– Textos sobre la muerte, la memoria y el olvido –
Piedad Solans
Doctora. Historia del Arte

Imagen: Mikel Kasaliz
«Obsérvalo todo con detenimiento y no desfallezcas cuando te sientas mal. Porque quizás nuestra misión sea informar al mundo de lo que pasa en este campo, […] y defender a los muertos», escribe el prisionero político polaco Tadeusz Borowski a su novia, Maria Rundo, en el campo de exterminio de Auschwitz (2004, 131). Borowsky, que sobrevivió al infierno del campo, se suicidaría, inhalando gas, en la cocina de su casa de Varsovia unos años más tarde de su regreso a Polonia, en 1951. Tenía veintiocho años. Al igual que Paul Celan, Jean Améry o Primo Levi, Tadeusz Borowski, poeta, escritor y periodista comunista, premio Nacional de Literatura, no halló un tejido de resilencia en la escritura para soportar los recuerdos de lo vivido y la brutalidad con que actuaba el Kommando Kanada, al que perteneció, destinado a «organizar» las «descargas» de los judíos que llegaban en los trenes así como a recolectar y clasificar los objetos y posesiones que traían consigo (ropas, joyas, dinero, alimentos) al bajar de los vagones de ganado en los que la Deutsche Reichsbahn, con pingües beneficios para la compañía, los «transportaba» al campo de exterminio. Pues la escritura, como dijo Jean Améry en Más allá de la culpa y la expiación (1964), no es un acto de conciliación: no se escribe para reconciliarse con los asesinos ni con la injusticia de haber sido víctima, sino para redimirse «de un desamparo que aún perdura desde entonces» (2001, 151). ¿Cómo hubiera sido posible para Borowski resistir a la memoria traumática del campo, al odio y al asco que sintió contra los cadáveres y los judíos agotados y debilitados, denigrados y vejados al bajar del tren, destinados a una «muerte en masa, asquerosa y repugnante» en las cámaras de gas? «No me pueden producir lástima, ni siquiera por el hecho de que van al crematorio, que la tierra se los trague a todos, me lanzaría contra ellos a puñetazos, debe de ser algo patológico, no acabo de entenderlo», escribe en Pasen al gas, señoras y señores (1946) durante su estancia en Múnich, tras su liberación. «Por el contrario, es lo normal, está previsto y calculado. El tormento que es para ti todo esto hace que te rebeles y lo más fácil es descargar la ira en los débiles, incluso conviene que lo hagas así, es una manifestación del sentido común», le explica Henri, un compañero del Kommando. Pero la «lógica» de supervivencia del campo no es suficiente: Borowski siente náuseas, ganas de vomitar, la cabeza le da vueltas. La garganta seca. Cada palabra, dice, produce dolor. E inquiere: «Dime, Henri. ¿Somos buenas personas?». «Deja de hacer preguntas imbéciles», le responde éste.
«Entro en los vagones, saco criaturas, arrojo equipajes, toco los cadáveres; pero no puedo dominar el miedo salvaje que aumenta en mi interior. Trato de rehuirlos, pero yacen por doquier: en la grava, en el andén, en los vagones. Niños, mujeres desnudas y repulsivas, hombres contrahechos por las convulsiones», escribe, recordando la «descarga». «La montaña de cadáveres se agita, gime, aúlla». Tadeusz Borowski subsistió al agotamiento y al exterminio masivo para «informar al mundo» y «defender a los muertos»; sin embargo, no sobrevivió al insoportable peso de su memoria. Diagnóstico de su muerte: «asfixia». Como escribiría en una carta a María: «Tú y yo estamos enfermos. Sufrimos una nostalgia indefinible y estamos cansados del mundo. Pero el mal no está en el mundo; está en nosotros» . Según el escritor Sławomir Buryła: «En la poesía y la prosa de Borowski, la guerra no ha terminado. […]. La guerra continúa en la psique humana. Las víctimas no pueden liberarse de ello. El recuerdo de los crímenes atroces no permite al sobreviviente regresar a la vida. […]. El campo las destrozó por dentro» .
Aunque sí la «enfermedad», el mal, sin embargo, no está en la víctima, sino en el mundo. Para Jean Améry: «Las montañas de cadáveres que nos separan no se pueden aplanar, me parece, mediante un proceso de interiorización, sino, por el contrario, mediante la actualización, o dicho con mayor exactitud, la resolución del conflicto irresuelto en el campo de la acción de la praxis histórica» (2001, 149-150). El terror, la tortura, la guerra con sus «crímenes atroces», continúan extendiendo en las víctimas una enfermedad incurable, una gangrena mortal: la memoria es materia sólida de una herida que no por invisible o silenciada es menos real. En un texto titulado The Field of Emotion (2018), el artista y teórico franco-argelino Kader Attia escribe: «Nuestro mundo contemporáneo está plagado de heridas del pasado. […]. Los traumas resultantes de los peores momentos de la historia, como guerras, hambrunas y genocidios, han dejado cicatrices materiales e inmateriales que, como el miembro fantasma de una parte amputada del cuerpo, siguen ahí» (2018).
¿Por qué los muertos ejercen un profundo poder imaginario y simbólico sobre los vivos? Defender a los muertos, sí. Pero, ¿cómo convivir con su recuerdo y con las imágenes de los cadáveres, arrancando despojos a la muerte? La pequeña Ceija Stojka, austríaca de etnia romaní, fue deportada a los diez años con su familia al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde estuvo desde 1943 hasta 1944 y donde se le tatuó el número Z6399 en el brazo; posteriormente, fue trasladada al campo de concentración de mujeres de Ravensbrück y, finalmente, a Bergen-Belsen, donde sería liberada por el ejército británico. Sobre sus recuerdos acerca de las brutales experiencias en los campos de concentración y de exterminio, donde convivió con la muerte y con los cadáveres de los muertos, escribiría años más tarde:
Bergen-Belsen. ¡Dios mío! Es inimaginable, no se puede ni contar. […] Cuando llegamos allí, al otro lado de aquel alambre de espino novísimo que brillaba a la luz del sol, lo primero que vimos fue a los muertos. […] Había tantos cadáveres, tantísimos.
