Adriana Selaya Berodia
Doctora. Psicología Jurídica y Forense

Imagen: Mikel Kasaliz
Trate de recordar el día de su séptimo cumpleaños. Al principio parece difícil, puede que no recuerde nada, quizá le venga a la mente una vaga imagen general sobre cómo eran durante su infancia sus fiestas de cumpleaños —si es que las tuvo. Voy a ayudarle: cierre los ojos y siéntese cómodamente, respirando profundamente varias veces. Imagine todos esos aspectos que suelen ocurrir en un cumpleaños típico de su contexto. Poco a poco, según va relajándose e imaginando cómo podría haber sido este día, lo que comió o quizá algún regalo, la imagen mental se volverá algo más nítida. Si lo sigue intentando, con esfuerzo, algo de tiempo (puede que incluso semanas) y dedicación, al final, será capaz de recordar este bonito día con más detalles, incluso algunos que creía haber olvidado por completo. Podrá incluso recordar cómo se sintió aquel día y lo feliz que se encuentra ahora por haberlo recordado —o bien todo lo contrario, si el recuerdo es desagradable. Enhorabuena, acaba de crearse una falsa memoria. Pero… ¿cómo es esto posible? ¿Es posible que «recordemos» algo sobre nuestra biografía de manera falsa o errónea? El estudio científico de la memoria nos dice que así es. Piénselo, ¿qué es más útil para lograr la supervivencia —propia y de la especie—: recordar un posible peligro, aunque este no haya ocurrido, u olvidar aquellas experiencias que nos hubieran podido generar un daño (sea éste del tipo que sea)?
La realidad es que la memoria no funciona como una cámara de vídeo, registrando todos y cada uno de nuestros momentos, a los que luego acceder con tan solo apretar el botón de play. El funcionamiento de nuestra memoria es mucho más sofisticado y está evolutivamente preparado para protegernos, aunque para hacerlo tenga sus propios trucos y, en algunas ocasiones, tenga que «engañarnos». Pero entonces, ¿cómo funciona realmente la memoria?
Cuando la mente nos engaña: Los 7 pecados de la memoria
La memoria es la función básica por excelencia de la mente humana. Nos permite mantener el sentido de identidad y la adaptación a los diferentes contextos en los que nos podemos encontrar. Así, si bien se basa en experiencias pasadas, se centra en el presente y se proyecta hacia el futuro.
No obstante, lo que solemos creer como un singular, un proceso unitario, se trataría más bien de un conjunto de sistemas interrelacionados entre sí, si bien serían independientes (Schacter et al., 2001; Shin et al., 2025; Squire, 1992). Grosso modo, lo que entendemos como «memoria», estaría compuesto, principalmente por tres grandes sistemas: la memoria sensorial, la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. Esto es lo que conocemos como el modelo modal, de Atkinson y Shiffrin (1968). La memoria sensorial hace referencia al breve almacenamiento ilimitado de estímulos percibidos a través de los sentidos; la memoria a corto plazo es aquella en la que se almacena de forma limitada la información de forma breve, con su extensión funcional: la memoria de trabajo, que sería la que nos permite resolver tareas complejas en un momento determinado (como recordar en el momento un número de teléfono para apuntarlo o el mensaje que tenemos que transmitir a una persona) y, por último, la memoria a largo plazo, que es ilimitada. Esta última es la que entendemos comúnmente como memoria: la encargada de almacenar la información durante periodos más prolongados de tiempo, desde horas hasta toda la vida (Fivush, 2011).
Ahora bien, la memoria a largo plazo, también tiene sus limitaciones y adaptaciones: esos trucos que se mencionaban al principio del artículo, que Daniel Schacter denominó Los 7 pecados de la memoria (2001, 2022). Uno de los principales, y el más conocido, sería el propio olvido. Esta capacidad, si bien resulta molesta en ciertas ocasiones, es la que permite el funcionamiento normal de una persona, ya que se encarga de seleccionar aquella información más relevante, dejando atrás aquello que «ocupa» demasiado espacio. Piense en el desgaste que supondría recordar cada aspecto, cada pequeño detalle de todos los días de su vida: sería impensable.
