Entrevista a Eduardo Iglesias

Escritor

Nos reunimos en el Hotel Niza, como en cada regreso de Eduardo Iglesias a San Sebastián. Autor destacado de una decena de novelas, entre las que se encuentran: Por las rutas de los viajeros (1996), Cuando se vacían las playas (2012) y El vuelo de los charcos (2018).

Dos carajillos (de coñac) para entrar en calor e iniciamos la conversación.

Juan Alberto Vich Álvarez— Todas sus novelas, Eduardo, pertenecen a la tierra o, mejor, a las diferentes tierras: San Sebastián, Nueva York, costas mediterráneas… Su alma viajera, de pañuelo y Ray Ban, de velero y Mustang, de mar y carretera… tiñe sus textos. ¿Razón biográfica o necesidad de huida?

Eduardo Iglesias— Me hace gracia lo de ser de velero y Mustang. Soy mucho más de carretera. No tengo velero y tampoco navego. Contemplo el mar mucho tiempo y me baño en él. La contemplación de la naturaleza me resulta necesaria. Para situar la novela en un determinado territorio hay que señalarlo. Tengo novelas que ocurren claramente en un lugar como Tarifa. La venta del alemán y otras que pertenecen a lugares y paisajes imaginarios como la última La Ciudad Amurallada. Y en general mis personajes son seres fugitivos.

J. A. V. A.— Pese a la idea de «viaje», las localizaciones son nítidas y concretas, tanto que las calles quedan registradas como mapas. No son sólo lugares de paso, tienen nombre, identidad. Da la sensación de que mantiene una relación íntima con los espacios transitados…

E. I.— Sí, siempre están en mi imaginario. Alfredo Mateos Paramio, que fue mi agente por un tiempo, me calificaba como animador de mapas. Siempre intento que todos los lugares en los que transito y vivo se conviertan en espacios íntimos a los que quiero y les entrego en cierta forma mi alma de escritor y hombre.

J. A. V. A— Quizá, en las obras en las que más se manifiesta lo anterior es en la serie Aventuras de Manga Ranglan (1992) y Manga Ranglan y el viento de la memoria (2023), donde las historias de su alter ego llaman a vincularlas con su biografía.

E. I.— Creo que en todas mis novelas vierto y empapo las narraciones de lugares conocidos o imaginarios que los hago propios. Ficción y realidad conviven siempre en mi mente abstracta. La califico así porque que creo que mi escritura se podría asemejar a una abstracción de la realidad.

J. A. V. A.— Percibo en sus escritos un rechazo a la ciudad, a la marabunta, al turismo, a la persecución y constante vigilancia, a la autoridad… A su vez, una simpatía por el bosque y las playas, por la naturaleza virgen. Al estilo de Thoreau…

E. I.— A veces me resulta más fácil escribir sobre personajes entre la flores que entre las calles; pero me he sumergido en todas las esferas tanto de cemento como de árboles. La verdad es que mi vida la disfruto mucho más en la naturaleza, en playas, bosques y montañas. No soy un urbanita. Cuando vivíamos en N.Y. cada dos semanas cogíamos nuestro antiguo Camaro y carretera y manta a la descubierta de limpios paisajes a poder ser. Siempre ha sido así en mi vida con mi mujer y después con nuestros hijos.

J. A. V. A.— Hemos mencionado durante la conversación la idea del «espacio», del «mar», «Menorca»… Entiendo la estrecha relación que mantuvo con Eduardo Chillida y su influencia. También de Bachelard, Heidegger… ¿Cuáles considera que son sus mayores faros al abordar la creación artística?

E. I.— Sí, le miré mucho a Eduardo Chillida. Fue mi maestro y amigo a parte de ser el padre de mi mujer Susana. Donosti y sus paisajes los he recorrido mucho. Vivimos tiempo en nuestra ciudad y después fuimos a explorar otros lugares para aprender y conocer. De Eduardo aprendí la manera de acercarme a ser artista y es lo que trato de reflejar en mi literatura. Sé que es difícil pero de eso va el arte. Siempre avanzo hacia lo desconocido, si me conociese la historia de antemano no escribiría.  Y a la hora de escribir no tengo ningún faro consciente a la vista que me guíe. Sí y a Bachelard lo he leído con admiración.

J. A. V. A.— Después de 35 años dedicado a la narrativa, publica su primer poemario en este mismo sello: La isla que navega (2026). En realidad, tengo sensación de que siempre escribió poesía… Por la lírica de sus textos, su ritmo… ¿De qué manera concibe usted la poesía y cómo interpreta la exploración de este género dentro del conjunto de su trayectoria literaria?

E. I.— Siempre pensé que si escribía poesía sería a partir de sesenta años. No me interesaba el deslumbramiento juvenil. Pero mi alma tiene el aroma poético que necesito para escribir. Me dejo guiar mucho por la intuición que considero la verdad más íntima que llevamos por la vida. Y si queremos transmitir algo original a la humanidad debe ser de esa manera. En Menorca, viviendo un año ininterrumpido, me surgió el tiempo de lo poemático y así nació el libro La isla que navega.

J. A. V. A.— Muchas gracias, Eduardo, y seguimos.

E. I.— Gracias a ti, Juan. Te deseo mucha suerte con tu nueva aventura editorial.