Idoia Otegui
Profesora en la Universidad de Alcalá

Imagen: Diego Cuesta
La finalidad del humor no es únicamente provocar la risa, el humor hace reflexionar, es una forma de pensar, es otra manera de mirar el mundo, que tiene además un fuerte sentido comunicativo, pedagógico, crítico y creativo, por tanto, podemos afirmar que el humor es una cosa muy seria, “lo cómico es la visión del mundo más seria que existe”[1], o al menos mucho más seria, o menos frívola y tonta, de lo que aparentemente parece.
Con una viñeta humorística antigua podemos entender que pasaba en el momento en el que fue realizada, porque el humor es un manifiesto, una prueba tangible del entorno histórico, social y cultural que se vivía en el momento y el lugar en que fue manifestado. Si la arquitectura forma parte de este contexto, parece lógico pensar que el humor extiende también sus vectores a la crítica de su pensamiento y a la práctica arquitectónica. Heinrich Wolfflin ya se preguntaba en 1886, “¿Cómo es posible que las formas arquitectónicas sean capaces de expresar una emoción o un estado de ánimo?”, y él mismo se contestaba, “El hecho es indiscutible… cada edificio produce una impresión específica dentro de toda una gama de estados de ánimo, desde los serios y sombríos hasta los alegres y amistosos”[2]. ¿Pero cómo? En mi tesis[3] he tratado de ver cómo la arquitectura puede expresar un estado de ánimo humorístico, cuál es su modo de operar, por encima del objeto resultante, para divertir y hacer sonreír al observador, cómo a través de la percepción y creación de la arquitectura podemos experimentar la emoción de la hilaridad. Además, el humor es un eficaz mecanismo para comprender, reflejar e interpretar las formas de sentir y pensar socioculturales y también uno de los recursos más directos, pero a la vez sutiles e inteligentes para enjuiciar o comentar la realidad, por lo tanto, no podemos permitirnos el lujo de quedarnos anestesiados ante la deriva actual de un humor menos combativo y crítico o lo que es aún peor, a la vuelta del control e incluso de la prohibición del humor. Pero volvamos a la arquitectura, donde a priori el humor no parece ser una herramienta utilizada de forma habitual entre los arquitectos, sin embargo, en una mirada más atenta y desprejuiciada y un rastreo por la historia de la arquitectura más reciente, hemos demostrado que existen muchos más ejemplos de los que en un principio podíamos imaginarnos.
Dos son los medios con los que los arquitectos manejan el humor con mayor destreza, dibujando, pensando y divirtiéndose con imágenes, la versión gráfica del humor: la caricatura; y haciendo lo contrario de lo que piensan, la versión seria del humor, la ironía. Ambos trabajan de forma contraria; la caricatura esconde lo serio detrás del humor de un simple dibujo, y la ironía permite hacer un planteamiento serio que esconde una broma, aparentar seriedad (propia de todo arquitecto) y trasmitir humor (algo tan impropio).
El humor gráfico en la arquitectura. Fuente o instrumento
Las imágenes tienen un gran poder de comunicación, por méritos propios nos hacen pensar y también nos pueden hacer sonreír. El humor basado en la imagen normalmente ha sido asociado con la prensa, pero se ha ampliado a todos los ámbitos de nuestra sociedad gracias a otros medios de divulgación, sobre todo los digitales.
La arquitectura utiliza el humor gráfico en una doble dirección, como fuente y como instrumento. Como fuente, cuando el trabajo de los arquitectos no es comprendido por el público, ha sido víctima de las bromas y las caricaturas en la prensa. Pero es aún más interesante, cuando el humor gráfico es utilizado por los arquitectos como herramienta de combate, tanto para la práctica arquitectónica, asimilando el modo de operar del humor gráfico, como para trasmitir a través de la arquitectura ciertos mensajes con contenido humorístico.
Como fuente, la arquitectura forma parte del contexto socio cultural de una época, y por tanto es también objeto de ser sometida a la crítica o el comentario por medio del humor gráfico en los medios de comunicación, cuya eficacia es mucho más directa que utilizando otros procedimientos. Utilizar unas pocas líneas y algunas palabras para comentar la arquitectura que se está produciendo permite que el mensaje sea más accesible para su inserción en revistas o periódicos de gran difusión, llegando a una audiencia mucho mayor que los pocos expertos que se leen unos a otros en la prensa especializada y, esta amplia difusión asegura una mayor relación de la arquitectura con la sociedad, pues las caricaturas se convierten en reflexiones gráficas de interés, y lo más importante, generan debate, pues expresan opiniones enfrentadas de una manera mucho más directa y eficaz que utilizando otros procedimientos.