Siempre me sentaba entre los muertos, era el único lugar en que se estaba tranquila. Te protegían del viento. […].
Esta niña que no escribiría ni dibujaría sus vivencias en los campos hasta los cincuenta y tres años por sentirse marginada y silenciada como víctima del Holocausto por su origen romaní, no sólo sobrevivió al exterminio y al horror sino también al «miedo salvaje» sentido por Borowski y a la visión pavorosa del «montón de cadáveres» (como ella denominó a los miles de cadáveres sin enterrar en el recinto del campo) que hizo gritar y llorar a los soldados británicos.
Durante la liberación, hay que imaginarse el grito de los soldados aliados cuando vieron el campo. ¡El montón de cadáveres! Los soldados nos tocaban para saber si éramos de verdad, ¡si vivíamos! No les entraba en la cabeza que viviéramos allí rodeados de cadáveres, que entre los muertos aún quedaran vivos. ¡Lo mucho que lloraron y gritaron! ¡Y nos tocó a nosotros consolarlos!
Ceija Stojka integró los cadáveres —como sólo podría hacerlo una niña romaní que vivió su infancia nómada entre árboles, aves y caballos, con el viento y las estrellas en las praderas austríacas— en una dimensión «humana», natural y anímica (no «poética», sino «práctica»): «Siempre me sentaba entre los muertos, era el único lugar en que se estaba tranquila. Te protegían del viento», relata.
En realidad, los echamos de menos después de la liberación, a los muertos. Fueron nuestra protección y eran personas. Personas a las que conocíamos. Tampoco estábamos solas, porque a nuestro alrededor revoloteaban un montón de almas. Siempre que voy a Bergen-Belsen es como una fiesta. Los muertos revolotean por doquier. Salen, se mueven, los noto, cantan y el cielo se llena de pájaros (Stojka, 2019, 141).
«Es esta proximidad permanente al mundo de los muertos la que nos exige escuchar sus llamadas. ¿De qué huellas tienen el nombre los muertos? ¿Qué preguntan estas huellas? ¿Por qué estos fantasmas mentales no están en paz?», pregunta Kader Attia (2018). Los muertos no nos dejan en paz porque no han fallecido de forma natural: han sido brutalmente asesinados. La crueldad de la masacre y su dolor deja en la memoria la huella de una masa asquerosa y repugnante que sedimenta la enfermedad, la herida abierta que permanece en el cuerpo social y ante la que no hay protección sino pánico, pavor. La amenaza de la muerte. Nie wieder! Nunca más! Dicen, decimos, para defendernos. Sin embargo, como escribe Ceija Stojka: «Fueron nuestra protección y eran personas»; y queda, al igual que la herida sin curar, un duelo colectivo nunca sellado. Pues permanece otra huella mortalmente peligrosa cuyo nombre es el del perpetrador, la de los actores del crimen que, frente a la memoria colectiva, se arrogan la legitimidad, diría Heinrich Himmler, de realizar algo «sobrehumano», de ser «sobrehumanamente inhumanos». De ejecutar una «gigantesca tarea», un «trabajo bueno y necesario», como respondió Globocnik, líder de las SS y de la policía en Trieste, al Dr. Herbert Lindner, miembro del Ministerio del Interior, cuando le manifestó sus dudas sobre los métodos de la «Solución Final»: «¿Quizás otra generación pensará diferente sobre esto?»
Pero, Señores, si alguna vez nos sucede una generación tan cobarde y débil que no entiende nuestro trabajo, que es tan bueno y tan necesario, entonces, Señores, todo el nacionalsocialismo habrá sido en vano. Por el contrario, uno debería enterrar placas de bronce [con los cuerpos], en las que está inscrito que fuimos nosotros, nosotros, quienes tuvimos el coraje de completar esta gigantesca tarea (Gernstein, 1945).
Los fantasmas mentales no están en paz porque las huellas no se pueden borrar mientras los perpetradores permanezcan libres. En la performance ¿Quién puede borrar las huellas? (2003), la artista guatemalteca Regina José Galindo caminó por la ciudad de Guatemala portando en sus manos una palangana llena de sangre en la que introducía los pies descalzos, dejando huellas de sangre a medida que caminaba por las aceras, las calles y frente a los edificios institucionales. Las huellas, denunciaba frente al genocidio cometido por el Presidente Efraín Ríos, no pueden borrarse. «La perpetración de masacres sistemáticas en Guatemala surgió de la prolongada guerra civil de este país centroamericano, donde la violencia contra la ciudadanía, indígenas mayas de las comunidades rurales del país en su mayoría, se ha definido en nivel extensivo como genocidio. […]. El 18 de julio de 1982, el entonces presidente de facto Efraín Ríos Montt fue citado en el periódico estadounidense New York Times diciendo a la población indígena como parte del programa Fusiles y Frijoles: «Si están con nosotros, los vamos a alimentar; si no lo están, los vamos a matar”»[3]. Caminata de la Corte de Constitucionalidad hasta el Palacio Nacional de Guatemala, dejando un recorrido de huellas hechas con sangre humana, en memoria de las víctimas del conflicto armado en Guatemala, en rechazo a la candidatura presidencial del ex militar, genocida y golpista Efraín Ríos Montt, reza la declaración de la artista (Galindo, 2003).
