Iñaki Vázquez Larrea
Doctor en Antropología
Fecha de publicación: 30/06/26

“Me gusta imaginar un futuro, sin duda, muy lejano, donde no habría exilios, ni guerras, ni invasiones, y tampoco naciones o fronteras. Lo que hoy es un oficio marginal y raro, es el de ser extranjero, sería en esa época remota del futuro algo común viviendo cómodamente su condición de extranjería. En cierto modo, en ese mundo futuro todos serían extranjeros, habitantes de espacios no marcados por la pertenencia a una nación, en los que mantendría sin frontera formal alguna, una multitud de lenguas y costumbres heredadas”
Roger Bartra.
Para el antropólogo Roger Bartra el oficio de ser extranjero, consiste en usar como instrumento de pensar, una herramienta para entender el mundo en que vivimos, esa distancia aumentada entre el yo y el entorno social. En el propio país, esa distancia tiende a ser borrada cuando se asume una continuidad entre el contorno social y el carácter de las personas que lo habitan.
Las reflexiones sobre los viajes del El Oficio de ser extranjero (Reflexiones sobre el viajar), Anagrama, Barcelona, 2026, pasan por los apegados a una patria (Emerson), los que creen que ya lo tienen todo en su alma (Pessoa), los que siempre están viajando (Santayana), los que desconfían de la identidad de su país (Chesterton), los que son atraídos por el abismo (Baudelaire), los que temen a la muerte (Callard), los que detestan el turismo (Silva-Herzog), los que abominan del modelo simbólico que se hace de los lugares (Perry), los que exaltan la esperanza en el cambio ( Bloch) , hasta los que desean ser extranjeros.
Esto último significa, no solo una renuncia a la nación, sino sobre todo un rechazo tajante del nacionalismo. La globalización capitalista parece llevar a las culturas y a las naciones a un límite, al agotamiento de las diferencias, a la escasez de regiones significativamente diferentes y a la semejanza entre naciones. Pareciera que hemos llegado a esa “perenne identidad de todo” a la que se refería Pessoa. Pero esto es solo una apariencia. El viajero que no entiende más que su propia lengua, al atravesar fronteras encuentra muy difícil observar las diferencias.
Queda atado a los valores y señales globales que puede entender y con que se topa en los hoteles, estaciones aeropuertos y restaurantes, la magia exótica de la nación que visita le parece corroída por la cultura global. El viajero fundamentalista regresa a su hogar con la intención de fortalecer y exaltar su propia cultura con un patrioterismo que llega a ser fanático, por temor a que la globalización aniquile los valores nacionales, como le ha parecido ver en su viaje.
En contraste, el viajero relativista, que considera todas las culturas igualmente valiosas y rehúsa buscar exotismos, llega a la conclusión de que todas tienen el mismo valor, sin que en realidad haya conocido ninguna y sin que se haya percatado de que las normas y los valores de cada una contradicen a los de otras. Para que su relativismo funcione, debe hacerse la ilusión de que las normas que rigen a cada nación son tan tolerantes y relativistas como las suyas, cosa que evidentemente no es cierta. El problema se complica debido a que las fronteras entre las diferentes culturas no son estables y definidas, lo que aumenta la confusión. El relativismo es un laberinto sin salida.

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