Tipos de memorias

Marta Sánchez Ortiz
Neuropsicóloga. Centro de Neurología Cognitiva del Hospital Lariboisière

Imagen: Mikel Kasaliz

1. Introducción

La memoria constituye una de las funciones cognitivas fundamentales del ser humano. Gracias a ella se puede codificar, registrar y recuperar grandes cantidades de información, que son procesos fundamentales para nuestra vida cotidiana, y en un sentido más amplio, para la supervivencia de la especie.

La memoria es esencial en el aprendizaje y está implicada en la resolución de problemas y en la toma de decisiones, las cuales son funciones cognitivas complejas que nos permiten adaptarnos y ser flexibles a diferentes contextos. Por ejemplo, recordar la identidad de una persona peligrosa, saber dónde encontrar refugio o recordar dónde se encuentra la fuente de alimento son conductas basadas en la memoria que han resultado vitales a lo largo de la supervivencia del individuo y para la adaptación de las especies.

Por otro lado, la memoria está ligada a nuestra identidad personal. Nuestros recuerdos forman el relato que nos permite saber quiénes somos, cómo hemos cambiado a lo largo del tiempo y qué experiencias pasadas han moldeado nuestra vida. Sin memoria, no sólo perderíamos la información del pasado, sino también el sentido de continuidad y de identidad que nos define como individuos.

Así, su estudio en el campo de la neurociencia ha demostrado que no es un sistema unitario, sino un conjunto de procesos interrelacionados que operan en diferentes niveles y estructuras cerebrales.

En este artículo abordaremos qué es la memoria y sus criterios de clasificación. Después, exploraremos los distintos tipos de memorias y sus principales características. Finalmente, describiremos las estructuras y los circuitos cerebrales involucrados en cada tipo de memoria, así como en el proceso de memorización.

2. Tipos de memoria
Los avances en las investigaciones del campo de la psicología y de las neurociencias han demostrado que la memoria puede clasificarse según distintos criterios (Moraleda, Romero y Cayetano, 2012): la modalidad sensorial, el tiempo de almacenamiento (corto plazo, memoria de trabajo, largo plazo y su grado de conciencia: implícita y explícita).

2.1. Memoria sensorial
Es el registro inicial y momentáneo de estímulos a través de los receptores sensoriales (Portellano, 2005). Según Fiori-Duarcourt y Isel (2012) es inconsciente y tiene una capacidad muy amplia, aunque su duración es extremadamente breve (milisegundos). Gracias a ella se consigue mantener una «fotografía» instantánea del estímulo y una huella sensorial temporal de la información para que pueda procesarse en la memoria a corto y largo plazo.

Está formada por un conjunto de sistemas correspondientes a cada uno de los canales sensoriales estimulados: memoria visual, memoria auditiva, memoria táctil, memoria olfativa y memoria gustativa. La información que no se transfiere a la memoria a corto plazo se pierde (Portellano, 2005).

2.2. Tiempo de almacenamiento

2.2.1. Memoria a corto plazo
Es el sistema de almacenamiento temporal de una cantidad limitada de información, que dura pocos segundos y es vulnerable a interferencias (Portellano, 2005). Se utiliza para mantener datos breves que requieren repetición constante para su retención, como un número de teléfono.

2.2.2. Memoria de trabajo
Es un sistema con capacidad limitada que permite manipular información a la vez que se realizan tareas cognitivas simultáneas como el razonamiento, la comprensión o la resolución de problemas (Baddeley y Hitch, 1974). Está compuesta por tres subsistemas (Baddeley, 1986):

1. Bucle fonológico: almacena información verbal y acústica, realizando procesos similares a la repetición interna que se producen durante la lectura silenciosa. También permite la transformación de información visual en información verbal.

2. Agenda visoespacial: retiene y procesa información visual y espacial. Su función consiste en codificar la información visual y recuperar imágenes en la memoria a largo plazo.

