Experiencia y memoria en el pensamiento evolucionista de Faustino Cordón

Alberto Rábano Gutiérrez
Director. Banco de Tejidos BTCIEN y Plataforma
Neuropatología Centro Alzheimer Fundación Reina Sofía

Imagen: Mikel Kasaliz

Introducción: vida y pensamiento de un heterodoxo

Encontramos pocas cosas convencionales cuando nos acercamos a esta figura singular de la ciencia y el pensamiento del s. XX en nuestro país. Una vida marcada por la búsqueda incesante de lo verdadero, lo auténtico, por una insoslayable necesidad de entender (para decirlo con sus propias palabras), de hacerse con un marco teórico general, monista, materialista, para la comprensión de la realidad. Y, como la de todos los de su generación, una vida determinada muy fundamentalmente por la historia del siglo, centrada por la Guerra Civil y sus consecuencias políticas en décadas posteriores. En el caso de Cordón, como en el de tantos, como perdedor de esa guerra. Sin embargo, la necesidad de entender fue para él siempre inseparable de una pulsión de actuar, de hacer, de construir. A pesar de la adversidad, y en muchas ocasiones afrontándola con entusiasmo y determinación. Podría decirse, así, que el núcleo conceptual de su teoría biológica, la acción y experiencia, vale también para definir, como metáfora, la trayectoria de su propia vida individual[1].

La vida de Cordón abarca el siglo casi en su totalidad, desde su nacimiento en Madrid en 1909, hasta su fallecimiento, también en Madrid, 90 años después. Sin embargo, su infancia y juventud estuvieron muy ligadas a Fregenal de la Sierra, en Badajoz, y a la finca familiar «El Prior». Cordón estudió en la Residencia de Estudiantes y, tras una primera dedicación apasionada a la pintura, que le llevó a vivir en París una temporada, decidió estudiar farmacia, carrera que completó en dos años en la Universidad Central de Madrid, mientras estudiaba en Fregenal. Participó en la Guerra Civil Española como jefe de Armamento del Quinto Regimiento, en Madrid, y después de la guerra, excluido de la vida académica y formando parte de lo que se ha llamado «exilio interior» (Salabert, 1958), desarrolló una intensa actividad científica en la industria farmacéutica (Gomis y Bernardo, 2011). Realizó también un extenso y continuado trabajo como traductor de textos fundamentales de biología. A partir de los años 50 su interés por el darwinismo y la evolución biológica dio lugar a diversas publicaciones y fue conformando poco a poco una teoría biológica original, la «biología evolucionista», a cuyo desarrollo Cordón dedicó toda su energía intelectual hasta el final de su vida activa. El desarrollo de las líneas maestras de su teoría evolucionista puede seguirse desde La evolución conjunta de los animales y su medio (Cordón, 1966) hasta Conversaciones con Faustino Cordón sobre biología evolucionista (Núñez, 1979). Cordón se propuso desarrollar y recoger su teoría, en su forma definitiva, en un Tratado Evolucionista de Biología, cuya estructura reflejara la de los niveles de ser vivo.   Así, el Tomo I del Tratado lo dedicó al primer nivel de ser vivo, el protoplásmico (más tarde denominado basibiónico) (Cordón, 1978). Entre los textos dedicados al papel social de la ciencia, destacan La actividad científica y su ambiente social (Cordón, 1962), Pensamiento general y pensamiento científico (Cordón, 1976a) y La función de la ciencia en la sociedad (Cordón, 1976b). Sin embargo, los libros de Cordón que han tenido más difusión han sido los dedicados al origen del hombre, La naturaleza del hombre a la luz de su origen biológico (Cordón, 1981) y, especialmente, Cocinar hizo al hombre (Cordón, 1980), cuya séptima edición todavía puede encontrarse en las librerías. Durante los años 80 consiguió reunir un pequeño grupo de colaboradores en torno a la Fundación para la Investigación de la Biología Evolucionista (FIBE), entre los que se encontraba, iniciando su vida científica y de reflexión teórica, el autor del presente artículo. Allí consiguió completar el Tomo II del Tratado, dedicado al nivel celular de ser vivo (Cordón, 1990)[2]. En aquellos años, Cordón tuvo una presencia destacada en los medios como divulgador del darwinismo y defensor de la biología teórica y también como intelectual engagé, y durante unos años fue presidente de la Asociación de Amistad España-URSS. Sin embargo, en nuestro país, salvo algunas excepciones, el interés de la Academia por su pensamiento, especialmente en el ámbito biológico, fue escaso o nulo. En Francia, su teoría ha tenido una mayor difusión en los últimos años, gracias a la entusiasta acogida que le dedicó Patrick Tort, filósofo e historiador de la ciencia de la Ecole Normale Superior de Paris (Institut Charles Darwin International), que incorporó a Cordón como un autor especialmente relevante en su Dictionnaire du darwinisme et de l’évolution (Tort, 1996).

