Roncesvalles Labiano
Profesora e investigadora en la Universidad de Navarra

Imagen: Mikel Kasaliz
Decía la escritora donostiarra Luisa Etxenike, en la entrevista que Trépanos le dedicó en el monográfico «DOLOR», que «la literatura debe interesarse por lo que sucede a su alrededor, relacionarse de un modo u otro con el mundo y el tiempo en que se escribe, no desviar la mirada de ellos. […] extraer de ese mundo y ese tiempo lo más marcante, lo esencial» (Vich, 2025). Y si pensamos en realidades que han marcado profundamente nuestro tiempo —y el de la autora, nacida en San Sebastián en 1957—, no podemos obviar el terrorismo de ETA. Casi cincuenta años de violencia, más de 850 víctimas mortales, por encima de 2.500 heridos (Jiménez y Marrodán, 2019) y cientos de desplazados. Una sociedad que, en buena medida, mantuvo las «ventanas cerradas» (Castells, 2017) ante el sufrimiento de sus vecinos.
Durante los años en los que ETA cometía sus atentados y en los que han transcurrido después del anuncio del final del terrorismo, en 2011, decenas de escritores se han acercado a esa realidad a través de la ficción y algunos se han detenido en el dolor de las víctimas. Sus obras, leídas hoy, tienen dos virtudes: nos permiten recordar —son un instrumento de memoria— y nos pueden ayudar a re-cordar —son una herramienta de empatía—.
La literatura nos invita a rememorar lo sucedido de una manera particular y distinta a la que nos ofrecen disciplinas como la historia o el periodismo. La ficción nos acerca a la verdad por un camino propio, nos lleva a una verdad distinta de la de los hechos, a la que el lingüista Tzvetan Todorov denomina la «verdad de revelación», capaz de lograr «la adhesión más fuerte entre los lectores» (1993, 156-157). Y esto ocurre porque nos permite sumergirnos en la historia a través de una historia concreta, encarnada en personajes que, aunque son inventados, son de carne y hueso, sienten, padecen… con los que, si la novela está bien construida, quien sostiene el libro entre sus manos puede identificarse. La literatura no nos acerca directamente a los hechos, sino que nos brinda la oportunidad de vivir una experiencia (CMVT, 2022). Y lo hace utilizando un lenguaje propio, artístico, alejado del de los discursos ideológicos, políticos, ante los que el lector puede mostrar mayor resistencia.
Y en el tiempo de la memoria, en el que el recuerdo de lo sucedido debe ser la base para deslegitimar la violencia y evitar su repetición, la literatura tiene un papel esencial. Ya lo escribió Bernard-Henri Lévy para justificar su paso de la filosofía a la ficción: «En la batalla contra la barbarie (el fascismo y el estalinismo) una novela es más eficiente que un ensayo» (García-Noblejas, 2005, 227).
El 5 de febrero de 2017, unos meses después de que Patria —la exitosa novela de Fernando Aramburu publicada en 2016— llegara a las librerías, el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa firmaba una columna titulada «El país de los callados» que arrancaba así:
Debo de haber leído decenas de artículos sobre ETA, y muchos ensayos, pero sólo Patria (Tusquets Editores), la novela de Fernando Aramburu, me ha hecho vivir, desde adentro, no como testigo distante sino como un victimario y una víctima más, los años de sangre y horror que ha sufrido España con el terrorismo etarra (2017).
La ficción nos revela una verdad distinta a la de los hechos y nos invita, como escribía Vargas Llosa, a vivirla desde adentro, desde su corazón. Y por eso la literatura nos ayuda a re-cordar. Etimológicamente, «recordar» viene de la combinación del prefijo latino «re», que indica repetición e intensificación, y «cor-cordis», corazón, de modo que «recordar» significa volver a pasar por el corazón. La buena ficción consigue que hagamos nuestra la historia de los personajes, que queramos lo que ellos quieren, que sintamos lo que ellos sienten. Esa emoción es esencial en la memoria: recordamos mejor aquello que nos ha tocado por dentro.
Además, la buena literatura tiene la virtud de tornarse universal y permanecer. La historia de unos personajes particulares, localizada en un lugar y un tiempo concretos, puede ser potencialmente comprendida desde cualquier rincón del mundo. Una historia de ficción sobre el terrorismo de ETA es un relato sobre esa organización en particular, pero también sobre el terrorismo en general, sobre la violencia, sobre el odio. Y sobre las víctimas de ese odio y todo lo que ampara.
