Nacido para el Surrealismo

Jocano
Músico

Fecha de publicación: 17/06/25

“La mujer gorda venía delante 
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los
Tambores.
La mujer gorda,
que vuelve del revés los pulpos agonizantes”

(Paisaje de la Multitud que vomita, Federico García Lorca)

5, Le surréalisme c’est moi

En las calles vecinas del Centro Pompidou me venden drogas, manuscritos falsos y sexo impar. Ya estoy dentro, como hace tres lustros, devorando los placeres de aquel surrealismo que irrumpió como el primer punk del siglo: en la primera galería -nivel 6-del museo. En aquel entonces, la banlieue estaba más alterada, ardían muchas calles y hubo demasiada sangre. El arte nos enseñó la cara B como si quisiéramos ver la creación a contracorriente.

A lo ancho y alto —también largo— del año 2024 era previsible que se conmemoraran innumerables centenarios de un movimiento tan recalcitrante y trascendental para la historia del arte. La excusa la había brindado André Breton un 15 de octubre de 1924, publicando en su propia revista el Primer Manifiesto del Surrealismo. Varias de las claves: abominar la mera observación de la realidad. liberación del sueño y vigilia con escritura automática. la novela como género inferior. ponderar lo maravilloso. alumbrar la locura.

Esas consignas han ido evolucionando, y transformándose hasta nuestros días, demostrándose en catálogos musicales, en accesorios de moda o en artilugios cotidianos, pero sobre todo, han generado nuevos surrealismos, con alternativas fórmulas y diferentes modos. Adjetivar con surrealismo abre un crisol de posibilidades. Cuando Salvador Dalí afirmó, quizás dentro de su tumba en Figueres, que “le surrealisme c`est moi” estaba autorizando todas las vicisitudes que iban a llegar. Porque si la Primera Guerra Mundial no hubiera sido lo que fue, el surrealismo hubiera tenido otros antecedentes. Y otros precedentes menos recurrentes.

De alguna manera este collage virtualista no puede tener un orden cronológico, ni alfabético, ni siquiera lógico. Eso pensaba yo cuando me vi de nuevo frente a Max Ernest en el Círculo de Bellas Artes madrileño. Esos cuerpos vacíos y mutilados de sus pinturas derribaban el culto a la razón. Un personaje, ME, que vivió con pasaporte falso en París (proporcionado por Paul Eluard), y que con su hiriente belleza transversal supo llevar el incordio a ese espíritu burgués que representaba la realidad de su tiempo.

a  La irracionalidad

Pese a que el Manifiesto de Breton inaugura un curso (que ya tenía elementos previos), aquel octubre de 1924, la generación surrealista —si es que no ha terminado— tuvo fecha de agotamiento, más que de disolución en 1969. La política ya había entrado en juego, con el Segundo Manifiesto, La Revolución Surrealista, de 1929, en la que se purgaba selectivamente a muchos de los irredentos  miembros, Antonin Artaud o Robert Desnos, pero también Picabia, un baluarte. El movimiento ya estaba al servicio de la revolución. Trotsky y Rivera se habían integrado, y Dalí estaba fuera.

Si atendemos a Eduardo Cirlot, uno de los grandes analistas de las vanguardias y de los ismos, todos los movimientos socio-culturales de la primera mitad del siglo XX han sido vinculantes. Las fórmulas del futurismo se repiten en el surrealismo, al igual que los brotes germinales de un dadaísmo que hizo que Europa conociera el pensamiento irracional. Es preciso prestar atención a esa irracionalidad que fraguó muchos de los proyectos que iban naciendo. No solamente era una beligerancia contra la razón, también contra el orden, la lógica o el diálogo.

Como uno de los últimos homenajes a ese S que llevamos dentro, me acerqué al Pompidou malagueño dos semanas después de haber visitado el parisino. El arquitecto y urbanista venezolano Carlos Raúl Villanueva mostraba una síntesis de vanguardias, integrando a cubistas como Antoine Pevsner, dadaístas (Sean Arp), o al pintor surrealista Wilfredo Lam en diferentes edificios. Un sugerente mosaico de creación del primer cuarto del siglo XX. El arte había mestizado desde todos los rincones del planeta.

El 2 de diciembre de 1944, los fascistas asesinaron a Giacomo Marinetti, un falso ataque al corazón. El futurismo ya se había insertado en algunas de los campos magnéticos del S. Durante uno de mis viajes a Roma coincidí con un ciclo sobre el futurismo; se celebraba en una de las antiguas naves productivas del barrio San Lorenzo, reconvertida en cineclub.  Era como la nueva revolución industrial en clave literaria, pero el fascismo era demasiado dogmático para crear arte.