De la biología «dogmática» a la biología de sistemas: función crítica de la biología evolucionista

Los años 50 y 60 del s. XX, cuando Cordón comenzaba a elaborar su teoría biológica partiendo, en principio, de sus propios resultados experimentales y de un profundo análisis del darwinismo, fueron también los años del nacimiento de la biología molecular[3]. Los hitos principales son bien conocidos, y basta con seguir el rastro de los Premios Nobel para situar el eje cronológico. La estructura molecular del ADN había sido publicada en 1953 por J. Watson y F. Crick, y al año siguiente L. Pauling recibió el Premio Nobel de Química por sus trabajos sobre la estructura molecular de las proteínas; y, de nuevo, los Premios Nobel de 1962, el de Fisiología o Medicina concedido a Watson y Crick, y el de Química a M. Perutz y J. Kendrew, consagraron el abordaje molecular, físico y químico de los ácidos nucleicos y de las proteínas, respectivamente, como elementos fundamentales de la vida. La imagen de aquella nueva biología pujante se completa con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1965, concedido a F. Jacob, J. Monod y A. Lwoff por su descubrimiento de los primeros indicios de lo que hoy conocemos como «regulación genómica», esto es, el aspecto dinámico y funcional de la relación entre los ácidos nucleicos y las proteínas en la actividad celular. Nació así el llamado «dogma central de la biología molecular», enunciado en su forma más sucinta como «un gen-una proteína», y que indicaba que el sentido del flujo de información biológica, la actividad nuclear misma de la vida, iba desde el ADN (el código genético) al ARN, y de éste a las proteínas (Noble y Noble, 2023)[4]. Fue a esta biología molecular reduccionista y «genocéntrica» a la que Cordón se enfrentó desde el inicio de su propia elaboración teórica[5]. Una biología basada en un código y en la que, en palabras de M. Foucault, «no hay lector, no hay sentido, sólo un programa y una producción» (Foucault, 1975).

Es posible que el programa original de aquella biología se cumpliera precisamente a los dos años de la desaparición de Cordón, en 2001, con la primera publicación del genoma humano en las revistas Science y Nature, aunque algunos autores sostienen que su cumplimiento efectivo se encontraría en el ámbito de la actual «biología sintética» y en la creación de vida artificial (Morange, 2009). Hoy, a los 75 años del nacimiento de la biología molecular, su aportación al conocimiento de los seres vivos es indiscutible, al igual que su inmensa contribución al tratamiento farmacológico de las enfermedades humanas. En las últimas décadas, sin embargo, de forma general, la explicación puramente mecanicista (mechanistic) en el ámbito biológico experimental, ha sido desplazada en parte por una interpretación más abierta en términos de sistemas biológicos.

