Fátima Frutos
EL CIELO DE FUENGIROLA
A José Marfil Escalona, fuengiroleño, primer español muerto en el campo de concentración de Mauthausen.
Hoy está el cielo liso como un aura. El mismo que vi al partir en la Termas de Torreblanca. Cubría los tornos donde se varaban sardinales y boliches, chalanas y jábegas. Vago por la arena, halo las trallas o arrastro el copo al ritmo de los jabegotes: Fuengirola de nuevo en mí tras la lucha. Menguo como un alcatraz herido, como un martinete en busca de su libertad. Atrás quedó el puerto de Barcelona y su sonido azuzado, el batallón trece de carabineros, el frente de Aragón, Argelès-sur-mer y la extenuación bajo letrinas y barracones. El fuego insondable de Dunkerque y la despedida de mi hijo. Tengo las cenizas contra el rostro y ya he dejado de correr. Correr hacia los kommandos, correr sin aliento hacia la sopa, Correr como cadáveres, correr bajo la escalera de la muerte. Correr como un acróbata colgado del silencio de los siglos. Un hombre tararea a mi lado unos verdiales. Quizás mi padre junto a la lonja entre salazones. El perro del infierno me grita que me levante, que esquine mi rabia bolichera, que resurja sobre los esquejes del Poniente. Zarandea mi cuerpo de humo con una carcajada gris. Me levanto de nuevo sumido en la orilla. La playa de Carvajal otra vez viene a salvarme. Una maraña de hambre no me permite escuchar a Mur. ¡¡Muere el primero de Mauthausen!! ¡¡Mantened la cabeza bien alta!! Ahí está la cima. Bajo la luz pesada del sol. Camino hacia el arroyo Pajares, aunque me tiemblen las piernas. Aunque las navajas del mar corten mi respiración desterrada. Arribo. Arribo sin sudario. Y me entrego. Me entrego ya por fin al cielo de Fuengirola.