‘? apollinaire, el padrino

“El surrealismo nace de las cenizas de Dadá”, dice el ideólogo bohemio y europeísta Tristan Tzara. Sin embargo, el término lo acuñó Charles Baudelaire en 1917 en una carta dirigida a Paul Dermée, y dejó semblanzas oportunistas en su poema “Zona” su colega Apollinaire, “al fin y al cabo ya estas harto de este mundo antiguo…..estas cansado de vivir todavía la época de griegos y romanos”. Ciertamente, las primeras décadas del XX en Paris fueron un hervidero de genialidades disparatadas, también disparates geniales.

Puestos a colocar inevitables herencias habrá que significar a Jacques Vaché, Alfred Jarry, Rimbaud, o Pierre Albert Birot como poetas que fueron sembrando las maneras inconfundibles de una nueva etapa artística. Los intereses franceses: aglutina la vertiente más feroz de esa vanguardia, y delegó la mejor herencia para el movimiento S, que ya era modernidad. Y saltando de hemisferio, Sigmund Freud. O Henri Bergson, dos cualificadas bazas desde el mundo de la filosofía que iban a constituir el argumento más sólido de lo que estaban generando aquellos personajes tan dispares.

Sería oportuno afirmar que esa viscosidad regeneradora, que esa reunión de herramientas tan extravagantes, iban con un máximo denominador común falso. Ésta abierta crónica ha paladeado a lo largo de las últimas décadas muchas retrospectivas, exposiciones y antologías del ismo que celebramos. En el Palacio barcelonés de la Virreina la protagonista era Meret Oppenheim, una heredera de la burguesía liberal berlinesa. Que terminó desnudándose ante la cámara de Man Ray en la mítica revista Minotaure. Se infiltró en el grupo, con Giacometti y Arp de anfitriones. Legando un testamento de pinturas y esculturas que buscaban la descontextualización de Duchamp. Aquella mujer tan desinhibida dio otro golpe de imaginación con erotismo, astrología y naturaleza. Recuerdo haber visitado aquellas salas dos días seguidos, impactado por la mirada esquiva de sus retratos y engreída de sus obras.

Tal como me ha fascinado profundamente esa lógica que produce el absurdo, a menudo he soñado con rozar la psicología de los vicios. Cada generación ha inventado sus trucos y artificios para sobrevivir y sumergirse en el abismo de los pecados más originales. Y dentro del corazón del surrealismo, la teoría y la práctica eran dos enemigos íntimos, llamados a entenderse cuando el futuro no tenga presente. cada museo me ha aconsejado una puerta diferente de entrada al surrealismo.

+   ¿Dónde queda el esperpento?

(variables españolas del surrealismo)

No es fácil pensar que Valle-Inclán viese la primera película de los hermanos Marx, ese “Animal Crackers” que sintetiza los mejores argumentos del humor y surrealismo de su filmografía. Y, sin embargo, uno descubre en las últimas dramaturgias del maestro gallego ese diálogo irracional y tremebundo que iluminaba los guiones pseudoimprovisados de aquellos grouchos. Los espejos cóncavos eran disciplinas habituales en los ingenieros de la maquinaria surrealista, convirtiendo lo real en banal, “más es más y menos es aburrido”, declaró una decana diseñadora. Valle deambuló por los mismos territorios, buceando en esa irracionalidad de la bohemia, creando una obra demasiado variopinta pero ilustrativamente subversiva…

Sin objetar al maestro Cirlot, que dejó además de académicos volúmenes —una genuina bibliografía de historias electrizantes, Feria y atracciones…— al surrealismo en español no le faltaron nombres ni apellidos, con mayúscula. Volviendo a Madrid, a la Fundación Mapfre, la comisaría Estrella de Diego coordinó recientemente “1924, Otros surrealismos”. Daba cabida fundamentalmente a una docena de mujeres que fueron protagonistas de aquel primer medio siglo XX, Remedios Varo, Gala, Raquel Forner, por citar algunas. Miraba yo el “Armario Surrealista” de Marcel Jean y me perdía en esas puertas como podían perderse los propios autores. Y por encima, la torrencial Maruja Mallo, inmortalizada por Ana Rodriguez Fisher en la novela “Notre Dame de la alegría”, un redescubrimiento sublime de la creadora surrealista. (Mientras ultimo esta venial declaración de principios a mi fascinado S, acudo con urgencia al Centro Botin santanderino, donde se expone la más completa retrospectiva de MMallo. Casi un centenar de pinturas, documentos, escritos y fotografías que dan idea de lo que simbolizó esta pequeña y arrolladora mujer gallega en los primeros años del siglo XX. Un solo ejemplo, por no extenderme, esa fotografía en Isla negra, con Neruda y ella y un pulpo en la cabeza. Máscara y compás, que ineludiblemente merecería todo un ensayo —ya lo ha escrito Ana Fisher—… Feminista, también, pero una artista en el pódium de Frida Kahlo o Georgia O¨Keeffe)