En nuestro reciente pasado siglo XX, ha sido la arquitectura moderna el claro ejemplo de fuente de crítica a través del dibujo gráfico humorístico, como las ciudades densificadas, la hiperracionalización de la ciudad, la paulatina ausencia de ornamento o la estética maquinista. Nadie pone en duda con que facilidad a veces los arquitectos sometemos a crítica nuestro trabajo en los medios de comunicación, sobre todo al inicio de nuevas etapas, estilos o vanguardias, a cargo de la prensa y el público no especializado, que al no comprenderlas son un blanco fácil de disparar. No es difícil comparar un papel arrugado con el museo Guggenheim de Bilbao.
Estas críticas, dirigidas hacia la imagen de una nueva obra arquitectónica, son más fáciles, directas y eficaces con dos herramientas: el dibujo y el sentido del humor, es decir, utilizando la analogía, la descontextualización, la exageración y sobre todo la incongruencia con intención peyorativa, para burlarse mediante los chistes gráficos.
Los arquitectos también comunican sus ideas y ejercen la crítica utilizando el humor como herramienta, normalmente hacia lo contrario que la prensa, contra lo ya establecido y en favor de lo nuevo. Y esto se hace sobre todo con el dibujo y el humor en diferentes formas retóricas, una fórmula bastante sencilla: dibujo + humor = crítica.
El dibujo es la forma que tienen los arquitectos de comunicarse, pero cuando se dieron cuenta de que el dibujo no solo era un mero medio de representación de la arquitectura con el único objetivo de llevar a cabo una construcción física, sino que podía ser una herramienta para expresar nuevas ideas, empezaron a usarlo para pensar dibujando, para comunicarse y también para opinar y, por tanto, para la crítica. Algunos arquitectos comprendieron que era más fácil opinar o hacer una crítica —llegando de forma más eficaz a un mayor número de público— dibujando que, escribiendo artículos, dando conferencias o incluso diseñando casas, y si estos tienen la capacidad de hacerlo con humor, el mensaje será recibido de una manera más eficaz, directa pero sutil, sin juzgar, sin destruir.
Para hacer reír por medio de una imagen visual deben realizarse una serie de mecanismos que son: la economía de líneas y técnicas de transformación como la deformación, la exageración, la distorsión, el collage, la desproporción, la analogía o descontextualización. Normalmente el mensaje enviado produce humor cuando muestra una contradicción o yuxtaposición de significados y su fin es peyorativo, rebajar la dignidad con el propósito de burlarse.
No todos tenemos la destreza para hacer una lectura divertida de lo que pasa y reflejarla con humor, de reflexionar parodiando o ridiculizando, exagerando o distorsionando, para mostrar las debilidades y contradicciones de la arquitectura sin utilizar palabras ni materiales constructivos. Es un humor inteligente con una línea astuta. En este aspecto hubo una auténtica Edad de Oro, que va desde los años 60 a los 80 del pasado siglo XX, cuando el dibujo empieza a convertirse en una poderosa herramienta de crítica al servicio de la arquitectura, hasta entonces confinada a la comunicación oral o escrita. El posmodernismo tomó represalias contra lo moderno a través de la paradoja y de una ironía autoconsciente y totalmente intencional. Los posmodernos resucitaron la policromía, el ornamento, la metáfora, la referencia, los materiales sensuales y, se sirvieron del dibujo humorístico para ser más directos y comunicativos. Stanley Tigerman, Madelon Vriesendorp y Rem Koolhaas, Hans Hollein, Arata Isozaki, Léon Krier, Saul Steinberg, Venturi & Scott Brown, son solo algunos de los que se enfrentaron a lo moderno mediante una ironía crítica dibujada.
Su importante repercusión esta fuera de toda duda. El dibujo paródico nos interesa por su enorme potencial creativo y comunicativo, sirviéndose en muchos casos de la exageración como arma para desvelar la realidad muchas veces oculta o enfatizarla hasta el extremo, y también porque funcionan como indicadores. El humor gráfico hoy en día, a través del meme, por ejemplo, puede ser un recurso muy valioso porque es un indicador del estado de las cosas y de cómo este estado puede cambiarse, es decir que puede cuestionar tanto la realidad construida, como a los propios arquitectos y sus modos de pensar y hacer arquitectura, además de generar debates y comentarios en tiempo real.
