Un juicio liberal sobre «Camino de servidumbre» de F. A. Hayek

Iñaki Vázquez Larrea
Doctor en Antropología

Fecha de publicación: 11/03/25

Incluso hoy, si bien es legítimo considerar como uno de los objetivos quizá primordiales del orden social el respeto y la ampliación de esta esfera de decisión privada, lo cierto es que resulta inaceptable emplear ese único criterio para juzgar todas las sociedades actuales. Tal vez sea un error emplear la misma palabra en referencia a liberarse de la policía y a liberarse del hambre. Pero no es un error sostener que, tanto en la teoría como en práctica, no conviene remitirlo todo a un objetivo único. Los hombres sacrifican parte de su esfera privada para ser gobernados por hermanos de raza, lengua o religión, para ser tratados como iguales, para darse una patria, incluso por la esperanza de escapar de la pobreza”

Raymond Aron.

“Existe un país en el mundo donde la gran revolución social de que hablo parece casi haber alcanzado sus límites naturales: la revolución se ha efectuado allí de manera sencilla y fácil, o más bien podría decirse que dicho país está viviendo los resultados de la revolución democrática que se opera entre nosotros sin haber conocido la revolución misma. Me parece fuera de duda que tarde o temprano llegaremos como los americanos, a la igualdad casi completa de las condiciones”

Alexis de Tocqueville.

Para comprender el juicio de Raymond Aron debemos remontarnos a un curso impartido por nuestro autor en la Escuela Nacional de Administración (ENA) en 1952. En él, Aron examina los efectos que la democracia —entendida como la competencia pacífica por el ejercicio del poder— tiene sobre la organización de la economía. Su tesis se puede resumir en una fórmula: la democracia es incompatible con el mercado. O, dicho de otro modo: “En las sociedades industriales, la democracia política parece conducir, necesariamente, a una determinada forma de socialismo”(Aron, pág. 137).

El razonamiento de Aron se acerca aquí al de Joseph Schumpeter, al tiempo que anuncia los posteriores avances teóricos de Anthony Downs y de la teoría de elección pública. El punto de partida de nuestro autor es que quienes en mayor o menor medida salen perdiendo en la vida económica buscan una compensación por parte del Estado. Para ser más eficaces, se organizan en grupos de interés que hacen reivindicaciones corporativistas. Aron insiste en este punto crucial: las sociedades modernas ya no son sociedades de individuos, sino de grupos.

La visión liberal clásica, basada en una concepción atomista de la sociedad, resulta hoy inadecuada, ya que ha comenzado la era de los grupos intermediarios. Quienes quieren convertirse en representantes electos han de prometer subsidios a estos grupos, para ganar así sus votos. Y quienes logren llegar al poder deberán cumplir sus promesas o enfrentarse a ser sancionados en futuras votaciones. Aron constata así una evolución del lenguaje político, ligada al lugar que ocupa la economía en las sociedades modernas:

“El lenguaje de los intereses parece ser, cada vez más, el único lenguaje que el candidato se atreve a usar”(Aron. pág. 137).

La consecuencia inevitable de esta dinámica es que:

“Todas las sociedades industriales en la que existe una competición pacífica por el ejercicio del poder modifican gradualmente el funcionamiento del sistema capitalista en beneficio de la mayoría” (Aron. pág., 137).

Además, la democracia le parece a Aron —tal y como se ha visto— incompatible con el mercado, pues él considera que determinado tipo de liberalismo económico solo sería viable recurriendo a un régimen autoritario:

“La competición por el ejercicio del poder, es decir, la democracia política parece, a la larga, incompatible con el liberalismo económico. A mi juicio el mayor error de los liberales es haber pensado que el liberalismo político y económico irían a la par. Opino que el liberalismo político, definido como el sistema electoral parlamentario de competencia por el ejercicio del poder, conduce, de modo casi inevitable, a un sistema de economía en parte dirigida y socialista. Si en nuestra época se intentase realizar un sistema económico liberal como desean Friedrich Hayek o Jaques Rueff, sería necesaria la dictadura política” (Aron, pág. 138)

