Techno y sadomasoquismo

Crónicas del dolor en la excárcel de mujeres de la Ciudad de México

Abraham Sapién
Investigador postdoctoral en el Centro de Investigaciones en Ciencias Cognitivas [México]

Imagen: Sara Ramone

Entrada

La anécdota se sitúa en el centro de la Ciudad de México, la antigua Tenochtitlán, en la excárcel de mujeres cerca de la colonia de La Merced. Lo narrado ocurrió un sábado, hacia la medianoche, con luna casi llena, pocos días antes de Halloween. En textos recientes, propuse una taxonomía de las formas en que el comportamiento masoquista puede manifestarse, argumentando que, en un sentido amplio, todos somos masoquistas (Sapién, 2021, 2022). A partir de las categorías de estos estudios, haré un análisis sobre los eventos ocurridos aquella noche, de los cuales fui espectador. Será un recorrido por tres niveles. En cada uno, observaremos distintos beneficios que se pueden obtener mediante interacciones que implican daño o experiencias desagradables.

En la primera faceta, analizaremos el gusto por la música fuerte y estridente; estudiaremos el placer de la experiencia colectiva de la audición y la vibración del techno. ¿Cómo explicar que nos guste escuchar música a tan alto volumen? En el segundo momento, desglosaremos aquel placer que más comúnmente se entiende como masoquista; es decir, aquel que ocurre cuando alguien es azotado, golpeado, amordazado, etc. ¿Qué explica que algunas personas se inflijan daños que muchos otros evitan? Finalmente, daremos cuenta de un masoquismo más narrativo, haciendo referencia a la expresión artística del performance. ¿Por qué hallamos goce al ver a otras personas doliendo?

El dolor puede ser un espacio de exploración sensible. Muchos hemos investigado la llama del fuego. Analizar nuestra interacción con el dolor y el daño que nos provocamos nos permite entender mejor la clase de animales que somos y el tipo de necesidades que tenemos como habitantes de las selvas urbanas del presente. El propósito de esta investigación es entender mejor nuestra naturaleza a partir de los dolores que necesitamos y cómo los obtenemos. Nos adentraremos en esa velada como exploradores de la mente y usaremos la teoría filosófica como guía para comprender lo que veremos a través de tres pisos de recuerdos.

Cruzamos la ciudad con sus lucecitas plateadas, doradas y rojas, hasta que encontramos el destino: un edificio robusto a unas cuadras del Centro Histórico. Llegamos justo antes de la medianoche. Vestimenta sobria: todo negro, chamarra de cuero, lentes oscuros. En contraste con algunos de los asistentes más experimentados, nos vemos un poco “vainilla”. La entrada, blanca y luminosa, parece la de cualquier bodega. Algunos participantes que esperan en la entrada son jóvenes menudos, con la cara tapada por un pasamontañas meticulosamente adornado con estoperoles, hilos coloridos, trenzas largas rosa pastel y listones brillantes. Hay dragas, fresas, chacas, darquetos, altos y bajos. Cambiamos nuestra reservación digital por un código QR y un brazalete fluorescente. Compramos vasos de plástico para rellenarlos más tarde y atravesamos el umbral de acceso. Subimos las primeras escaleras, al lado de cabinas azules portátiles que sirven como baño.

Primer piso: sonidos que lastiman

Encontramos un lugar oscuro, lleno de música y humo. Más personas siguen llegando y se apretujan entre cuerpos y costillas desconocidas. En el perímetro, se vislumbran distintos personajes: el Joker, con una hoodie amarillo pastel, cubriéndole el pelo verde; hombres fornidos, con gafas oscuras, muestran su torso cubierto únicamente por un chaleco antibalas; personas con máscaras que tintinean con luces neón; mujeres de pieles tatuadas llevan lencería y zapatos de plataforma; hombres en minifalda de látex caminan de la mano de sus novias de la noche; todas las siluetas danzan, se mueven, agitándose, exhalando e ingiriendo el bochorno del ambiente. Detrás de nosotros, se proyecta sobre la pared un macho cabrío, un diablo colorado, verde chillante, temblando en un ciclo repetitivo, como si estuviera atrapado en el muro.