Las huellas retornan una y otra vez.
La voluntad de testimoniar y de transmitir la memoria, delatando la violencia de un poder brutal e ignominioso se encarna en una cultura de la memoria en la que es fundamental la mirada del testigo que asiste a los crímenes de los perpetradores. Sustituye, ya desde el siglo XIX con Francisco de Goya en los grabados y aguafuertes de Los desastres de la guerra (ca.1810-1815), la voz del narrador —theorós, historiador, poeta— que relata o poetiza los acontecimientos sobre una gesta, transmite un mito o un acto fundacional o loa las victorias, los logros, la riqueza y el linaje de un grupo dominante. Los millones de cadáveres acumulados en la historia de la humanidad han conformado el humus de una batalla en la que los perdedores eran anónimos y los vencedores han sido alabados sin juicio moral: la violencia ha sido concebida, por gracia de un privilegio sagrado o «biológico-natural», como instrumento de los poderosos: así Adolf Hitler en el discurso de Obersalzberg, dirigido a altos mandos del Ejército el 22 de agosto de 1939, sobre el inicio de la guerra contra Polonia: «Cerrad los corazones a la piedad. Proceded brutalmente. Ochenta millones de personas deben tener su merecido. […]. El más fuerte está en su derecho»[4].
La crueldad del crimen —sacralizado como «sacrificio», legitimado por la genealogía de la sangre o transferido por el mito— es silenciado por el narrador: «De lo que sucedió después, no hablaré…», se dice en la tragedia Agamenón de Esquilo, frente a la inmolación de la princesa Ifigenia, cuando ésta, intentando gritar, es amordazada. O en las Metamorfosis de Ovidio, no dando crédito a lo que sucede, frente a la brutal violación y mutilación de la lengua para que no gritara de la princesa Filomela por el tirano Tereo de Tracia: «… ¿quién lo creería?». Borrar las huellas. El silenciamiento, ocultación u omisión —la ausencia de memoria— de un crimen significa que no se realizó.
«Yo lo vi», titula Francisco de Goya uno de los ochenta y dos grabados de Los desastres de la guerra, mostrando una población aterrorizada que huye ante el avance del ejército francés. Crímenes, fusilamientos, mutilaciones, robos, incendios, violaciones. La mirada ilustra al lenguaje, la palabra remite a un juicio ético. Ante el anonimato y la indefensión de una víctima que no puede hablar, el sujeto consciente e ilustrado se arroga el papel de proteger y defender a los débiles y delatar al perpetrador: yo fui testigo de la violencia contra el pueblo. El artista, que durante siglos trabajó para la Iglesia, la aristocracia, la monarquía o la alta burguesía, se desliga de su función de clase —loar, magnificar, conmemorar, representar al poder— y lo denuncia. Es —desde la revolución francesa y las revoluciones liberales del siglo XIX— un ciudadano y un sujeto político: el arte ya no representa la guerra, el expolio, la conquista como imagen de conmemoración del poder sino como catástrofe: un acto de barbarie. El artista, el poeta, el escritor, el filósofo, el periodista y por ende, la víctima, es sujeto político, participa de los acontecimientos de la historia, del dolor y el sufrimiento humano: el crimen durante siglos silenciado y legitimado se convierte en una reflexión ética colectiva sobre la justicia. Observar, describir y transmitir lo que se ha visto. «Yo lo vi»: narrar, recordar confiere poder, significa ser sujeto testigo de la historia. Testimoniar no es un acto personal e íntimo sino una necesidad imperativa de la sociedad. Las narrativas de la memoria apelan a una responsabilidad común, al conocimiento del horror que ha de ser descrito, registrado, documentado, visualizado, localizado, publicado, hecho público, divulgado, archivado e, incluso, reorganizado y expuesto en memoriales y en museos. Nie wieder! ¡Nunca más!
Aunque no sea creído: la escritora y acreditada periodista norteamericana Martha Gellhorn acompañó a altos mandos y soldados del Ejército estadounidense como reportera de guerra al campo de concentración de Dachau (Alemania) en mayo de 1945 para relatar los acontecimientos tras la liberación del campo y escribió lo que vio «sin que pudiera dar crédito a sus ojos jamás en la vida»:
[…] de repente, sin que una pudiera dar crédito a sus ojos jamás en la vida, estaban los cuerpos de los muertos. Por todas partes. Yacían apilados en el horno, pero a los SS no les había dado tiempo a incinerarlos. Formaban montones delante de la puerta y a lo largo de todo el edificio. Todos estaban desnudos y detrás del crematorio se podían ver sus harapos ordenados cuidadosamente en montones […]. Trataban las prendas con esmero, pero tiraban los cadáveres como si fueran basura y se iban descomponiendo al sol, amarillos, todos huesos, enormes porque ya no les cubría la carne, huesos espeluznantes, espantosos, atormentadores; y el insoportable olor de la muerte.