La ironía arquitectónica
La arquitectura como disciplina técnica es muy seria, y los arquitectos se toman muy en serio su trabajo, aun así, los arquitectos se han divertido y nos han hecho sonreír no solo asociando el humor al dibujo arquitectónico sino también a las formas construidas, es decir cuando la arquitectura es el propio soporte para el comentario humorístico, pero en su forma de expresarse más sería: la ironía. La ironía es la forma de humor más utilizada por los arquitectos, pues les permite hacer un planeamiento serio que oculta una broma. Aparentar seriedad y conseguir trasmitir humor a unos pocos que logren percibirlo es además un reto de alta competencia, porque percibir lo contrario de lo que se expresa o se comunica mediante una arquitectura, entre lo que parece y lo que realmente es, entre su sentido literal y el implícito, conlleva una gran dificultad y requiere de una gran competencia cultural del receptor. El receptor debe tener conocimientos sobre el contexto de la obra, sobre su autor, sobre el debate y panorama arquitectónico del momento, sobre la situación sociopolítica, etc.
La ironía es tan fácil de entender como difícil de explicar. Tan sencillo como decir que es un recurso retórico o un acto de comunicación entre un emisor y un receptor que consiste en decir lo contrario de lo que se piensa. Explicar cómo se produce esta yuxtaposición de significados ya no es tan fácil, es como intentar explicar cómo se monta en bici, pero cuando el mensaje es enviado mediante un objeto arquitectónico se vuelve extremadamente complejo e intelectual, porque forma parte de la ironía que esta no llegue a ser comprendida de forma completa, pues su mayor estrategia es la contradicción, y ya se sabe que quien con contradictorios se acuesta, irónico se levanta.
La ironía es un tropo del pensamiento que consiste en oponer la forma y el significado, dando a entender, por el tono, lo contrario de lo que se afirma. En el lenguaje coloquial el tono está claro, es una especie de retintín, incluso en el lenguaje corporal mediante el signo de guiñar el ojo, “la ironía tiene un ojo serio y el otro guiñado”. En el lenguaje escrito coloquial el tono puede representarse mediante el “entrecomillado”, mediante un comentario explicativo (entre paréntesis) que explica las verdaderas intenciones del autor, el símbolo de un emoticono, 😉 o un emoji 😉. La lectura irónica obliga a leer entre líneas. En el lenguaje escrito más académico ese tono es más difícil de percibir, requiere del lector una reconstrucción del mensaje: primero el lector rechaza el sentido literal, pues detecta una incongruencia entre el discurso y el contexto, o entre las preposiciones implícitas, esto le obliga a buscar otro sentido o incluso ensayar varios hasta decidir cuál es la intención del autor, en ocasiones haciendo conjeturas sobre sus creencias. El receptor de la ironía requiere de preparación previa, práctica y experiencia a la hora de localizar ironías e interpretarlas para reconstruir su significado. Cuanto mejor conozcamos al autor, su pensamiento, incluso sus “guiños”, más fácil será percibir su ironía.
Por tanto, en la ironía participan emisor, receptor, mensaje y contexto en un acto de comunicación multidireccional, donde es importante que el emisor emita pistas en su mensaje que permitan al receptor captar otros sentidos, o que las incongruencias entre el mensaje y el contexto se confronten, por ejemplo, cuando se dice que “esta casa es un palacio” en un contexto de chabolas.
Ahora llegamos al ámbito de la arquitectura, donde la cuestión se pone mucho más interesante y sofisticada a la hora de definir cuál es “el tono” que nos da a entender lo contrario de lo que se dice o se ve en una obra arquitectónica. Si nos atenemos a la fórmula de la ironía, que es relativamente sencilla, el arquitecto debe establecer un sistema cuya lógica es destruida por la intromisión de un elemento ajeno, y debe ofrecer pistas que permitan a los receptores entender otros sentidos y significados diferentes de lo que aparentemente estamos viendo. Expresar una intención irónica mediante la arquitectura no es sencillo, puede correrse el peligro de llegar a no ser descodificada por el receptor. Y de la misma manera existe el peligro de percibir como irónico algo que no había tenido dicha intención por parte de su autor. De ahí la importancia de que entre ambos exista una competencia cultural arquitectónica suficiente, cierta perspicacia, un alto sentido del humor y unos saberes compartidos.