La actual biología de sistemas entiende la inmensa complejidad de los sistemas vivos y de sus propiedades en términos de sistemas abiertos e interrelacionados de niveles de complejidad creciente (desde las macromoléculas a la sociedad humana o la biosfera) (Noble y Noble, 2023). La perspectiva de sistemas en biología implica «looking at the living organism in the totality of its mutual interactions» (Capra y Luisi, p. 130). Un sistema vivo es, así (y el modelo puede ser la red de rutas metabólicas de cualquier célula simple) fundamentalmente una compleja trama de interacciones, de procesos, que posee las siguientes propiedades básicas (Capra y Luisi, p. 130 y ss.):

– La auto-conservación, noción derivada del concepto de «autopoiesis», formulado originalmente por Francisco Varela (1946 – 2001) y Humberto Maturana (1928 – 2021).

– La no-localización, esto es, no hay ningún proceso o estructura al que, por sí mismo, se le pueda asignar la propiedad de la «vida».

– La emergencia de propiedades nuevas de un mayor nivel de complejidad a partir de la suma de elementos de un nivel de complejidad inferior.

– La interacción con el ambiente, como un sistema termodinámicamente abierto.

Además, la biología de sistemas recupera una interpretación más originaria del darwinismo y de la evolución biológica (superando el neodarwinismo y la teoría sintética) como un proceso conjunto y coherente, dirigido, no por el azar (como propuso de forma especialmente radical Monod), sino por la actividad intencional, cognitiva, por la conciencia de los seres vivos («agency»)[6].

Frente al reduccionismo de la biología molecular entonces naciente, y también en contraste con algunas posiciones antirreduccionistas de la época, entre las que se encontraban las primeras formulaciones de la biología de sistemas, Cordón propuso, en una lectura radical y originaria de Darwin, una teoría «fuerte»[7] de los seres vivos y de su evolución conjunta. Aun a riesgo de simplificar en exceso la biología evolucionista de Cordón, presentaremos a continuación los conceptos principales en que se sustenta[8]:

Para Cordón, la inmensa biodiversidad y complejidad de los seres vivos actuales no es el resultado del mero azar[9], sino la huella, el rastro actual de la evolución conjunta de los seres vivos, cada uno de ellos situado en su medio (selectivo) específico[10], constituido por otros seres vivos.

La propiedad esencial de todo ser vivo es la acción y experiencia, esto es, su capacidad de actuar sobre el entorno (su ambiente físico y su medio específico), y de tomar noticia de los resultados de esa acción. Esta toma de noticia, en cada instante, es lo que podemos denominar «conciencia». Así, un ser vivo es fundamentalmente un agente.

Todo ser vivo es una unidad de integración de materia y energía que se sostiene sobre una actividad fundamental: la alimentación, el trofismo. El alimento constituye, así, el centro del medio específico de un ser vivo, que incorpora y procesa el alimento propio de su nivel para distribuirlo a los seres vivos del nivel inmediatamente inferior que conforman su soma.

Los seres vivos, como unidades de integración, como agentes, se dan en niveles definidos de ser vivo (niveles orgánicos de integración energético-material), y cada nivel de ser vivo ejerce su modo de acción propio. La evolución conjunta de los seres vivos (de la biosfera) ha dado lugar de forma sucesiva a tres niveles de ser vivo: 1) el basibión, nivel de ser vivo subcelular, 2) la célula, y 3) el animal. El trofismo ha sido clave en el desarrollo evolutivo de cada nivel como ser vivo (heterótrofo) constituido a partir de asociaciones (autótrofas) de seres vivos del nivel inmediatamente inferior: la célula a partir de asociaciones de basibiones y los animales a partir de asociaciones celulares[11].

Para cada nivel de ser vivo, la dinámica de la acción y experiencia sobre el medio se sustenta en tres campos físicos (de una naturaleza diferente para cada nivel): el estímulo aferente, el estímulo eferente y el organismo. Estos campos físicos unitarios están creados por un subconjunto especializado (diferenciado) de los seres vivos de nivel inferior que constituyen el cuerpo (el soma) del ser vivo. Es el caso, p. ej., de las neuronas en el contexto del soma animal.