¿Cómo sobrevivir al recuerdo? No se trata solamente de salvar a los vivos sino de hablar de los muertos, o, como diría Tadeusz Borowski, de asumir el —extraño— deber de «defender a los muertos».La muerte es excluida del orden de la naturaleza y de lo sagrado porque el crimen cometido no es «natural» ni sagrado sino «sobrehumano», consecuencia atroz deuna maquinaria de exterminio administrativamente programada y ejecutada, de una industria de muerte desarrollada con toda la capacidad técnica, militar y burocrática del Estado moderno: un crimen político. Transmitir la memoria de los muertos, incluso aunque, por su inconmensurable magnitud, no se dé credibilidad a un horror y a un sufrimiento «sobrehumanamente inhumano». ¿Quién lo creería? ¿Olvidar? ¿Callar? ¡No! dicen los soldados norteamericanos, prisioneros de guerra en el campo de Dachau, en el avión que, una vez liberados, los llevaría de regreso a Estados Unidos: «Tenemos que hablar de ello tanto si nos creen como si no»:
Abandonamos Alemania en un C47 con prisioneros de guerra americanos a bordo. […] Nadie quería volver a Alemania nunca más. […] Al principio nadie hablaba, pero cuando se dieron cuenta de que Alemania quedaba por fin a sus espaldas para siempre, comenzaron a hablar de su cautiverio. […] «Nadie nos creerá», dijo un soldado. Todos asintieron; nadie les creería.
[…]
Uno de los hombres dijo de repente: «Tenemos que hablar de todo esto. Tenemos que hablar de ello tanto si nos creen como si no» (Gellhorn, 1990, 155-163).
Recordar para resistir y hacer justicia: así lo reclaman los propios muertos aunque ya hayan fallecido. Su mandato induce a los testigos de la masacre a luchar para vencer a la muerte y contarlo. En Vergiß es nie (1945), la prisionera política alemana Helene Overlach, que sobrevivió al nazismo y al campo de concentración de Ravensbrück (Fürstenberg-Havel, Alemania), narra cómo asiste junto a otras prisioneras a una escena dantesca en la que, desde un carretón con cadáveres, las interpela la voz de un moribundo: «Fue casi al final, en la primavera de 1945, / Una mañana temprano se acercó un tren con los restos / de dos mil hombres a las puertas del campo de concentración de Ravensbrück… / Estábamos marchando hacia el trabajo. Nos quedamos de pie y miramos, conmocionadas hasta la médula… / Sopló sobre nosotras, como el aliento de los moribundos: / ¡Nunca lo olvides!» (Overlach, 1991, 60-61)
La deportada española Neus Català, superviviente del campo de concentración de mujeres de Ravensbrück (Fürstenberg-Havel), emprendió —«para que no se olvide»— la tarea de entrevistar a las mujeres españolas exiliadas tras la derrota de la República o cuyas familias residían en Francia y que lucharon en la resistencia contra los nazis, siendo muchas de ellas encarceladas, torturadas por la Gestapo y enviadas en inmundos vagones de ganado a Ravensbrück y a otros campos de concentración como Mathausen, Buchenwald o Bergen-Belsen. De la resistencia y la deportación: 50 testimonios de mujeres españolas (1984) recopila los relatos que narran las terribles experiencias de estas mujeres en los transportes, su llegada al campo y las duras condiciones de vida, el trabajo forzado, la liberación, los daños físicos y psicológicos así como el peligro que supuso para ellas volver a España bajo la Dictadura franquista y las dificultades de su integración en una sociedad en la que no solamente no fueron creídas sino también acusadas de haber sobrevivido y silenciadas durante muchos años. «Las olvidadas entre los olvidados», como dijo de ellas la deportada francesa Geneviève de Gaulle, vuelven a la vida y hablan relatando sus experiencias (Català, 1984). Y no sólo habla la voz del narrador: quienes padecen —las víctimas del terror— encerradas en el silencio de una cárcel piden no ser olvidadas. Así lo relata en Cárcel de Ventas (2006) Mercedes Núñez Targa, prisionera política del franquismo tras la derrota de la República, quien, a su salida de la cárcel de Ventas, en Madrid, es interpelada por una presa: «¡No nos olvides!». «¡Nunca!», responde[5] (Núñez Targa, 2006; Iglesias Núñez, 2016). Y el escritor y científico ruso Alexandr Solzhenitsyn, prisionero en diversos campos de trabajo forzado desde 1945 a 1956, dio a conocer el sistema concentracionario soviético en Archipiélago Gulag (1973), dedicando el libro «A todos los que no vivieron lo bastante / Para contar estas cosas. / Y que me perdonen / Si no supe verlo todo, / Ni recordarlo todo…»[6] (Solzhenitsyn, 2024, 11).
La cadena humana entre víctimas, supervivientes y testigos conduce a la denuncia de la violencia de los perpetradores ante los tribunales en un acto público de anamnesis colectiva que no pretende la conciliación sino que el crimen sea juzgado, sentenciado y castigado. Los testimonios de prisioneras políticas polacas supervivientes llamadas «Kaninchen» (conejas), utilizadas como «conejillos de indias» en los experimentos médicos llevados a cabo por los doctores nazis Karl Gerhardt, Ernst Fischer y Hertha Oberheuser, entre otros, en el campo de concentración de Ravensbrück, infligiendo cortes y heridas en piernas y muslos con el fin de probar la regeneración de tejidos, músculos, nervios y huesos y el efecto de las sulfanomidas condujeron a Gebhardt y a otros médicos a la horca y a la cárcel (si bien algunos saldrían pronto). ¿Quién puede borrar las huellas? Vladislawa Karolewska, Jadwiga Dzido, Maria Broel-Plater y Maria Kusmierczuk viajarían desde Polonia al proceso judicial que comenzaría el 9 de diciembre de 1946 en Núremberg y mostrarían como testigos, frente a abogados, jueces, administrativos, fotógrafos, prensa y los propios acusados las cicatrices de las heridas infligidas (Klier, 1994; Eschebach y Ley, 2012). Asimismo, prisioneras como la doctora checa Zdenka Nedvědová-Nejedlá, obligadas a trabajar en la enfermería del campo, atestiguarían lo que vieron ante los tribunales:
Se realizaban importantes amputaciones; por ejemplo, se amputaron incluso brazos enteros con el hombro o piernas con el ilíaco. Estas operaciones se realizaban principalmente en mujeres no sanas que eran inmediatamente asesinadas tras la operación con una rápida inyección de Evipan. Todos los especímenes conseguidos en las operaciones eran envueltos cuidadosamente en gasas esterilizadas e inmediatamente transportados al hospital cercano de las SS, donde serían utilizados en el intento de curar los daños de los soldados alemanes heridos. […] De las personas operadas, 11 murieron o fueron asesinadas y 71 quedaron inválidas de por vida[7].