 Y añade

“Las sociedades industriales no tienen razón alguna para infligirse a sí mismas ni los inconvenientes de un sistema autoritario ni la dureza de una competencia económica brutal” (Aron. pág. 138)

El desacuerdo con Hayek es pues doble, ya que este último quiere garantizar la sostenibilidad del mercado, concebido como el lugar donde se despliega plenamente la libertad-independencia, y limitar la democracia.

Veinte años después, la experiencia chilena de 1973 proporciona un caso concreto, que lleva a los liberales a dividirse. La cuestión que se plantea entonces es la siguiente: «¿debemos tolerar una dictadura por el hecho de que ponga en marcha la conversión de una economía agraria en una economía industrial y dé rienda suelta a la libertad económica o, de lo contrario, condenarla por la ausencia de libertad política, la negación de los derechos humanos y la sangrienta represión llevada a cabo?»

Los liberales demócratas como Aron no pueden apoyar el régimen chileno, mientras que Hayek y Milton Friendam parecen apostar por la acción de dicho régimen en favor de la libertad económica, beneficiosa en sí misma, que acabará entrañando una evolución hacia la libertad política.

Hayek, pues, no aborda el problema planteado en 1952 por Aron hasta pasadas tres décadas, y reconoce la validez de su diagnóstico.

“Dudo que un mercado que funcione haya surgido alguna vez bajo una democracia ilimitada, y parece cuando menos probable que dicha democracia ilimitada lo destruya allí donde se ha desarrollado” (Hayek, pág. 77).

Este pasaje proporciona una clave para comprender el punto que divide al liberalismo de la Guerra Fría. Para Hayek, la importancia otorgada al mercado debe conducir a aceptar una limitación de la democracia; de ahí las ambigüedades del vienés frente a la “democracia protegida” —como se define al Chile de Pinochet—, pero también una década antes frente al experimento llevado a cabo en el régimen de Salazar. Para Aron, en cambio, la importancia otorgada a la democracia conduce a aceptar la limitación del mercado. Así pues, dos concepciones del liberalismo, una basada en la primacía del liberalismo político y otra en la primacía del liberalismo económico, conducen a dos concepciones opuestas de la democracia.

De hecho, la democracia de los grupos de interés a los que se adhiere Aron no es muy distinta de la “democracia ilimitada” denunciada por Hayek. Mientras que el segundo se aferrará hasta el final a la representación liberal de una sociedad de individuos, el primero sostiene desde principios de los años cincuenta que “la combinación de la industrialización y el sistema de competencia política hace desaparecer gradualmente los aspectos más individualistas de las sociedades democráticas”. Lejos de condenar un sistema político en el que “los gobernantes son, cada vez menos, hombres en una situación independiente y autónoma, y representan, cada vez más, a los grupos de interés” (Aron, pág. 140), Aron contempla el “sistema de competición pacífica de los grupos organizados” como “ la forma normal de gobierno de las sociedades industriales” (Aron, pág. 140).

Los dos autores, en suma, difieren en su valoración de las consecuencias del surgimiento de un mercado político. Hayek no ve más que la extensión de un regateo, un tejemaneje de efectos liberticidas, mientras que Aron lo contempla como un elemento positivo, que atestigua la vitalidad de un sistema político basado la valorización del conflicto. Lector de Maquiavelo, nuestro autor retiene de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio la idea de la fecundidad de la heterogeneidad social y del enfrentamiento de los grupos sociales. Para Aron, la grandeza de la democracia radica precisamente en que puede apoyarse en este tipo de conflictos para superarlos, para garantizar, en definitiva, una gestión pacífica de la lucha de clases, entendiendo que aceptar el principio de diálogo significa también aceptar las “pasiones desatadas” y la “irracionalidad” (Aron, pág. 381).