Pongamos un ejemplo sencillo y fácil de entender: cuando Frank O. Gehry coloca unos prismáticos de trece metros de altura como acceso a un edificio de oficinas, no solo está introduciendo un objeto de uso cotidiano en un edificio, sino modificando de forma exagerada su escala, está mandándonos un mensaje que cualquiera puede reconocer, aunque seguramente como absurdo. De la misma manera que los arquitectos no entendemos los chistes de médicos, para que este mensaje pueda entenderse como irónico, debe requerirse en el receptor un amplio conocimiento de la cultura arquitectónica; del momento en que fue ejecutado, del pensamiento e ideario del arquitecto y su modus operandi —sus guiños, sus pistas, sus marcas, sus juegos–, un reconocimiento del contexto en el que se ubica, etc. En definitiva, una solvencia técnica y arquitectónica que nos ayude a leer entre líneas una imagen en apariencia absurda, y que nos haga sonreír al entender la intención irónica de su autor.
Pero no solo el contexto y los intereses proyectuales de ese momento darán como resultado este edificio, sino también su actitud irónica. Por un lado en el plano semántico, los prismáticos pueden significar un acceso gigante a un edificio abrazado por dos torres, y en el plano pragmático, la intención es rebajar la importancia de algo, poner en entredicho los valores de la arquitectura, reduciendo hasta lo absurdo los postulados de lo que debería ser el acceso a un edificio, incluso colocando el despacho del director en uno de sus prismas, haciéndonos creer que todo da igual, que cualquier objeto que nos encontremos por ahí cambiándolo de escala puede servirnos, restando importancia al objeto en sí y a la acción en sí, una especie de “solo sé que no se nada” de Sócrates o un “y no me importa nada” de Alaska, abriendo así nuevas posibilidades estéticas mediante la mirada irónica.
La ironía existe desde siempre, pues se trata más de una actitud, de un modo de proceder que de un estilo o tendencia en un marco temporal. El arquitecto ha empezado a ejercer como agente irónico cuando se han dado las circunstancias adecuadas para que el uso de la ironía penetre en el quehacer arquitectónico de forma casi natural. Esto ha sucedido en varias ocasiones, coincidiendo con momentos de transición, de cambio o ruptura, y en contextos de incertidumbre. Normalmente sucede cuando el estado del arte reglado, ordenado, racional, claro y posiblemente rígido y ortodoxo, es puesto en cuestión mediante la inversión de las formas de hacer y sus significados. Es el caso de manierismo contestando al clasicismo del renacimiento, el romanticismo respondiendo a la ilustración y el posmodernismo revolviéndose contra la arquitectura moderna. El movimiento moderno separa, distingue y ordena, el posmoderno unifica, yuxtapone y contradice. La modernidad es universalista, racional, rigurosa y severa, la posmodernidad es particularista, relativista, frívola e irónica. Lo moderno es serio, lo posmoderno es más divertido. Para reconocer algo como incongruente o divertido debemos antes tener un conocimiento de lo congruente o racional, de lo serio y lógico, para poder comentarlo, contestarlo y desmontarlo mediante la ironía. Por eso, a partir de los años 60 y 70, existen multitud de ejemplos que ironizaban a través de la arquitectura.
Uno no se levanta por la mañana y dice “quiero ser un arquitecto irónico”, sin embargo, es posible que acabe siéndolo, porque estamos diseñando una arquitectura en un tiempo o en un contexto complejo y contradictorio, en el que la duda forma parte de nuestro proceso proyectual —en lugar de tomar una decisión por lo uno o lo otro, trabajaremos con ambos—, porque la ambigüedad es una herramienta factible –no hay ninguna necesidad de dejar las cosas claras— y porque a veces es la única salida que hay. Así son los tiempos que corren: confusos, equívocos, vulnerables, posmodernos… irónicos.
Pocos arquitectos se han permitido el lujo, o se han atrevido a declarar abiertamente que se estaban divirtiendo con su trabajo, que querían hacer sonreír a los usuarios de sus arquitecturas, o que la ironía formaba parte de su modo de operar, porque tiende a relacionarse lo humorístico con lo banal y poco serio. Pero nosotros a estas alturas de la película podemos divertirnos y divertir, podemos pensar en arquitecturas que te hacen sonreír y utilizar sin complejos el término chiste.