Numerosas deportadas, destinadas a trabajos forzados en la producción de armamento bélico en fábricas pertenecientes a empresas como Siemens AG – Halstag, testimoniaron la crueldad y la violencia con que fueron explotadas y maltratadas, desvelando el papel de las empresas alemanas en los campos de concentración, su colaboración con los SS y su enriquecimiento en la economía de guerra nazi. Entre ellas, la prisionera polaca Janina Pawlak: «Las palizas eran la norma todos los días. Los guardias de las SS golpeaban con los puños, con un garrote, a veces con una barra de hierro […]. Los trabajadores civiles nos pegaban por cualquier cosa, por insolencia, por errores en el trabajo y por cualquier razón que se presentara. […] En cuanto al trabajo, me gustaría añadir que a una la podían acusar de sabotaje muy rápidamente. Bastaba con tocar sin el debido cuidado ese pequeño interruptor de precisión, que era muy delicado, para ganarse dos latigazos. En casos graves, una mujer era ahorcada»[8].
«Yo lo vi». Lo oculto se hace visible. Lo secreto es proyectado al espacio público: de la mirilla en la puerta para el ojo que observa administrativamente la masacre en las cámaras de gas del campode exterminio al testigo que describe y relata al mundo el horror de las matanzas a través de la cámara fotográfica en los medios de información y comunicación. Así revela la periodista estadounidense Janet Lee Stevens la brutalidad de la matanza de cientos o miles de personas en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila en Beirut (Líbano), por facciones cristianas falangistas, en 1982:
Vi mujeres muertas en sus casas con las faldas subidas hasta la cintura y las piernas abiertas; docenas de hombres jóvenes fusilados después de haber sido colocados en fila contra la pared de una calle; niños degollados, una mujer embarazada con su tripa rajada y sus ojos todavía abiertos por completo, su cara oscurecida gritando en silencio por el horror; incontables bebés y niños pequeños que habían sido apuñalados y destrozados y a los que habían arrojado a pilas de basura[9].
Las crónicas de las masacres inducen a una crítica política y a una reflexión ética, filosófica y teológica más allá de lo ideológico o lo moral, apelando a la necesidad de un cambio radical y su resolución en el campo de la historia. El filósofo, químico y médico judeo-israelí Yeshayahu Leibowitz equipara la violencia de los crímenes en el campo de refugiados palestinos de Sabra y Shatila con métodos de exterminio propios del nazismo;
Si tenemos que dominar a otro pueblo, entonces es imposible impedir la existencia de métodos nazis. Somos los autores de esta masacre. Los falangistas son nuestros mercenarios, del mismo modo que ucranianos, croatas y eslovacos eran los mercenarios de Hitler[10].
Ni olvido ni perdón. La memoria de los muertos conlleva la venganza. La prisionera política rusa Alexandra Sokowa, n.º 17631, de quien se sabe que actuaba ilegalmente dentro de un círculo comunista que organizaba sabotajes en el campo de concentración nazi de Ravensbrück, escribiría en 1944 el poema Krematorium, describiendo el funcionamiento de la «chimenea» cuyo fuego llameaba día y noche en el crematorio del campo y el humo que olían y veían las prisioneras: «Allí los asesinaron a centenares a la vez, / con sus cuerpos la chimenea / ardía una y otra vez.»
La llama caliente se mezclaba con el humo…
Así se cocía la sangre humana inocente.
Pero con la misma llama también ha nacido la venganza (Sokowa, 1944, 48).
La víctima transmite su necesidad de venganza, aún sabiendo que va a morir. Señala al delator: «Véngame», ordena al desconocido que encuentre su mensaje. Tras la liberación de París por los aliados, la reportera Martha Gellhorn, en septiembre de 1944, relata:
Había cámaras de tortura en todas partes, en una casa cualquiera de una calle o en los miserables cuartos interiores de un ministerio […]. Había, por ejemplo, un espacio del tamaño de un armario con cuatro corchetes de metal en la pared. […] En las paredes de aquel espacio aquellos seres dejaron mensajes en las paredes. Se trata de mensajes terriblemente sencillos de gente que sabe que va a morir […]. Y un mensaje dice: «Moriré aquí, y de ello tiene la culpa mi prometida». Y luego el nombre y la dirección de la muchacha; obviamente, ella le denunció. Y tras el nombre y la dirección se pueden leer las siguientes palabras dirigidas a un desconocido: «Véngame» (Gellhorn, 1944, 55-62).
La memoria de las masacres nazis impulsa a los soldados del Ejército Rojo a una venganza colectiva. Nikolai Vasiliev, sargento de artillería de la 266º División de Fusileros del 5° Ejército de Choque, escribe al llegar a Berlín con el Ejército soviético en abril de 1945,
Una sensación de alegría y exultación nos invadió. Aquella era la última posición enemiga, y la hora de la venganza había llegado al fin. Ni siquiera nos dimos cuenta de un coche que se detenía a nuestro lado. De él bajó nuestro comandante, el general Berzarín. Dio una orden a nuestro oficial en jefeː «Blancoː los nazis en Berlín. ¡Abran fuegoǃ» La batería comenzó a disparar proyectiles sobre los que habíamos escritoː «Por Stalingrado», «Por Ucrania», «Por los huérfanos y las viudas» y «Por las lágrimas derramadas por nuestras madres».