3. Ejecutivo central: coordina el bucle fonológico y la agenda visoespacial. Sirve para gestionar funciones como la planificación, el almacenamiento temporal y la toma de decisiones, además de crear puentes entre la memoria a corto y largo plazo.

Ejemplos cotidianos de este tipo de memoria incluyen recordar lo dicho en una conversación para responder coherentemente o mantener en mente el número de teléfono que se está marcando.

2.2.3. Memoria a largo plazo
Es la capacidad para almacenar la información durante periodos más prolongados de tiempo o de manera permanente (Portellano, 2005) y sus procesos se describen en tres etapas fundamentales (Fiori-Duharcourt e Isel, 2012):

1. Codificación: es el proceso mediante el cual la información que percibimos (como hechos, experiencias o aprendizajes) se transforma para poder ser almacenada. Esta etapa organiza la información y la conecta con conocimientos previos. Existen varios tipos de codificación: semántica (basada en el significado), procedimental (relacionadas con acciones o habilidades), contextual (influida por el entorno y las circunstancias) y emocional (vinculada a los sentimientos experimentados en ese momento).

2. Almacenamiento: una vez codificada, la información se guarda formando “engramas”, que son huellas de memoria. Esta etapa incluye la consolidación, es decir, el refuerzo de los recuerdos a lo largo del tiempo gracias a nuevas experiencias o a la repetición. Recordar algo con más frecuencia fortalece ese recuerdo y permite conservarlo durante más tiempo.

3. Recuperación: es la capacidad para acceder a la información almacenada. Este proceso puede ser involuntario (por ejemplo, cuando algo nos recuerda de forma espontánea a una situación pasada) o voluntario (cuando intentamos recordar algo de manera consciente). Existen dos formas de recuperación voluntaria: recuerdo libre (sin ayuda externa) y recuerdo guiado (cuando se utilizan pistas que facilitan el recuerdo).

Dentro de la memoria a largo plazo se puedes distinguir distintos tipos de la misma, a saber: la memoria implícita o no declarativa y la memoria explícita o declarativa.

2.2.3.1. La memoria implícita o no declarativa
Según Portellano (2005), la memoria implícita o no declarativa es el proceso automático e inconsciente que se adquiere principalmente mediante la repetición. Permite almacenar habilidades, hábitos y procedimientos de cómo hacer las cosas sin necesidad de un esfuerzo consciente para acceder ellas. Se manifiesta en acciones y comportamientos, como montar en bicicleta, conducir o escribir en un teclado, y no puede expresarse verbalmente. Sus principales tipos son los siguientes:

1. Memoria procedimental: también definida como la “memoria del saber cómo”, engloba habilidades motoras y cognitivas que se realizan, únicamente,  mediante su propia ejecución, sin referencia explícita a la experiencia pasada. Permite realizar tareas rutinarias como atarse los cordones, conducir o montar en bicicleta. Es más resistente al olvido que la memoria explícita, pero requiere mayor tiempo de práctica.

2. Priming: fenómeno en el cual un estímulo previo facilita la percepción o identificación de estímulos posteriores, sin conciencia explícita.

3. Aprendizaje por condicionamiento: incluye el aprendizaje asociativo (condicionamiento clásico y operante) y no asociativo (habituación y sensibilización), así como la memoria emocional, que resalta el papel del componente afectivo en el aprendizaje.

2.2.3.2. La memoria explícita o declarativa
Según Portellano (2005), la memoria declarativa es la capacidad de recordar conscientemente hechos, experiencias y acontecimientos adquiridos mediante el aprendizaje. También se le puede llamar la memoria del “saber qué”. Se accede a ella de forma intencional y puede expresarse verbalmente. Además, facilita un vasto almacén de conocimientos y experiencias pasadas permitiendo interpretar el mundo y desenvolverse en la vida cotidiana. Tulving (1972) distingue dos modalidades principales:

1. Memoria semántica: almacena conocimientos generales sobre el mundo, como conceptos, significados y hechos, sin vincular a experiencias personales. Es independiente del contexto y no está ligada a un momento o lugar específico. Por ejemplo, sabemos que París es la capital de Francia, aunque no recordemos el momento preciso en el que aprendimos ese dato. Esta memoria es fundamental para comprender el lenguaje, la resolución de problemas, entender el mundo y sus reglas, así como para desenvolverse en la vida cotidiana.