La noción de experiencia en el modelo de ser vivo de Cordón

Cordón aborda por primera vez en profundidad la noción de experiencia en los cursos que impartió en la Universidad de Puerto Rico en 1968 y 1969 (Cordón, 1969). Allí presenta la experiencia («carácter esencial de los seres vivos») como base de la acción y como proceso adaptativo de adecuación al medio. Una versión más madura del concepto aparecerá unos años más tarde en la Introducción al Tomo I de su Tratado, el dedicado al protoplasma (Cordón, 1978).

Recordemos, en primer lugar, que el modelo de ser vivo de Cordón es aplicable, en su estructura fundamental, a los tres niveles de ser vivo (niveles de integración biológica) definidos en su teoría biológica: el nivel basibiónico (subcelular), el celular y el animal. Un ser vivo siempre es un ser vivo, con independencia del nivel de integración al que pertenezca. Sin embargo, las diferencias entre niveles son cualitativas y radicales (especialmente en cuanto a la naturaleza del campo físico circunscrito en que radica el organismo, pero también en cuanto a la acción, el alimento y el medio). Lo mismo puede decirse de la experiencia. Revisemos ahora brevemente este modelo en sus componentes principales y en su dinámica con el fin de situar el sustrato y el momento de lo que Cordón denominó experiencia elemental. Para ello, puede ser útil que representemos en un eje horizontal, mediante una línea (que pronto veremos que es discontinua) lo que llamaremos «dinámica de la acción y experiencia del ser vivo», de un ser vivo de cualquier nivel. Por encima de ese eje encontraremos lo que pertenece a nuestro ser vivo en cuestión, de «nivel superior», definido por su organismo, esto es, por un campo físico circunscrito de energía; y por debajo del eje situaremos lo que pertenece al soma, constituido por un conjunto (por lo general inmenso) de seres vivos del nivel de integración inmediatamente inferior (basibiones en el caso de la célula, y células en el caso del animal). Recordemos también que un subconjunto de individuos del soma se ha especializado en generar, de modo pulsátil, discontinuo, los campos físicos unitarios del organismo, el estímulo eferente y el estímulo aferente, todos ellos de la misma naturaleza física para cada nivel de ser vivo[12]. Pues bien, he aquí el dinamismo, por así decir, unitario, de la acción y experiencia: la acción dirigida al medio se ejerce a través de la coordinación de las unidades efectoras[13] por parte del estímulo eferente, campo físico unitario generado por un subconjunto de unidades especializadas del soma; el organismo, campo físico de la misma naturaleza, guarda momentáneamente una impronta (intencional) de la acción pretendida; inmediatamente después, y como consecuencia de la realización efectiva de la acción, otro campo físico de la misma naturaleza, el estímulo aferente, generado por las unidades sensitivas del soma, interacciona con el organismo y le permite a éste contrastar la acción prevista con el resultado de la acción. Éste es, precisamente, el momento de la conciencia y la experiencia. Hasta aquí el dinamismo «superior» de los tres campos unitarios, pero no hay que olvidar que éste se produce, para cada uno de ellos, a través de otra interacción «entre-niveles», esto es, de cada campo con las unidades del nivel inferior que lo generan y que son también capaces de percibir sus modificaciones. Así, pues, la dinámica del organismo se sustenta en un juego entre dos niveles de ser vivo, donde cada nivel ejecuta «acciones elementales, con un cuanto de libertad, de conciencia, de adquisición de experiencia» (Cordón, 1978, p. 65). Este juego de campos y de niveles es el que genera cada experiencia elemental.