Asesinatos, robos, violaciones: según el testimonio de una operadora de telefonía del Ejército Rojo, recogido por la periodista, escritora bielorrusa y Premio Nobel de Literatura (2015) Svetlana Alexsiévich en La guerra no tiene rostro de mujer (1985) entre cientos de entrevistas a mujeres combatientes que participaron en la guerra,
Cuando ocupábamos un pueblo, primero teníamos tres días para los saqueos y [violaciones]. […] Recuerdo a una mujer alemana violada, permaneciendo desnuda con una granada entre las piernas. Ahora siento lástima, pero no la sentía en aquel momento… ¿Piensas que fue fácil perdonar a los alemanes? Odiábamos ver sus casas blancas, limpias e intactas. Con rosas. Quería que sufrieran. Quería ver sus lágrimas. Tuvieron que pasar décadas para que comenzara a sentir compasión por ellos.
La venganza es el sentimiento que impele a numerosos soldados del Ejército soviético a resistir, a luchar y también a destruir, a violar y asesinar a miles y miles de mujeres y niñas como «botín de guerra» (no sólo alemanas), con un odio y un trauma sin fin. La dramaturga polaca Antonina Grzegorzewska, refiriéndose a las violaciones de mujeres en Polonia por los soldados de las tropas rusas RONA, utiliza el término martirología: «El trauma, se dice, permanece a lo largo de siete generaciones que cargan en la familia con la violación de sus antepasadas». ¿Y después? El bucle interminable. Para Jean Améry, sin embargo, la cuestión no está en la venganza ni en la expiación. Ante la ejecución del SS Wajs, que se ensañaba golpeándole con una pala en el campo de concentración, escribe:
Wajs, el SS de Amberes, asesino en serie y torturador particularmente experimentado, ha pagado con la vida. ¿Qué más puede exigir mi malvada sed de venganza? […] Si todo se limitase a un asunto entre el SS Wajs y yo, si no hubiera tenido que soportar el peso de toda una pirámide invertida de militantes y colaboradores de las SS, funcionarios, capos, generales condecorados, habría podido, […] morir sereno y reconciliado con el prójimo que exhibe la insignia de la calavera.
Pero Wajs de Amberes no era más que un caso entre mil.
[…] el conflicto irresuelto entre víctimas y carniceros tiene que exteriorizarse y actualizarse, si ambos, oprimidos y opresores, pretenden comprender un pasado que, desgarrado aún por antagonismos irreconciliables, remite, sin embargo, a una historia común. Sin duda, tal exteriorización y actualización no pueden consistir en una venganza que sea proporcional al sufrimiento padecido (Amery, 2001, 151 y 159).
¿Es posible una mirada común a la historia, el reconocimiento y la reparación del crimen por los perpetradores y la conciliación de las víctimas con los criminales? «No sucederá nada por el estilo, estoy seguro […]. Todo presagia que el tiempo natural rechazará y a la postre, ahogará la reivindicación moral de nuestro resentimiento», concluye Améry.
¿Es el olvido un fenómeno natural?
«El silencio es la victoria!» «¡callar es vencer!», rezaban los carteles en los muros de las calles en ruinas de Colonia en marzo de 1945, según observó la reportera de guerra Janet Flanner,
La mayoría de los habitantes de Colonia no tienen gran cosa que contar. […] las últimas consignas de los nazis a la fuga no fueron las más adecuadas para abrir la boca de la gente. En los muros que han quedado a ambos lados de las calles empapadas y castigadas por el tiempo y la guerra se pueden ver una y otra vez carteles propagandísticos impresos recientemente en papel muy fino. Con letra gótica y llenos de exclamaciones rezan así. «El silencio es la victoria!» «¡callar es vencer!» (1990, 111-118).
El silencio y el olvido son instrumentos de los poderosos. Los perpetradores borran, erosionan, ocultan, transforman o reinventan la memoria. Lo importante no es la verdad ni la ley, sino el éxito en el manejo de la fuerza. La victoria construye la memoria del vencedor y omite la del vencido. En el discurso de Obersalzberg, Adolf Hitler (que en este asunto se equivocó) dice a la élite militar: «Proporcionaré un pretexto propagandístico para iniciar una guerra contra Polonia, por increíble que sea. Después nadie le preguntará al vencedor si dijo la verdad o no. Al iniciar una guerra lo que cuenta no es la razón sino la victoria». De lo que sucedió después, no hablaré, diría el cronista nacionalsocialista.
En Täter. Wie aus ganz normales Menschen Massenmörder werden (2021) Harald Welzer señala que «… las personas son capaces de clasificar sus acciones en marcos de referencia específicos (“fue sólo la guerra”, “fue sólo una orden”, “lo encontraba cruel, pero lo tuve que hacer”), lo que les permite ver sus acciones como algo independiente de ellas mismas». «¿Sabía que lo que estaba usted inyectando en las heridas de las prisioneras eran virus o sustancias tóxicas y letales?», pregunta el fiscal a la doctora Hertha Oberheuser en el Juicio de los Médicos en Núremberg (1946-1947) sobre los atroces experimentos realizados en prisioneras políticas polacas en el campo de concentración de Ravensbrück. «No lo sé, no lo sé», «Hasta donde puedo recordar…», responde. A la pregunta de cuál fue el destino de las personas con cuyos cuerpos se experimentó, contesta: «No recuerdo que ninguno de los sujetos experimentales utilizados fuera perdonado después de la realización de los experimentos»[11].