De igual forma, ha sido demostrado cómo la memoria, lejos de ser ese almacén pasivo de información, esa cámara de vídeo encargada únicamente de recoger la información a la que estamos expuestos, tendría un papel más activo en el proceso de formación de recuerdos. Así, se ha reconocido por la comunidad científica que la memoria responde a procesos (re-)constructivos (Lilienfeld et al., 2010; Loftus, 2005). Esto es, que reconstruimos nuestro pasado con nuestras experiencias presentes. Y al reconstruir algo, lo hacemos de forma correcta, pero no exacta a la realidad (sea ésta la que sea).
Aquí entrarían otros dos de los pecados, otras de esas contrapartes de los procesos adaptativos: la atribución errónea y la sugestionabilidad, es decir, errores de comisión (Schacter, 2001). La primera ocurriría cuando atribuimos a un recuerdo una fuente errónea. Por ejemplo, cuando se recuerda haber dicho algo, pero en realidad lo dijo otra persona. La segunda sería la alteración del recuerdo por información a la que hemos sido expuestos, por ejemplo, cuando en un interrogatorio se pregunta si el color de chaqueta del ladrón era azul o rojo y la persona «recuerda» que era roja, aunque inicialmente no hubiera chaqueta. Piense ahora en el trágico accidente en el que falleció la Princesa Diana (Lady Di). Es posible que (si tiene edad suficiente) recuerde ver un vídeo del momento del accidente, el coche entrando por el túnel y posteriormente chocándose contra el túnel. Numerosas personas, recuerdan con claridad ese momento y, más concretamente, ese vídeo. La realidad, es que tal vídeo nunca ha existido, si bien hay fotografías posteriores al momento, así como un entorno mediático muy sugestivo, que habrían evocado ese recuerdo vívido, pero falso (Crombag et al., 1996).
Recordar algo que no ha ocurrido: las falsas memorias
Retomemos la idea previamente mencionada sobre qué es más útil para sobrevivir, si olvidar algo crucial o «recordarlo» aunque no haya ocurrido. Ciertamente, nuestro cerebro ha evolucionado preparándose para la supervivencia, por lo que cabe esperar que nos «engañe» para hacerlo satisfactoriamente.
Así, a principios del siglo pasado, Bartlett (1932), en contra de la corriente académica del momento, diseñó una serie de experimentos que demostraban cómo recordar era un proceso de reconstrucción, en el que no sólo se registraba información, sino que ésta se almacenaba siguiendo los esquemas y creencias tanto personales como culturales de la persona en cuestión. En su estudio más representativo, llamado el estudio de «La guerra de los fantasmas», este investigador demostró que participantes occidentales recordaban esta historia del folclore de la población nativa americana «acomodándola» a sus conocimientos más accesibles, es decir, que cambiaban detalles que resultaban poco representativos o accesibles a la cultura occidental por elementos más cercanos a su contexto sociocultural.
Esta corriente dio lugar años más tarde a lo que conocemos como psicología cognitiva, en la que se reconoce que los esquemas y las creencias juegan un papel activo muy importante en la conducta humana. Enmarcados en este paradigma se encuentran los estudios de la profesora Elizabeth Loftus, una de las investigadoras que recuperó esta idea y diseñó estudios que permitían evaluar cómo sucede este proceso de reconstrucción de los recuerdos. Así, en un estudio pionero, esta autora, junto a la investigadora Jacqueline Pickrell, demostraron cómo la sugestión no sólo podía modificar nuestros recuerdos, sino que podía implantarse un recuerdo completamente falso (no experimentado) y que la persona lo «recordara» (Loftus y Pickrell, 1995).