La música es un sistema matemático que disfrutamos escuchar. Nos gusta encontrar patrones, se siente bien predecir el ritmo. Así como también es agradable cantar una canción de despecho que sabemos de memoria, poemas de dolor que apreciamos recitar. Pero no solo hay goce en las letras trágicas que tratan de desamor y rompimiento. También se puede gozar de la música electrónica, sintética y estridente. Desde hace décadas, la industria del techno y sus vertientes se ha expandido por el mundo. Hoy existen clubes destinados exclusivamente a este género desde Berlín hasta la Mexico City. ¿Por qué nos metemos a un lugar abandonado, caliente, a escuchar música que suena tan fuerte que al final quedan zumbando los oídos? Detectamos varias razones.

Algo recurrente de la música techno es su repetición y ritmo, usualmente apenas más rápido que la frecuencia de nuestros corazones; esto nos ayuda a sintonizarnos colectivamente a un pulso que nos anima. La frecuencia repetitiva y fuerte nos afecta motivacionalmente; nos brinda energía, como cuando utilizamos la música para correr, para movernos (Clark, et al., 2018). Somos de agua y, como un fluido, palpitamos. Además, cuando las ondas son lo suficientemente fuertes, sacuden al aire al punto en que podemos experimentarlas también con la piel, como una caricia sonora. Nos congregamos alrededor de las bocinas que resuenan, como si siguiéramos los patrones fractales del sonido. Nos hemos adaptado a las condiciones urbanas, pero nuestras bases biológicas y rituales parecen mantenerse. Nos gusta latir al unísono, alrededor de un fuego —a veces digital— que nos ayuda a romper con la monotonía y las rutinas diurnas.

Sin embargo, esta actividad cuesta y cobra. La música fuerte nos puede lastimar los oídos y, al regresar a casa, escuchamos un chillido agudo, indicando la posible pérdida de capacidades auditivas (Petrescu, 2008; Chadha, et al., 2019). ¿Por qué nos sentimos atraídos por algo que también nos daña? Una manera de explicar esto es a partir de la noción del daño colateral. Es decir, no es que queramos rompernos los tímpanos, sino que es un resultado inconveniente que estamos dispuestos a tolerar con tal de tener la experiencia colectiva de bailar y sentir las oscilaciones y resonancias placenteras que la música electrónica nos regala.

Bailando generamos un espacio estable donde podemos sacudirnos y, con ello, liberar la tensión acumulada de nuestros cuerpos citadinos. La música propicia una danza, un gozo y un roce que nos resultan agradables, rompiendo con el letargo. Al parecer, somos animales que siguen necesitando moverse para mantenerse estables. En ocasiones, moverse es la única respuesta al agotamiento para restablecer el balance fisiológico y mental. Nada como la apaciguante fatiga, la calma de ya no tener más que dar. Esto ocurre de la manera ideal cuando cada quien permite y alienta el zangoloteo de los demás. Ahí se suda y, con ello, la vida se siente más. La carne pulsa. Se agita el esqueleto. Sería ideal poder experimentarlo sin daño al sistema auditivo, pero de no ser posible, para muchos es un precio que vale la pena pagar. De movernos tanto nos da sed. Vamos a explorar otros recovecos.

Segundo piso: azotes que gustan

Al lado de la fila para comprar líquidos, hay una jaula; dentro de ella, una estructura triangular, como una choza metálica sin paredes. De su punta cuelga una persona atada con nudos shibari. La azotan mientras sonríe. Su cabeza y la planta de sus pies apuntan hacia arriba, con la panza suspendida y los senos apretujados. Un hombre con una barba siniestra de candado la castiga amablemente con un látigo de hebras múltiples, produciendo estruendos al contacto con la superficie de la muchacha. Ella presume sus llagas en la piel, intercaladas con cera derretida. Al mismo tiempo, otras tres señoritas sentadas en el piso, dentro de la jaula, cuchichean y miran sus celulares, esperando su turno. Se siente cierta naturalidad que acompaña a lo extraordinario de la escena. Nosotros, aquí al lado, recargados sobre los barrotes de la celda, continuamos observando mientras esperamos para pagar un refresco de manzana.

