Mirada poética

Eva Beriain
Poeta

Fecha de publicación: 25/11/25

Creo en la poesía como una forma de conocimiento. No un saber académico ni puramente racional, sino una comprensión nacida del cuerpo, del roce del mundo sobre la piel, de la experiencia que se filtra por la sensibilidad. La poesía no explica: revela. No ordena: despierta. Es una manera de mirar hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo, de pensar con el cuerpo y sentir con la mente. En ella encuentro una luz distinta: ilumina y asombra, acompaña.

Pero la poesía, para mí, busca algo más que respuestas: busca presencia. Es la intuición, la conciencia hecha palabra. Un puente hacia el instante, un lenguaje que vuelve visible lo invisible. Cada palabra poética es un reflejo del ser, una materia incandescente que transforma lo interior en experiencia compartida.

Rechazo la idea de la poesía como evasión o artificio. No quiero palabras que se alejen de la vida, sino que la habiten. El poema no huye de la realidad: la enfrenta, la nombra, la ilumina desde su raíz más simple. Allí donde el silencio respira, donde lo común se vuelve revelación, un gesto mínimo encierra una verdad. El verdadero poema no escapa del mundo: lo atraviesa. Mi poética, en definitiva, parte de la idea de que el poema es una manera de mirar el mundo con profundidad.

Creo en la palabra como herramienta de exploración. Busco entender lo que somos a través de lo que vivimos, tocamos y respiramos. No aspiro a lo abstracto, sino a lo elemental. La palabra no es un adorno, sino un instrumento de transparencia. Quiero que el poema sea una ventana abierta, no un espejo cerrado. Que quien lo lea sienta que mira a través de mí, no que me mira desde fuera. Mi lenguaje poético no oscurece lo que toca: lo hace más visible, más vivo. La claridad también puede ser misterio. Y el misterio, cuando se mira con verdad, se vuelve transparente.

En cada poema busco alcanzar una esencia. No el texto en sí, sino lo que queda cuando las palabras se apagan. La poesía sucede cuando decir, sentir y pensar se funden en una misma transparencia. Esa huella, leve pero duradera, es lo que llamo poesía: lo que permanece cuando ya no hay nada que explicar.

Defiendo la emoción como raíz del pensamiento. No como impulso ciego, sino como materia viva de la conciencia. Sin emoción, el poema se vuelve cálculo; sin pensamiento, se vuelve grito. La poesía es el punto de encuentro entre ambos: la inteligencia que siente y la emoción que comprende. En ese espacio, el poema respira.

Observo lo cotidiano como quien busca revelaciones. Cada gesto, cada silencio, cada hecho mínimo encierra una posibilidad de descubrimiento. Soy fiel a lo elemental: a lo que se toca, a lo que se respira. La poesía no necesita grandes gestos para ser profunda; basta una mirada atenta, una palabra honesta, una conciencia despierta. Creo en la belleza que se oculta en lo sencillo: la sencillez es una forma de revelación. La poesía comienza cuando aprendemos a mirar lo que siempre estuvo ante nosotros.

En definitiva, concibo la poesía como una filosofía de vida, un modo de habitar la realidad con plenitud. El poema no dicta: acompaña y revela. Y en ese acompañar, me devuelve al misterio más antiguo y simple de todos: estar vivo.