Borrar las huellas. Frente al «Yo lo vi» del testigo, la amnesia del perpetrador: «No lo sé». «No lo recuerdo». «Si lo hice, lo olvidé» o «No sabíamos nada». En la interminable cadena de los recuerdos, la clave de la memoria está en el olvido. No es una negación ni una afirmación: es la omisión de un hecho que se disuelve en la materia opaca de un tiempo que no existió. Cuando se «recuerda», la responsabilidad del hecho se extravía en el laberinto burocrático de las jerarquías: «Era legal», «Obedecía órdenes», «Eran las reglas», «Tenía que hacerlo», «Se me dijo que lo hiciera». Lo observó y escribió Lidia Beccaria Rolfi, prisionera política italiana y trabajadora forzada en la fábrica Siemens en Ravensbrück: «El civil se limita a ejecutar las órdenes que ha recibido de su superior: […] inmediatamente después se lava las manos en señal de inocencia porque el caso ya no es de su competencia. […] Lo único que le importa es que cumplió con las normas». No se trata de una Erinnerungsverfälschung, una falsa memoria, un encubrimiento o falsificación intencionada de una historia por parte de la víctima, como advirtiera la feminista y trabajadora social estadounidense (en el contexto del incesto, el abuso sexual y el psicoanálisis freudiano) Florence Rush, en 1971. «Aquí» no se encubre, olvida o falsifica la memoria por vergüenza, por dolor ni por culpa, ni siquiera para tolerar a través del miedo al poder dominante. El encubrimiento del perpetrador es un acto político.
El olvido no es fortuito ni tiene relación con el tiempo. Es una construcción «asemántica» para silenciar, distorsionar u omitir el crimen. Como indica el sociólogo e ilustrador Mathis Eckelmann, la historia y la memoria se manipulan, por negación, por defecto o por exceso de lenguaje, para descargar(se de) la culpa o tergiversar la imagen inocente del perpetrador:
Para ello se utilizan relatos significativos sobre supuestas resistencias y sufrimientos o […] de la unidad de los involucrados en una supuesta comunidad fatídica. La historia se convierte así en un mito: autónomo, libre de contradicciones. Proporciona respuestas donde se deben hacer preguntas y, en última instancia, funciona como una armadura protectora contra una incertidumbre en el presente […]. No es que los perpetradores hayan permanecido en silencio en los años anteriores: en el círculo familiar, en las reuniones de veteranos y en el bar del pueblo, las historias de la guerra, libres del lastre de la culpa y el crimen, siempre tuvieron un lugar permanente[12].
Según el escritor, sociólogo y psicólogo social Harald Welzer, muchas de las personas que realizaron actos criminales «lograron integrar tal actividad en su concepto de vida de tal manera que la normalidad civil no les causó ningún problema, incluso después de 1945». Así, la doctora Oberheuser, un «monstruo disfrazado de humano», según la denominaron, sentenciada a veinte años de cárcel, salió en libertad por buena conducta y ejerció la medicina como médico de familia, hasta que fue reconocida y se le retiró la licencia. No sintió horror frente a la memoria de sus crímenes ni se sintió «enferma» (como Borowski) ni tuvo reparos en ejercer clandestinamente su «profesión». Por su parte, el médico nazi miembro de las NSDAP, Johan Paul Kremer, doctor en medicina y filosofía, que asistió en Auschwitz a los asesinatos en las cámaras de gas, las ejecuciones y las «acciones especiales» con el fin de certificar la muerte de las personas asesinadas (lo que denominó «el más horrible de todos los horrores»), anotaba minuciosamente en su Diario, durante el verano y otoño de 1942, el menú de las cenas que se servían a los SS y oficiales en el campo de exterminio para compensar su «trabajo». El «Annus Mundi», «Lo más repugnante y más horrible» que vio, como lo describe, no alteró su apetito:
Agosto 31.1942 – Esta noche fue hígado en 40 pfenning, tomates rellenos, etc.
Octubre 1.1942 – Hoy para la cena había conejo con albóndigas y col roja.
7 de septiembre, Hoy cena de domingo excelente: sopa de tomate, medio pollo con patatas y col lombarda (20 gramos de grasa), postre y magnífico helado de vainilla.
9 de septiembre – Más tarde estuve presente como médico en la flagelación de 8 reclusos del campo XV y en una ejecución a tiros con un arma de pequeño calibre. Conseguí copos y 2 pastillas de jabón.
Aunque participó en catorce gaseamientos así como en múltiples ejecuciones públicas y seleccionó a las víctimas que debían ser asesinadas con inyecciones de fenol, declaró ante el tribunal de la Corte Suprema Nacional: «Yo nunca suministré inyecciones fatales» (Juicios de Auschwitz, Cracovia, noviembre y diciembre de 1947). Como señala Harald Welzer «… es necesario detenerse en el horror porque proporciona el primer requisito previo para poder describir cómo los perpetradores se percibieron a sí mismos, cuándo cometieron sus asesinatos y en qué marco de interpretación pudieron clasificar sus propias acciones». La montaña de cadáveres, esa masa «asquerosa y repugnante» que «se agita, gime, aúlla» y que condujo a uno al suicidio, y a a otros a la horca y a muchos a continuar ejerciendo su profesión, ¿tuvo el mismo significado para Tadeusz Borowski que para los ejecutados? La tarea sobrehumana «buena y necesaria»que había de ser premiada por generaciones futuras, ¿supuso un sacrificio mítico-litúrgico basado en la «genealogía de la sangre» o solamente un trámite burocrático para los perpetradores? El nudo entre unos y otros se cierra al aceptar la repetición teológica de lo mismo, la constatación del sinsentido y de la locuracomo causa de los conflictos, el sentido enla incesante lucha entre contrarios, como concluye sobre la Shoá el filósofo Jeschajahu Leibownitz,
La cuestión no tiene que ver con el significado ni con el sentido. No podemos aprender nada de eso. Toda la crónica humana es una crónica de la confrontación humana con la locura, con los crímenes, con las desgracias. En cada generación y en cada época histórica la gente ha tenido que levantarse para confrontar esa atrocidad e hicieron todo lo que estaba en su poder […]. Eso es lo que da un sentido a la historia de la humanidad[13].