2. Memoria episódica: refiere a hechos y experiencias personales que han sucedido en un tiempo y lugar determinados. Permite “volver al pasado” y revivir experiencias junto con sus emociones asociadas, respondiendo a preguntas como: ¿qué pasó?, ¿cuándo? y ¿dónde? Incluye recuerdos únicos y personales como el primer día de clase de la universidad, una boda, un viaje memorable o conversaciones significativas. Es crucial para construir la identidad, desarrollar y mantener nuestra personalidad porque nos permite recordar quienes somos y cómo hemos llegado a ser quienes somos.

3.Estructuras y circuitos cerebrales implicados en la memoria
La memoria no se localiza en una única estructura cerebral, sino que resulta de la actividad coordinada de múltiples regiones especializadas, entre las que destacan los lóbulos temporal, frontal, parietal, el diencéfalo y los ganglios basales (Portellano, 2005). En la siguiente imagen se observa la corteza cerebral en vista lateral, con sus principales lóbulos.

Imagen 1: Vista lateral de la corteza cerebral y sus principales lóbulos. (Basada en: Bear, Connors y Paradiso, 2016)

3.1. Lóbulo temporal
El papel crucial del lóbulo temporal en la memoria declarativa se evidenció en el caso del paciente H.M., descrito por Scoville y Milner en 1953. El paciente conocido como H.M., con epilepsia desde los 10 años, fue sometido a una lobectomía temporal medial bilateral para reducir sus crisis. Tras la cirugía, perdió de forma irreversible la capacidad de formar nuevos recuerdos a largo plazo (amnesia anterógrada), aunque mantenía intacta su memoria a corto plazo y su memoria procedimental. Además, sufrió amnesia retrógrada parcial, olvidando los recuerdos de los eventos ocurridos en los tres años previos a la operación. Este caso demostró que la memoria a corto y largo plazo, así como la memoria declarativa y procedimental, dependen de circuitos diferentes (Gil, 2012).

3.2. Circuito de Papez
Identificado por James Papez en 1930, este circuito bilateral y simétrico situado en la cara medial de cada lóbulo temporal integra estructuras esenciales para la memoria a largo plazo y el aprendizaje. El flujo de información sigue esta secuencia: hipocampo → cuerpos mamilares del hipotálamo → núcleo anterior del tálamo → corteza cingulada → corteza entorrinal → retorno al hipocampo (Gil, 2012).
Las lesiones en este circuito generan amnesia y dificultades para aprender nueva información, aunque los recuerdos antiguos permanecen porque no dependen de él.

Imagen 2: Circuíto de Papez. (Basada en: Bear, Connors y Paradiso, 2016)

El hipocampo funciona como centro integrador supra-modal. Recibe la información de múltiples áreas cerebrales para integrarla, organizarla y unificarla en una sola experiencia. Se encarga de la consolidación inicial de recuerdos explícitos, pero sin ser el responsable del almacenamiento de los recuerdos y de la información a largo plazo (Portellano 2005; Fiori-Duharcourt e Isel, 2012). El hipocampo derecho codifica información no verbal (situación espacial, planos y rostros), mientras que el izquierdo procesa material verbal. Además, es clave para la memoria espacial y contextual, abarcando el «dónde», «cuándo» y las percepciones emocionales asociadas a las experiencias (Fiori-Duharcourt e Isel, 2012). La amígdala otorga carga emocional en el proceso de memorización, formando parte del circuito amígdala-tálamo-cingular, conectado al circuito de Papez. Las lesiones en la amígdala dificultan el aprendizaje por condicionamiento (Portellano, 2005).

