La reconstrucción de la identidad

María Pilar Peña-Molina
Profesora. Universidad de Granada

Imagen: Mikel Kasaliz

Introducción

«Recuerdo» es una palabra del latín que está conformada por el prefjijo re, «de nuevo» y cordis, «corazón». «Recordar» significa entonces «volver a pasar por el corazón». En italiano, la pareja de verbos para recordar/olvidar tiene dos variantes, como señala Benedetto Croce (1952, 69). Por un lado, existen rammentare / dimenticare —en ambos casos relacionados con la mente— y ricordare / scordare —en este caso, relacionados con la palabra cuore, corazón, del latín cordis, como en español—. El valor del recuerdo radica entonces en las emociones que genera en el individuo. La capacidad evocativa de los recuerdos es tal que un olor, un color o un objeto cotidiano pueden hacernos revivir un hecho del pasado. El olor a miel que recuerda a las meriendas en casa de la abuela o el olor de los olivos que traslada a los nietos a la era. El ser humano posee la capacidad de recordar su pasado y, gracias a ello, se encuentra en la potestad de planificar su futuro. Somos porque recordamos. Cuando las personas perdemos la capacidad de recordar, se producen alteraciones en la memoria que, en palabras de Cathy Caruth, son «heridas en la mente» (2016, 4). La alteración de nuestro recuerdo conlleva una alteración de nuestra identidad. Enfermedades tan devastadoras como el Alzheimer, que produce una pérdida progresiva de la memoria, lo son porque en ese proceso el paciente pierde sus recuerdos, sus vivencias, sus relaciones, es decir, todo aquello que nos compone como ser humanos. Es una enfermedad que, además, es doblemente devastadora porque no solo sufre el paciente, también sufren las personas que acompañan y cuidan, que ven cómo poco a poco se van rompiendo los hilos que unían sus vidas, y cómo paulatinamente pasan a vivir únicamente en su recuerdo, se convierten en cuidadores y también en albaceas de sus vidas e identidades.

La pérdida y la búsqueda de la identidad se han convertido en motivos centrales de la literatura contemporánea. El contexto en el que vivimos, marcado por conflictos bélicos, pandemias, inestabilidad laboral, falta de proyección personal hacia el futuro, nos ha hecho perder, en cierta manera, nuestra noción de identidad. Por ello buscamos formas de reencontrarnos con nuestro pasado, de reconstruirnos y poder avanzar hacia delante. Una de esas formas es la literatura, que permite, a través del discurso propio o de la lectura de relatos ajenos, poner orden y sanar los seres dañados. La memoria, que posee la capacidad de almacenar información, de retenerla y devolverla al presente, es la materia prima de algunos géneros literarios como la (auto)biografía, la memoria y el diario personal.

A través de nuestro pasado, de articular nuestra historia personal, somos capaces de tomar decisiones acerca de nuestro futuro. Nos proyectamos al futuro desde un presente en el que recordamos lo que somos, de dónde venimos, de qué estamos hechos. Quien no conoce su pasado, no puede tener futuro, porque para ello tiene que saberse un individuo completo. Al representar el acto de recordar, la literatura convierte la memoria en algo observable; y en ese acto de ordenar la historia personal, se comprenden las fracturas y se pueden empezar a sanar.

1. El motivo del recuerdo en la literatura

A lo largo de la historia literaria, la evocación del recuerdo ha constituido un motivo recurrente que atraviesa géneros, estilos y tradiciones. Numerosos autores han recurrido a la memoria no sólo como eje temático, sino como herramienta estructural y simbólica que permite articular emociones, construir identidades narrativas y otorgar profundidad a sus personajes. En muchos casos, el recuerdo aparece teñido de nostalgia, como una mirada afectuosa hacia el pasado; en otros, se convierte en un medio para procesar experiencias vitales y reelaborar la propia historia desde el presente. Esta dimensión introspectiva del recuerdo, vinculada a la reflexión y al aprendizaje, resalta su potencial como mecanismo de reconstrucción personal.