La memoria corre el riesgo de ser «momificada» al desligar el lenguaje —testimonios, monumentos, condecoraciones, homenajes, museos— de la amnesia de los perpetradores. Lo que se dice —la ingente cantidad de datos, documentos, archivos— no está completo sin lo que no se dice. El olvido y el silencio, amparados por la consigna «callar es vencer», han dado lugar a una atronadora producción de ruido. Frente a la repetición de lo mismo de la anamnesis —el «Yo lo vi» versus el «No lo recuerdo»— como evocación o recuerdo de acontecimientos pasados, la analepsis como interrupción, alteración o ruptura de la secuencia cronológica de una historia, trayendo escenas del pasado que irrumpen en el presente y conectando diferentes momentos y acontecimientos, podría abrir procesos plurales de lenguaje, entendimiento y diálogo colectivo con los conflictos y guerras del siglo XXI y plantear alternativas para romper el marco interpretativo y salir del bucle de la repetición.
Bibliografía, notas y fuentes:
[1] Citado por Sławomir Buryła,Tadeusz Borowski, Porta Polonica, LWL-Museum für Industriekultur, Westfälisches Landesmuseum, https://www.porta-polonica.de/pl/atlas-miejsc-pami%C4%99ci/tadeu sz-borowski
[2] Ibídem.
[3] Genocidio guatemalteco, en Wikipedia, última edición 26 de mayo de 2025, https://es.wikipedia .org/wiki/Genocidio_guatemalteco
[4] Notas del Discurso de Obersalzberg de Adolf Hitler, 22 de agosto de 1939.
[5] Núñez Targa, M. El valor de la memoria. De la cárcel de Ventas al campo de Ravensbrück, edición de Pablo Iglesias Núñez, prólogo de Elvira Lindo, introducción de Mirta Núñez Díaz-Balart, Renacimiento, Sevilla, 2016
[6] Solzhenitsyn, A. (2024 [1998]) Archipiélago Gulag I, Tusquets, Barcelona. [Traducción del ruso Enrique Vernet y Josep Mª Güell; notas de Enrique, Fernández Vernet].
[7] Declaración bajo juramento de la Dra. Zdenka Nedvedova-Nejedla, mujer de Praga XVI, Smetanova 1, prestada ante el teniente Victor Gluck, PC de la Unidad de Investigación de Crímenes de Guerra en Praga, el 6 de septiembre de 1946. Documento No. NO-875, Prueba de Fiscalía 230. Proyecto de los Juicios de Nuremberg, Harvard Law School Library, https://nuremberg.law.harvard.edu/intro.
[8] Janina Pawlak, *1914, Polonia; Siemens: abril de 1942-noviembre de 1944, Sala desconocida; cit. en «Siemens en Ravensbrück. Un proyecto de Siemens Professional Education», consultado en https://projekt-ravensbrueck.com/en/home/; ver Zwangsarbeit für Siemens im Frauenkonzentrationslager Ravensbrück, herausgegeben vom Internationalen Freundeskreis e.V. für die Mahn- und Gedenkstätte Ravensbrück, Berlin, Metropol Verlag, 2017.
[9] Janet Lee Stevens, carta a su marido el doctor Franklin Lamb sobre la matanza en el campo de refugiados palestinos de Shatila, 1982, citado y consultado en «Masacre de Sabra y Shatila», Wikipedia, https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_Sabra_y_Shatila
[10] Yeshayahu Leibowitz, Después de Kibiyeh, 1953-54. El judaísmo, los valores humanos y el Estado judío, discurso completo accesible en Internet Archive, internetarchive.org, https://tpeople.co.il/ leibowitz/leibarticles.asp?id=85; Daniel Rynhold, «Yeshayahu Leibowitz», The Edward N. Zalta (ed.), Stanford Encyclopedia of Philosophy (primavera de 2019), https://plato.stanford.edu/archives /spr2019/ entries/leibowitz-yeshayahu/
[11] Declaración jurada de la Doctora Hertha Oberheuser, confirmando la responsabilidad del acusado Gebhardt en los experimentos médicos en Ravensbrück, Juicio de los Médicos, Núremberg, (NO-487, Pros. Ex. 208), 1946-1947.
[12] Mathis Eckemann, Gedenk- und Bildungsstätte Haus der Wannseekonferenz, Berlin, 2022; Geschichte in Bildern – Barbara Yelins «Irmina» und Geschichtesschreibung im Comic, 16 Februar 2016, https://visual-history.de/2016/02/16/geschichte-in-bildern-barbara-yelins-irmina-und-geschichtsschreibung -im-comic/
[13] Yeshayahu Leibowitz, Después de Kibiyeh, 1953-54. El judaísmo, los valores humanos y el Estado judío, discurso completo accesible en Internet Archive, internetarchive.org, https://tpeople.co.il/ leibowitz/leibarticles.asp?id=85

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