Anatomía posmexicana

Iñaki Vázquez Larrea
Doctor en Antropología

Fecha de publicación: 22/04/25

INTRODUCCIÓN:

En 1917, tras el triunfo de la Revolución, el nacionalismo mexicano se convirtió en la ideología oficial del estado, transformándose en un vehículo que repudiaba, al mismo tiempo, la tradición liberal/positivista del siglo XIX y el capitalismo liberal de los Estados Unidos. Paradójicamente, los descendientes de los conquistadores y sus hijos revalorizaron una tradición agónica con un vocabulario heredado del antiguo patriotismo criollo del siglo XVI, la exaltación del pasado azteca, la denigración de la conquista, el resentimiento xenofóbico contra los gachupines (españoles) y la devoción por la Guadalupana.

En el Edén subvertido de la cultura mexicana, el primitivismo revolucionario del campesino (en toda cultura nacional lo es) es sacrificado en los altares del culto nacional en beneficio del progreso. De ahí, que por paradójico que pueda resultar, Emiliano Zapata pasa por ser el único revolucionario de la modernidad que se alzó en armas para que nada cambiase en el país (la estructura agraria del ejido).

Una de las principales fallas del conocido como boom literario latinoamericano, para el caso mexicano,fue el de combinar el anhelo de utopía revolucionaria (del hombre nuevo mexicano) con un ideal de «incompleta promesa» de redención nacional de la mexicanidad, que pasó por dar legitimidad política al régimen autoritario nacionalista postrevolucionario del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La novela no es otra cosa que la celebración de difuntos de los antiguos ideales revolucionarios y de la necesidad de recuperar su espíritu.

El estallido del boom se inició con La muerte de Artemio Cruz (1962), una ofrenda no oculta a la causa latinoamericana, de Carlos Fuentes; el mito de la promesa revolucionaria incumplida tiene un referente ineludible en otro deceso magistral, La muerte de Iván Ilich de Tolstói o en Ciudadano Kane de Orson Welles; pero es un esquema conceptual ya presente en otras obras del autor como La región más transparente (1958) o Cambio de piel (1967). El mito esencialista de la nación como entidad biologicista impide a Fuentes aceptar la posibilidad de una democracia «a secas» en su país. Para él, la identidad mexicana prevalece sobre cualquier noción de libertad política. No fue hasta décadas más tarde, en novelas como La Silla del Águila (2003), cuando enfrentó esta contradicción entre la libertad y las políticas de identidad. «A esa pelota no hemos jugado nunca», reconocerá el escritor (Carlos Fuentes, pág. 234).

Su ineludible referente intelectual es El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz, donde el juego de máscaras del ser mexicano encuentra su paroxismo cultural. Confrontado ante lo que quiere hacer y lo que puede hacer, el acomplejado espíritu nacional mexicano opta por el ensimismamiento y la soledad. Sin embargo, la construcción de un mito nacional, concebido como mecanismo de cohesión social y de legitimación política del nacionalismo, cuenta con numerosos antecedentes intelectuales.

Podríamos hablar de Alfonso Reyes, de José Vasconcelos y su La raza cósmica, del Pedro Páramo de Juan Rulfo y de otros autores menores que contribuyeron a problematizar la existencia de un carácter nacional en la psique mexicana.

Fue, no obstante, el antropólogo Roger Bartra, quien acuño el término jaula de melancolía (1987), para desentrañar las claves culturales de la hegemonía política nacionalista mexicana, y quien, en consecuencia, dictaminó la necesidad de caminar hacia una condición de postmexicanidad para generar una cultura genuinamente democrática en el país. Esto es, romper con el mito de unificación homogénea entre el pueblo mexicano y el gobierno revolucionario. Huir del patrioterismo, y confrontar la realidad. Sería la manera de dar carpetazo a lo que en una ocasión Mario Vargas Llosa denominó dictadura perfecta, a lo que existió en México hasta el año 2000.

SOBRE EL TESTIGO

Miembro activo de la vida periodística mexicana, Juan Villoro ha colaborado en las revistas Letras Libres y Proceso, y en los diarios Reforma, La Jornada y El País. Fue profesor de Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y profesor invitado en las universidades de Yale, Boston, Pompeu Fabra, Princeton y Stanford. En 1980 publicó su primer libro, La noche navegable y en 1991 su primera novela, El disparo de Argón. En 2004 publicó El testigo, con el cual obtuvo en España el premio Herraldede novela, otorgado por la editorial Anagrama.

Juan Villoro convierte la vida del poeta Ramón López Valverde en una de las tramas de la fábula literaria de El testigo (2004), una obra que usa la biografía literaria como pretexto para atravesar la cultura mexicana. En ella, Villoro reivindica la vocación de totalidad propia de las ficciones de la segunda mitad del siglo XX y convierte su ficción en una ambiciosa máquina de lectura de la literatura y la historia mexicanas.

Juan Villoro ya advierte que lo que realmente institucionalizó el PRI fue el rencor. Rencor que se va diluyendo, pero del que no parece surgir una cultura política alternativa. Lo mejor que se puede decir de la novela El testigo de Juan Villoro es que no es una novela latinoamericana, sino una novela a secas, que parece compartir el diagnóstico del antropólogo mexicano Roger Bartra.

El protagonista de la novela, Julio Valdivieso (exiliado durante décadas en la Universidad de Nanterre) no es ningún héroe, pero la trama de encuentros y desencuentros personales a su regreso sirve para retratar el monto de corrupción y violencia que asolan al país.

Revive estupefacto a los rescoldos de la revolución traicionada, de la mano de una esperpéntica performance de telenovela cristera (Vendéemexicana opuesta a la revolución en 1926), que es a su vez, la historia de su propia familia, y explica el oxímoron de una Revolución Institucionalizada sobre la idea de que «eso era el futuro, un viaje atrás, al punto donde la patria erró el camino» (Juan Villoro, pág. 36).

Tras décadas de agrarismo, indigenismo, caciquismo y autoritarismo nacionalista, Valdivieso descubre una sociedad aletargada, subyugada por «una Confederación autoritaria, en su vertiente católica cristera, populista nacionalista o narco, con el culto mortuorio como único vínculo comunitario» (Juan Villoro, pág. 689).


Bibliografía:

Bartra, R.; La jaula de la melancolía (Identidad y metamorfosis del mexicano), Mondadori, México D. F., 2005.

Fuentes, C.; La muerte de Artemio Cruz, Editorial Planeta, Barcelona, 1962.

Fuentes, C.; La región más transparente, Editorial Planeta, Barcelona, 1958.

Fuentes, C.; La Silla del Águila, Alfaguara, México D.F., 2002.

Paz, O.; El laberinto de la soledad, FCE, México D.F., 2002.

Rulfo, J.; Pedro Páramo y El Llano en llamas, Editorial Planeta, México D.F., 2002.

Villoro, J.; El testigo, Anagrama, Barcelona, 2007.