La literatura ha problematizado también la fiabilidad de la memoria, representando con frecuencia su carácter fragmentario, mutable o incluso engañoso. En ese sentido, el recuerdo no se presenta como un simple reflejo del pasado, sino como una construcción subjetiva atravesada por el tiempo y la perspectiva del narrador. Este desfase entre lo vivido y lo recordado puede generar conflictos narrativos que revelan la fragilidad de la identidad y la percepción. Asimismo, los recuerdos traumáticos ocupan un lugar significativo en muchas obras, dando lugar a personajes marcados por experiencias dolorosas que condicionan su comportamiento y evolución narrativa. En todos estos casos, la memoria literaria actúa como vehículo para explorar la complejidad de lo humano y las múltiples formas de narrar el yo.

El recuerdo, en este marco, se convierte en un puente entre el sujeto que fue y el que es, aunque la recuperación íntegra de una identidad fragmentada resulte inalcanzable. No obstante, el acto de rememorar adquiere una dimensión terapéutica, estrechamente vinculada al acto mismo de la escritura. Como señala Sadhu: «narrative recuperates the self—vacillating between memory and forgetting, and it is writing through which memory constructs itself» (2021, 54).

Desde esta perspectiva, la llamada literatura de la memoria no se limita al recuerdo, sino que abarca también las tensiones del olvido, reflejando la afinidad profunda entre escritura y memoria. Las obras literarias no sólo documentan o evocan hechos pasados, sino que actúan como depositarias simbólicas de la historia y sus heridas. En este sentido, los estudios sobre la memoria cultural, como se ha expuesto en el apartado metodológico, mantienen vínculos estrechos con los estudios del trauma. El recuerdo, en estos marcos, no es sólo un vestigio del pasado, sino una forma de resistir al vacío que deja el trauma: una tentativa de reconstrucción allí donde la experiencia desborda la representación.

2. El recuerdo como mecanismo

La literatura de la memoria es el recuerdo como espectador, tal y como ilustra Salvador Rubio Marco en Como si lo estuviera viendo: el recuerdo en imágenes (2010). Pero ¿qué es el recuerdo como espectador? Les invitamos a recordar ahora cómo fue su primera cita. Piensen en la persona, en el lugar, en lo que sucedió. ¿Cómo lo visualizan? Ese «como si lo estuviera viendo» quiere decir que, si pensamos en nuestra primera cita, la visualizamos como una fotografía o una escena de película en la que nosotros somos los actores. Podemos vernos sentados en un mirador con vistas a la Alhambra, podemos recordar incluso cómo la miramos a los ojos, y por muy cerca del sujeto que nos visualicemos, nunca vamos a ser el sujeto.

Esta visión externa está condicionada por las sensaciones que percibimos, y que recordamos, o más bien, creemos recordar, porque «todo intento de representación de la imagen mnemónica es irrepresentable no sólo por su condición de imagen mental, sino porque no es sólo una imagen, es también las sensaciones que despertaba en nosotros» (Rubio Marco, 2010, 36). Entonces recordaremos también quizá el olor del incienso en la plaza, o el sonido de las cornetas a lo lejos, o el murmullo del agua en la fuente cercana. ¿Cuánto hay de real en esta figuración? Imposible determinarlo, pues incluso los protagonistas de esa cita guardarán recuerdos distintos. Es por ello por lo que Rubio Marco concibe el recuerdo como un proceso de creación y de búsqueda hacia el futuro, no un retorno hacia un pasado perdido e irrecuperable. Argumenta además que el pasado se configura de manera subjetiva a partir del punto de vista de un yo presente con la habilidad de recordar.

Este ejercicio que les hemos animado a realizar, es uno que utilizo siempre para ilustrar esta concepción. Y una y otra vez me encuentro creando versiones similares, pero nunca idénticas. Esto se debe a esa voluntad de la que hablaba, pero también a la potencialidad creadora del recuerdo. El recuerdo se construye en presente, es decir, es algo inventado, aunque existe en él un afán de veracidad, tiene un carácter reflexivo y cognoscitivo, y está vinculado con la voluntad y la afectividad. Recuerdo porque quiero recordar, existe una agencia del sujeto en el proceso.