En este estudio clásico, denominado «Lost in the mall» (Perdido en el centro comercial), las investigadoras reunieron a 24 adultos jóvenes y contactaron con sus familiares cercanos, quienes les proporcionaron tres recuerdos reales, ocurridos, de la infancia del participante. Posteriormente, se diseñó uno completamente falso, redactado por el equipo de investigación. Decía lo siguiente: «Cuando tenías unos cinco años, te perdiste en un centro comercial. Lloraste mucho hasta que un adulto amable te ayudó a reencontrarte con tu familia». Este falso recuerdo se incluyó junto con los tres verdaderos en una pequeña narración escrita. Los participantes leyeron los cuatro relatos y luego se les pidió que describieran todo lo que pudieran recordar de cada uno, en varias sesiones espaciadas en el tiempo. Aunque muchos dudaron del episodio falso al principio, aproximadamente un 30 % de los participantes acabaron recordándolo como si realmente hubiera ocurrido. Algunos añadieron espontáneamente detalles inventados: «Recuerdo que estaba cerca de una tienda de juguetes», «Había una fuente» o «Mi madre me abrazó llorando». Detalles que nadie les mencionó y que nunca existieron. Lo más impactante no fue solo que generaran estos recuerdos ficticios, sino la seguridad con la que los relataban. Para ellos, no había duda: habían vivido esa experiencia. Esta investigación marcó un antes y un después en la comprensión sobre el funcionamiento de la memoria autobiográfica. Loftus y Pickrell demostraron que la memoria no es un simple almacén, una suerte de disco duro de almacenamiento, sino un proceso activo, influido por la sugestión, la repetición y las expectativas, además del contexto cultural que ya había demostrado Bartlett. El estudio aportó evidencia científica para cuestionar la fiabilidad de algunos recuerdos, sobre todo cuando habían sido recuperados bajo interrogatorios policiales sugestivos o bajo presión o mediante técnicas utilizadas en terapia que tuvieran un alto nivel sugestivo. No obstante, este estudio generó mucha polémica y fue ampliamente cuestionado, especialmente por las implicaciones judiciales que entrañaba.
Sin embargo, la realidad es que este fenómeno ha sido observado en numerosos estudios empíricos (v.gr. Lindsay et al., 2004; Mazzoni y Memon, 2003; Otgaar et al., 2009; Otgaar y Candel, 2011), tampoco exentos de polémica. En este sentido, casi tres décadas de investigación después, la investigación que llevamos a cabo (Arce, et al., 2023; Selaya, 2023) abordó el fenómeno desde una perspectiva meta-analítica, es decir, integrando cuantitativamente los resultados de todos los estudios experimentales publicados sobre implantación de recuerdos falsos. Los hallazgos de estos estudios confirman que no sólo es posible inducir recuerdos de eventos que nunca ocurrieron, sino que este fenómeno es reproducible y relativamente frecuente en condiciones controladas. El metaanálisis mostró que el tamaño medio del efecto es moderado a alto, lo que significa que un porcentaje significativo de personas puede llegar a recordar falsamente situaciones autobiográficas si se les sugiere de forma plausible. Además, se identificaron diversos variables moderadoras que influyen directamente en la probabilidad de implantación. Así, por ejemplo, se demostró cómo la imaginación guiada —una técnica sugestiva que consiste en la imaginación «forzosa» sobre cómo habría sido un evento de su pasado (quizá le suene del comienzo del artículo), conseguía implantar recuerdos con cierta facilidad cuando la persona estaba predispuesta a ello (participando en un estudio o siguiendo las indicaciones de un terapeuta, por ejemplo); en el mismo sentido, se alertó del riesgo de introducir información sugestiva y falsa posteriormente a la exposición a un evento «real». En los estudios sobre esta última condición, típicamente se presentaba a los participantes un teatro y posteriormente se les preguntaba y «presionaba» ligeramente para que dieran detalles sobre aspectos no ocurridos durante el mismo. Los participantes «recordaban» dichos detalles y además con una magnitud muy potente (Principe et al., 2017).
