey Sol, formadas por Montahormigas, Aeromosquitos, troncos-de-seta y Perribellotas.
Además, más allá de las guerras interplanetarias y las batallas espaciales, Luciano describirá cómo es la distópica y surrealista vida de los habitantes de la Luna. En ella sólo existen los hombres, y los bebes son engendrados por ellos mismos en las pantorrillas. Otros nacen de testículos arrancados y plantados en el suelo, y todos ellos son criados al estilo de los marsupiales en una bolsa en la tripa. Comen y beben humo, y ni orinan ni defecan. Por ropajes, los ricos utilizan vidrio flexible, y los pobres, fibras cobre. Sus ojos son postizos, y se ponen y quitan a su antojo en función de lo que se quiera ver.
Tras esta distópica descripción, comienza un viaje espacial en dirección al Zodiaco, pasando por el Lucero del Alba recién colonizado, y bordeando el Sol sin apearse. Este periplo espacial se extenderá por cuatro días, momento en el que, por fin, retornarán a su ansiado Mar Océano. Pero, al poco de llegar, una ballena gigante de casi 300km de largo se tragará su barco en una clara reminiscencia al Libro de Jonás del Antiguo Testamento. Dentro de ella, una pareja de humanos, que también fueron tragados por la bestia, explicará otro complejo y surrealista ecosistema de seres que habitan dentro de la ballena en estado de guerra permanente. Luciano, al enterarse de que todos están desarmados, y de que los Piespalmeados cobran un tributo de 500 ostras anuales a la pareja, decide hacerles la guerra hasta el exterminio. Poco después, la bestia abrirá sus fauces, y verán otra surrealista batalla entre gigantes de cabellos de fuego que surcan el mar sobre enormes islas utilizando cipreses como remos y árboles como velas. Finalmente, cansados de vivir dentro de la Ballena, le darán muerte prendiendo fuego al bosque que hay en su interior.
Al salir de la bestia, y tras surcar el Mar Helado, el Mar de Leche, la Isla Queso y la Isla Corcho, darán con la Isla de los Bienaventurados, en donde las ciudades son de oro y las murallas de esmeralda, y en donde vivirán en estado de fiesta permanente los hombres más ilustres.
O casi todos.
De entre los grandes filósofos hay varias ausencias relevantes, destacando a Platón, de quien “se decía que estaba en su utópica república disfrutando de la constitución y las leyes que él redactó”. Añadiendo también que “de los estoicos no hay ninguno, pues se dice que todavía están sube que te sube por la empinada montaña de la virtud”.
Sobre los demás filósofos, apuntará que “los secuaces de Aristipo y Epicuro gozaban de la mayor consideración entre ellos por ser agradables, risueños y amigos de banquetes”.
Además, justo antes de abandonar la isla, Homero le confesará a Luciano que en verdad no era griego sino babilonio, que su nombre real era Tigranes, y que nunca fue ciego.
Tras estas reveladoras declaraciones, se encontrarán con la Isla de los Condenados, en donde “Sufrían las penas más duras los que habían inventado patrañas durante su vida y los que no cuentan historias verdaderas: entre ellos estaban Ctesias de Gnido, Heródoto y otros muchos”.
Finalmente, tras abandonar estas islas y pasar por otro sin fin de peripecias, llegarán a la ansiada Tierra firme más allá del Már Océano. Y precisamente aquí, en el final de su ópera prima, Luciano se permitirá añadir la última de sus mentiras, prometiendo que el resto de lo acontecido “lo contará en los libros que siguen”.
Lo cual, por supuesto, jamás ocurrió.
Bibliografía, notas y fuentes:
Cortijo, Antonio & Martines, Vicent (Coord.) (2022). La Parodia en la Grecia Clásica. Mirabilia Journal 34 (2022/1), pp 1-23.
Luciano de Samosata (2013) Historia Verdadera. Ediciones La Piedra Lunar.
Luciano de Samosata (2018) Diálogos. Alianza Editorial.
Luciano de Samosata (1981) Obras I. Editorial Gredos.
Luciano de Samosata (1988) Obras II. Editorial Gredos.
Luciano de Samosata (1990) Obras III. Editorial Gredos.
Luciano de Samosata (1992) Obras IV. Editorial Gredos.
Padua de, Antonio (2016) Luciano de Samosata, Cervantes y Don Quijote. Revista de la Red de Hispanistas de Europa Central 7.

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