3. El recuerdo en la reconstrucción de la identidad

¿Cómo utilizan, pues, los autores y las autoras el recuerdo? En los géneros que hemos comentado al inicio de estas páginas, es decir, (auto)biografía, memoria y diario, el recuerdo se convierte en la pluma que enarbolan los autores para reconstruir sus historias personales.  En los estudios literarios del trauma, encontramos dos posturas fundamentales: de un lado, los que defienden la inefabilidad del trauma, es decir, la imposibilidad de narrarlo (Caruth, Freud); del otro, los que creen que el trauma no destruye la memoria, sino que la magnifica (Brison). Por lo que respecta a la visión del recuerdo que se pretende dar en este artículo, el trauma no borraría la memoria, pero sí que podría deformarla. Las personas que sufren la amnesia traumática, es decir, que han perdido su historia, no recuerdan quienes son porque han perdido el texto, esto es, el relato de su identidad (Cavarero, 2005, 52-53). Las representaciones textuales de tal distorsión, construidas desde el recuerdo, pueden resultar útiles para identificar sus efectos en la literatura. Esto se debe a la distinción entre memoria narrativa y memoria traumática, lo que se recuerda, en una secuencia lógica que produce un relato, frente a los hechos revividos a causa de estímulos externos. La literatura nos permitiría transformar la memoria traumática en memoria narrativa, es decir, leer la cicatriz, la herida. Si únicamente la literatura puede acceder al trauma, quizá entonces únicamente la literatura puede representar la realidad en su forma más pura. Pero para llegar a este paso, es necesario reconocer el papel de la imaginación en él, como indica Pederson:

we must be willing to give up the claim that only literature can help us read the wound of trauma. […] to do so is not to argue that imaginative writing has no role to play in engaging personal or collective pain. Indeed, creative language, like discursive language, can aid in the healing process […] while literature may not be the only way of speaking trauma, it remains a valuable tool in the struggle to reclaim our most painful experiences (2014, 349-350)

Para muchos la literatura es sanadora. Escribir acerca de lo que sucede en su psique es la bizma que permite a autores y autoras reconstruir sus identidades. Escribirse en sus novelas a través de los personajes espejo es lo que permite reconstruir el hueco creado por el trauma en sus relatos personales. La escritura nunca cesa, nunca se termina. Al igual que tampoco lo hacen el recuerdo y la rememoración, que se construyen constantemente en el presente.

Nuestra posibilidad como seres humanos es aprender de nuestro sufrimiento y crecer a partir de él. A través de los ojos del trauma, hemos perdido de vista nuestra noción de identidad como seres humanos. Si logramos resolver el trauma, trabajar con él y desde él podemos revelar una existencia y una identidad perdidas. El trauma se encuentra en la raíz de todo tipo de afecciones ya sean físicas, como resultado de accidentes o heridas, o mentales, como fruto de experiencias o sucesos. Crecemos, voluntaria o involuntariamente, en torno al trauma, en torno a nuestros recuerdos, alterados o no por el primero. Existe la noción, quizá errada, de que trauma son aquellas cosas malas que nos suceden, pero no es así. El trauma es lo que sucede en nuestro interior, en nuestra psique, como respuesta a lo que nos sucede. En esencia, el trauma es, como hemos visto, una herida en la mente, una disrupción en la memoria y sus recuerdos, que provoca una desconexión del ser, con nuestra identidad. Al perder nuestros recuerdos, perdemos parte de lo que somos. Si no podemos recordar ciertos eventos, no podemos aprender de ellos. Por eso es tan importante la conversión de la memoria traumática en memoria narrativa, para integrar las experiencias en el relato de nuestra vida. Por medio de la literatura, como bien señala Brison, se recupera el control sobre el relato de la propia vida, es decir, la palabra ordena sus vidas. A través del recuerdo, se articulan las narrativas de la memoria y del olvido, se reconstruye el tejido de la identidad.


Bibliografía, notas y fuentes:

Caruth, C. (2016) Unclaimed Experience. Trauma, Narrative and History, John Hopkins University Press.

Cavarero, A. (2005 [1997]) Tu che mi guardi, tu che mi racconti: Filosofia della narrazione, Feltrinelli, Milán.

Pederson, J. (2014) Speak, trauma: Toward a revised understanding of literary trauma theory, Narrative, 22(3), 333-353.  https://doi.org/10.1353/nar.2014.0018

Rubio Marco, S. (2010) Como si lo estuviera viendo: (El recuerdo en imágenes), Machado Grupo de Distribución. Sadhu, S. (2021) Writing as being: Phenomenology of self-narration in doris lessing’s fiction, IUP Journal of English Studies, 16(3), 46-58.