Claro que había un equipo titular. La generación del 27, con Alberti como el capitán que había recibido el enroque de las visitas de Aragón. Hinojosa, Aleixandre, Prados, Altolaguirre, Carmen Verde Arocha, esa poesía corregida en la incorrección diseñada por la dulce locura y cimentada con dosis de parodia grotesca. Dalí ya era un presente (ingresa oficialmente en 1929) y se encarga de revolucionar artísticamente desde los abismos del cubismo. Si Valle-Inclán hubiera coincidido con Luis Buñuel, hablamos del culmen del surrealismo. “Un perro andaluz” tiene su origen en poemas y publicaciones, que iban a derivar en un libro. “Pedro Páramo” y Juan Rulfo hubiera sido el triángulo idóneo. Me dejo arrastrar por esta crónica para revisionar enésimamente “Viridiana”. cada imagen sublima una reflexión y cada diálogo una idea. Hace unos meses nos dejaba Silvia Pinal, la monja sobrina de Fernando Rey, una de las musas del director aragonés.

Yo, y muchos como yo, que no habíamos nacido cuando LB rodaba Viridiana, hemos encontrado ese esperpento de caridad, caos y tragedia que escondía sugerencias para que la censura franquista no permitiera su emisión. Mi tintero es demasiado abusivo, pero no me quiero olvidar de Eugenio Castro, un poeta toledano que falleció el pasado año, y que era coeditor de la revista Salamandra, y cofundador del Grupo Surrealista de Madrid, también factótum de la editorial La Torre Magnética. Y Nicolas de Lekuona, pintor y escritor guipuzcoano que falleció en la guerra civil, dejando un legado muy notable en clave surrealista.

1  la juventud del surrealismo

Embriagado del sentimiento, que, repito por enésima vez, siempre me ha producido el surrealismo como género y religión, y algo cansado después de tres horas stendhalianas encuentro un refugio en la cafetería Leonardo; pido un dry martini, y contemplo un atardecer de bajas pasiones. Sobre una repisa duermen tres o cuatro periódicos, elijo La république y uno deportivo: hay malestar político en el país, cambios de primer ministro, tendencias de la extrema derecha, la inmigración demasiado presente, un caleidoscopio de huelgas, también crisis en el PSG futbolero. Un obituario me rescata del pesimismo. Ha fallecido Silvia Pinal, una actriz andaluza que puso su divinidad y sus gestos a las películas de Buñuel. Y que aparece de nuevo en este microensayo. Como muchos otros.

Con el surrealismo convertido en adjetivo, en apellido, en sentimiento, su grado cultural adquiere niveles exponenciales. “Convertir lo político en estético, y lo estético en político es la labor del surrealista”, decía Fernando Sánchez Castillo, que compró los restos del yate Azor (propiedad de Franco) para convertirlos en pieza y reflexión sobre la libertad. Paseaba por la playa de la Zurriola pensando en esa libertad de la que hablaba el artista cuando me encontré a María Paz Jiménez. o a su obra. Una gitana guipuzcoana que vivió a caballo de Buenos Aires y Donostia, configurando una obra que lleva desde el surrealismo al informalismo. Una perfecta desconocida que alentó el virtuosismo femenino, sin dejar el anonimato.

Meros acercamientos a un movimiento que me había puesto a pedir de boca mis persistentes inquietudes. Si María Paz Jiménez pretendía desvelar el misterio con sus óleos y Monigotes, yo, a cualquiera de los que ustedes quisieran proseguir en la carrera sin fondo que ofrece el surrealismo le aconsejaría la revista Salamandra, un buzón encantador. Nunca lo he dudado, incluso lo he corroborado visitando intermitentemente museos que recogieron obras selectas del movimiento, leyendo estudios (es importante mencionar al recién fallecido CB Morris, pionero en los análisis surrealistas españoles, con apabullante material bibliográfico) y durante el pasado 2024 recorriendo cualquier rincón que oliese a S.

Aquí estoy. En el centro neurálgico del surrealismo que fue. Quiero recordar mi visita de hace casi 2 décadas, y encuentro algunas similitudes (he comprobado que los comisarios de ambas exposiciones no son los mismos), veo mayor celebración en las salas, que ahora me transportan a la ingeniería indisciplinada de tantos creadores. Y retomo esa afortunada observación del artista David Maroto, “el interés por el surrealismo nunca ha desaparecido, siempre resurge”.

Mueren algunos símbolos y epígonos del surrealismo, pero los elementos que fortalecieron el movimiento siguen vigentes. A por el próximo centenario.