Comprender la verdadera dimensión de lo que significó el terrorismo de ETA no requiere sólo conocer los hechos, exige además acercarse a aquellos que se vieron directamente afectados. La memoria de las víctimas puede convertirse en un elemento de «pedagogía disuasoria», en el mejor «antídoto» contra los discursos de odio que alimentan la violencia, en palabras de Martín Alonso Zarza (2021, 60; 2017, 49). Y la literatura puede jugar —está jugando— un papel en esa transmisión.
En las líneas que siguen, repasamos cinco obras literarias en torno a ETA que nos invitan a recordar y re-cordar, a ponernos en la piel de las víctimas, durante y después del terrorismo.
La carta, de Raúl Guerra Garrido
En Las raíces del miedo, Florencio Domínguez (2003) muestra cómo el terrorismo de ETA instauró una dictadura del miedo en el País Vasco. Un clima de temor impuesto por la violencia de la organización, pero que se nutría también de un entramado civil afín a ella que aseguraba que la amenaza se percibiera en todos los rincones. Ese miedo lo condicionaba todo y a todos. Si hay una obra literaria que refleja bien la realidad dibujada por Domínguez es La carta, escrita con «mucho» temor (Guerra Garrido, 2018) y publicada en 1990 por Raúl Guerra Garrido (Madrid, 1935 – San Sebastián, 2022), que años antes ya había publicado dos novelas inspiradas en ETA y sus víctimas: Lectura insólita de El capital (1977) y La costumbre de morir (1981).
El protagonista del libro es Luis Casas, un pequeño empresario que recibe una carta de extorsión en su cincuenta cumpleaños y a quien el temor le hace emprender una huida desesperada hacia delante. El relato, narrado en forma de monólogo interior, se centra precisamente en el miedo ―una palabra que aparece sesenta y siete veces, según el cálculo de Aldrich (2011, 184)―, la angustia, la soledad y la desesperación cada vez mayores que le provoca saberse en el punto de mira de los terroristas, así como en su deseo de escapar.
El contenido y el estilo involucran al lector en la historia, como bien ha señalado García Ronda: «Luis Casas nos hace seguirle sin descanso en sus tribulaciones, nos compromete en su miedo, nos acusa sin saberlo porque sentimos ganas de escaparnos» (2001, 31). La estructura de la cuenta atrás —los capítulos están numerados del treinta al cero— aumenta la sensación de angustia, pues el lector espera un final que cada vez está más cerca.
En su reacción a la carta, el protagonista transita varias fases. Primero trata de ocultar el problema, incluso se intenta convencer de que la misiva es falsa. No revela nada a su mujer ni a su entorno; primero dice que no quiere desahogarse a costa del sufrimiento de otros, pero poco después añade: «Es algo a ocultar porque, por absurdo que parezca, la carta sin remite te hace culpable de un pecado, entre bíblico e histórico, por definir pero con el tufo de saumerios mercuriales» (Guerra Garrido, 1996, 31).
Tras el silencio inicial, el protagonista decide contarlo y pide ayuda, pero sólo encuentra incomprensión y soledad, también en sus círculos más cercanos, su familia y amigos. Incluso aunque —o quizá también debido a ello— cada uno de esos mismos amigos guarda un secreto propio relacionado con ETA y su entorno. Uno presenció un atentado y reconoció al terrorista, hijo de un amigo, al que no ha denunciado; otro, que fue presidente de los comerciantes, recibió una paliza por parte de varios jóvenes que querían presionarle para que aprobara sus condiciones en el convenio colectivo; un tercero se vio abordado por dos encapuchados que lo ataron a un árbol y le robaron el coche durante unas horas, en las cuales se cometió un asesinato. La violencia les ha tocado a todos y ninguno se ha atrevido a contarlo; desde una posición externa a la organización, se han convertido en cómplices a través del silencio, del ocultamiento. Y algo parecido le sucede al protagonista al final, que tras una última acción desesperada reconoce que será «un héroe inválido, vencido y deshonesto» (Guerra Garrido, 1996, 336). El miedo y la consiguiente espiral de silencio que dibujaba Florencio Domínguez en Las raíces del miedo alcanza aquí su máxima expresión, como revelan las últimas palabras del protagonista:
[…] la estimación de los demás es tan importante que incluso se participa en el mal que los otros hacen para no sentirse aislado del colectivo, y ser todos culpables no sólo viene a significar no perder la estimación de los otros, sino también una conciencia de culpa que se comparte hasta diluirse y desaparecer en la común aceptación. No se puede caer más bajo (Guerra Garrido, 1996, 339).