Y aunque los arquitectos han intentado darle un trasfondo teórico y por tanto serio, si la relación ironía-arquitectura queremos verla realizada en un quehacer arquitectónico, en un proyecto o en una obra, su modo de manifestarse es mediante la exploración formal, manipulando la forma para cambiar su significado. Con distintos grados de capacidad de comunicación de la ironía, con mayor o menor acierto, existen muchos ejemplos, que a pesar de la dificultad que tiene la arquitectura para ser manipulada, pueden expresar ironía a través de una serie de métodos o procedimientos que hemos agrupado en: incongruencias, analogías, combinaciones, extrañamientos y chistes.
La incongruencia es el común denominador de las teorías clásicas del humor, sin incongruencia pocas veces hay humor, aunque ella sola tampoco lo garantiza. La ironía en un objeto arquitectónico es romper, de alguna manera, el axioma de que una arquitectura es lo que es, es lo que parece, y esto puede lograrse de múltiples formas. Mediante lo inapropiado, fuera de lugar, o con la discordancia que se produce cuando esperamos encontrar una cosa y vemos otra, trabajando con la yuxtaposición o la ambigüedad de significados o con lo absurdo como falta de lógica con clara intención hilarante. Una de las formas más directas y gráficas para decir una cosa y significar otra es trabajar irónicamente con contrarios. Contradicciones en asuntos muy sencillos, tipo Epi y Blas: entre lo grande y lo pequeño, lo simple y lo complejo, lo convencional y lo sofisticado, lo abierto y lo cerrado, lo circular y cuadrado, etc. Estas contradicciones son la base de todo planteamiento irónico. Con las trampas de escala se trabaja con la contradicción entre lo que es y lo que se percibe, para tensionar al espectador y provocarle incertidumbre y ambigüedad. Las trampas son fascinantes y muchas veces divertidas, porque hacen que las cosas sean distintas a lo conocido, subvirtiendo el uso convencional y cotidiano, pero sin tratar de engañarnos, mostrando abiertamente la trampa.
Si el arquitecto quiere que el edificio se comunique con el público, la metáfora puede ser una herramienta muy útil, y si además lo que quiere comunicar es irónico o humorístico, el símil o analogía de la metáfora debe ser compartida entre el autor y lector para que sea efectiva. Convertir una forma construida en un símil arquitectónico, o lo que es lo mismo una imagen conocida en una forma construida, puede conseguirse de forma más directa a través de la metáfora explicita e intencionada, en la que no hay ningún tipo de ambigüedad, o de forma implícita o sugerida, que tiene la capacidad de evocar en nosotros y en nuestra enciclopedia visual, alguna imagen sin que nos demos cuenta. Leemos la metáfora sin ser totalmente conscientes de su intención. Son arquitecturas que se parecen a objetos (cajas de zapatos, columnas, biberones…), animales (elefantes, patos, jirafas, vacas, ratones…), máquinas (coches, radiadores de coches, motores…), elementos de la naturaleza o la biología (plantas, raíces, constelaciones…), y muchas de ellas al cuerpo humano, a imagen y semejanza del hombre, mediante la metáfora antropomórfica (caras, cuerpos, órganos sexuales, estómagos, circulación sanguínea, corazón…), que al identificarnos con ella facilita que emerja nuestra sonrisa. La exageración es un plus para que la ironía tenga lugar en este tipo de metáforas, la hipérbole humorística, que suele ser también de cambio de escala.
El arte de la combinación es otro procedimiento consciente y racional pero paradójicamente con resultados que por lo inesperado pueden llegar a ser muy divertidos. Combinar de forma arbitraria o racional dos o más imágenes que contrastan entre sí forma parte del modo de operar del humor. Las formas de combinar son múltiples, a través del collage, del cadáver exquisito, del ready made object, de la fragmentación, la yuxtaposición y los ensamblajes. Todos ellos pertenecen al modo de proceder del humor. La unión, el acercamiento o el choque de imágenes hace que salte una chispa de factura novedosa que puede devenir en algo divertido. Una de las características de la arquitectura posmoderna es revisar el pasado, citarlo, comentarlo, pero con ironía. La ironía permite una gran libertad para jugar, experimentar con los elementos del pasado para combinarlos de múltiples y complejas formas con intención de criticar, provocar o poner en cuestión los dogmas establecidos. Y se ejecuta tanto utilizando las combinaciones de series de elementos arquitectónicos pertenecientes o amputados de la historia de la arquitectura y ensamblando referencias y lenguajes a modo de operación Frankenstein, o a través de lo contrario, la fragmentación en partes, la rotura o la división. La transformación del pasado de forma irónica e inteligente activa la agilidad y creatividad del arquitecto y le da una gran libertad y autonomía incluso para hacer sonreír al usuario que comparte el imaginario y la cultura arquitectónica suficiente para interpretar la ironía. La sonrisa aparece ante la sorpresa de hallazgos inesperados en las combinaciones insólitas y también a través de la parodia y la sátira. La ironía y la parodia trabajan de forma opuesta, pero ambas pueden devenir en humor. La ironía finge valorizar el objeto burlado y la parodia lo desvaloriza de manera frontal. Ambas se convierten en sátira cuando son de naturaleza reformista, cuando tratan de cambiar el estado de las cosas por otro orden mejor.