El alcance de la noción de experiencia en Cordón se completa con otros dos aspectos (o consecuencias) esenciales. Por una parte, si la experiencia acumulada de cada ser vivo a lo largo de su existencia individual representa su propia capacidad efectiva de adaptación a su medio específico (selectivo), la experiencia es así, de hecho, el agente principal de la selección natural y de la evolución biológica. Así, para Cordón, las sucesivas fases principales de la evolución, que han dado lugar, sucesivamente, a los diferentes niveles de ser vivo, representan una «enorme exaltación general de la experiencia» (Cordón, 1978, p. 74).

La continua exaltación de la experiencia a lo algo de la evolución biológica (que, como ley descriptiva general, nos es impuesta por el registro fósil) sería inexplicable sin el incremento de la experiencia de cada ser vivo a lo largo de la vida individual. (Cordón, 1978, p. 75)

Es esa experiencia incrementada, «mejorada» a lo largo de la vida individual, a lo que queremos hacer referencia aquí como «memoria», un término poco utilizado por el propio Cordón. El segundo aspecto que no deberemos olvidar de la noción cordoniana de experiencia, no menos importante que el anterior, es que, de acuerdo con el modelo, la experiencia lo es estricta y exclusivamente del medio específico del ser vivo. Esto resultará especialmente relevante, como veremos en breve, cuando abordemos la experiencia propiamente humana, en el contexto de la experiencia animal.

Naturalmente, la noción cordoniana de «conciencia», en términos teóricos, está muy alejada de lo que hoy podemos concebir problemáticamente como conciencia/mente humana (desde el punto de vista científico y filosófico). Se trata, por un lado, de una distancia evolutiva, la de la larga serie de procesos evolutivos (de especiación) que culminó en la hominización y el surgimiento de la especie humana. También se trata, por otra parte, de la distancia que media entre un modelo teórico, necesariamente simplificador, y la realidad biológica efectiva en una instancia (una especie biológica) particular. Aun así, podemos reinterpretar tentativamente, en cierta medida, los modelos actuales de la memoria en el ser humano a la luz de la noción de acción y experiencia[14]. Ésta, como hemos visto, establece una diferencia neta entre los procesos que afectan al organismo y los que afectan al soma. Así, en una primera aproximación, 1) podríamos asociar al ámbito del organismo y sus procesos lo que hoy conocemos como memoria explícita (declarativa); y, 2) por otra parte, al ámbito del soma los múltiples y diversos procesos asociados a la memoria implícita (procedimental). También hoy, en el contexto de la teoría de sistemas, se persigue una «disección» de los procesos biológicos asociados a la memoria en términos de «niveles de complejidad» implicados, el multicelular, el celular y el molecular[15]. Puede ser interesante intentar reinterpretar este ingente y heterogéneo conjunto de datos a la luz de la teoría de niveles biológicos de Cordón. Este análisis puede ser especialmente relevante para la comprensión de la memoria en su dimensión temporal, esto es, el proceso de la consolidación de la memoria y la diferencia entre la memoria a corto y a largo plazo. Mientras que la memoria a corto plazo parece asociarse a procesos de «actividad celular» e incluso «intercelular» (reclutamiento de grupos neuronales específicos, long-term potentiation, etc.), la consolidación a largo plazo requiere la generación de nuevas proteínas y el desarrollo «somático» (en el soma celular) de nuevas estructuras celulares (espinas dendríticas) (Asok et al., 2019).

Experiencia y memoria en el medio social humano

Cordón no llegó a escribir el Tomo III (dedicado al animal) ni el Tomo IV (dedicado al hombre como animal autótrofo) de su Tratado, pero reflexionó largamente sobre la condición humana, en términos de su origen evolutivo, y podemos encontrar el resultado de esas reflexiones principalmente en dos pequeños libros: Cocinar hizo al hombre (Cordón, 1980) y La naturaleza del hombre a la luz de su origen biológico (Cordón, 1981). Las líneas generales del pensamiento de Cordón sobre la evolución humana pueden resumirse como sigue:

– El ser humano es un animal, y comparte con el resto de los animales las características fundamentales de su nivel de ser vivo (modo de acción y experiencia, naturaleza del campo físico circunscrito, y medio).