La carta obliga al lector a evaluarse; es una obra valiente —en mi opinión, la novela más valiente sobre ETA, teniendo en cuenta su contenido y el momento de la publicación—. El propio autor estaba decidido a quemar el texto original si su mujer prefería que no saliera a la luz. Con su visto bueno, entregó el texto a la editorial que le había editado una obra tres años antes: no se atrevieron a publicarlo, una muestra de que el miedo que describe la novela era muy real. Y no sin razón. El compromiso ético de Guerra Garrido y su claridad contra el terrorismo pusieron al autor en el punto de mira del entorno de ETA varios años después: la farmacia que el escritor regentaba junto a su mujer sufrió varios ataques con explosivos y cócteles molotov en 1998, 1999 y 2000. El último, la madrugada del 21 de julio del 2000, dejó el local calcinado. «Jamás había pensado en una jubilación tan llamativa», recordaba con humor Guerra Garrido años después (Labiano, 2023, 30). No volvieron a abrir la farmacia. Pero él siguió escribiendo.
Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu
En 1984, el asesinato del socialista Enrique Casas por los Comandos Autónomos Anticapitalistas fue para el escritor Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) la primera evidencia de la muerte física:
Hasta entonces siempre la había percibido a través del papel, de la pantalla… pero a él lo conocía personalmente y además vivía muy cerca de mi casa. Vi pasar el ataúd, uno de los que lo llevaba era además mi librero, de la librería Lagun de San Sebastián. Aquello me causó como un desgarro interno. Cuando vi eso, me dije: «Alguna vez escribirás sobre esto» (2015).
La herida crecía conforme pasaba el tiempo y aumentaba la lista de atentados y víctimas, y Aramburu se formulaba preguntas: «¿Qué pasará ahora con los hijos de la víctima? ¿Cómo duerme un hombre que ha matado a otro? ¿Qué pensará su madre?» (Labiano, 2019, 413). Cuando se vio preparado, el autor se lanzó a cumplir con el compromiso que había adquirido consigo mismo a los veinticinco años y compuso Los peces de la amargura (2006).
Igual que su conocidísima Patria (2016), este libro de relatos revela un afán por contar la realidad de quienes sufren —en esa perspectiva, cuenta, influyeron la pena que le suscitaban los damnificados por ETA y la indignación que le producían los agresores, pero también el deseo de oponerse, en la medida de sus posibilidades, «a un rápido y calculado olvido» de lo que estaba sucediendo en el País Vasco (Labiano, 2019, 413)—, pero no sólo. En palabras de Pérez Reverte, los relatos de Aramburu cuentan «la verdad de un mundo, de una tierra y de una gente con miedo, con odio, con cáncer moral en el alma»:
Sin que le tiemble el pulso, desgranándolo con mucha calma página a página, el autor nos habla precisamente de todo aquello de lo que allí no se habla, no se debe mirar y no se toca: el miedo de una esposa, el silencio de una madre, la desesperación de la ausencia, la impotencia de la víctima, el veneno de los obtusos y los malvados, la ausencia de caridad de los fanáticos, la infame ruindad cobarde, insolidaria, que nos caracteriza a la mayor parte de los seres humanos (2008).
Los peces de la amargura ofrece un mosaico de historias con distintos narradores y perspectivas —desde la de los perpetradores de la violencia hasta la de las víctimas—, y es, sobre todo, una radiografía de los efectos del terrorismo en la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie.