El masoquismo se puede entender de dos grandes maneras. Primero, puede que el dolor se conciba como el medio para un fin deseado. Segundo, puede que se lo busque como una parte fundamental de un todo que se quiere experimentar. Estas opciones pueden encontrarse en un vasto número de estudios de corte ya sea psicológico (Baumeister, 1988; Freud, 2007; Reik, 1957; Seligman, 1970), clínico (Coluccia et al., 2016; Kurt & Ronel, 2016; Rozin et al., 2013), antropológico (Gebhard, 2008; Kamel, 2008; Kamel & Weinberg, 2008; Moser & Levitt, 2008; Weinberg, 2008) o filosófico (Deleuze, 1967; Goldstein, 1983; Klein, 2014). Mientras que en la primera forma el dolor cobra un valor instrumental, en la segunda se trata de un valor mereológico. La primera es el camino que hay que recorrer para llegar a lo deseado. La segunda trata de una experiencia compleja cuyas partes borrascosas pesan en el balance del todo que es deseado.

El dolor puede ser la vía para acceder a estados fisiológicos a los cuales difícilmente se llega de otra forma. De manera similar, la asfixia es una manera de acceder a estados eufóricos y, por ello, también puede convertirse en una práctica común, aunque peligrosa (Coluccia et al., 2016). Las historias de laceración, mezclada con devoción espiritual, han mostrado que el castigo de la piel puede conducir a momentos de éxtasis (Moscoso, 2011). Cuando una zona de la piel se perfora, se quema, se daña, etc. nuestra conciencia está dirigida a esa porción de nuestro cuerpo. Mientras mayor sea la estimulación, más atención consumirá. Nuestra mente se satura y, en ello, puede haber alivio. En esta clase de situaciones, ocupamos a nuestra mente con una sola tarea: sentir ahí.

A menudo, los placeres masoquistas radican en la búsqueda de límites, como han señalado autores como Klein (2014), Deleuze (1967) o el mismo Kraft-Ebbing (1892), cuyo texto dio origen al término “masoquismo”. Es decir, como ocurre con otros fenómenos estéticos, la fascinación y la exploración son grandes motivadores para la experimentación. Los primates humanos que somos hemos descubierto que hacernos daño, de forma controlada, puede resultar interesante, e incluso placentero. Sin embargo, es crucial notar que estas formas de alteración de la conciencia conllevan riesgos.

Esto dicho, lo que sí podemos hacer es orientarnos por el análisis de los dos tipos de situaciones que parecen motivar la búsqueda por el dolor: como medio para un fin, o como una parte de un todo. Al tener un consenso sobre qué estamos describiendo con cada palabra, con cada símbolo, podemos comunicar de la mejor manera posible el fenómeno que observamos y en el que, tal vez, deseemos participar. Con categorías definidas la comunicación es más clara, más precisa y esto puede ayudar a reducir riesgos y llevar a cabo dichas prácticas de forma tanto placentera como segura. Ya conseguimos nuestra soda. Ascendamos al último nivel.

Tercer piso: asfixia terapéutica

El último piso tiene una tarima al centro, con sillas alrededor, todas ellas ocupadas. ¿Somos los humanos el único animal que sabe dejar lo mejor para el final? Otras personas esperan el inicio del espectáculo, sentadas en el piso o de pie. Más al fondo, se ven los maderos acomodados al lado de un ventanal, desde el cual se vislumbra un fragmento de la ciudad. La luz del escenario es roja y morada. Suena Tchaikovsky de fondo. Acomodémonos a mirar sobre estas tarimas, al margen del escenario.

El arte performático tiene la peculiaridad de que la misma acción conjunta lo descriptivo y lo metafórico. A diferencia de otras artes escénicas, como el teatro, lo que estamos presenciando es real. En el performance lo que observamos suele ser literal. La sangre no es de mentiras. Además, la relación entre el público y los artistas es más cercana; esto se nota, por ejemplo, en el hecho de que el escenario está al mismo nivel que la audiencia. En algunos performances la gente se desviste, gruñe, a veces se pinta e invita al público a participar sobre los lienzos desnudos. ¿Cuál es nuestro lugar aquí, qué papel desempeñamos? Mirar. Completamos la experiencia estética. Nuestra mirada conlleva el poder de brindar existencia. Los espectáculos comienzan.