– El proceso de hominización tuvo como eje la actividad trófica cooperativa de obtención y procesamiento del alimento de pequeños grupos de homínidos, esto es el desarrolló del autotrofismo humano, como animal elaborador de sus propios alimentos.

– Durante ese proceso, guiado por una actividad cooperativa cada vez más eficaz, el estímulo propiamente animal (la toma de noticia de unos animales por otros) fue dando lugar paulatinamente desde el grito a la palabra y al lenguaje natural humano.

– El medio animal se convierte en el ser humano, a través del lenguaje, en medio social, el medio propiamente humano.

– La palabra interiorizada dio lugar al pensamiento, y con ello a la interiorización del medio humano.

– La socialización del ser humano implicó la suspensión de la acción de la selección natural sobre la evolución humana.

La interpretación actual del papel clave del lenguaje en la hominización y del salto cualitativo que supuso en la aceleración de la evolución cultural humana es muy consistente con las ideas propuestas entonces por Cordón (Bolhuis et al., 204). En un primer análisis, hay dos ámbitos en el estudio de la memoria que podrían beneficiarse de un enfoque en la perspectiva teórica de Cordón, y que se dejarán aquí sólo apuntados. Por una parte, en lo puramente biológico (y también psicológico), la cuestión de la memoria verbal, como componente de la memoria a corto plazo, y su estrecha relación con la evolución humana (Gruber, 2002; Coolidge y Wynn, 2022). Por otra parte, en cuanto a la dimensión biológica (también psicológica) y social del ser humano, el pensamiento de Cordón aparece estrechamente relacionado con la noción de «memoria colectiva», que fue desarrollada originalmente por Maurice Halbwachs (1877 – 1945) y Frederic Bartlett (1886 – 1969) (Fisher et al., 2022).

Así, pues, el pensamiento evolucionista de Cordón puede ofrecer un marco interesante para el estudio y la interpretación de la memoria animal en términos de la dinámica de la acción y experiencia y de la teoría de niveles biológicos. En el campo específico de la memoria humana, podría servir de guía la noción cordoniana de medio social humano, centrado por el lenguaje natural, como motor evolutivo del desarrollo de la extraordinaria capacidad de experiencia y memoria propia del ser humano.


Bibliografía, notas y fuentes:

[1] Para conocer con mayor detalle la intensa vida de F. Cordón, puede consultarse la excelente biografía publicada recientemente por Elvira de Miguel y Elena Cordón (2024).

[2] La mayoría de los textos originales de Cordón citados se encuentran disponibles con texto completo en la página web: https://faustinocordon.org/

[3] Durante esos años Cordón publicó sus primeros textos de biología teórica: Inmunidad y automultiplicación proteica (1954), Introducción al origen y evolución de la vida (1958) y Generalización de los principios teóricos del darwinismo (1961). 

[4] Puede consultarse un excelente resumen de la historia de la biología molecular en Morange (2016).

[5] Cordón se enfrentó intelectualmente a ella, a su metodología, pero no sin entender su significado histórico: «Ahora bien, este reduccionismo a lo molecular se justifica históricamente y, en efecto, al menos hasta que la bioquímica alcanzó un determinado grado de desarrollo, apoyarse en él consecuentemente ha resultado no sólo útil, sino el único modo de superarlo» (1990, p. 624).

[6] En cuanto a la necesidad de introducir la «agency» en el estudio de los seres vivos y su evolución, son muy sugerentes el artículo de Levin y Dennet (2020) y la reciente revisión de DiFrisco y Gawne (2025).