Varios de los relatos nos sitúan en la piel —en el corazón— de los afectados directamente por la violencia. Algunos nos hablan de las amenazas, de los ataques directos, del aislamiento del señalado como «enemigo», y otros de lo que sucede después. Y la mayoría dibujan un sufrimiento que se extiende mucho más allá del crimen. Se expande a lo ancho, porque afecta a tanta gente alrededor, y a lo largo, porque sus consecuencias se arrastran y se heredan. Y a pesar de la «sombra densa de tristeza» (Pérez Reverte, 2008) que planea sobre las historias, en el libro hay un resquicio para la esperanza. La memoria de lo ocurrido es necesaria —en el relato «Lo mejor eran los pájaros» (Aramburu, 2006, 77-87), una mujer embarazada le cuenta a su hijo aún no nato cómo murió su abuelo, asesinado por ETA, y cómo ella lo vivió: «Pues te lo cuento ahora y te lo contaré más adelante y muchas veces mientras viva, porque es un crimen olvidar ciertas cosas»—, una posibilidad de reafirmar la libertad de la víctima —«Todavía lo sigo viendo así, alegre y guapo como era. […] el recuerdo que guardo de él lo decido yo. Ese recuerdo no es el de un hombre muerto», manifiesta la futura madre en el mismo relato— y puede ser sanadora —como se sugiere en «Informe desde Creta» (Aramburu, 2006, 103-140), que narra el trauma de un niño que presenció el asesinato de su padre y su proceso de superación muchos años después—.
Absoluta presencia, de Luisa Etxenike
La memoria necesaria y sanadora, libre, de las víctimas es también un eje central de la trilogía que Luisa Etxenike (San Sebastián, 1957) ha dedicado al terrorismo de ETA —El ángulo ciego (2008), Absoluta presencia (2018) y Aves del paraíso (2019)—.
El año que nació la autora, Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura. En el discurso de aceptación del premio, el galardonado sostuvo que el escritor no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino de quienes la padecen. Seis décadas después, la autora donostiarra hace suyas las palabras del literato para explicar su acercamiento al tema del terrorismo —y a otras violencias, que aborda en otras novelas—. Su obra muestra un compromiso con las víctimas, con los que sufren porque otros han decidido que así sea. Ellas son las protagonistas de los dos primeros libros de la trilogía —el tercero refleja el sufrimiento provocado por el terrorismo desde otro ángulo—, que rescatan su memoria. Un compromiso ético que se observa en el nivel de la historia, pero también en el plano estético (Labiano, 2021).
Nos centramos en la segunda obra, Absoluta presencia, publicada el mismo año que ETA anunció su disolución, que nos lleva a un escenario posterrorista en el que recordar es una tarea urgente. A través de la historia de Ada, una joven fotógrafa, y sus padres, que en el presente del libro viven en París, la novela muestra cómo el silencio impuesto sobre el pasado puede convertirse en una herencia dolorosa. Andrés, el padre, fue abogado y militante del Partido Socialista (PSE) en San Sebastián, alguien que defendió públicamente sus ideas y su libertad pese a las amenazas de los violentos y al aislamiento de quienes preferían no ver. Para rebelarse contra la indiferencia colectiva, comenzó a salir a la calle ataviado con pañuelos coloridos al cuello y flores en la solapa:
Yo quería ser llamativo, atraer las miradas sobre mí como un imán poderoso. Para que a la gente le costara quitarme los ojos de encima. Para que se volviera un esfuerzo consciente el acto de desviar la mirada, de renunciar a mirar lo que estaba sucediendo en Euskadi: aquella violencia que nos acosaba, que quería acabar con nosotros (Etxenike, 2018, 83).
Sólo aceptó marcharse de su tierra cuando percibió que su mujer tenía miedo y que aquello podía abrir una brecha entre los dos. Años después, en París, la madre deja de hablar y de moverse y Andrés presenta comportamientos extraños: se coloca pañuelos de colores y flores en el pijama. La hija, que no conoce esa parte de la historia familiar, se siente impotente porque no entiende; no sabe qué hacer, así que se limita a tomar fotografías de sus padres.
La insistencia de Ada lleva a que su padre le revele, por fin, que esas conductas extrañas son los síntomas visibles de una memoria soterrada: la violencia, el miedo, las renuncias que intentaron ocultar a su hija para que ella no cargara con un recuerdo «de segunda mano» (Etxenike, 2018, 75). Sin embargo, esos silencios no la protegen, sino que perpetúan un vacío familiar y colectivo que es necesario reparar. La novela denuncia el riesgo de borrar lo ocurrido y no transmitirlo a las nuevas generaciones:
Si se arranca la página de esa historia de ETA sin leerla; o se guarda, para construir la memoria, una página llena de tachaduras y reemplazos, los que vengan después no van a enterarse de nada. Y los crímenes van a poder borrarse o disfrazarse de cualquier otra cosa (Etxenike, 2018, 80).
