Fernández Soldevilla, G.-Jiménez Ramos, M.-Martínez Álvarez, J. Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictadura franquista. Madrid: Tecnos. 327 pp.
Pedro Barruso Barés
Profesor en la Universidad Complutense de Madrid
Fecha de publicación: 23/09/25

En 2025 se conmemoran dos efemérides destacadas. La primera, aun a riesgo de alterar el orden cronológico, es el cincuentenario de la muerte del dictador Francisco Franco. Apenas dos meses antes había confirmado las últimas penas de muerte aplicadas en España, contra tres militantes del FRAP y dos de ETA, ejecuciones de las que también se cumplen cincuenta años el próximo 27 de septiembre de 1975.
Aunque los fusilamientos de 1975 no constituyen el tema central de este libro coordinado por Gaizka Fernández, María Jiménez y Josefina Martín, en él se abordan aspectos clave como la dinámica interna del franquismo, analizada por Julio Gil Pecharromán, y la actuación de la oposición en las postrimerías del régimen, objeto de estudio de José María Marín Arce.
En relación con el régimen, resulta especialmente relevante el artículo de Mireya Toribio Medina que, desde una perspectiva comparada, examina la respuesta de los Estados europeos más afectados por lo que Rapoport denominó la “tercera oleada del terrorismo”. Este fenómeno estuvo protagonizado, desde los años sesenta, por movimientos de izquierda radical en Gran Bretaña (los llamados troubles, recientemente revalorizados gracias al libro de Patrick Radden Keefe No digas nada y su posterior serie televisiva), por la ultraderecha y la izquierda radical en Italia, así como por el nacionalismo vasco radical y sectores de la izquierda en España. Dejando de lado los casos británico e italiano, el análisis de la legislación española realizado por Toribio resulta clave para comprender cómo se llegó al 27 de septiembre de 1975, cuando la normativa franquista mantuvo la pena de muerte como castigo posible para delitos de terrorismo con resultado de asesinato.
Por su parte, Manuel Calderón y Carmen Ladrón de Guevara estudian, respectivamente, al MIL (Movimiento Ibérico de Liberación, al que pertenecía Salvador Puig Antich) y al FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). Aunque de menor entidad que ETA, ambas organizaciones dejaron un saldo de víctimas y también lo pagaron con sangre. Recuperar estos dos casos resulta de interés, ya que han quedado en cierto modo eclipsados por la utilización de las figuras de Juan Paredes Manot “Txiki” y Ángel Otaegi Etxeberría, militantes de ETA-PM, que entonces era mayoritaria pero más tarde fueron instrumentalizados por ETA-M. A este respecto, conviene recordar la afirmación realizada por dirigentes de ETA en la última entrevista concedida al director de Gara, Iñaki Soto (publicada en castellano en 2019), en la que reconocían que ETA-M —“simplemente ETA”, según su propia definición— se consideraba heredera de las acciones iniciadas en 1968, lo que les permitía “apropiarse” de las figuras de Txiki y Otaegi.
Precisamente sobre este proceso se centra el texto de Gaizka Fernández, quien analiza con detalle la conversión de ambos militantes en mito dentro de la izquierda abertzale. Como contrapunto, el estudio de María Jiménez y Roncesvalles Labiano aborda a las víctimas de los acusados en los últimos consejos de guerra franquistas. Poner en paralelo ambos enfoques evidencia la tensión entre la memoria de los “víctimas-victimarios” —condenados en juicios injustos y bajo una legislación de excepción— y la memoria de las víctimas que lo fueron simplemente por vestir un uniforme.
El volumen se cierra con dos aportaciones de gran pertinencia. En la primera, Víctor Aparicio analiza la creación del “santuario francés”, uno de los factores que explican la pervivencia de ETA y vinculado posteriormente con la aparición del GAL, organizado desde el Estado para combatir a la organización allí donde la justicia española no alcanzaba. La segunda, de Josefina Martínez, examina la representación cinematográfica de la violencia en el final del franquismo. Si bien la desaparición de ETA ha impulsado un nuevo género cinematográfico —como demuestra el éxito de La infiltrada (2024), de Arantxa Echevarría—, Martínez muestra que la violencia en los últimos años del franquismo ya había sido abordada en varias películas, algunas de las cuales incluso fueron impulsadas por ETA-PM, como La fuga de Segovia (1981), dirigida por Imanol Uribe y financiada en parte con el rescate del industrial Luis Suñer, secuestrado por la organización.
En conclusión, se trata de una aportación valiosa para comprender la violencia en el final del franquismo en sus múltiples dimensiones, realizada con rigor por destacados especialistas que iluminan algunos de los últimos episodios de un régimen que nació matando y murió matando.

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