Una forma de cambiar algo que parece incuestionable es el humor, y una de las formas más inteligente de hacerlo es con los extrañamientos, porque nos incitan a pensar de forma diferente, como la inversión de la lógica, la exageración y la descontextualización. La inversión de la lógica en la arquitectura tiene que ver con todo tipo de manipulaciones o alteraciones del orden racional de la lógica estructural y constructiva, o de elementos muy funcionales como escaleras o puertas, cuya lógica también puede verse pervertida. La exageración es muy útil, porque permite captar con mayor veracidad la realidad, pues la enfatiza hasta el extremo, es también un tipo de extrañamiento que tiene que ver sobre todo con el cambio de escala de un objeto, casi siempre de agigantamiento, cuyo tamaño pasa a ser tan exageradamente grande que permite que se habite, se convierte en un edificio arquitectónico, como una columna, un zapato, un pato, un enchufe o unos prismáticos. La descontextualización consiste en extraer un objeto de su entorno habitual para proyectarlo en un entorno ajeno e incluso incompatible con él, o también reúne objetos heterogéneos y antagónicos. El extrañamiento como práctica arquitectónica despierta la mente y permite ser más desprejuiciado, divertirse y dejarse llevar por el estado lúdico para experimentar con la arquitectura, para ser más creativo y nos entrena para aprender a pensar de otra manera y, a desaprender a proyectar de manera lógica, evidente, rutinaria, correcta y aburrida.
Podemos encontrar en la arquitectura un significado humorístico, una intención irónica, unas ganas de divertirse y de divertir, y muchos fragmentos chistosos, porque hemos comprobado que el humor no suele estar asociado al conjunto de una obra arquitectónica, o a un género: “arquitectura humorística”. No. Es un modo de proceder que actúa normalmente introduciendo un elemento distorsionador, un marcador irónico, una pequeña broma, una cita paródica o elemento ingenioso, que es más fácil y produce igualmente un cambio de significado. La arquitectura se ha permitido en algunos momentos ciertas licencias al introducir partes especialmente brillantes, con una clara voluntad de hacernos sonreír. También podemos llamarlas anécdotas, acontecimientos, singularidades, anomalías o episodios, es decir chistes que tuvieron lugar bajo un contexto y unas circunstancias concretas que hay que descubrir y descodificar para apreciar el efecto humorístico. Su intención es clara: hacernos sonreír y provocar un cambio de significado, desvelar un nuevo punto de vista, activar y poner en alerta nuestro pensamiento para interpretar la obra arquitectónica hacia una comprensión más amplia en una lectura atenta. Es una especie de guiño 😉 divertido o arquitectura “entrecomillada” que funciona como un indicador del estado de las cosas, pero también puede no tener más intención que la de divertir por divertir, el juego, el puro y sano divertimento, el animus iocandi. Estas pequeñas bromas, citas paródicas, divertidas referencias visuales, elementos graciosos, ambiguos, son más fáciles de insertar en la arquitectura y demuestran cómo esta puede tener una dimensión psicológica y llegar a convertirse en un vehículo para trasmitir sentimientos y emociones, como nos decía Wolfflin, de los cuales uno de ellos es expresar humor, sacarnos una sonrisa.
Bibliografía, notas y fuentes:
[1] BERGER, Peter. La risa redentora. La dimensión cómica de la experiencia humana. (Barcelona: Kairós, 1999), p. 25.
[2] WOFFLIN, Heinrich. “Prolegomena to a Psycology of Architecture” en Empaty, Form ans Space. Problems in German Aesthetics, 1773-1893, Los Angeles, The Getty Center, 1994, p. 149.
[3] OTEGUI, Idoia. Los humores de la arquitectura. De lo gráfico a lo irónico, (Tesis doctoral), UAH, 2023. https://ebuah.uah.es/dspace/handle/10017/57121

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