Frente al silencio y el olvido, la obra convierte el arte en herramienta de memoria y resistencia. Ada decide contar la historia de sus padres a través de su fotografía y, con ello, transformar la intimidad familiar en un relato público que permita a otros reconocer y reconocerse en ese sufrimiento, y lo inscriba como parte de una memoria compartida. Con su decisión, demuestra que una herencia dolorosa puede convertirse en un estímulo contra la indiferencia y el olvido. El dolor y la historia no se pueden elegir; qué hacemos con ellos, sí.
El comensal, de Gabriela Ybarra
La familia, el dolor, el silencio, la necesidad de saber, recordar y transmitir la memoria… Los temas que Etxenike aborda en su ficción sobre el terrorismo aparecen también en El comensal (2015), firmado por Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983). Como explica la autora en una nota previa al texto principal del libro, la novela es una reconstrucción libre de la historia de su familia, marcada por el secuestro y asesinato de su abuelo Javier de Ybarra a manos de los comandos bereziak de ETApm en 1977 —cuando ella todavía no había nacido— y, después, por la muerte de su madre por cáncer en 2011.
Ybarra investigó y recogió información sobre el secuestro de su abuelo, sobre los intentos de la familia para encontrarlo y liberarlo, sobre las cartas que él les enviaba desde el lugar donde estaba encerrado, sobre la actuación policial y de los medios de comunicación y sobre el momento en que se encontró el cadáver. Y se puso a escribir.
El texto final se basa en hechos, documentos y testimonios reales, pero añade toques de ficción y fabulaciones a partir de detalles o anécdotas. El relato sobre el abuelo alterna la narración, en la que la voz de la autora y sus reflexiones aparecen aquí y allá, y las transcripciones —algunas con modificaciones— de artículos periodísticos, escritos forenses, documentos personales de su abuelo y otros familiares, etc. El resultado es un texto de estilo frío y distanciado de los hechos, que no añade sentimentalismo a una historia que no necesita aderezos para mostrar la crueldad y el sufrimiento. Bastan unas líneas como ejemplo:
A las doce y veinticinco minutos de la noche sacaron el cuerpo tapado con la manta y los reporteros se abalanzaron sobre él para retratarlo, pero no lo consiguieron porque mi padre se interpuso. […] En la autopsia se descubrió que mi abuelo tenía restos de hierba en el estómago y que llevaba por lo menos tres días sin defecar, a pesar de que en el zulo que la policía halló algún tiempo después habían aparecido excrementos. El escondite estaba dentro de un caserío medio derruido con tablones clavados en las ventanas y las puertas tapiadas (Ybarra, 2015, 48).
Pero la autora no se queda ahí y muestra cómo fue la vida de la familia después de aquello: el ambiente de violencia y miedo en el barrio, las amenazas, el exilio a Madrid o la escolta que llevó su padre. Y también habla del silencio sobre el asesinato de su abuelo. En la nota previa a la novela, Ybarra cuenta que las primeras veces que escuchó algo sobre aquella historia fue fuera de casa. Cuando volvió llorando, sus padres le dijeron: «No te lo habíamos dicho antes porque no nos habías preguntado cómo había muerto» (Ybarra, 2015, 101).
La escritura de Ybarra es, en gran medida, rebeldía contra ese silencio que vivió en su familia —y que se daba en la sociedad— y, al mismo tiempo, una herramienta que le ha permitido asimilar que lo ocurrido no era un cuento, sino algo real (Echévarri, 2016). Ybarra podría haberse guardado la historia para sí misma si sólo hubiera querido entender, dar sentido, pero decidió compartir su memoria, un recorrido que continuó con la adaptación cinematográfica de la novela de la mano de la directora Ángeles González-Sinde, estrenada en 2022.