[7] Fue, precisamente, en algunos de los aspectos más «fuertes», desde el punto de vista físico, donde la teoría mostró algunas debilidades y donde recibió más críticas desde el mundo académico. Entre estos postulados teóricos se encuentran la naturaleza física unitaria, como campos de energía, del organismo en cada nivel de ser vivo, y de los estímulos aferente y eferente con los que interacciona. Las debilidades teóricas de estas entidades derivan de la dificultad de su demostración (o falsación) experimental.

[8] En el Epílogo teórico de Conversaciones con Faustino Cordón sobre biología evolucionista (Núñez, 1979), puede encontrarse un resumen especialmente accesible de los conceptos básicos de la propuesta teórica de Cordón. Para una exposición más detallada, puede consultarse la Introducción al Tomo I de su Tratado (Codón, 1978).

[9] Suele considerarse la posición de Jacques Monod (Monod, 2016) como la más radical a este respecto, frente a la interpretación actual de las causas de los procesos evolutivos por parte de la biología de sistemas en términos de determinismo y contingencia (Capra y Luisi, 2014).

[10] «…reservamos el nombre de “medio” para aquellos procesos que determinan la experiencia del ser vivo en cuestión y que, inversamente, son modificados por las acciones del ser vivo conducidas por su experiencia. (…) Por ambiente entendemos el conjunto estratificado de procesos de la realidad en torno a un ser vivo establecido y mantenido fundamentalmente por la evolución geológica y sólo modificado secundariamente por la biológica» (Cordón, 1978, p. 76).

[11] La biología más reciente ha reconocido que la tendencia a desarrollar formas diversas de cooperación es una característica esencial de los seres vivos. Esta perspectiva ha dado lugar a diversas versiones de la teoría simbiótica del origen de la célula eucariota, y a perspectivas teóricas muy sugerentes, como la promovida por John Dupré, entre otras (ver, p. ej., Meincke y Dupré, 2021).

[12] No nos resulta difícil representarnos este subconjunto de individuos especializados si pensamos en el sistema nervioso y su función básica con respecto al animal, y en la división de sus poblaciones neuronales en neuronas sensitivas (estímulo aferente), motoras (estímulo eferente) e interneuronas (organismo). Naturalmente, se trata aquí de un esquema general simple; la realidad es, con toda probabilidad, infinitamente más compleja, como lo es también la anatomía y la histología comparadas del sistema nervioso de los animales en toda su diversidad filogénica.

[13] En el animal, el sistema muscular, ya que la acción animal es esencialmente mecánica (muscular).

[14] Cordón fue siempre prudente a la hora de evitar trasladar, extrapolar, directamente la experiencia subjetiva humana a otros ámbitos biológicos y a otros niveles de ser vivo, pero no deja de recurrir a esa evidencia primaria como punto de partida elemental (ver, p. ej., el inicio del Cap. 3 del Tomo I del Tratado, Cordón, 1978).

[15] También en relación con la memoria se han propuesto, incluso en una perspectiva puramente mecanicista, interpretaciones dirigidas a integrar diferentes niveles de complejidad biológica (Craver, 2003; Craver, 2005; Malanowski y Craver, 2014).

Asok, A. et al. (2019) Molecular Mechanisms of the Memory Trace, Trends Neurosci, 42(1),14-22. doi: 10.1016/j.tins.2018.10.005

Bolhuis, J. J. et al. (2014) How could language have evolved? PLoS Biol, 12(8),e1001934. doi: 10.1371/journal.pbio.1001934. PMID: 25157536

Capra, F. y Luisi, P. L. (2014) The systems view of life. A unifying vision, Cambridge University Press.

Coolidge F. L. y Wynn, T. (2022) The Evolution of Working Memory and Language. En: J. W. Schwieter y Z. (E.) Wen (Eds.) The Cambridge Handbook of Working Memory and Language, Cambridge Handbooks in Language and Linguistics, Cambridge University Press, 31-50.

Cordón, F. (1954) Inmunidad y automultiplicación proteica, Revista de Occidente.