Primer acto. Aparece una mujer cubierta de látex, de cuya máscara negra platinada, sale una coleta de pelo violeta. Se pueden ver únicamente sus ojos y su boca. Lleva un traje entallado que, en el pecho, dice “Barbie” en letras rosa pastel. Trae con ella a un par de hombres en calzoncillos rojos y gafas de sol. A uno de ellos lo amarra a un tubo de metal, con las manos hacia el cielo. Resuena el gutpunch de la dominatriz sobre los abdominales del sumiso. Invitan al público a continuar pegándole en el abdomen. Las personas se muestran agradecidas o apologéticas después de haberle lanzado puñetazos; por el contrario, un hombre, vestido como un bebé, le da duro y sin remordimiento aparente. Podemos identificarnos con los “personajes”, como en otras formas escénicas; sentir que somos el golpeado o el golpeador. La diferencia es que aquí la empatía aumenta: el tronido sobre la piel no es de fantasía.

Segundo acto. Se montan a la tarima dos personas. Una, vestida de clown, en blanco y negro. La otra lleva un mohawk de colores. Se percibe amistad, complicidad. Comienzan por lo más leve. Se atraviesan la piel, una a la otra, con agujas delgadas. La frente de una sangra y los hilos rojos escurren por su cara. Luego, con una punta más gruesa y larga, le perfora las mejillas, zurciendo de lado a lado. Mientras observamos cómo sus membranas ceden a la certeza del metal, se nos corta la respiración. La audiencia se desahoga cada que una de esas puntas gruesas logra atravesar la piel, descansando momentáneamente. Ahora nos muestran una cadena pesada de metal. Se agujeran la piel del pecho, sobre el esternón, y se atan los eslabones gruesos de la cuerda de hierro que ahora las une y cuelga entre ellas. Se sujetan con grilletes que estiran su piel. Abren los brazos y, lentamente, se dejan caer hacia atrás mientras caminan en círculos, viéndose cara a cara. Lo literal se vuelve además metafórico: se sostienen una a la otra. Se acercan, sonríen, se abrazan. Se escuchan los aplausos.

Tercer acto. Introducen a un hombre casi desnudo a una caja fúnebre. Le echan hielos. Se retuerce. Le envuelven la cara con papel plástico, obstruyendo su respiración. Esperan. Su cuerpo se asfixia. Nos sofocamos con él. Por fin, le hacen un agujero sobre la boca para que pueda volver a tomar aire. Exhalamos con él una misma bocanada. Lo cubren de tierra. Me acuerdo del poema de Edgar Allan Poe, Annabel Lee, “it was many and many a year ago, in a kingdom by the sea”. Recuerdo su miedo a morir enterrado vivo. Me resulta difícil seguir mirando. Siento como si estuviera yo mismo enterrado, como si no pudiera respirar. Lo sacan de ahí, arrojándolo al piso. Cubren su piel con pinzas de ropa. Le conectan los genitales a una bomba de vacío. Se sigue retorciendo. Le desatan las manos y se libera paulatinamente de los objetos que lo pellizcan. Termina el show y sale caminando del escenario.

Por un lado, se sabe que distintos estados mentales pueden tener efectos analgésicos sobre la experiencia del dolor (Fajardo-Chica, 2017), lo cual puede explicar la capacidad de ciertas personas para soportar el castigo. Por otro lado, nosotros, como audiencia, podemos hacer sentido de lo ocurrido en la medida que estas escenas nos pueden resultar terapéuticas. Nos ayudan, como las artes escénicas en general, desde la identificación que sentimos con los personajes y personas. Además, somos espectadores de actos de profunda vulnerabilidad, la cual se relaciona de manera muy cercana con procesos de confianza e intimidad (Hansberg, 2017). Al ser empáticos, somos capaces de imaginar y entender algo de lo que los otros están viviendo. Podemos golpear y ser golpeados, herir y ser heridos, enterrar o ser enterrados.

Experimentar a través del otro puede fungir como una forma de sanación, en el sentido de que nos ayuda a entendernos mejor, a reflejarnos en el otro y así comprender con más detalle nuestra propia historia de vida. Al final, aunque únicos, somos similares. La experiencia de verse en el otro puede catalizar el proceso de afrontar nuestros nudos existenciales, fantasías, miedos y deseos, tanto inconscientes como insatisfechos. Sin embargo, no es usual que existan lugares donde podamos explorar y reconciliarnos con esa clase de experiencias vitales.