Herriak ez du barkatuko/ El pueblo no perdonará, de Irati Goikoetxea
El dolor largo de las víctimas, la soledad, el silencio y la cuestión de la transmisión de la memoria entre padres e hijos son también centrales en Herriak ez du barkatuko, de Irati Goikoetxea (Beasain, 1984). Traducido al castellano como El pueblo no perdonará, se publicó en euskera en 2021, tras ganar dos años antes la beca Igartza, otorgada por el Ayuntamiento de Beasain en apoyo a la creación literaria en euskera entre jóvenes escritores.
Escrita en un tono poético y con enorme sensibilidad, la obra ofrece una narración centrada en las víctimas y en la urgencia de reconocerlas de manera justa. La protagonista, Oihana, es hija de un hombre asesinado por ETA veintidós años atrás. La novela se adentra en su herida íntima y sostenida en el tiempo, agravada por la ausencia de reconocimiento social y por el aislamiento. Oihana vive todavía en el silencio, en un duelo no resuelto, pero en el presente es interpelada por sus hijos —de cinco y catorce años— y por algunas personas externas a la familia, como un antropólogo que está recogiendo testimonios de víctimas y quiere entrevistarla. Y por ellos vuelve a recordar y, poco a poco, va revelando al lector cómo el asesinato de su padre dio un vuelco a su vida y a la de su familia, la llenó de dolor y la sumió en la soledad. «Aún no sé qué soy desde que mataron a mi padre» (Goikoetxea, 2023, 45), dice. Y muestra cómo, tantos años después, sabe que recordar y contarlo sería bueno para todos, pero se le hace muy difícil enfrentar lo ocurrido, articular y compartir esa memoria. No sabe cómo hacerlo.
Esta víctima de ETA es protagonista, pero conforme avanza la novela aparecen otras personas afectadas por distintas violencias —los GAL, las torturas…—. En la novela de Goikoetxea no hay política, hay personas que acarrean un dolor y una soledad que les pesan. Hay víctimas singulares, cada una con una experiencia, con una manera de sentir y actuar, pero con un dolor común. Esa construcción de la víctima implica, de hecho, que «el contexto político se obvie o se difumine», como ha señalado Ibon Egaña (2024, 226).
Para el lector, El pueblo no perdonará ofrece una invitación y un desafío. Invita a empatizar con personajes que encarnan el coste humano del terrorismo, a comprender su soledad y la necesidad de espacios de escucha. Y lanza el desafío de acercarse a las víctimas —«quédate, [las víctimas] te necesitan, necesitan que tú estés al lado» (Pasero, 2025), quiere decirle la autora al lector— y mantener su memoria para que la sociedad del futuro no se tambalee, como teme Oihana, que es profesora, cuando ve a sus alumnos y siente que el olvido se lleva definitivamente a su padre:
Ahora es el futuro y su padre se está muriendo realmente. Lo ve en los ojos de los adolescentes que tiene delante. Les falta algo. Están construyendo los pilares de su vida de modo inestable. ‘Los estamos construyendo’, piensa Oihana, y eso en el futuro próximo puede producir terremotos (Goikoetxea, 2023, 94).
La memoria y el acompañamiento a las víctimas, nos dice Goikoetxea, no son una opción, son un deber: «Los pasos hay que darlos, el tiempo no los dará por sí mismo, y todavía hay mucho que hacer» (Pasero, 2025).
Conclusión
Estas cinco obras demuestran que la literatura puede convertirse en una vía fecunda para sostener y renovar la memoria de las víctimas del terrorismo. Desde registros muy distintos —el monólogo angustioso de La carta, los relatos crudos de Los peces de la amargura, la hondura de Absoluta presencia, el estilo documental de El comensal o la sensibilidad de El pueblo no perdonará— y lejos de los discursos ideológicos, estas ficciones se abren a la verdad emocional de quienes padecieron la violencia, y en ese gesto ofrecen al lector la oportunidad de volver a pasar por el corazón, de re‑cordar.
En el tiempo de la memoria, estas novelas son más que un testimonio; son una llamada a la responsabilidad colectiva. Al narrar el dolor y la soledad de las víctimas, exigen del público empatía y un compromiso ético: escuchar, reconocer y transmitir. Tal vez, como sugiere Goikoetxea, todavía queden muchos pasos por dar, pero estas obras nos recuerdan que la memoria de las víctimas es imprescindible para que esos pasos conduzcan hacia un futuro más firme y justo.
Bibliografía, notas y fuentes:
Alonso Zarza, M. (2017) Los discursos de odio, Cuadernos del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, 4, 29-52.