Cordón, F. (1958) Introducción al origen y evolución de la vida, Taurus.

Cordón, F. (1961) Generalización de los principios teóricos del darwinismo, Cuadernos del Departamento de Investigación de IBYS, (1).

Cordón, F. (1962) La actividad científica y su ambiente social, Taurus.

Cordón, F. (1966) La evolución conjunta de los animales y su medio, Península.

Cordón, F. (1969) La experiencia como carácter esencial de los seres vivos, Revista La Torre, (63).

Cordón F. (1976a) Pensamiento general y pensamiento científico, Editorial Ayuso.

Cordón F. (1976b) La función de la ciencia en la sociedad, Cuadernos para el diálogo.

Cordón, F. (1978) La alimentación, base de la biología evolucionista. Historia natural de la acción y experiencia, Volumen 1, Origen, naturaleza y evolución del citoplasma, Alfaguara.

Cordón, F. (1980) Cocinar hizo al hombre, Tusquets.

Cordón, F. (1981) La naturaleza del hombre a la luz de su origen biológico, Anthropos.

Cordón, F. (1990) Tratado evolucionista de biología. Parte segunda. Origen, naturaleza y evolución de la célula, Aguilar.

Craver, C. F. (2003) The making of a memory mechanism, J Hist Biol, 36(1), 153-195. doi: 10.1023/a:1022596107834.

Craver, C. F. (2005) Beyond reduction: mechanisms, multifield integration and the unity of neuroscience, Stud Hist Philos Biol Biomed Sci, 36(2), 373-395. doi: 10.1016/j.shpsc.2005.03.008.

De Miguel, E. y Cordón, E. (2024) Faustino Cordón, el biólogo insumiso, El Garaje Ediciones.

DiFrisco, J. y Gawne, R. (2025) Biological agency: a concept without a research program, Journal of Evolutionary Biology, (38), 143-156. https://doi.org/10.1093/jeb/voae153

Fischer, V. y O’Mara, S. M.  (2022) Neural, psychological, and social foundations of collective memory: Implications for common mnemonic processes, agency, and identity, Prog Brain Res, 274(1), 1-30. doi: 10.1016/bs.pbr.2022.07.004.

Foucault, M. (1975) Crecer y multiplicar. En: Lógica de lo viviente e historia de la biología, Anagrama.

Gomis, A. y Bernardo, Á. (2011) Mirar hacia afuera: los trabajos de Faustino Cordón (1909 – 1999) en la industria farmacéutica durante la España autárquica. En: J. L. Valverde López y A. González Bueno (Coords.) Homenaje al prof. Dr. José Luis Valverde, Sociedad de Docentes Universitarios de Historia de la Farmacia de España, 713-728.

Levin, M. y Dennett, D. C. (2020) Cognition all the way down, Aeon. https://aeon.co/essays/how-to-understand-cells-tissues-and-organisms-as-agents-with-agendas

Malanowski, S. y Craver, C. F. (2014) The spine problem: finding a function for dendritic spines, Front Neuroanat, 8, 95. doi: 10.3389/fnana.2014.00095.

Meincke, A. S. y Dupré, J. (Eds.) (2021) Biological identity. Perspectives from metaphysics and the philosophy of biology, Routledge.

Monod, J. (2016) El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, Tusquets.

Morange, M. (2009) A new revolution? The place of systems biology and synthetic biology in the history of biology, EMBO reports, (10), S50-S53.

Morange, M. (2016). History of Molecular Biology, eLS. doi: 10.1002/9780470015902.a0003079.pub3

Noble, R. y Noble, D. (2023) Understanding living systems, Cambridge University Press.

Núñez, A. (1979) Conversaciones con Faustino Cordón sobre biología evolucionista, Península.

Salabert, M. (1958) L’exil intérieur, L’Express.

Tort, P. (Dir.) (1996) Dictionnaire du Darwinisme et de l’evolution, Presses Universitaires de France.