David Lorenzo Cardiel
Filósofo, escritor y periodista cultural
Fecha de publicación: 01/04/25

De entre todos los géneros literarios, la poesía me parece el más sublime y colmado de significado. Los titubeos y las certezas que nutren el ensayo se elevan, en manos del poeta, en la búsqueda del símbolo. La descripción, la trama, propias de la narrativa, quedan recogidas en una hilatura de imágenes que construyen, como un tapiz, un dibujo único. A la poesía hay que leerla de cerca y meditarla de lejos, como cuando se admira un lienzo en un museo. Recuerdo cuando con diecisiete años me escabullí del grupo del que formaba parte por el Rijksmuseum, en Ámsterdam, para ganar tiempo con dos de mis obras preferidas: La lechera, de Vermeer, y La Ronda de Noche, de Rembrandt. Aunque los tamaños de ambas composiciones son muy dispares, la belleza de ambas obras reside no tanto en un primer vistazo, sino en fijarse en los detalles. Este es el puente que une la poesía con la esencia humana: el conocimiento brota de la abstracción hacia la concreción, del símbolo a la palabra. Aunque hoy en día vivamos una época atiborrada de discurso, verborrea y solemnidad cursi, seguimos viviendo en un mundo colmado de simbolismo, desde las banderas patrias hasta el protocolo social para una entrega de premios; desde las costumbres de las festividades hasta el logo de una marca comercial.
Pero dominar el lenguaje simbólico no es sencillo. De hecho, incluso los maestros más avezados serán siempre eternos principiantes. Existen grados y formas de expresión del símbolo, y una de ellas se produce en la poesía, donde es trascendental ser contenido, o el lector no logrará comprender al autor. Sin embargo, cuando el poeta consigue el pequeño milagro de ajustar su voz narradora y contener la idea abstracta que sostiene cada poema es posible alcanzar la expresión justa, los versos rotundos, la adjetivación imprescindible para que lo dicho sea y no sobre.
Este don se encuentra con notable profusión en Salve, la nueva propuesta poética de Aitana Monzón publicada por Espasa. Como yo también soy joven (todavía) no alimentaré la bola de la industria en referencia a su juventud. Quizá seré un tipo raro –si lo soy, a mucha honra–, pero cuando leo un libro me interesa su interior, su decir y lo que no dice, aunque se deje entrever, exactamente al igual que las personas sólo me llaman la atención por su verdad, y no por su apariencia.
Salve combina una evidente interiorización de la autora de las obras clásicas, con su toque ecléctico, con una mirada rica, colmada de curiosidad y de avidez hacia la vida. La vida es la gran obsesión de todo buen poeta. La vida se posee, se disfruta, se sufre y, finalmente, se admira. Es imposible ser poeta sin amar la vida desde alguna perspectiva o disposición del espíritu. Este poemario es un libro que rebosa de vitalidad, de deseo y de elegancia.
Al leer Salve, lo primero que llama la atención es su estructura, dividida en cinco partes entrelazadas. De hecho, el libro comienza con una referencia clásica a la reina cartaginesa Dido, es decir, a la Eneida. Aquí encuentro otro símbolo: Monzón se reconstruye, deja atrás un legado sobre el que apoya una nueva etapa, quizá vital, puede que tan sólo poética. En un paralelismo sutil, la autora establece la fundación de la obra y de su mirada vital. De hecho, así lo expresa Monzón al inicio del libro: «“Perder” procede del latín perdere, verbo a su vez formado por el prefijo per- y el verbo dare. Dar es perder. Procedo a perder mi escritura gestada en el silencio (…) Los poemas que ofrezco a continuación son una extensión de mi pensamiento último con el diálogo de varias voces para mí fundamentales: la visión de Yvette Guilbert, el vals de Shostakovich, el fuego en Georges de la Tour, la sed de T.S. Eliot».
A partir de aquí, la explicación previa da paso a la intensidad de la poesía. En uno de los poemas de esta primera parte, muy directa y la menos simbólica de la obra, la autora escribe: «He dicho mi quietud.// Diré ahora/ cómo se afana el surco, / con qué remedio acude/ y busca y tiembla y gime,/ se fatiga de labor,/ ya rompe el día.// Yo quise para vos tanta salud/ y siembra».
La naturaleza, como paisaje cotidiano de la voz de la poeta y, por extensión, del ser humano, está muy presente en este libro. De la mano de Monzón, los elementos naturales constituyen un entorno cómplice, liberador, no un motivo de pugna. El orden de lo humano no combate contra el contexto natural, sino que asume su pertenencia a él. Desde la acción de la «siembra» (emparentada con el surgimiento de la vida, con la «gestación» que, recordemos, en un símbolo antropológico común a todas las civilizaciones y que se pierde en el albor de los tiempos) hasta elementos como frutas, aves y plantas, incluso los ciclos del día: la naturaleza recuerda frecuentemente a la voz de la autora dónde radica su esencia, que ella, para estar, antes debe ser. «Ser» en plenitud, con entrega consciente. La mística y la ontología acarician sus manos en gesto de afinidad eterna. En la segunda parte del libro hay un poema titulado Bohu que expresa muy bien mis palabras: «Fruta que madura al calor,/ ¿cómo vino a parar a mis manos?/ ¿no tomaron las aves su soledad de higuera?/ ¿qué palabra lleva la desnudez del fuego?».
