2000. La vuelta del terror

Rivera, A. y Mateo, E. (2026) 2000. La vuelta del terror, Los Libros de la Catarata, Madrid, pp. 237.

Pedro Barruso Barés
Profesor en la Universidad Complutense de Madrid

Fecha de publicación: 23/06/26

El año 2000 era símbolo de muchas cosas. Se acababa el siglo XX, posiblemente el siglo más violento de la humanidad, empezábamos un nuevo milenio, el «efecto 2000» iba a ser devastador… y, a menor escala y dentro del espacio vasco, se produjo la vuelta del terror, como analiza este libro coordinado por Antonio Rivera y Eduardo Mateo, y que recoge las ponencias del XXIII Seminario de la Fundación Fernando Buesa junto con el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, celebrado en Vitoria-Gasteiz en noviembre de 2025.

Quizá al lector menos acostumbrado a los entresijos de la política vasca a finales del siglo XX le suene extraño eso de la vuelta al terror cuando el final de la actividad armada de ETA se produjo en 2011 y su disolución en 2018. Por eso es necesario llevar a cabo una aclaración.

En julio de 1997 ETA cometió posiblemente el crimen más abyecto de todos los que perpetró: el secuestro y asesinato del concejal del Partido Popular de Ermua Miguel Ángel Blanco Garrido. Esto provocó la mayor marea popular y ciudadana contra ETA, y en cierto modo contra el nacionalismo, que vio por primera vez amenazada su hegemonía en el País Vasco.

Un año después, en septiembre de 1998, las fuerzas nacionalistas firmaron el llamado «Pacto de Estella» —que puso fin al Pacto de Ajuria Enea de 1988 contra el terrorismo—, el cual pretendía lograr un nuevo estatus para el País Vasco y supuso la ruptura del esquema de «violentos contra demócratas», sustituido por otro en el que la división se trazaba entre soberanistas y constitucionalistas.

Como consecuencia del acuerdo entre las fuerzas nacionalistas, ETA anunció una tregua que luego se demostró que no era tal, sino una estratagema para reorganizarse. Pese a ser la más larga que mantuvo la organización terrorista, esta finalmente la rompió el 28 de noviembre de 1999 acusando tanto a los nacionalistas como al Gobierno de no llevar a cabo avances.

Fue en este contexto cuando ETA reanudó su actividad terrorista en enero de 2000 con el asesinato en Madrid del teniente coronel Pedro Antonio Blanco García. A partir de ese momento se sucedieron veintidós asesinatos más —algunos de ellos muy destacados—, los cuales son el objeto de análisis de este libro.

La vuelta al terrorismo de ETA es analizada a lo largo de las páginas de este volumen por quince autores entre los que se encuentran historiadores, periodistas, jueces, miembros de organizaciones pacifistas y políticos de distinto signo. Es esto lo que hace que la obra trascienda de ser «un libro más» sobre terrorismo para convertirse en un fino análisis de la situación generada con el regreso a la actividad criminal de la banda.

Por hacer referencia a los autores, nos parecen de especial interés, dentro del grupo de los historiadores, los capítulos de Sara García de Orellán y Gaizka Fernández, que ofrecen una perfecta descripción del contexto de aquellos años. En conexión con el texto de Sara García de Orellán podemos mencionar el de Amaia Goenaga, quien, desde la posición del pacifismo, analiza la respuesta al terrorismo por parte de la organización Gesto por la Paz.

Hemos señalado anteriormente cómo en el año 2000 se produjeron destacados asesinatos, lo que hace que Antonio Rivera lo denomine «el año de los magnicidios». Este fue el caso de políticos como Fernando Buesa, Manuel Indiano, Jesús María Pedrosa Urquiza, José María Martín Carpena, Juan María Jáuregui Apalategui, Ernest Lluch Martín y Francisco Tóquero de la Peña, en siniestra aplicación de la doctrina Oldartzen asumida por HB; juristas como Luis Portero García o José Francisco de Querol y Lombardero; periodistas como José Luis López de la Calle, veterano antifranquista; empresarios como Joxe Mari Korta, además de las víctimas «habituales» de ETA: guardias civiles, militares, ertzainas y civiles. En este bloque de textos firmados por historiadores destacaría el de Ludger Mees, que narra una experiencia personal, en este caso con Korta, pero que deja un amargo sabor de boca cuando los nacionalistas denunciaron que «han matado a uno de los nuestros». ¿No lo eran el resto? El texto no deja de ser una muestra de la tardía catarsis del nacionalismo vasco con ETA.

La derrota de ETA —porque dejar las armas y disolverse sin alcanzar ninguno de sus objetivos es, sin duda, una derrota— fue una labor colectiva de los cuerpos de seguridad, de la judicatura —como se analiza en el interesante texto de Gómez Bermúdez— y de las fuerzas políticas cuyos representantes también toman parte en esta obra dando su opinión sobre el infausto año 2000.

Otro grupo de textos está formado por los periodistas. En este caso se trata de Alberto Surio, corresponsal político de El Diario Vasco, y Luis R. Aizpeolea, de El País, quien reivindica la victoria sobre ETA como un hecho que debe ser reconocido a pesar de su importancia.

En resumen, estamos ante un libro imprescindible para conocer, desde diversas perspectivas, el comienzo del final de ETA; porque, pese a lo que se podía pensar en el año 2000, nos encontrábamos ante el comienzo del fin de la organización terrorista. Pese a que todavía asesinó entre 2001 y 2010 a 39 personas más, cometiendo crímenes de gran impacto, el declive de la organización criminal era ya palpable y la condujo irremediablemente al cese de su actividad armada en 2011 y a su disolución en 2018. Por esta razón, y a pesar de que ETA iba a causar todavía mucho dolor practicando diversas formas de violencia, podemos hacer una lectura optimista poniendo de manifiesto que estábamos ante el principio del fin.