Los domingos

Una película en busca del discernimiento del espectador

Belén Altuna
Profesora en la UPV/EHU

Fecha de publicación: 11/11/25

“Los domingos”, de Alauda Ruiz de Azúa, es una de esas películas que nos emociona, nos interpela y nos siembra de preguntas. ¿Qué hacer cuando una chica de diecisiete años comunica a su entorno que está en un proceso de “discernimiento vocacional” y se plantea ser monja (de clausura, nada menos)? ¿Qué hacer si eres el padre, o la tía, o la abuela, o su mejor amiga? ¿Qué hacer si te parece disparatado, equivocado, suicida? ¿Respetar su decisión, aceptar su voluntad? ¿Pero es acaso una decisión libre, una voluntad libre y razonada? ¿Y qué significa eso?

La directora y guionista hace gala de una exquisita habilidad para no ofrecer al espectador ninguna respuesta, pero sí mostrar -sin caricaturizar en ningún momento- los distintos puntos de vista. Ruiz de Azúa no es creyente y es evidente que se ha documentado muy bien para escenificar la atmósfera de la vida religiosa, los modos y los tonos de las monjas y del director espiritual de la muchacha. Lo que eleva la calidad ética de la película -más allá de sus muchas cualidades cinematográficas- es el hecho de que no haya ningún personaje mal intencionado o abiertamente manipulador. Por supuesto que todos esos religiosos están marcando e impulsando la supuesta vocación de Ainara, la protagonista. Pero no presenciamos ninguna burda manipulación. Al espectador no se le da el trabajo hecho. Se le invita, de hecho, a su propio proceso de juicio, de discernimiento.

El contrapunto a Ainara y al resto de personajes que, o bien impulsan esa vocación o bien se resignan a aceptarla (como su padre, su abuela, sus amigos), es su tía Maite (espléndida Patricia López Arnáiz). Atea y preocupada por la deriva de su sobrina, es la única que plantea batalla. Con empatía, con amor, pero con firmeza. Le hace ver que no se debe tomar una decisión tan drástica a la ligera, que tiene mucho que vivir, que ha de ir a la universidad, que debe tener otras experiencias antes… Pero -como ya sabrán los lectores- Maite pierde esa batalla.

La decisión de Ainara no es exactamente cómo cualquier otra decisión que se plantea en la adolescencia. Imaginemos que hubiera dicho que no quiere seguir estudiando, o que quiere hacerse influencer, o convertirse en actriz porno, o emigrar a Australia. Todas esas elecciones también hubieran generado sorpresa y discusión en la familia. Pero la diferencia con tomar los hábitos -en una orden de clausura- es que esa elección implica ya no tener que elegir más, renunciar -¿libremente?- a la propia libertad. El hábito abarcará toda su vida: no tendrá que decidir ya qué vestirse, a dónde ir, qué hacer, a qué hora levantarse, qué comer, cómo vivir… Todo será una repetición ordenada, sin la incertidumbre y la duda que atraviesa la vida común de la mayoría de los mortales. Imbuida, además, en la creencia de ser “esposa de Cristo”, una elegida por su gracia (una trasposición del imaginario del amor romántico al escenario conventual femenino, que -por supuesto- no se reproduce en las órdenes monásticas masculinas).

Un aspecto que me llamó vivamente la atención de la película es que, en la batería de argumentos que utiliza la tía Maite para hacer reflexionar a su sobrina, no esté el que, a mi juicio, sería uno de los principales. Porque no es sólo una cuestión de fe o de no fe, sino también de fe cómo. ¿Por qué precisamente monja de clausura? ¿Por qué esa acepción de la fe como encerramiento en uno mismo, en una pequeña comunidad clausurada? ¿Por qué no amor a Dios como amor al prójimo? ¿Por qué no se traduce en deseo de entrega y ayuda al necesitado, para empezar? Supongo que la respuesta que podría dar Ainara -o la influyente madre priora- a esta pregunta que en ningún momento se les hace, es que ayudan a los demás a través de la oración. Y eso, precisamente, pensar que se ayuda a otros por medio del rezo, es puro pensamiento mágico. Es la fe absoluta, un salto al vacío sin red.  

La película es fértil para muchos tipos de análisis. Desde la psicología social, por ejemplo, puede verse cómo funcionan el “sesgo de confirmación” o la “profecía autocumplida”: Ainara desea tan intensamente ser “llamada” por Dios que, efectivamente, Dios parece llamarla. ¿Qué significa eso? La cuestión es cómo interpretamos los signos para que refuercen aquello que queremos o que creemos. Vemos la forma sutil pero firme en que funcionan los “vigilantes del conocimiento”, la monja priora o el joven y enrollado sacerdote que ejerce de director espiritual con sonrisa y guante de seda. E imaginamos cómo pesará en la vida de la joven la “dependencia de la senda”, es decir, lo improbable que será dejar un día esa vida conventual: a dónde ir, sin dinero, sin apenas vínculos con el exterior y, sobre todo, ¿renegando de esa “llamada”? ¿Reconociendo un cierto engaño (un autoengaño)?

La directora pone su potente foco asimismo en el papel de la familia. Fijémonos, de hecho, en el título de la película: el domingo es el día de la semana que -en la tradición cristiana- habría que dedicar al Señor, y es también el día en que se celebra ese otro ritual que es la comida familiar en muchísimos hogares. El día de Dios y de la familia. Al final de la película se produce la ruptura familiar: ya no más domingos juntos. Para Ainara, sin embargo, la vida será un eterno domingo junto a esa otra familia espiritual que ha elegido. ¿Y para Maite, para Iñaki y para los demás? Ah, para ellos, como para nosotros, cada día tendrá su propia incertidumbre, su garabato de azar, su hábito flexible, su tener-que-decidir, su rabia y su dulzor.