Los pecados de la memoria y el ámbito judicial
En el contexto judicial, donde a menudo la declaración de un testigo o víctima representa una prueba clave, la comprensión del funcionamiento de la memoria es esencial para evitar errores que pudieran implicar una decisión judicial errónea (Loftus, 2018; Novo y Seijo, 2010). Estos errores sistemáticos de nuestro gran sistema de memoria, lejos de ser meras curiosidades psicológicas, pueden afectar directamente a la fiabilidad del testimonio prestado por un testigo. Por ejemplo, la sugestión puede alterar el recuerdo a través de preguntas capciosas o comentarios previos a la declaración, lo que ha sido ampliamente demostrado en investigaciones como las de Loftus y Palmer (1974) o Loftus y Pickrell (1995). Este fenómeno es especialmente preocupante en la infancia, ya que los niños son muy susceptibles a aceptar sugerencias y reconstruir sus recuerdos en función de lo que los adultos de su entorno esperan de ellos (Ceci y Bruck, 1995), si bien este efecto ha sido demostrado tanto en adultos como en niños (Arce, et al., 2023: Selaya, 2023). La atribución errónea, por su parte, puede llevar a que un testigo asocie una cara vista en un entorno distinto con el rostro del autor del delito, como ocurre en numerosos casos de identificaciones erróneas documentados por el Innocence Project (2025; West y Meterko, 2016).
En todos estos casos, la complejidad técnica no radica en la detección del intento de engaño por parte de un testigo o víctima, ya que este componente no está presente, sino en asumir que el grado de confianza que una persona deposita en su recuerdo no garantiza su exactitud objetiva (Novo et al., 2003), aunque esta creencia siga presente de manera muy persistente, también en nuestro contexto (Selaya, 2023). Así, una persona puede declarar con total seguridad un hecho que no ocurrió, porque su memoria ha sido modificada sin intención de engaño. Esta disociación entre convicción y precisión convierte al testimonio en una prueba tan poderosa como peligrosa: su apariencia de veracidad puede resultar muy convincente ante jueces y jurados, incluso cuando se basa en recuerdos distorsionados. En este sentido, se han documentado numerosos mitos respecto a la memoria y sus aplicaciones en el ámbito judicial (Loftus, 2018). Cabe mencionar aquí por su especial interés el trabajo del Dr. Scott O. Lilienfeld respecto a la destrucción de mitos anclados en la psicología «popular» (Lilienfeld et al., 2010) o la investigación de Richard McNally a la hora de desmentir aquellos relacionados con los recuerdos traumáticos (2005).
La confiabilidad de la memoria
Pero entonces, ¿no podemos confiar en nuestra memoria? ¿Qué ocurre cuando el testimonio de una persona, es decir, su recuerdo, es la prueba principal de un procedimiento judicial?
A pesar de su naturaleza reconstructiva y de su vulnerabilidad a la distorsión, la memoria humana puede ser una fuente de información fiable, siempre que se consideren sus límites y se empleen procedimientos adecuados de recuperación y análisis. Aunque numerosos estudios han documentado fenómenos como la sugestión, los recuerdos implantados, o los errores de atribución, estos hallazgos no implican que la memoria sea inherentemente poco fiable, sino que es susceptible de error bajo ciertas condiciones específicas que deberemos identificar para poder desarrollar un trabajo garantista. De hecho, en contextos cotidianos, la mayoría de los recuerdos son suficientemente precisos para guiar la conducta, permitir la planificación, resolver problemas y mantener la continuidad del yo, es decir, de mantener el sentido de identidad (Schacter et al., 2003), a pesar de los errores que puedan presentar.