Salida

El evento termina. Visitamos paredes que otrora albergaron prisioneras. Nos quedamos entre amigos a la entrada, mirando a las personas irse de a poco. Vimos y fuimos observados. Salimos a caminar hacia la Merced, con el sol levantándose y el aire escarchado. Caminamos hasta llegar al Sanborns de los Azulejos, al lado del Palacio de Bellas Artes.

—Sí, buenos días: jugo de naranja, café con leche y enchiladas suizas, por favor.


Bibliografía, notas y fuentes:

Baumeister, R. F. (1988). Masochism as Escape from Self. The Journal of Sex Research, 1, 28.

Chadha, S., Martinez, R., & Kamenov, K. (2019). Estimation of the risk of developing hearing loss due to exposure to loud sounds in recreational settings: A meta-analysis. Geneva: World Health Organization.

Clark, J. C., Baghurst, T., & Redus, B. S. (2018). Self-selected motivational music on the performance and perceived exertion of runners. Journal of Strength and Conditioning Research. https://doi.org/10.1519/JSC.0000000000002984

Coluccia, A., Gabbrielli, M., Gualtieri, G., Ferretti, F., Pozza, A., & Fagiolini, A. (2016). Sexual Masochism Disorder with Asphyxiophilia: A Deadly yet Underrecognized Disease. Hindawi Publishing Corporation Case Reports in Psychiatry, 1–4. http://dx.doi.org/10.1155/2016/5474862

Deleuze, G. (1967). Présentation de Sacher-Masoch: Le froid et le cruel. Éditions de Minuit.

Fajardo-Chica, D. (2017). Dolor agudo y otras estrategias de protección corporal. In R. Esteinou & O. Hansberg (Eds.), Acercamientos Multidisciplinarios a las Emociones (pp. 59–75). UNAM.

Freud, S. (2007). El problema económico del masoquismo. In Obras Completas: Vol. XIX. Amorrortu.

Gebhard, P. H. (2008). Sadomasoquismo. In T. S. Weinberg, BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión (pp. 47–51). Edicions Bellaterra.

Goldstein, I. (1983). Pain and masochism. Journal of Value Inquiry, 17(3), 219–223.

Hansberg, O. (2017). Emociones, intimidad y confianza. In R. Esteinou & O. Hansberg (Eds.), Acercamientos Multidisciplinarios a las Emociones (pp. 17–35). UNAM.

Kamel, L. (2008). La trayectoria del cuero: Acerca de convertirse en un sadomasoquista. In T. S. Weinberg, BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión (pp. 57–66). Edicions Bellaterra.

Kamel, L., & Weinberg, T. S. (2008). Diversidad en el sadomasoquismo: Cuatro trayectorias en el SM. In T. S. Weinberg, BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión (pp. 77–96). Edicions Bellaterra.

Klein, C. (2014). The penumbral theory of masochistic pleasure. Review of Philosophy and Psychology, 5(1), 41–55.

Krafft-Ebing, R. von. (1892). Psychopathia sexualis: With especial reference to contrary sexual instinct: A medico-legal study. F.A. Davis.

Kurt, H., & Ronel, N. (2016). Addicted to Pain: A Preliminary Model of Sexual Masochism as Addiction. Nternational Journal of Offender Therapy and Comparative Criminology, 1–15. https://doi.org/10.1177/0306624X15627804

Moser, C., & Levitt, E. E. (2008). Un estudio descriptivo exploratorio de una muestra de orientaci6n sadomasoquista. In T. S. Weinberg, BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión (pp. 97–116). Edicions Bellaterra.

Petrescu, N. (2008). Loud music listening. McGill Journal of Medicine, 11(2), 169–176.

Reik, T. (1957). Masochism In Modern Man. Farrah & Rinehart.

Rozin, P., Guillot, L., Fincher, K., Rozin, A., & Tsukayama, E. (2013). Glad to be sad, and other examples of benign masochism. Judgment and Decision Making, 8(4), 439–447.

Sapién, A. (2021). Todos somos masoquistas. dolor(mayo), 58–63.

Sapién, A. (2022). Una taxonomía del masoquismo. Resistances: Journal of the Philosophy of History, 3(6), 1–18. https://doi.org/10.46652/resistances.v3i6.97

Seligman, D. B. (1970). Masochism. Australasian Journal of Philosophy, 48(1), 67–75. https://doi.org/10.1080/00048407012341471

Weinberg, T. S. (2008). BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión. Edicions Bellaterra.