Alonso Zarza, M. (2021) Los discursos de odio: morfología y función, Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo, 4, 55-64.
Aldrich, M. C. (2011) ‘Salvable obstáculo’: Mefistófeles, máscaras, miedo y culpa en La carta. En J. A. Ascunce y A. Rodríguez (Eds.) Haz lo que temas. La novelística de Raúl Guerra Garrido, Universidad de Deusto, Bilbao, 183-199.
Aramburu, F. (2006) Los peces de la amargura, Tusquets, Barcelona.
Aramburu, F. (2015, 3 de noviembre) Coloquio entre Fernando Aramburu y Gaizka Fernández Soldevilla en el ciclo de conferencias con motivo de la inauguración del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, Universidad de Deusto, Bilbao. [Conferencia].
Castells, L. (2017) La sociedad vasca ante el terrorismo. Las ventanas cerradas (1977-2011). Historia y Política, 38, 347-382. https://doi.org/10.18042/hp.38.12
Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo (2022, 14-15 de julio) Entrevista a Luisa Etxenike en el Curso «Escribir la página antes de pasarla». [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=U5aDO9kqqZQ
Domínguez Iribarren, F. (2003) Las raíces del miedo. Euskadi, una sociedad atemorizada, Aguilar, Madrid.
Egaña, I. (2024) Desplazamientos de lo político. Del conflicto armado a los discursos feministas. En C. Claesson (Ed.) Novela postcrisis en la España plurilingüe, Biblioteca di Rassegna iberistica, 217-243.
Echévarri, D. (2016, 9 de marzo) Asimilar a los muertos: entrevista con Gabriela Ybarra, La Grieta. https://www.lagrietaonline.com/asimilar-a-los-muertos-entrevista-con-gabriela-ybarra/
Etxenike, L. (2018) Absoluta presencia, El Gallo de Oro.
García Ronda, Á. (2001) Las novelas vascas de Raúl Guerra Garrido, República de las Letras: revista literaria de la Asociación Colegial de Escritores, 72, 13-37.
García-Noblejas, J. J. (2005) Comunicación y Mundos Posibles (2ª ed.), EUNSA.
Goikoetxea, I. (2023 [2021]) El pueblo no perdonará, Alberdania. (Obra original en euskera).
Guerra Garrido, R. (1996 [1990]) La carta, Plaza & Janés, Barcelona.
Guerra Garrido, R. (2018, 18 de diciembre) Entrevista personal. Entrevistadora: Roncesvalles Labiano. San Sebastián, España.
Jiménez Ramos, M. y Marrodán, J. (2019) Heridos y olvidados. Los supervivientes del terrorismo en España, La Esfera de los Libros, Madrid.
Labiano, R. (2019) Las víctimas de ETA en el cine y la literatura. Realidad y representación de los damnificados por el terrorismo (1968-2018). [Tesis doctoral inédita]. Universidad de Navarra.
Labiano, R. (2021) Literatura comprometida frente al terror y el silencio. Las novelas sobre ETA de Luisa Etxenike: El ángulo ciego, Absoluta presencia y Aves del paraíso, Castilla. Estudios de Literatura, 12, 620-655. https://doi.org/10.24197/cel.12.2021.620-655
Labiano, R. (2023) El fanatismo contra la palabra: escritores y periodistas ante la amenaza de ETA, Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo, 9, 24-35.
Pasero, Á. (2025, 7 de febrero) Charlamos con: Irati Goikoetxea de su libro El pueblo no perdonará. [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=m08s54NH-pE&t=1318s
Pérez Reverte, A. (2008, 18 de mayo) Los peces de la amargura, Patente de corso, XL Semanal. https://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/199/los-peces-de-la-amargura/
Todorov, T. (1993 [1991]) Las morales de la historia, Paidós, Barcelona.
Vargas Llosa, M. (2017, 5 de febrero) El país de los callados, El País. https://elpais.com/elpais/2017/02/02/opinion/1486035878_421520.html
Vich Álvarez, J. A. (2025, mayo) Entrevista a Luisa Etxenike. Trépanos. https://trepanos.es/2025/05/24/entrevista-a-luisa-etxenike/
Ybarra, G. (2015) El comensal, Caballo de Troya.

Debe estar conectado para enviar un comentario.