En el ámbito judicial, la fiabilidad del testimonio no debe asumirse de forma acrítica, pero tampoco desestimarse: existen procedimientos empíricamente validados —como la entrevista cognitiva— que permiten recuperar mayor cantidad de información sin incrementar los errores, mediante la restauración mental de contextos (Fisher y Geiselman, 1992). Además, el uso de sistemas estructurados de análisis de la credibilidad, como el SVA (Steller y Köhnken, 1989) o el Sistema de Evaluación Global (Arce y Fariña, 2005), que, si bien no exentos de error, facilitan una evaluación técnica del contenido del relato, lo que permite discernir entre testimonios consistentes con la experiencia real y aquellos más probablemente fabricados. Por otro lado, la coincidencia entre testimonios independientes, la persistencia de ciertos recuerdos emocionalmente significativos (especialmente de los aspectos nucleares, centrales del relato) y la congruencia con otras pruebas materiales pueden aumentar la fiabilidad del recuerdo como evidencia. Por último, el seguimiento de guías y revisiones publicadas es crucial para el proceso de contraste (y descarte) de hipótesis alternativas (Selaya et al., 2023).
En resumen, aunque la memoria no puede considerarse infalible, puede ser fiable si se accede a ella mediante métodos científicos y se analiza con criterio técnico, siendo ésta una postura coherente tanto con la investigación experimental como con la práctica forense contemporánea. No obstante, en el día a día tendremos que confiar en nuestra capacidad de adaptación y convivir con el hecho de que, con cierta probabilidad, algunos de nuestros recuerdos (y las emociones que nos suscitan), no sean del todo precisos, aunque sí importantes.
Bibliografía, notas y fuentes:
Arce, R. y Fariña, F. (2005) El Sistema de Evaluación Global (SEG) de la credibilidad del testimonio: Hacia una propuesta integradora. En R. Arce, F. Fariña y M. Novo (Eds.) Psicología jurídica, Consellería de Xustiza, Interior e Administración, Santiago de Compostela, 101-118.
Arce, R., Selaya, A., Sanmarco, J. y Fariña, F. (2023) Implanting rich autobiographical false memories: Meta-analysis for forensic practice and judicial judgment making, International Journal of Clinical and Health Psychology, 23(4), 100386. https://doi.org/10.1016/j.ijchp.2023.100386
Atkinson, R. C. y Shiffrin, R. M. (1968) Human memory: A proposed system and its control processes. En K. W. Spence y J. T. Spence (Eds.) The psychology of learning and motivation: Advances in research and theory, New York Academic Press, 2, 89-195.
Bartlett, F. C. (1932) Remembering: A study in experimental and social psychology, Cambridge University Press.
Ceci, S. J. y Bruck, M. (1995) Jeopardy in the courtroom: A scientific analysis of children’s testimony, American Psychological Association.
Crombag, H. F. M., Wagenaar, W. A. y Van Koppen, P. J. (1996) Crashing memories and the problem of «source monitoring», Applied Cognitive Psychology, 10(2), 95-104. https://doi.org/10.1002/(SICI)1099-0720(199604)10:2<95::AID-ACP366>3.0.CO;2-%23
Fisher, R. P. y Geiselman, R. E. (1992) Memory-enhancing techniques for investigative interviewing: The cognitive interview, Charles C Thomas, Publisher.
Fivush, R. (2011) The development of autobiographical memory, Annual Review of Psychology, 62, 559-582. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.121208.131702
Innocence Project (2025) Eyewitness misidentification. https://innocenceproject.org/eyewitness-misidentification/
Lilienfeld, S. O., Lynn, S. J., Ruscio, J. y Beyerstein, B. L. (2010) 50 great myths of popular psychology: Shattering widespread misconceptions about human behavior, Wiley-Blackwell
Loftus, E. F. (2005) Planting misinformation in the human mind: a 30-year investigation of the malleability of memory, Learning & memory, 12(4), 361-366. https://doi.org/10.1101/lm.94705
Loftus, E. F. (2018) Eyewitness Science and the Legal System, Annual Review of Law and Social Science, 14, 1-10. https://doi.org/10.1146/annurev-lawsocsci-101317-030850
Loftus, E. F. y Palmer, J. C. (1974) Reconstruction of automobile destruction: An example of the interaction between language and memory, Journal of Verbal Learning and Verbal Behavior, 13(5), 585-589. https://doi.org/10.1016/S0022-5371(74)80011-3
Loftus, E. F. y Pickrell, J. E. (1995). The formation of false memories, Psychiatric Annals, 25(12), 720-725. https://doi.org/10.3928/0048-5713-19951201-07
Mazzoni, G. y Memon, A. (2003) Imagination can create false autobiographical memories, Psychological Science, 14(2), 186-188. https://doi.org/10.1046/j.1432-1327.1999.00020.x
McNally, R. J. (2005) Debunking myths about trauma and memory, Canadian journal of psychiatry/Revue canadienne de psychiatrie, 50(13), 817-822. https://doi.org/10.1177/070674370505001302
Novo, M., Arce, R. y Seijo, D. (2003) Delimitación conceptual: Sesgo vs. error. En M. Novo y R. Arce (Eds.) Jueces: Formación de juicios y sentencias, Grupo Editorial Universitario, 67-89.