Además, si nuestro autor escribe que la democracia es “la verdad moral de nuestro tiempo” (Aron, 109) es porque la contempla no solo como un sistema político sino también como un régimen. Para él, como para Tocqueville, dicha democracia da lugar a cierto tipo de hombre, a cierto tipo de relación entre los hombres, a determinado estado social caracterizado por la extensión continua de la igualdad. Aron en el epílogo de la reedición de su Ensayo sobre las libertades, expresa ciertamente su desconfianza ante un igualitarismo que adopte un cariz “doctrinario”. Pero nuestro autor ha observado ya que la idea de igualdad, una vez adoptada por una sociedad o una civilización, pone en marcha un proceso que no conoce límites:

“Una vez establecido que los hombres son iguales y que tienen derecho a participar por igual en la elección de quienes gobiernan, no están fácil detenerse. Si los hombres son iguales, ¿hasta qué punto debería limitarse esa igualdad al ámbito político? Así, la idea de igualdad, ligada inicialmente al sistema político de competición electoral va extendiéndose de forma paulatina a otros ámbitos” (Aron, pág. 72).

Aron no juzga esta tendencia del mismo modo que Hayek, quien se opone a ella alegando que el progreso de la igualdad real requiere la limitación de la libertad-independencia. Nuestro autor, si bien se adhiere al ideal liberal de la limitación del poder, acepta cierta igualación de las condiciones materiales mediante la fiscalidad progresiva —rechazada por Hayek en favor de un impuesto proporcional—; acepta la redistribución y Estado de Bienestar. Reconoce que es inevitable renunciar a una organización estrictamente liberal de la economía en favor de una economía mixta. Aprueba que se proclamen los derechos sociales —a los que a veces llama “libertades sociales”— (Aron, pág. 55) y que se confíe al Estado la tarea de garantizarlos. Así, asigna a la democracia un valor claramente positivo, ya que esta posibilita un reformismo prudencial similar al defendido por Karl Popper.

Ese horizonte exige que no dependamos únicamente de las fuerzas oscuras del mercado y que demos un papel al Estado, el cual, por lo tanto, no es solo un mal necesario. Para expresar esta oposición de otra manera, digamos que Hayek defiende una justicia conmutativa aplicada únicamente a la igualdad ante la ley, mientras que Aron promueve una justicia conmutativa aplicada a la igualdad jurídica y a la igualdad política, a la que añade una justicia distributiva aplicada a la igualdad social.

No hay duda de que, para Hayek, Aron puede ser contemplado como un heredero lejano de John Stuart Mill, es decir, como un liberal británico disidente que se ha dejado seducir por los cantos de sirena del socialismo y no ha comprendido los peligros inherentes al constructivismo. A la pregunta ¿liberalismo o democracia?, Hayek responde sin vacilar que hay que ser liberal y solo liberal; Aron, por el contrario, sugiere que hay que ser liberal, pero que en el siglo XX se ha vuelto imposible ser únicamente liberal.

 Después de 1945, la historia política de Occidente equivalió primero a la victoria de Aron, y después a la revancha de Hayek. Pero, bien entrado en siglo XXI, la cuestión no parece haber quedado definitivamente zanjada, y se diría que el meollo de esta disputa no ha perdido nada de su intensidad.


Bibliografía:

Aron, R; Introducción a la Filosofía política, Página Indómita, Barcelona, 2015.

Aron, R; Libertad e igualdad, Página Indómita, Barcelona, 2021.

Hayek, F. H; Camino de Servidumbre, Alianza, Madrid, 1985.

Hayek, F. H; Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid, 1975.

Schumpeter, J. A; Capitalismo, socialismo y democracia, V.I-II, Página Indómita, Barcelona, 2015.

Tocqueville, A; La democracia en América, V. I-II, Sarpe, Madrid, 1984.