La poesía de Emily Dickinson

Eli Tolaretxipi
Poeta y traductora

Fecha de publicación: 29/10/25

“Y luego a la Razón se le partió una tabla”
Emily Dickinson

La poesía de Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886) no deja lugar a duda: nos encontramos ante un fenómeno literario insólito, sobre todo si no obviamos ciertos aspectos de su biografía, que se irá contando entre líneas. Me voy a centrar en sus poemas, esos artefactos volcánicos, unos 1.800, que su hermana Lavinia encontró manuscritos y amarrados en cuadernillos en su escritorio, a la muerte de la poeta, y que gracias a Mabel Loomis Todd, tras ver la luz en distintos volúmenes y cantidades, fueron publicados en 1955. Ella no quiso publicar en vida, salvo unos pocos poemas que aparecieron en revistas como The Atlantic Monthly – poemas que había enviado en respuesta a un anuncio de su director Thomas Wentworth Higginson, con quien mantuvo una relación epistolar, y que sería, según la escritora y traductora Amalia Rodríguez Monroy, “el hombre que tuvo la irónica fortuna de pasar a la historia como el escritor que no supo reconocer la grandeza de uno de los genios poéticos más extraordinarios de la historia” – o en The Springfield Republican. Emily Dickinson desdeñó la fama:

     (…) es voluble alimento
Servido en plato movedizo
1659

y prefirió ser Nadie, porque

Ser – Alguien – ¡Qué funesto!
¡Qué vulgar! – como un Rana –
¡Cantándole tu nombre – día tras día –
A la primera Charca que te admire!
288

Y esto escribió sobre la publicación:

La Publicación – es la Subasta
De la Mente para el Hombre –
La Pobreza – justificación
De una cosa tan vil
(…)
Pero no rebajes el Espíritu Humano
A la Ignominia de ponerle Precio –
709

Suya fue la búsqueda inquieta de la infinitud y de la eternidad, a pesar de saberse menuda, frágil, limitada y mortal. Siguió buscando la trascendencia, interrogándose por la inmortalidad y lo infinito, tal vez por su relación con la religión, la Iglesia Congregacionista y el puritanismo liberal que profesaba su familia y que había arraigado en el noreste norteamericano de la época, y al que ella renunció en su juventud. A pesar de que dice en el poema 501:

No es este Mundo Conclusión.

desconfía de sermones y del predicador que

Gesticula con exageración desde el púlpito –

y en el mismo poema llega a la conclusión de que:

     No hay narcótico que aquiete al Diente
Que va royendo el alma –

Su narcótico, pareciera decir, fue la escritura.

Más adelante, renunciaría a salir al mundo.

     El Alma elige su propia Compañía –
Después – cierra la Puerta
303

A pesar de ello, permitió que el mundo entrara en ella, como entraron los libros de la biblioteca de Amherst, en cuya Academia estudió, antes de pasar por la Mount Holyoke Female Seminary, y los que tenía en casa, y los de John Donne, los Browning, las hermanas Brontë, Keats, Ruskin, la Biblia, el diccionario Merriam Webster, los periódicos con las noticias sobre la guerra civil, o los pormenores más cercanos y domésticos.

Emily Dickinson se ocupó, en la distancia de su casa y en la concentración de su cuarto, de lo de dentro del ser humano, de lo que por fuera lo rodea y de lo que lo supera; fue una reclusa voluntaria, del Rango de los Descalzos, como se declaró a sí misma, pero se mantuvo alerta tanto al exterior como al interior, a la naturaleza que la circundaba y al cielo, al cosmos, a las estrellas y al cuerpo; la ciencia le interesó; la política le interesó y la literatura le interesó, a pesar de rehuir el contacto humano a medida que pasaron los años.

Sintió el entumecimiento del sentido y desconfió de la razón. En el poema 280, mientras describe el funeral que siente en el cerebro y las sensaciones se intensifican a base de sonidos de pasos, un tambor, campanas, un crujido, en su silencio y en su soledad, manteniendo la materialidad de la madera, se le parte una tabla a la razón, dice, y ella cae hasta el fondo del conocimiento después de haber tocado un Mundo. ¿Qué Mundo? Conocimiento, mundo, infinito, en el mismo imposible e inalcanzable horizonte, como imposible le resulta el lenguaje, por mucho que se empeña en no dejar de escribir. Entre la voluntad y la posibilidad, tema recurrente, los últimos versos, concluyentes, el lenguaje no puede ir más allá si la esencia, la conclusión, el punto final de la conversación es:

La Impotencia del Decir –
407

Sin salir de los ambientes de la muerte, sepulcros o carruajes, cito el poema 712, donde la poeta, atareada por el camino, no puede esperar a la muerte. Sin embargo, la muerte va a buscarla y dan un paseo por lugares y tiempos conocidos; pero hay una última imagen inquietante, una casa a ras del suelo. Al cabo del tiempo se da cuenta de que los caballos se dirigían a la eternidad, dice, como si la conciencia de la muerte fuera la que dijera algo acerca de la inmortalidad. Como el mar del poema 695, que se parte y se abre a otro mar, y a otro y a otro, y surgen mares no visitados por orillas, y la sensación es de infinito:

     Ellos mismos el Margen de otros Mares
Eternidad – es Eso –

Hay otro poema, el 937, en el que se produce otra rotura en la razón, imposible de arreglar.

     En la Mente sentí una hendidura –
Como si el Cerebro se me hubiera partido –

Y cuando trata de unir las dos piezas, las secuencias del pensamiento no casan y ruedan por el suelo como balones.

Hay dos suicidas en los poemas 1062 y 277. Uno que vacila, suelta el lazo y al final aprieta el gatillo; otro, atormentado, no puede esperar, no puede dejar de pensar en distintas formas de matarse. La violencia interior se apropia del ser, la violencia de la guerra hace enloquecer. También el arma habla, tiene el poder de matar, pero no de morir en el poema 754; otra manera de entender el sin fin de la violencia, otro tipo de infinitud.

En otra tumba, poema 449, los ecos de la Oda a una urna griega de Keats: “la belleza es la verdad, la verdad belleza” eso es todo / lo que sabes de la tierra, y todo lo que necesitas saber”. Los muertos de Dickinson hablan cada uno desde su tumba, muertos por la belleza, una, por la verdad el otro. Hermanos que conversan a través de los muros, mientras el tiempo va a ir sellando sus bocas de silencio y el musgo borrando sus nombres.

La poesía, y, por tanto, el lenguaje, fueron su labor, su asunto, su quehacer, su quebradero de cabeza y su método de pensamiento; su modo de vida, además de una forma de comunicación entre amigos, conocidos y familiares, sin obviar la rica correspondencia epistolar que mantuvo. Destacan las cartas que escribió a su amiga y cuñada Susan Gilbert. En su funeral se leyó el poema No Coward Soul is Mine (Mi Alma no es obarde) de la otra gran Emily, Emily Brontë, su gemela en los páramos de la distancia, y en los estrujamientos y retorcimientos del alma – a veces amarrada, otra, suelta como un cohete o conducida con grilletes hasta la presencia del Horror, poema 512 – igual que gemelo de ella fue Edgar Allan Poe, con quien compartió la palabra Maëlstrom, expresión de sus turbulencias y sus particulares tormentos. Por fortuna, los tres encontraron en la escritura la mejor manera de plasmarlos, con el ímpetu y la urgencia de sentirse y seguir vivos.

Es imposible, en cada lectura, dejar de quedarse perpleja ante su complejidad, su ingenio, las versiones que da sí misma, sus astucias o sus perversiones, ni de ser golpeada por los proyectiles de sus volcanes, seguir los surcos de su cerebro, sus sueños con gusanos que devienen serpientes, o percibir las telas de araña que la mujer aparta con su escoba. El contraste entre lo transcendente, la metafísica, y el cuerpo con su dolor y sus placeres, caben en sus poemas. De su escritura ella misma dijo que era espasmódica, es decir, mucho más contraída que dilatada o relajada, y está también llena de zonas inflamadas. Eligió las mayúsculas para algunos, muchos, sustantivos, y los guiones como pausas, incluso trancas entre versos. Rechazó la publicación, pero consiguió que el destinatario de aquellos cuadernos y hojas sueltas manuscritas fuera el lector del futuro, de ese tiempo que contiene otros, y que se parece bastante al que ella intuyó; lector que puede responder afirmativamente a la pregunta que ella le hizo a Thomas Wentworth Higginson: “¿Respiran mis poemas? ¿Están vivos?”

Nota:

Los poemas de Emily Dickinson aparecen numerados tal y como consta en el volumen de sus obras completas The Complete Poems of Emily Dickinson (editado por Thomas H. Johnson) y en la mayoría de las antologías de sus poemas traducidos al español. En este caso se han utilizado las traducciones de Amalia Rodríguez Monroy, salvo la del poema 695, de Margarita Ardanaz.