La llama, la lucidez interior, tiene como cómplice al silencio. Monzón, reflexiva, encuentra en la quietud el genuino camino que le permite ahondar en su esencia y, a través de su mirada interior, en la verdad oculta detrás del resto de cosas existentes. No se equivoca la autora: sólo desde el ser se puede alcanzar la plenitud del aparente no-ser, para unos, totalidad, para otros, vacío; también plenitud y potencia. Mas la vida es también dolor; no somos seres omniscientes ni omnipotentes, y nuestra actitud vital nos expone en un continuo y necesario aprendizaje vital. «Se sabe del dolor/ porque se dice el rastro/ de la pulpa. Importa/ la caída del fruto,/ su exactitud/ deshabitando cuerpos./ No hay origen ni flecha posibles./ El dolor es decir y no caer», escribe la poeta.
Lentamente, poema a poema, los versos de Monzón se abren camino a una nueva perspectiva. La naturaleza pierde su impronta y el símbolo se transforma en una expresión más dialéctica. Siempre, eso sí, desde una sensibilidad alejada de cualquier atisbo sensiblero, desde una hondura contenida. Se puede percibir cómo cada uno de estos poemas ha sido meditado y revisado con fruición antes de plasmarlos en un primer manuscrito, sin contar posteriores correcciones. Es decir, el trabajo de la autora es impecable. Y subrayo este hecho, que quizá pueda parecer una obviedad, porque en la literatura de nuestro siglo XXI se posee la percepción de que todo vale en una falsa y desmedida noción de igualdad. Todos somos iguales como seres humanos, pero no en nuestra esencia. Tampoco el fruto de nuestra acción. En poesía, cualquier idea o poema, por bien que nos suene al declamarlo, no es válido para constituir un libro, siquiera para ser leído por otras personas. Monzón mantiene este nivel de calidad propio de los buenos escritores, como fue canon otrora y ha de volver a serlo por fuerza de justicia universal.
En las dos últimas partes del libro aparece la autora más biográfica. El «yo poético» de Monzón se aproxima a la verdad existencial de la autora, aunque sea con timidez y distancia: he de recordar al lector que una obra poética también es un trabajo de ficción. Las experiencias de la autora –vitales, en Italia, etc.– adquieren protagonismo. De igual manera, observo una evolución lírica. He de confesar que me gustan más los poemas de esta segunda parte, muy probablemente por una razón de afinidad, de convergencia con mi propia obra. Cuando se publicó mi primer y aclamado libro, Tierra de nadie, con la misma edad que Monzón, en 2018, recuerdo las palabras de uno de los escritores en cuyo criterio más admiro, por cuanto es crítico, no regala ningún halago y fue un editor excepcional –descubrió a la autora Sara Mesa, de hecho–: «has escrito un libro tan bueno que no sé qué vas a hacer para superarlo».
De forma paralela a mi obra, el estilo que emplea Monzón es simétrico: hondura reflexiva, simbolismo contenido y frescura en la introducción del paisaje natural; una noción ontológica que, en muchos momentos, es declaradamente mística. Y, en consecuencia, dotada de una madurez propia de las personas que hemos vivido en silencio, que hemos peleado por recorrer caminos sagaces y limpios, que hemos esquivado demasiados peligros de nuestros semejantes que nos hemos hecho hombres y mujeres a fuerza de pensamiento, savoir-faire y esperanza.
La esperanza es otro de los elementos que más me agradan de Salve. Emparentada con la luz, la guarda de cuanto ha de venir o ha de resolverse crece con cada verso. En el poema El recién nacido escribe Monzón: «Sables de luz en la orilla del pecho./ Tan lejos ya decir un corazón./ Madre, no tengo/ para dar más que muerte». El tono críptico no debe impresionar al lector, sino permitirle comprender que la buena poesía se compone en niveles de significado: sólo hay que sumergirse en la lectura y releer, reposando la mirada unas horas o días, reflexionando sobre ella. De hecho, más adelante, la autora escribe en otro poema: «Señor: como agua vine,/ como entrega de mí/ a mí o liebre.// Señor, no es fe/ lo que lamen mis manos».
Por último, la vida, que no podría existir sin la muerte, aparece en el libro como un presagio consciente. El último de los poemas («Clavad al fuego/ mi voz y apagadme los ojos», escribe en su inicio) resulta revelador: que la palabra no se extinga cuando la materia se haya diluido en el éter del tiempo y de los procesos fisicoquímicos; que el recuerdo de la obra, del intelecto elevado, ya cercano y distante a un tiempo, plenitud y esencia para toda la eternidad, siga resonando. Que el fuego, la llama eterna zoroastrista, la llama eterna de la vela que se ofrece, con castidad cristiana, no se apague. Un fuego que ilumina y sigue aportando calidez incluso cuando la memoria nos ha olvidado por completo.
Salve es un poemario vibrante, de agradabilísima lectura e inmensa hondura. Cuenta, además, con un precioso prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Con un impecable buen hacer literario y ofreciendo una obra de buena calidad, Monzón ha escrito un poemario que se suma al camino que unos pocos, yo mismo incluido, hemos recorrido en nuestro tiempo: una poética de la elevación, la invitación a la reflexión y el intento de alcanzar la esencia desde una expresión accesible a toda clase de lector. No es necesario ser docto en litera para comprender y disfrutar Salve en todo su esplendor. Cada libro que un autor escribe es camino recorrido. Elija la senda que escoja Aitana Monzón en la continuidad de su vida –que le deseo larga, próspera y feliz–, que tenga bien claro que ya ha escrito una gran obra, que la literatura ya es suya. Y este hecho es en sí mismo un acontecimiento que celebrar para los lectores de poesía. No se pierdan este libro que, con toda seguridad, va a encandilarles.

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