La corteza entorrinal y perirrinal, ubicadas en el lóbulo temporal anterior, participan en la formación de recuerdos explícitos a largo plazo, aunque no en su almacenamiento permanente (Portellano, 2005).


3.3. Diencéfalo
Existen tres estructuras claves del diencéfalo implicadas en la memorización: los núcleos dorsolaterales del tálamo, los cuerpos mamilares e hipotálamo. Todos ellos, a su vez, forman parte del circuito de Papez y contribuyen a la codificación, consolidación y secuenciación temporal de los recuerdos (Portellano, 2005; Gil, 2012).

Imagen 3: Estructuras cerebrales de diencéfalo asociadas a la memorización. (Basada en: Bear, Connors y Paradiso, 2016)

3.4. Lóbulo frontal
Responsable de la memoria de trabajo y la recuperación de recuerdos. Las lesiones en esta área afectan la capacidad para seleccionar y recuperar recuerdos de manera eficiente, pero no influyen en la memorización ni en el almacenamiento de los recuerdos (Portellano, 2005).

3.5. Lóbulo parietal
Participa en la memoria a corto plazo. Sus lesiones pueden dificultar la retención de secuencias numéricas o la memoria inmediata de imágenes (Portellano, 2005).

3.6. Ganglios basales
Zona clave para la regulación de movimientos voluntarios y para conectar información sensorial con motora. Constituyen la base de los aprendizajes sensoriomotores, los cuales nos permiten reaccionar ante los estímulos del entorno. Participan en la memoria no declarativa, especialmente la procedimental de gestos y secuencias motoras. Las lesiones no afectan la memoria explícita, pero dificultan el aprendizaje y ejecución de habilidades motoras (Portellano 2005; Fiori-Duharcourt e Isel, 2012).4. Conclusión
La memoria es una función cognitiva compleja, esencial para el aprendizaje, la toma de decisiones, la planificación, la adaptación al medio y para la construcción de nuestra identidad. Gracias a los estudios en el campo de la psicología y de las neurociencias se confirma que no existe una única memoria, sino varios sistemas interconectados que a su vez implican circuitos cerebrales específicos.

Desde el ámbito de la medicina, este conocimiento resulta crucial. Las alteraciones de la memoria son uno de los síntomas más frecuentes de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o la Demencia Frontotemporal, pero también los trastornos psiquiátricos, la epilepsia, los traumatismos craneoencefálicos o los trastornos del neurodesarrollo, y su evaluación neuropsicológica constituye una herramienta diagnóstica clave. Además, el diseño de intervenciones terapéuticas (farmacológica, de rehabilitación neuropsicológica o de estimulación cerebral) para estas patologías, se apoya en el conocimiento detallado de los sistemas de la
memoria afectados. Conocer los mecanismos cerebrales que la sustentan permite mejorar las herramientas de diagnóstico, intervención y rehabilitación, ofreciendo tratamientos más eficaces y especializados.


Bibliografía, notas y fuentes:

. Baddeley, A. y Hitch, G. (1974) Working memory. En: G. H. Bower (Ed.) The psychology of learning and motivation, Vol. 8, 47-89. Academic Press.
. Baddeley, A. D. (1986) Working memory, Oxford University Press.
. Bear, M. F., Connors, B. W. y Paradiso, M. A. (2016) Neurosciences: À la découverte du cerveau (4.ª ed.), Pradel.
. Fiori-Duharcourt, N. e Isel, F. (2012) Les neurosciences cognitives, Armand Colin, 99-118.
. Gil, R. (2014) Neuropsychologie, Elsevier Masson, 190-231.
. Portellano, J. A. (2005) Introducción a la neuropsicología, McGraw-Hill, 222-245.
. Tulving, E. (1972) Episodic and semantic memory. En E. Tulving y W. Donaldson (Eds.), Organization of memory, Academic Press, 381-403.