Antonio Rivera
Catedrático en la UPV/EHU
Fecha de publicación: 24/06/25
Es evidente que la opinión de la ciudadanía vasca sobre el general Franco y la larga dictadura que este presidió es muy negativa. La guerra civil, además de corta, fue letal en el País Vasco, generando una importante cantidad de víctimas y de destrucción. Fue, además, una guerra civil dentro de otra, porque los vascos se dividieron en favor de uno y otro bando, incluso territorialmente, al punto de que, si en una Vizcaya leal a la República se pudo poner en marcha un primer experimento de gobierno autonómico, el de José Antonio de Aguirre, en los territorios navarro y alavés, y enseguida guipuzcoano, los alzados reclutaron y organizaron su voluntariado más numeroso y eficaz (el Requeté carlista). La contienda significó también el combate entre los sublevados contra su bestia por excelencia, la que constituía ese mix de rojo-separatismo. Cuando acabó aquella, a pesar del exilio, la cárcel, la desposesión mediante purgas e incluso la muerte, muchos vascos que recuperaron su vida cotidiana lo hicieron como perdedores y enemigos del régimen, con escasa intención de este por modificar esa situación (al menos en los primeros años). Las huelgas de 1947 y 1951 vinieron a significar la oposición latente en parte del país y las dificultades para sobrevivir al día a día de aquellos años de represión y hambre.
Sin embargo, la construcción de la imagen más negativa de aquel régimen de dictadura, aun existiendo como se señala en la realidad de los primeros años de esta, se intensificó durante el segundo franquismo y, especialmente, durante el tardofranquismo. En esos años, a partir de la celebración de los XXV Años de Paz en 1964, el régimen se fue convirtiendo en ajeno al país al sumarse a la oposición original que soportaba desde sus orígenes la que ahora generaba otra nueva, en parte producto de su propio éxito modernizador en lo económico y social, que no político: la que le generaban el nuevo proletariado industrial, los estudiantes universitarios y de grado medio, una Iglesia conciliar y aggiornatada, vecinos de ciudades y localidades sin servicios urbanos, mujeres emancipadas pero sin derechos civiles… A sumar a todo ello, la irrupción de un nuevo nacionalismo vasco que apostó por la vía violenta cada vez más terrorista y que trastocó por completo las relaciones de toda esa oposición con el régimen (y la actitud ante ambos de buena parte de la ciudadanía).
Aquel tiempo de dictadura en el País Vasco, tan largo como el español, fue a la vez de privaciones y miseria y de desarrollismo industrialista y social como no se había conocido. Fue de relegación de la cultura y el idioma vascos al territorio de lo privado, pero también de su uso folklorista en una síntesis de cultura local y nacional politizada únicamente en los términos impuestos por el régimen. Fue el de una economía regional favorecida por las decisiones de ministros y ministerios necesitados de su concurso sucesivo: primero de la gran industria para recuperar las infraestructuras destruidas por la guerra, luego de la más versátil protegida por excepciones arancelarias en un momento de autarquía y, finalmente, de toda ella a través de un desarrollismo sin planes de desarrollo, con sus propias fuerzas y tradiciones industriales. Fue el de un régimen soportado, como en todos los lugares, por los propios ciudadanos vascos, actuando como concejales, procuradores en Cortes, gobernadores civiles, cuadros sindicales de la CNS o diferentes agencias que mantuvieron viva la burocracia del nacionalsindicalismo. Además, todo ello, en una región donde de partida los apoyos políticos eran más sólidos y numerosos que en otras muchas, al menos mientras la lealtad del aguerrido carlismo se mantuvo enhiesta. Fue el vasco un país donde los opositores, sobre todo en la segunda parte de la dictadura, como se ha señalado, cobraron más entidad que en otros territorios, conformando una confrontación dotada de singularidad por la presencia no solo de un movimiento obrero potente, sino también por la realidad de sus dos nacionalismos vascos.
Se quiere decir con esto que la experiencia del franquismo en el País Vasco fue más compleja, dinámica y cambiante que lo que se sintetiza en esa supuesta oposición generalizada que compartiría el conjunto de la ciudadanía. En cualquiera de los ámbitos en que se desenvolvió ese tiempo se mezclaron instantes de esplendor y decadencia para el régimen que encabezaba ese personaje que veraneaba año tras año en las aguas donostiarras.
El XXXI Simposio del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda (UPV/EHU) se celebrará los días 17 y 18 de julio próximo para tratar de estas cuestiones. Se trata de juntar mediante mesas temáticas a expertos de aquí y de allá para reflexionar sobre cómo fue aquel tiempo en nuestro territorio. Las mesas abordarán la conformación del personal político y los mecanismos de selección de élites y de participación de las bases sociales de soporte del régimen; la dinámica de consenso, coacción y violencia a lo largo de cuarenta años de dictadura; la oposición al régimen; las economías de sus dos partes fundamentales y las consecuencias sociales de las mismas; y la relación del franquismo con eso que podríamos llamar “lo vasco”, que va del idioma y la cultura específica a la recuperación de los conciertos económicos, por ejemplo, pero no solo.
Para abordar estas cuestiones contamos con expertos del propio Instituto Valentín de Foronda, a la cabeza de los mismos el profesor Juan Pablo Fusi, que impartirá la lección inaugural, con otros vascos ajenos a la entidad, como Ander Gurrutxaga o Jesús Valdaliso, así como con colegas españoles que aportarán el punto comparativo y de contexto de nuestra realidad (Carme Molinero, Xosé Manoel Núñez Seixas, Jordi Catalán, Miguel Ángel del Arco…).
Las matrículas están ya abiertas en la página de los Cursos de Verano de San Sebastián de la Universidad del País Vasco UPV/EHU (https://www.uik.eus/es). Quedan ustedes invitados.