Novo, M. y Seijo, D. (2010) Judicial judgement-making and legal criteria of testimonial credibility, European Journal of Psychology Applied to Legal Context, 2(2), 91-115. http://sepjf.webs.uvigo.es/index.php?option=com_docman&task=doc_download&gid=26&Itemid=110&lang=en
Otgaar, H., Candel, I., Merckelbach, H. y Wade, K. (2009) Abducted by a UFO: Prevalence information affects young children’s false memories for an implausible event, Applied Cognitive Psychology, 23(1), 115-125. https://doi.org/10.1002/acp.1445
Otgaar, H. y Candel, I. (2011) Children’s false memories: Different false memory paradigms reveal different results, Psychology, Crime & Law, 17(6), 513-528. https://doi.org/10.1080/10683160903373392
Principe, G. F., Trumbull, J., Gardner, G., Van Horn, E. y Dean, A. M. (2017) The role of maternal elaborative structure and control in children’s memory and suggestibility for a past event, Journal of Experimental Child Psychology, 163(11), 15-31. https://doi.org/10.1016/j.jecp.2017.06.001
Schacter, D. L. (2001) The seven sins of memory: How the mind forgets and remembers, Houghton Mifflin.
Schacter, D. L. (2022) The seven sins of memory: an update, Memory, 30(1), 37-42. https://doi.org/10.1080/09658211.2021.1873391
Schacter, D. L., Chiao, J. Y. y Mitchell, J. P. (2003) The seven sins of memory: implications for self, Annals of the New York Academy of Sciences, 1001, 226-239. https://doi.org/10.1196/annals.1279.012
Selaya, A. (2023) Falsas memorias y modelo de evaluación social de la credibilidad: implicaciones para la evaluación forense del testimonio [Tesis doctoral, Universidade de Santiago de Compostela]. https://minerva.usc.gal/entities/publication/4c4762d9-b4dd-4434-b03c-6ddde976af18/full
Selaya, A., Otgaar, H. y Vilariño, M. (2023) Recommendations for the Forensic Evaluation of the Testimony in Cases of False Memories, Acción Psicológica, 20(2), 19-28.
Shin, M. E., Parra-Bueno, P. y Yasuda, R. (2025) Formation of long-term memory without short-term memory revealed by CaMKII inhibition, Nature Neuroscience, 28, 35-39. https://doi.org/10.1038/s41593-024-01831-z
Squire, L. R. (1992) «Memory and the hippocampus: A synthesis from findings with rats, monkeys, and humans»: Correction, Psychological Review, 99(3), 582. https://doi.org/10.1037/0033-295X.99.3.582
Steller, M., y Köhnken, G. (1989) Criteria-Based Content Analysis (CBCA): A valid technique for evaluating children’s testimonies? En D. C. Raskin (Ed.) Psychological methods in criminal investigation and evidence, Springer, 217–245.
West, E. y Meterko, V. (2015) Innocence Project: DNA Exonerations, 1989-2014: Review of data and findings from the first 25 years, Albany Law Review, 79(3), 717-795.

Debe estar conectado para enviar un comentario.